2. Doug Clayton (Toyota Prius del 2009)

Doug Clayton era un agente de seguros de Bangor al que habían enviado a Portland, donde tenía una reserva en el Sheraton. Esperaba llegar como muy tarde a las dos. Eso le daría tiempo de sobra para echarse una siesta (un lujo que raramente podía permitirse) antes de salir a cenar por Congress Street. Al día siguiente se presentaría muy temprano en el Centro de Conferencias de Portland, se pondría una tarjeta identificativa en la solapa y se uniría al resto de agentes, unos cuatrocientos, para asistir a una conferencia titulada «Incendios, tormentas e inundaciones: los seguros contra las catástrofes en el siglo XXI». Al pasar por el rótulo que indicaba el kilómetro 82, Doug se acercaba a su propia catástrofe personal, pero era una clase de catástrofe que la conferencia de Portland ni siquiera cubriría.

Llevaba el maletín y la maleta en el asiento de atrás. En la guantera del pasajero llevaba una Biblia (la Biblia del rey Jacobo; la única para él). Doug era uno de los cuatro predicadores laicos de la Iglesia del Santo Redentor, y cuando le tocaba predicar, le gustaba hablar de su Biblia como «el manual de seguros definitivo».

Doug había encontrado la salvación en Jesucristo después de haber pasado diez años enganchado a la bebida, desde los últimos tiempos de su adolescencia hasta casi terminar la veintena. Esa juerga que había durado una década terminó con un coche siniestrado y treinta días en la cárcel del condado de Penobscot. La primera noche la pasó arrodillado en una celda apestosa, poco mayor que un ataúd, y desde entonces rezaba de rodillas todas las noches antes de irse a dormir.

—Ayúdame a mejorar —había rezado esa primera noche y todas las que habían pasado desde entonces. Aquella oración tan simple había recibido respuesta, primero multiplicada por dos, luego multiplicada por diez, luego por cien. Estaba convencido de que, al cabo de unos años, la compensación sería mil veces mayor. ¿Y lo mejor de todo? Que el cielo le estaría esperando al final.

Su Biblia estaba muy sobada, porque la leía cada día. Le encantaban las historias que contenía, pero la que más le gustaba —sobre la que meditaba más a menudo— era la parábola del Buen Samaritano. Había predicado ese pasaje del evangelio de Lucas muchas veces y la congregación del Redentor siempre respondía con generosas alabanzas, gracias a Dios.

Doug pensó que tal vez se debía a que veía aquella historia desde una perspectiva muy personal. Un sacerdote ignora a un viajero que está tendido junto al camino después de que lo han robado y apaleado. Un miembro de la tribu de Leví hace lo mismo. ¿Y quién se acerca a continuación? Un samaritano con mala pinta que odia a los judíos. Y resulta que es el samaritano quien acaba ayudando al viajero, a pesar de su mala pinta y de su odio antisemita. Le limpia las heridas y los cortes y luego se los venda. Carga al viajero sobre su asno y le consigue alojamiento en la primera posada que encuentra.

—Entonces ¿cuál de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los ladrones? —le preguntó Jesús al joven intérprete de leyes que le había consultado acerca de los requisitos para vivir eternamente. Este, que tonto no era, respondió:

—El que fue misericordioso con él.

Si había algo que horrorizara a Doug Clayton era la posibilidad de convertirse en el miembro de la tribu de Leví de esa historia. La posibilidad de negarse a ayudar en alguna ocasión a alguien que necesitara su ayuda. De pasar de largo. Por eso cuando vio el coche familiar lleno de barro aparcado frente a la entrada del área de servicio abandonada, los toneles naranjas derribados frente a él y la puerta del conductor entreabierta, apenas dudó un momento antes de poner el intermitente y dirigirse hacia la entrada.

Aparcó detrás del familiar, puso las luces de emergencia y se dispuso a salir. Entonces se dio cuenta de que el coche que tenía delante parecía no llevar matrícula, aunque estaba tan cubierto de lodo que no podía saberlo con seguridad. Doug cogió el teléfono móvil de la guantera central de su Prius y se aseguró de que estuviera conectado. Una cosa era ser un buen samaritano, pero acercarse a un coche que estaba hecho unos zorros sin tomar precauciones era simplemente de estúpidos.

Salió del coche y se acercó al familiar con el teléfono en la mano izquierda. Pues no, no llevaba matrícula, lo había visto bien. Intentó mirar a través del parabrisas trasero pero no consiguió ver nada. Demasiado barro. Se dirigió hacia la puerta del conductor y, con el ceño fruncido, se detuvo un momento para mirar el vehículo en conjunto. ¿Era un Ford o un Chevrolet? Le resultaba imposible distinguirlo, lo que no dejaba de ser extraño, puesto que había tenido que asegurar miles de coches familiares por su trabajo.

¿Personalizado?, se preguntó. Bueno, tal vez… Pero ¿a quién se le ocurriría personalizar un coche familiar para obtener un resultado tan anónimo?

—¡Eh! ¿Hola? ¿Todo bien?

Mientras se acercaba a la puerta del conductor agarró el móvil con más fuerza de forma inconsciente. Sin darse cuenta, se puso a pensar en una película que le había aterrorizado de pequeño, sobre una casa encantada. Un grupo de adolescentes se acercaba a una casa abandonada y, al ver que la puerta estaba entreabierta, uno de ellos susurraba a sus amigos: «¡Mirad, está abierta!». Te entraban ganas de gritarles que no fueran, que no entraran, pero evidentemente acababan haciéndolo.

Menuda estupidez. Si hay alguien en ese coche, podría estar herido.

Por supuesto, el tipo podría haber ido hasta el restaurante, tal vez buscando una cabina de teléfonos, pero si realmente estaba herido…

—¿Hola?

Doug agarró la manecilla de la puerta, pero lo pensó mejor y decidió encorvarse para mirar por la abertura. Lo que vio lo dejó absolutamente consternado. Los asientos estaban cubiertos de lodo, igual que el salpicadero y el volante. De los anticuados mandos de la radio del coche goteaba una mugre oscura y en el volante había las marcas de algo que no parecían exactamente unas manos. Por un lado, las huellas de las palmas eran increíblemente grandes; las marcas de los dedos, en cambio, eran delgadas como lápices.

—¿Hay alguien ahí? —Se cambió el móvil de mano para intentar abrir la puerta del conductor con la izquierda. Quería abrirla por completo para poder mirar en el asiento de atrás—. ¿Hay alguien heri…?

Tardó un momento en captar el olor nauseabundo e inmediatamente en su mano izquierda estalló un dolor penetrante que pareció extenderse por todo su cuerpo a la vez que dejaba un rastro de fuego y llenaba todos los espacios vacíos con ese tormento. Doug no gritó; no pudo gritar. Ese impacto súbito le obstruyó la garganta. Bajó la mirada y vio que la manecilla de la puerta le había atravesado la palma de la mano.

Se había quedado sin dedos. Solo veía los muñones, justo por debajo de los últimos nudillos. El resto, de algún modo, se lo había tragado la puerta. Mientras Doug observaba, algo le despedazó el dedo anular, vio cómo se le rompía un tercer dedo. Su alianza cayó al suelo y se produjo un fuerte sonido metálico.

Notaba algo, Dios mío de mi alma, algo parecido a unos dientes. Masticaban. El coche se le estaba comiendo la mano.

Doug intentó retirar el brazo. La sangre que brotó de la mano fue a parar sobre la puerta llena de lodo y le salpicó los pantalones. Las gotas que manchaban la puerta desaparecieron inmediatamente con un débil sonido de succión: slurp. Le faltaba poco para soltarse del todo. Veía el brillo de los huesos de los dedos en las partes en las que le faltaba la carne y por un momento lo asaltó una imagen de pesadilla, la de masticar una alita de pollo del Kentucky Fried Chicken. Apúrala bien, solía decirle su madre, la carne más sabrosa es la que está más cerca del hueso.

Luego sintió que el coche tiraba de él una vez más. La puerta del conductor se abrió para darle la bienvenida: hola, Doug, entra. Su cabeza chocó con la parte superior de la puerta y notó un frío en la frente que enseguida se convirtió en calor cuando el ribete del techo del coche le rebanó la piel.

Hizo otro intento de soltarse y alejarse, dejó caer el móvil y empezó a empujar la ventana trasera. La ventana no opuso resistencia, sino que más bien cedió para luego envolverle la mano. Desvió la mirada y vio que lo que hasta entonces había parecido cristal ahora ondulaba como la superficie de un estanque cuando sopla la brisa. Y ¿por qué ondeaba de ese modo? Pues porque estaba masticando. Se lo estaba zampando vivo.

Esto me pasa por ser un buen samari…

Entonces fue cuando la parte superior de la puerta del conductor le cortó el cráneo y se introdujo suavemente en el cerebro que este contenía. Doug Clayton oyó un chasquido, muy claro, como cuando un nudo de madera de pino arde en la chimenea. Y luego la oscuridad se cernió sobre él.

Un transportista que conducía en sentido sur echó un vistazo y vio un pequeño coche de color verde aparcado con las luces de emergencia encendidas tras un coche familiar cubierto de barro. Un tipo, es de suponer que el del coche verde, parecía inclinado frente a la puerta, como si hablara con el conductor. Una avería, pensó el transportista antes de volver a centrar su atención en la carretera. Él no era un buen samaritano.

Doug Clayton se precipitó hacia el interior como si unas manos —con unas palmas enormes y unos dedos delgados como lápices— lo hubieran atrapado por la solapa de la camisa y hubieran tirado de él. El coche familiar perdió su forma y quedó fruncido hacia dentro, como una boca cuando prueba algo excepcionalmente ácido… o excepcionalmente dulce. Del interior se oyeron una serie de sonidos traslapados, una especie de crujidos: era un ruido parecido al que haría un hombre caminando sobre ramas secas con unas botas pesadas. El coche permaneció arrugado unos diez segundos aproximadamente, parecía más bien un puño cerrado deforme que un coche. Y luego, ¡poc! Con un sonido parecido al de una pelota de tenis cuando la golpea con fuerza una raqueta, recuperó la forma de un coche familiar.

El sol se asomó un instante a través de las nubes, se reflejó en el teléfono móvil que había quedado en el suelo y describió un breve círculo de luz cálida sobre la alianza de Doug antes de volver a sumergirse en el manto de nubes.

Detrás del coche familiar, el Prius seguía con las luces de emergencia encendidas. Emitían un leve sonido parecido al de un mecanismo de relojería: Tic… tic… tic.

Pasaron de largo unos cuantos coches, aunque no muchos. La semana previa y la posterior a la Pascua de Resurrección son las más tranquilas del país en lo que atañe al tráfico en autopistas. Además, la tarde es la segunda franja horaria más calmada del día, solo las horas entre la medianoche y las cinco de la madrugada son aún más tranquilas.

Tic… tic… tic.

En el restaurante abandonado, Pete Simmons seguía durmiendo.