6

Habían organizado una montería para la mañana siguiente y Jay decidió participar. Estaba deseando matar algo.

No desayunó, pero se llenó los bolsillos de bolitas de gachas de avena empapadas en whisky y salió para echar un vistazo al tiempo.

El día ya empezaba a clarear y, aunque el cielo estaba encapotado, el nivel de las nubes era muy alto y no llovía: podrían ver hacia dónde disparaban.

Se sentó en los peldaños de la entrada principal del castillo y colocó un nuevo pedernal en el mecanismo de disparo de su arma, ajustándolo con un suave trozo de cuero. A lo mejor, si matara unos cuantos ciervos, conseguiría desahogar la rabia que sentía, pero la verdad era que hubiera preferido matar a su hermano Robert.

Se sentía orgulloso de su arma, un pedreñal de avancarga con un cañón español con incrustaciones de plata, fabricado por Griffin de Bond Street. Era muy superior al tosco «Brown Bess» que utilizaban sus hombres. Amartilló el arma y apuntó contra un árbol del otro lado del prado. Ajustando la mira por encima del cañón, se imaginó a un enorme ciervo con las gigantescas astas extendidas.

Le hundió una bala en el pecho justo detrás del hombro donde latía el gran corazón. Después cambió la imagen y vio a su hermano en la mira: el obstinado Robert, codicioso e incansable, con su negro cabello y su lozano rostro de hombre bien alimentado. Apretó el gatillo. El pedernal golpeó el acero y se produjo una satisfactoria lluvia de chispas, pero no había pólvora en la cazoleta ni bala en el cañón.

Cargó el arma con manos firmes. Utilizando el dispositivo de medición de la boquilla de su recipiente de pólvora, echó exactamente setecientos cincuenta centigramos de pólvora negra en el cañón, se sacó la bala del bolsillo, la envolvió en un trozo de lienzo de lino y la introdujo en el cañón. Después soltó la baqueta de debajo del cañón y la utilizó para empujar la bala hasta el fondo. La bala medía media pulgada de diámetro y podía matar a un venado adulto desde una distancia de cien metros: machacaría las costillas de Robert, le traspasaría el pulmón y le desgarraría el músculo del corazón, matándolo en cuestión de segundos.

Oyó la voz de su madre.

—Hola, Jay.

Se levantó y le dio un beso de buenos días. No la había vuelto a ver desde la víspera en que había lanzado una maldición contra su padre y se había retirado hecha una furia. Ahora se la veía triste y cansada.

—No has dormido muy bien, ¿verdad? —le preguntó en tono comprensivo.

—He tenido noches mejores —contestó Alicia.

—Pobre madre.

—No hubiera tenido que maldecir a tu padre.

—Le debiste de querer… —dijo Jay en tono vacilante—… en otros tiempos.

Su madre lanzó un suspiro.

—No lo sé. Era guapo y rico, tenía el título de baronet y yo quería ser su esposa.

—Pero ahora lo odias.

—Sí, desde que empezó a favorecer a tu hermano, anteponiéndole a ti.

Jay estaba profundamente dolido.

—¡Robert tendría que comprender lo injusto que es todo esto!

—Estoy segura de que en lo más hondo de su corazón lo comprende. Pero me temo que Robert es un joven muy codicioso y lo quiere todo para él.

—Siempre ha sido igual. —Jay recordó que, de niño, Robert sólo era feliz cuando podía apoderarse de sus soldaditos de juguete o de su trozo de pastel de ciruelas—. ¿Recuerdas a Rob Roy, la jaca que tenía Robert?

—Sí, ¿por qué?

—Él tenía trece años y yo ocho cuando se la regalaron. Yo deseaba tener una… porque ya entonces montaba mejor que él. Sin embargo, jamás me la dejó montar. Cuando no le apetecía montarla, en lugar de cedérmela a mí, mandaba que un mozo le hiciera hacer ejercicio mientras yo miraba.

—Pero tú montabas los demás caballos.

—A los diez años, ya había montado todo lo que había en las cuadras, incluyendo los caballos de caza de nuestro padre. Pero no a Rob Roy.

—Vamos a dar un paseo por la calzada.

Alicia lucía un abrigo forrado de piel con capucha y Jay llevaba una capa a cuadros escoceses. Cruzaron el prado, pisando la hierba cubierta de escarcha.

—¿Por qué es así mi padre? —preguntó Jay—. ¿Por qué me odia?

Su madre le acarició la mejilla.

—No te odia —le dijo—, aunque se te puede perdonar que lo pienses.

—Pues entonces, ¿por qué me trata tan mal?

—Tu padre era muy pobre cuando se casó con Olive Drome. Tenía una tiendecita en un barrio bajo de Edimburgo. Este lugar que ahora se llama castillo de Jamisson pertenecía a un primo lejano de Olive, un tal William Drome. William era soltero y vivía solo. Cuando se puso enfermo, Olive vino aquí para cuidarle y él se lo agradeció tanto que cambió el testamento, dejándoselo todo a ella, pero, a pesar de los cuidados, el primo murió.

Jay asintió con la cabeza.

—He oído contar la historia más de una vez.

—El caso es que tu padre piensa que esta propiedad pertenece realmente a Olive y, de hecho, es el fundamento sobre el cual se ha construido todo su imperio empresarial. Y, lo que es más, la minería sigue siendo la más rentable de sus empresas.

—Según él, es lo más seguro —dijo Jay, recordando la conversación de la víspera—. El negocio de los barcos es más variable y arriesgado; en cambio, el carbón no se acaba jamás.

—Sea como fuere, tu padre cree que se lo debe todo a Olive y piensa que el hecho de darte algo a ti sería una ofensa a su memoria.

Jay sacudió la cabeza.

—Tiene que haber algo más que eso. Me da la impresión de que no sabemos toda la historia.

—Puede que tengas razón. Yo te he dicho todo lo que sé.

Llegaron al final de la calzada y dieron la vuelta en silencio. Jay se preguntó si sus padres pasaban alguna noche juntos. Él creía que sí.

Su padre debía de pensar que, tanto si le amaba como si no, Alicia era su mujer y, por consiguiente, tenía derecho a utilizarla para desahogarse. La idea le pareció desagradable.

Al llegar a la entrada del castillo su madre le dijo:

—Me he pasado toda la noche tratando de encontrar algún medio de favorecerte y, hasta ahora, no lo he encontrado. Pero no pierdas la esperanza. Algo se me ocurrirá.

Jay siempre había confiado en la fuerza de su madre, la cual era capaz de plantarle cara a su padre y conseguir de él cualquier cosa que quisiera. Lo había convencido incluso de que le pagara sus deudas de juego, pero esta vez Jay temía que fracasara.

—Mi padre ya ha decidido no darme nada. Sabía lo que yo sentiría y, sin embargo, tomó la decisión. De nada servirán las súplicas.

—No pensaba suplicarle —replicó secamente su madre.

—Pues entonces, ¿qué?

—No lo sé, pero no me doy por vencida. Buenos días, señorita Hallim.

Lizzie estaba bajando los peldaños de la entrada principal del castillo vestida con atuendo de caza. Parecía un pequeño duende con su capa negra de piel y sus botas de cuero.

—¡Buenos días! contestó, mirando con una sonrisa a Jay como si se alegrara mucho de verle.

Su sola presencia bastó para animar a Jay.

—¿Va usted a venir con nosotros? —le preguntó el joven.

—¡No me lo perdería por nada del mundo!

Era insólito, pero perfectamente aceptable, que las mujeres participaran en las cacerías y Jay, conociendo a Lizzie tal como la conocía, no se sorprendió de que quisiera ir con los hombres.

—¡Estupendo! —le dijo—. Añadirá usted un curioso toque de refinamiento y estilo a una expedición que, de otro modo, podría ser excesivamente dura y masculina.

—No esté demasiado seguro —le dijo ella.

—Yo me voy —dijo la madre de Jay—. Que tengan ustedes una buena cacería.

—Siento mucho que se estropeara la fiesta de su cumpleaños —dijo Lizzie en cuanto Alicia se hubo retirado, estrechando comprensivamente el brazo de Jay—. Puede que esta mañana consiga olvidar sus preocupaciones durante una hora.

—Lo procuraré —contestó Jay, sonriendo.

Lizzie olfateó el aire como si fuera una raposa.

—Un fuerte viento del sudoeste —dijo—. Justo lo que necesitamos.

Hacía cinco años que Jay no participaba en una cacería del venado rojo, pero recordaba muy bien todos los requisitos. A los cazadores no les gustaba un día sin viento en que una repentina brisa caprichosa podía empujar el rastro de los hombres hacia la ladera del monte y provocar la huida de los venados.

Un guardabosque dobló la esquina del castillo con dos perros sujetos con correas y Lizzie se acercó para acariciarlos. Jay la siguió alegremente. Al volver la cabeza, vio a su madre a la entrada del castillo, mirando a Lizzie con una extraña y dura expresión inquisitiva.

Los perros pertenecían a una raza de patas largas y pelaje gris que a veces se llamaba galgo escocés Highland y, a veces, galgo irlandés Wolfhound. Lizzie se agachó y les habló, primero al uno y después al otro.

—¿Este es Bran? —le preguntó al guardabosque.

—El hijo de Bran, señorita Elizabeth —contestó el hombre—. Bran murió hace un año. Este es Busker.

Los perros se mantendrían bien apartados de la cacería y sólo se soltarían cuando se hubieran efectuado los disparos. Su misión era perseguir y acorralar a cualquier venado herido, pero no abatido por los disparos del cazador.

Los restantes componentes del grupo salieron del castillo: Robert, sir George y Henry. Jay miró a su hermano, pero Robert apartó los ojos. Su padre lo saludó con una breve inclinación de cabeza, casi como si hubiera olvidado los acontecimientos de la víspera.

En el lado este del castillo los guardabosques habían colocado un blanco, un tosco venado hecho de lona y madera. Cada uno de los cazadores efectuaría unos cuantos disparos contra él para ensayar la puntería. Jay se preguntó si Lizzie sabría disparar. Muchos hombres decían que las mujeres no podían disparar porque sus brazos eran demasiado débiles para sostener las pesadas armas o porque carecían de instinto asesino o por cualquier otra razón. Sería interesante ver si era verdad.

Primero dispararon todos desde cincuenta metros de distancia. Lizzie lo hizo en primer lugar y dio perfectamente en el blanco, en el punto preciso, justo detrás del hombro del animal. Jay y sir George también lo hicieron. Los disparos de Robert y Henry dieron mucho más atrás y hubieran dejado herido al animal, permitiendo que este se escapara y sufriera una lenta y dolorosa agonía.

Volvieron a disparar desde setenta y cinco metros. Para asombro de todos, Lizzie dio nuevamente en el blanco. Lo mismo hizo Jay. Sir George alcanzó al animal en la cabeza y Henry en los cuartos traseros. Robert falló por completo y su bala fue a dar en el muro de piedra del huerto de la cocina.

Al final, probaron desde cien metros, el alcance máximo de sus armas. Lizzie volvió a dar en el blanco y Robert, sir George y Henry fallaron por completo. Jay, que iba a disparar en último lugar, estaba firmemente decidido a no dejarse derrotar por la chica. Se lo tomó con calma, respiró hondo, apuntó cuidadosamente, contuvo la respiración y apretó suavemente el gatillo… rompiendo la pata posterior del blanco.

Y eso que las mujeres no sabían disparar. Lizzie los había vencido a todos. Jay estaba admirado.

—Supongo que no querrá usted incorporarse a mi regimiento, ¿verdad? —le dijo Jay en tono de chanza—. Pocos hombres son capaces de disparar así.

Los mozos sacaron a las jacas de las cuadras. Las jacas Highland tenían las patas más firmes que los caballos en terreno accidentado.

Los jinetes montaron y abandonaron el patio.

Mientras bajaban al valle, Henry Drome trabó conversación con Lizzie. Sin nada con qué distraerse, Jay volvió al tema del rechazo de su padre, el cual le ardía en el estómago como una úlcera. Pensó que no hubiera tenido que esperar otra cosa, pues su padre siempre había favorecido a Robert, pero el hecho de no ser un bastardo sino el hijo de lady Jamisson había dado alas a su insensato optimismo, induciéndole a creer que esta vez su padre sería justo con él. Sin embargo, su padre jamás había sido justo.

Pensó que ojalá fuera hijo único y deseó la muerte de Robert. Si aquel día su hermano sufriera un accidente y muriera, se acabarían todas sus preocupaciones.

Pensó que ojalá tuviera el valor de matarle. Acarició el cañón del arma que llevaba colgada del hombro. Podría conseguir que pareciera un accidente. Entre tantos disparos simultáneos, sería muy difícil saber quién había disparado la bala fatídica. Y, aunque adivinaran la verdad, la familia lo disimularía: a nadie le interesaba un escándalo.

Experimentó un estremecimiento de horror ante la idea de que pudiera soñar con matar a Robert. Sin embargo, jamás se le hubiera ocurrido semejante barbaridad si su padre lo hubiera tratado con justicia, pensó.

La finca de los Jamisson era como casi todas las fincas escocesas.

Al fondo del valle había unas tierras de labor que los aparceros cultivaban en común, utilizando el sistema medieval de franjas y pagándole al amo en especie. Casi todas las tierras eran boscosas y sólo servían para la caza y la pesca. Algunos terratenientes habían talado sus bosques y estaban intentando dedicarse a la cría de ovejas, pero era difícil hacerse rico en una finca escocesa… a no ser que se encontrara carbón, naturalmente.

Cuando ya llevaban recorridos unos cinco kilómetros, los guardabosques vieron una manada de unas veinte o treinta hembras un kilómetro más allá, en una ladera que miraba al sur cerca del lindero del bosque. El grupo se detuvo y Jay sacó los anteojos. Las hembras se encontraban de espaldas al viento y, puesto que siempre pastaban en la dirección del viento, Jay vio sus blancos cuartos traseros a través de los anteojos.

Las hembras tenían una carne muy sabrosa, pero era más normal disparar contra los grandes machos con sus impresionantes astas.

Jay echó un vistazo a la ladera por encima de las hembras, vio lo que esperaba y lo señaló con el dedo.

—Miren allí… dos machos… no, tres… algo más arriba que las hembras.

—Ya los veo, en la primera loma —dijo Lizzie—. Y hay un cuarto, se le pueden ver las astas.

Estaba preciosa con el rostro arrebolado por la emoción. Aquello era lo que realmente le gustaba: permanecer al aire libre con los perros, los caballos y las armas de fuego y practicar ejercicios violentos ligeramente arriesgados. Jay esbozó una sonrisa y se removió nerviosamente en su silla. La contemplación de la joven era suficiente para calentarle a un hombre la sangre en las venas.

Miró a su hermano. Robert parecía incómodo, montado en su jaca con aquel tiempo tan frío y desapacible. Seguramente hubiera preferido estar en una contaduría, calculando el interés trimestral de ochenta y nueve guineas al tres y medio por ciento anual. Lástima que una mujer como Lizzie tuviera que casarse con Robert.

Apartó la mirada y procuró concentrarse en los venados. Estudió la ladera de la montaña con el catalejo, tratando de buscar el mejor camino para acercarse a ellos. Los cazadores tenían que avanzar con el viento de espaldas para que las bestias no pudieran olfatear la presencia de seres humanos. Hubiera preferido acercarse a ellos desde más arriba de la ladera. Tal como les habían confirmado sus ejercicios de tiro, era prácticamente imposible dar en el blanco desde más de cien metros y la distancia ideal eran cincuenta metros; por consiguiente, toda la habilidad consistía en ir subiendo poco a poco hasta encontrarse lo bastante cerca como para poder efectuar un buen disparo.

Lizzie ya había encontrado el mejor camino.

—Hay una hondonada en la ladera, a cosa de unos cuatrocientos metros del valle —dijo con entusiasmo. La hondonada creada por una corriente que bajaba por la ladera ocultaría a los cazadores durante el ascenso—. Podemos seguirla hasta el cerro de arriba y avanzar desde allí.

Sir George se mostró de acuerdo. Por regla general, no permitía que nadie le dijera lo que tenía que hacer, pero las pocas veces que lo permitía, se trataba casi siempre de una chica bonita.

Se dirigieron a la hondonada, dejaron las jacas y subieron a pie por la ladera de la montaña. En la escarpada y pedregosa ladera sus pies se hundían en el barro o tropezaban con las piedras. Henry y Robert no tardaron en echar los bofes. En cambio, los guardabosques y Lizzie, acostumbrados al terreno, no mostraban la menor señal de cansancio. Sir George jadeaba y tenía el rostro intensamente colorado, pero, gracias a su extraordinaria resistencia, no tuvo que aminorar el paso. Jay estaba en plena forma por la vida que llevaba en el regimiento pero, aun así, respiraba afanosamente.

Cruzaron la loma. Protegidos por ella y sin que los venados pudieran olfatear su presencia, siguieron avanzando por la ladera. Soplaba un viento muy frío, había algunos bancos de niebla y, a ratos, caían gotas de aguanieve. Sin el calor de un caballo bajo su cuerpo, Jay empezó a sentir frío. Sus excelentes guantes de cabritilla estaban completamente empapados y la humedad penetraba en sus botas de montar y a través de sus caros calcetines de lana escocesa.

Los guardabosques encabezaban la marcha porque eran los que mejor conocían el terreno. Cuando creyeron estar cerca de los venados, empezaron a bajar. De pronto, se agacharon hasta el suelo y los demás siguieron su ejemplo. Jay se olvidó del frío y de la humedad y experimentó un extraño alborozo. Era la emoción de la caza y la perspectiva de cobrar una pieza.

Decidió correr el riesgo de mirar. Avanzando a gatas, subió por la pendiente y miró a hurtadillas por encima de una formación rocosa.

Sus ojos se acomodaron a la distancia y vio a los venados, cuatro manchas marrones en la verde ladera, formando una línea quebrada.

No era muy frecuente ver cuatro juntos: debían de haber encontrado una hierba muy apetitosa. Miró a través del catalejo. El más distante era el que poseía la mejor cabeza. No podía verle con claridad las astas, pero era lo bastante grande como para tener doce ramificaciones. Oyó el graznido de un cuervo y, levantando la vista, vio a un par de ellos sobrevolando en círculo a los cazadores. Parecían haber adivinado que muy pronto les dejarían despojos con que alimentarse.

Más arriba alguien lanzó un grito y una maldición. Robert había resbalado en un charco.

—Maldito imbécil —dijo Jay por lo bajo.

Uno de los perros soltó un aullido. Un guardabosque levantó la mano en gesto de advertencia y todos se quedaron paralizados, prestando atención por si se oyera el rumor de las pezuñas de los animales, huyendo a toda velocidad. Pero los venados se quedaron en su sitio y, poco después, los cazadores reanudaron la marcha.

Muy pronto tuvieron que tirarse al suelo y avanzar a rastras. Uno de los guardabosques obligó a los perros a tenderse y les cubrió los ojos con pañuelos para que se estuvieran quietos. Sir George y el jefe de los guardabosques se deslizaron por la pendiente hasta un cerro, levantaron cautelosamente la cabeza y miraron. Cuando se reunieron de nuevo con los demás, sir George empezó a dar órdenes.

—Hay cuatro venados y cinco armas —dijo en voz baja—. Por consiguiente, esta vez yo no dispararé a menos que uno de ustedes falle. —Sabía interpretar el papel del perfecto anfitrión cuando le convenía—. Usted, Henry, apunte al animal de la derecha. Tú, Robert, apunta al siguiente… es el más próximo y el más fácil. Jay, tú al siguiente. Y el suyo, señorita Hallim, es el más distante, pero también el que tiene la mejor cabeza… y usted es una tiradora excelente. ¿Todos preparados? Pues entonces vamos a ocupar las posiciones. Dejaremos que la señorita Hallim dispare primero, ¿de acuerdo?

Los cazadores se desplegaron por la cuesta, buscando cada uno de ellos un puesto desde el que apuntar. Jay siguió a Lizzie. Ésta llevaba una chaquetilla corta de montar y una holgada falda sin miriñaque. El joven sonrió al observar el movimiento de su trasero mientras la joven se arrastraba delante de él. Pocas chicas se hubieran atrevido a serpear por el suelo de aquella manera en presencia de un hombre… pero Lizzie no se parecía a las demás chicas.

Se arrastró pendiente arriba hasta un punto en que un achaparrado arbusto se recortaba contra el cielo, ofreciendo protección. Levantó la cabeza y miró hacia abajo. Vio a su venado, un ejemplar joven con una cornamenta no demasiado grande, a unos setenta metros de distancia; los otros tres estaban distribuidos por la ladera.

Vio también a los otros cazadores: Lizzie a su izquierda, todavía serpeando; Henry a la derecha; sir George y los guardabosques con los perros… y Robert, más abajo y a su izquierda, a unos veinticinco metros de distancia, un blanco muy fácil.

El corazón le dio un vuelco en el pecho cuando se le volvió a ocurrir la idea de matar a su hermano. Le vino a la mente la historia de Caín y Abel. Caín había dicho: «Mi castigo es superior a mis fuerzas». «Pero yo ya lo siento ahora —pensó Jay—, no puedo soportar ser un segundón inútil, siempre olvidado, vagando por la vida sin su parte de la herencia, el pobre hijo de un hombre rico, un desgraciado… no lo puedo soportar».

Trató de apartar de su mente aquel mal pensamiento. Cebó su arma, echando un poco de pólvora en la cazoleta al lado del fogón, y volvió a tapar la cazoleta. Finalmente, amartilló el mecanismo de disparo. Cuando apretara el gatillo, la tapa de la cazoleta se levantaría automáticamente justo en el momento en que el pedernal soltara las chispas. La pólvora de la cazoleta se encendería y la llama pasaría por el fogón y prendería en la pólvora que se encontraba detrás de la bala.

Rodó un poco por la pendiente y miró hacia abajo. Los venados estaban pastando tranquilamente, ajenos a todo peligro. Todos los cazadores se encontraban en sus puestos a excepción de Lizzie, la cual aún se estaba moviendo. Jay apuntó a su venado. Después desplazó lentamente el cañón hasta apuntar a la espalda de Robert.

Podría decir que, en el momento decisivo, el codo le había resbalado sobre un fragmento de hielo con tan mala fortuna que el disparo había alcanzado a su hermano. Su padre quizá sospecharía la verdad, pero jamás podría estar seguro y, habiéndose quedado sólo con un hijo, ¿no enterraría sus sospechas y le daría a él todo lo que anteriormente había reservado para Robert?

El disparo de Lizzie sería la señal para que todos empezaran a disparar. Jay sabía que los venados tenían una reacción sorprendentemente lenta. Tras sonar el primer disparo, todos levantarían la cabeza y se quedarían paralizados, quizá durante nada menos que cuatro o cinco pulsaciones del corazón; entonces uno de ellos se movería y, momentos después, todos se volverían a una como una bandada de pájaros o un banco de peces y echarían a correr, golpeando con sus delicadas pezuñas la dura tierra mientras el muerto se quedaba en el suelo y los heridos trataban de seguirlos, renqueando. Poco a poco Jay volvió a desplazar el arma y apuntó de nuevo a su ciervo.

Por supuesto que no iba a matar a su hermano. Hubiera sido algo muy perverso. Se pasaría toda la vida acosado por el remordimiento.

Pero, en caso de que no lo hiciera, ¿no se pasaría quizá toda la vida lamentando no haberlo hecho? La próxima vez que su padre lo humillara mostrando su preferencia por Robert, ¿no rechinaría los dientes y se arrepentiría con toda su alma de no haber resuelto el problema y haber borrado para siempre de la faz de la tierra a su odioso hermano? Volvió a apuntar a Robert.

Sir George admiraba la fuerza, la determinación y la crueldad.

Aunque adivinara que el disparo mortal había sido deliberado, se vería obligado a comprender que Jay era un hombre al que no se podía menospreciar ni pasar por alto impunemente.

Aquel pensamiento fortaleció su decisión. «En lo más hondo de su ser, mi padre lo aprobará», pensó. Sir George jamás permitía que se burlaran de él. Su respuesta a las malas acciones era violenta y brutal. En su calidad de magistrado de Londres, había enviado a docenas de hombres, mujeres y niños al tribunal de Old Bailey. Si un niño podía ser ahorcado por robar un poco de pan, ¿qué tenía de malo matar a Robert por robarle a Jay su patrimonio?

Lizzie se lo estaba tomando con calma. Jay trató de respirar despacio, pero el corazón le latía violentamente en el pecho y no tenía más remedio que hacerlo entre jadeos. Estuvo tentado de mirar a Lizzie para ver qué demonios le impedía disparar, pero temía que eligiera precisamente aquel instante para hacerlo y que entonces él perdiera la oportunidad; por consiguiente, mantuvo los ojos y el cañón fijos en la espalda de Robert. Todo su cuerpo estaba tan tenso como la cuerda de un arpa e incluso le dolían los músculos, pero no se atrevía a moverse.

«No —pensó—, eso no puede ocurrir, no voy a matar a mi hermano. Pero por Dios que lo haré. Lo juro. Date prisa, Lizzie, por favor».

Por el rabillo del ojo, vio un leve movimiento. Antes de que pudiera levantar la vista, oyó el disparo de Lizzie. Los ciervos se quedaron paralizados. Apuntando a la columna vertebral de Robert, justo entre las paletillas, Jay apretó suavemente el gatillo en el preciso instante en que una imponente forma se elevaba a su lado y se oía el grito de su padre. Sonaron otros dos disparos, efectuados por Robert y Henry. En el momento en que se disparaba su arma, una bota propinó un puntapié al cañón, obligándolo a apuntar hacia arriba mientras la bala se perdía inofensivamente en el aire. El temor y el remordimiento se apoderaron de su corazón cuando levantó los ojos y contempló el enfurecido rostro de sir George.

—Pequeño bastardo asesino —le dijo su padre.