Capítulo

12

Seguí las instrucciones de Jev, caminé hasta Whitetail Lodge y llamé un taxi desde la recepción. Incluso si no hubiese sabido que mamá había salido a cenar, puede que no la hubiera llamado. No estaba en condiciones de hablar, había demasiado ruido en mi cabeza. Las ideas pasaban zumbando, pero no me esforcé por atraparlas. Empecé a desconectarme, demasiado abrumada por todo lo ocurrido esa noche.

Cuando llegué a la granja, subí las escaleras hasta mi habitación y me desvestí. Me puse un camisón, me hice un ovillo bajo las mantas y me dormí.

Unos pasos acelerados delante de la puerta me despertaron. Debo de haber estado soñando con Jev, porque lo primero que se me ocurrió fue «Es él», y me cubrí con la sábana, preparándome para su entrada.

Mamá abrió la puerta con tanta violencia que se golpeó contra la pared.

—¡Está aquí! —gritó por encima del hombro—. ¡Está en la cama!

Se acercó apretándose el pecho con el puño, como para evitar que se le saliera el corazón.

—¡Nora! ¿Por qué no me dijiste adónde ibas? ¡Te hemos buscado por toda la ciudad! —Estaba jadeando y el terror se asomaba a su mirada.

—Le dije a la azafata que te dijera que llamé a Vee para que viniera a buscarme —tartamudeé. En retrospectiva, comprendí que había sido una irresponsable, pero en aquel momento, al ver a mamá radiante de felicidad en compañía de Hank, lo único que se me ocurrió fue que mi presencia era una intrusión.

—¡Llamé a Vee! No sabía de qué le hablaba.

Claro que no. Nunca llegué a llamarla; Gabe apareció antes de que pudiera hacerlo.

—No vuelvas a hacerlo —dijo mamá—. ¡No vuelvas a hacerlo nunca más!

Aunque sabía que no era lo más indicado, me eché a llorar. No quise asustarla ni obligarla a buscarme por todas partes. Sólo que cuando la vi con Hank… reaccioné. Y por más que quisiera creer que Gabe había desaparecido de mi vida para siempre, su amenaza de que aún no había acabado conmigo me hacía flipar. ¿En qué me había metido? La noche habría resultado muy diferente si me hubiese callado y abandonado el 7-Eleven cuando Gabe me dio la oportunidad.

«No». Había hecho lo correcto. Si yo no hubiera intervenido, quizá B. J. no habría sobrevivido.

—Oh, Nora.

Dejé que mamá me abrazara y apreté la cara contra su pecho.

—Sólo fue un gran susto, eso es todo —dijo—. La próxima vez tendremos más cuidado.

Las tablas del pasillo crujieron y vi a Hank apoyado en el marco de la puerta.

—Nos has dado un buen susto, jovencita. —Su voz era suave y tranquila, pero había algo lobuno en su mirada y un escalofrío me recorrió la espalda.

—Quiero que se marche —susurré. Aunque estaba segura de que mi última alucinación no era cierta, aún me perseguía. No dejaba de ver a Hank quitando la lona de la jaula ni lograba olvidar sus palabras. Sabía que estaba proyectando mis propios temores y angustias sobre él, pero sea como fuere, quería que se marchara.

—Te llamaré más tarde, Hank —dijo mamá en tono tranquilizador—. Después de que haya arropado a Nora. Una vez más, gracias por la cena y lamento la falsa alarma.

—No te preocupes, cariño. Olvidas que bajo mi techo tengo a mi propia reina del drama, pero al menos puedo afirmar que nunca ha hecho algo tan imprudente. —Soltó una risita, como si de verdad considerara que sus palabras resultaban divertidas.

Aguardé hasta que sus pasos se desvanecieron en el pasillo. No sabía cuánto contarle a mamá, sobre todo porque Jev dijo que no se podía confiar en la policía y temí que todo lo que dijera llegaría a oídos del detective Basso, pero esta noche habían ocurrido demasiadas cosas como para no contárselas a nadie.

—Esta noche me encontré con alguien —le dije a mamá—. Después de salir de Coopersmith’s. No lo reconocí pero él dijo que nos conocíamos. Debo de haberlo conocido durante los últimos cuatro meses, pero no lo recuerdo.

Mamá se puso tensa.

—¿Te dijo cómo se llamaba?

—Jev.

Mamá había estado conteniendo el aliento, pero entonces suspiró. Me pregunté qué significaba. ¿Había esperado que dijera otro nombre?

—¿Lo conoces? —pregunté. A lo mejor me diría algo sobre mi relación con Jev.

—No. ¿Te dijo de dónde te conoce? ¿Tal vez del instituto? ¿O de la época en la que trabajabas en Enzo’s?

¿Había trabajado en Enzo’s? Era una novedad y estaba a punto de pedirle detalles cuando ella me miró fijamente.

—Un momento. ¿Cómo iba vestido? —preguntó en tono impaciente—. ¿Qué clase de ropa llevaba?

Fruncí el entrecejo, confundida.

—¿Qué importancia tiene?

Ella se puso de pie y caminó hasta la puerta y regresó. Como si de pronto se diera cuenta de que parecía muy angustiada, se detuvo ante mi tocador y examinó una botella de colonia con aire indiferente.

—¿Llevaba un uniforme con un logotipo? ¿O vestía prendas de un único color? ¿Negras… tal vez? —Era evidente que me estaba insinuando la respuesta pero ¿por qué?

—Llevaba una camiseta de béisbol blanca y azul, y tejanos.

Mamá frunció los labios con expresión preocupada.

—¿Qué me ocultas? —pregunté.

La expresión preocupada se acentuó.

—¿Qué sabes? —insistí.

—Había un chico… —empezó a decir.

—¿Qué chico? —dije, incorporándome en la cama. No pude evitar preguntarme si estaría hablando de Jev, con la esperanza de que fuera así. Quería saber más cosas sobre él. Quería saberlo todo.

—Vino a casa algunas veces. Siempre iba vestido de negro —dijo en tono disgustado—. Era mayor y… por favor, no te lo tomes a mal, pero no comprendía qué veía en ti. Había abandonado los estudios, tenía problemas con el juego y trabajaba de camarero en el Borderline. ¡Por amor de Dios! No tengo nada en contra de los camareros, pero era casi ridículo. Como si creyera que tú te quedarías en Coldwater para siempre. No comprendía tus sueños, por no hablar de satisfacerlos. Me sorprendería mucho que hubiese pensado asistir a la universidad.

—¿Me gustaba? —Su descripción no parecía cuadrar con Jev, pero no estaba dispuesta a abandonar.

—¡Ni hablar! Cada vez que te llamaba por teléfono me obligabas a inventar una excusa. Por fin comprendió y te dejó en paz. Todo el asunto fue muy breve, duró un par de semanas como mucho. Sólo lo mencioné porque siempre creí que había algo en él que no cuadraba y siempre me pregunté si quizá sabía algo sobre tu secuestro. No quiero ponerme dramática, pero era como si una nube negra hubiera aparecido en tu vida el día en que lo conociste.

—¿Qué pasó con él? —Noté que el corazón me latía apresuradamente.

—Se fue de la ciudad. —Mamá sacudió la cabeza—. ¿Lo ves? No pudo haber sido él. Entré en pánico, eso es todo. No me preocuparía por él —añadió, acercándose y palmeándome la rodilla.

»A estas alturas quizá se encuentre en la otra punta del país.

—¿Cómo se llamaba?

Ella vaciló sólo un instante.

—No lo recuerdo. Empezaba por P. Tal vez Peter —dijo, soltando una risotada innecesaria—. Supongo que eso demuestra cuán nimio era.

La broma hizo que le lanzara una sonrisa distraída, pero no dejaba de oír la voz de Jev en mi cabeza.

«Nos conocíamos. Nos conocimos hace cuatro meses, y yo fui un mal asunto para ti desde el instante en el que me viste».

Si Jev y ese misterioso chico del pasado eran uno y el mismo, alguien me estaba ocultando parte de la historia. Puede que Jev fuera un mal asunto. Tal vez lo mejor que podía hacer era echar a correr en la dirección contraria.

Pero algo me decía que no era esa persona dura e indiferente que con tanta insistencia trataba de convencerme que era. Justo antes de sufrir la alucinación, oí que decía: «Se supone que ya no has de estar involucrada en este asunto. Incluso yo no puedo protegerte».

Mi seguridad le importaba. Sus actos lo demostraban. «Y los actos son más importantes que las palabras», me dije a mí misma.

Eso sólo me dejaba dos preguntas. ¿En qué se suponía que ya no debía estar involucrada? ¿Y quién de los dos mentía? ¿Jev o mamá?

Si creían que me conformaría con quedarme mano sobre mano, el perfecto modelo de una dulce niñita de uniforme, eran menos listos de lo que creían.