Robert Langdon ya no estaba cayendo.
El terror se había desvanecido. Tampoco sentía dolor. No oía el sonido del viento huracanado, sólo el rumor del agua, como si estuviera adormecido en una playa.
Langdon intuyó que eso era la muerte. Se sintió contento. No se opuso a que el aturdimiento se apoderara de él por completo. Dejó que le condujera adonde debiera ir. Su miedo y dolor estaban anestesiados, y no deseaba sentirlos de nuevo bajo ningún concepto. Su último recuerdo era uno de esos que sólo habría podido conjurar en el infierno.
Llévame. Por favor…
Pero el rumor que le estaba arrullando con una lejana sensación de paz también tiraba de él. Intentaba despertarle del sueño. ¡No! ¡Déjame en paz! No quería despertar. Presentía que su arrobo estaba expuesto al ataque de demonios agazapados, ansiosos por arrancarle de su embeleso. Imágenes borrosas remolineaban. Gritaban voces. Aullaba el viento. ¡No, por favor! Cuanto más se resistía, más se filtraba la furia.
De pronto, volvió a revivir todo…
El helicóptero ascendía a una velocidad mareante. Langdon estaba atrapado dentro. Las luces de Roma se alejaban más cada segundo que pasaba. Su instinto de supervivencia le aconsejaba arrojar el contenedor en ese mismo instante. Langdon sabía que tardaría menos de veinte segundos en descender un kilómetro. Pero caería sobre una ciudad populosa.
¡Más arriba! ¡Más arriba!
Langdon se preguntó a qué altitud estarían. Sabía que los aviones pequeños alcanzaban altitudes de unos seis mil metros. El helicóptero ya había subido bastante. ¿Tres mil metros? ¿Cuatro mil quinientos? Aún existía una oportunidad. Si calculaban bien, el contenedor estallaría a una distancia prudencial, tanto del suelo como del helicóptero. Langdon contempló la ciudad que se extendía bajo ellos.
—¿Y si calcula mal? —preguntó el camarlengo.
Langdon se volvió, sobresaltado. El sacerdote ni siquiera le estaba mirando, pero al parecer había leído sus pensamientos en el fantasmal reflejo del parabrisas. Carlo Ventresca ya no estaba concentrado en los controles del helicóptero. Era como si el aparato volara con el piloto automático, siempre ascendiendo. El camarlengo alzó la mano, buscó detrás de una caja protectora de cables y extrajo una llave escondida.
Langdon vio perplejo que abría con la llave la caja metálica fija entre los asientos. Sacó un paquete grande y negro de nailon provisto de correas y un cinturón. Lo dejó en el asiento del copiloto. Langdon se devanó los sesos. Los movimientos del camarlengo parecían serenos, como si hubiera encontrado una solución.
—Déme el contenedor —dijo con calma.
Langdon ya no sabía qué pensar. Entregó el contenedor al camarlengo.
—¡Noventa segundos!
Lo que el camarlengo hizo con la antimateria sorprendió sobremanera a Langdon. La sostuvo con cuidado en las manos y la depositó dentro de la caja. Después, bajó la pesada tapa y la cerró con llave.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Langdon.
—Alejarnos de la tentación.
El camarlengo tiró la llave por la ventanilla abierta.
Mientras la llave caía en la noche, Langdon sintió que su alma se desplomaba con ella.
A continuación, el camarlengo tomó el paquete de nailon y pasó los brazos por las correas como si fuera una mochila. Se abrochó un cinturón alrededor del estómago y luego se volvió hacia un estupefacto Langdon.
—Lo siento —dijo el camarlengo—. No debía suceder así.
Abrió la puerta de la carlinga y se arrojó a la noche.
La imagen estaba grabada a fuego en la mente inconsciente de Langdon, y con ella llegó el dolor. Dolor de verdad. Dolor físico. Suplicó que terminara de una vez, pero mientras el agua chapaleaba en sus oídos con más intensidad, nuevas imágenes empezaron a destellar. Su infierno no había hecho más que empezar. El pánico se manifestaba como instantáneas fragmentadas. Se encontraba a medio camino entre la muerte y la pesadilla, y suplicaba que le liberaran, pero las imágenes que desfilaban por su mente eran cada vez más aterradoras.
El contenedor de antimateria estaba dentro de la caja cerrada con llave. La cuenta atrás seguía su curso mientras el helicóptero continuaba ascendiendo. Cincuenta segundos. Más arriba. Más arriba. Langdon se volvió de un lado a otro en la cabina, intentando comprender lo que acababa de ver. Cuarenta y cinco segundos. Buscó debajo de los asientos otro paracaídas. Cuarenta segundos. ¡No había ninguno! ¡Tenía que encontrar una alternativa! Treinta y cinco segundos. Se asomó por la puerta abierta del helicóptero y contempló las luces de Roma. Treinta y dos segundos.
Y entonces, tomó la decisión.
La increíble decisión…
Sin paracaídas, Robert Langdon había saltado por la puerta. Mientras la noche engullía su cuerpo, tuvo la impresión de que el helicóptero se alejaba de él, y la aceleración de su caída libre ahogó el sonido de los rotores.
Mientras descendía como un cohete, Robert Langdon sintió algo que no había experimentado desde sus años de buceador, el inexorable tirón de la gravedad en caída libre. Cuanto más rápido caía, más brutal parecía el tirón de la tierra. Esta vez, sin embargo, no se estaba arrojando a una piscina desde quince metros de altura. La caída era de miles de metros sobre una ciudad con calles pavimentadas y edificios.
Las palabras que Kohler había pronunciado esa mañana en el CERN ante el tubo de caída libre resonaron en la mente de Langdon. Un metro cuadrado de resistencia aerodinámica disminuirá la velocidad de caída de un cuerpo en casi un veinte por ciento. Langdon era consciente de que un veinte por ciento era insuficiente para sobrevivir a una caída como ésta. No obstante, sin albergar grandes esperanzas, sujetó con ambas manos el único objeto que había cogido del helicóptero en el último momento. Era un objeto peculiar, pero le había inducido a pensar que no todo estaba perdido durante un fugaz instante.
La cubierta protectora de vinilo del parabrisas cuando el helicóptero estaba fuera de servicio estaba tirada en la parte posterior de la carlinga. Era un rectángulo cóncavo, de cuatro metros por dos aproximadamente, como una enorme sábana de cuatro picos, lo más parecido a un paracaídas que pudo encontrar. Sólo tenía anillas de plástico en cada extremo para facilitar la sujeción al parabrisas curvo. Langdon sujetó las anillas y saltó al vacío.
No albergaba la menor ilusión de sobrevivir.
Caía como una roca. Con los pies por delante. Los brazos levantados. Sus manos aferraban las anillas. La cubierta se hinchó como un gigantesco hongo sobre su cabeza. El viento le azotaba con violencia.
Mientras se precipitaba hacia tierra, se produjo una fuerte explosión en lo alto. Se le antojó más lejana de lo que sospechaba. Casi al instante, la onda de choque le alcanzó. Sintió que se quedaba sin aire. La temperatura del aire que le rodeaba aumentó de repente. Luchó por no soltar la tela. Una muralla de calor se desplomó desde el cielo. La superficie de la cubierta empezó a chamuscarse, pero aguantó.
Langdon siguió cayendo, en el borde de una mortaja de luz, como un surfista que intentara escapar de un maremoto. De repente el calor aminoró.
Se precipitó de nuevo en la fría oscuridad.
Por un instante, un rayo de esperanza alumbró en su interior. Sin embargo, un momento después, sus esperanzas se desvanecieron. Si bien la tirantez de sus brazos estirados le aseguraba que la cubierta estaba disminuyendo la velocidad de su caída, el viento azotaba su cuerpo con velocidad ensordecedora. No le cabía duda de que tal velocidad era excesiva para sobrevivir a la caída. Moriría aplastado contra el suelo.
Cálculos matemáticos desfilaron por su cerebro, pero estaba demasiado aturdido para extraer un sentido preciso de ellos… un metro cuadrado de resistencia aerodinámica… reducción de la velocidad en un veinte por ciento… Sólo podía calcular que la cubierta era lo bastante grande para que ese tanto por ciento fuera superior al veinte. Por desgracia, a juzgar por la fuerza del viento, el efecto de la cubierta no sería suficiente. Aún estaba descendiendo con demasiada rapidez… No sobreviviría al impacto contra el mar de cemento.
Las luces de Roma se extendían en todas direcciones. La ciudad semejaba un enorme cielo estrellado, hacia el que Langdon se precipitaba. Sólo alteraba el perfecto océano de estrellas una franja oscura que dividía la ciudad en dos, una cinta ancha sin iluminar que serpenteaba entre los puntos de luz. Langdon contempló la mancha sinuosa negra.
De pronto, como la cresta de una ola inesperada, la esperanza le embargó de nuevo.
Con una energía casi maníaca, Langdon tiró con la mano derecha de la cubierta. La tela batió con más fragor, y escoró para encontrar el sendero que ofreciera menos resistencia. Langdon notó que derivaba lateralmente. Tiró de nuevo con más fuerza, sin hacer caso del dolor de la palma de la mano. La cubierta se ensanchó. Al menos, se estaba desplazando un poco. Miró de nuevo la sinuosa serpiente negra. Estaba a la derecha, pero Langdon aún se encontraba a considerable altura. ¿Habría esperado demasiado? Tiró con todas sus fuerzas y aceptó que estaba a merced de Dios. Se concentró en la parte más amplia de la serpiente y, por primera vez en su vida, rezó para que ocurriera un milagro.
El resto fue rapidísimo.
La oscuridad que le envolvía… Sus instintos de buceador recuperados… El acto reflejo de inmovilizar la columna y apuntar los pies… Llenarse los pulmones de aire para proteger los órganos vitales… Flexionar las piernas hasta convertirlas en un ariete… Y por fin, la suerte de que el río Tíber bajara embravecido, de manera que el agua estuviera llena de una proporción mayor de aire y espuma, tres veces más blanda que el agua calma.
Después se produjo el impacto… y llegó la negrura.
Fue el sonido atronador del paracaídas improvisado lo que apartó los ojos del grupo de personas de la bola de fuego que llenaba el cielo. Muchas cosas se habían visto en el cielo de Roma esta noche: un helicóptero, una explosión enorme, y ahora, un objeto extraño que se había hundido en las aguas rabiosas del Tíber, junto a la orilla de la diminuta isla del río, Isola Tiberina.
Desde que la isla había sido utilizada para poner en cuarentena a los afectados por la peste de 1656, se pensaba que poseía propiedades curativas. Por este motivo, había albergado más tarde el hospital Tiberina de Roma.
El cuerpo estaba maltrecho cuando lo sacaron a la orilla. El hombre aún tenía pulso, aunque débil, lo cual era asombroso, en opinión de todo el mundo. Se preguntaron si se debía a la mítica reputación curativa de la Isola Tiberina que el corazón del hombre aún bombeara. Minutos después, cuando el desconocido empezó a toser y recuperó poco a poco la conciencia, el grupo decidió que la isla era mágica, sin la menor duda.