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Cuando llegué a mi mesa encontré un mensaje de Christopher en mi contestador. Durante un momento consideré si debía continuar buscando la verdad. Christopher no era una persona a la que me apeteciera tener más presente en mi vida.

Pero me angustió la mirada que había visto en el rostro de Gideon cuando me habló de su pasado, así como el sonido de su voz, tan quebrada al recordar la vergüenza y el sufrimiento.

Sentía su dolor como si fuese mío.

Al final, no tuve otra opción. Le devolví la llamada a Christopher y le pedí que saliéramos a comer.

—¿Almorzar con una mujer guapa? —Adiviné una sonrisa en su voz—. Por supuesto.

—Cualquier momento que tengas libre esta semana me vendrá bien.

—¿Qué te parece hoy? —sugirió—. De vez en cuando, me dan ganas de ir a ese restaurante al que me llevaste.

—Me parece bien. ¿A las doce?

Confirmamos la hora y colgué justo cuando Will pasaba junto a mi mesa.

Me miró con ojos de cachorrito.

—Ayúdame —dijo.

—Claro —contesté esforzándome por sonreír.

Las dos horas pasaron volando. Cuando llegó la hora del mediodía, bajé y me encontré a Christopher esperando en el vestíbulo. Llevaba su pelo rojizo despeinado lleno de ondas cortas y sueltas y sus ojos verdes grisáceos brillaban. Vestía pantalones negros y camisa blanca con los puños remangados y tenía un aspecto seguro y atractivo. Me saludó con una sonrisa infantil y entonces, lo pensé: no podía preguntarle por lo que le había dicho a su madre hacía mucho tiempo. Él era un niño que vivía en un hogar disfuncional.

—Me ha hecho mucha ilusión que me llamaras —dijo—. Pero debo admitir que siento curiosidad por saber el motivo. Me pregunto si tiene algo que ver con el hecho de que Gideon haya vuelto con Corinne.

Aquello me dolió. Tuve que tomar aire y, a continuación, soltarlo para dejar que la tensión se fuera. Sabía lo que tenía que pensar. No tenía dudas. Pero fui lo suficientemente honesta como para admitir que quería ser la dueña de Gideon. Quería reivindicarlo, poseerlo, que todos supiesen que era mío.

—¿Por qué le odias tanto? —pregunté pasando por delante de él en la puerta giratoria. A lo lejos se oía el estruendo de unos truenos, pero la lluvia caliente y torrencial había cesado, dejando las calles inundadas de agua sucia.

Se unió a mí en la acera y colocó la mano en la parte inferior de mi espalda. Sentí que un escalofrío de repulsión me recorría el cuerpo.

—¿Por qué? ¿Quieres que intercambiemos datos?

—Claro. ¿Por qué no?

Cuando terminamos de comer yo ya me había hecho una idea de qué era lo que alimentaba el odio de Christopher. Lo único que le importaba era el hombre al que veía en el espejo. Gideon era más atractivo, más rico, más poderoso, más seguro… simplemente más. Y estaba claro que a Christopher se lo comían los celos. Sus recuerdos de Gideon estaban teñidos por la creencia de que había recibido todas las atenciones cuando era pequeño. Lo cual podría haber sido verdad, considerando lo problemático que era. Y lo que era peor, aquella rivalidad fraternal había pasado al terreno de sus vidas profesionales cuando Cross Industries adquirió una participación mayoritaria de Vidal Records. Me escribí una nota mental para preguntarle a Gideon por qué lo había hecho.

Nos detuvimos en la puerta del Crossfire para separarnos. Un taxi que pasaba a toda velocidad por un enorme charco me lanzó un montón de gotas de agua. Maldiciendo entre dientes, esquivé las gotas y casi tropecé contra el cuerpo de Christopher.

—Me gustaría salir contigo alguna vez, Eva. ¿A cenar quizás?

—Yo te llamaré —dije tratando de evitar una respuesta—. Mi compañero de piso está muy enfermo en estos momentos y tengo que estar a su lado el mayor tiempo posible.

—Tienes mi número. —Sonrió y me besó en la mano, un gesto que estoy segura de que le parecía encantador—. Y seguiremos en contacto.

* * *

Entré por la puerta giratoria del Crossfire y me dirigí a los torniquetes de entrada.

Uno de los guardias de seguridad que había en la recepción vestido con traje negro me detuvo.

—Señorita Tramell —dijo con una sonrisa—. ¿Podría venir conmigo, por favor?

Curiosa, le seguí al despacho del personal de seguridad donde me habían dado mi tarjeta de identificación cuando me contrataron.

Abrió la puerta para que yo pasara y Gideon estaba esperando en el interior.

Apoyado en la mesa con los brazos cruzados, tenía un aspecto atractivo, follable e irónicamente divertido. La puerta se cerró cuando entré y él suspiró negando con la cabeza.

—¿Hay más personas de mi vida a las que tengas planeado acosar en mi nombre? —preguntó.

—¿Estás espiándome otra vez?

—Echándote un ojo protector.

Lo miré sorprendida.

—¿Y cómo sabes si le he estado acosando o no?

Su débil sonrisa se hizo más grande.

—Porque te conozco.

—Pues no le he estado acosando. De verdad. No lo he hecho —contesté cuando él me miró incrédulo—. Iba a hacerlo, pero no. ¿Y por qué estamos en esta habitación?

—¿Has emprendido alguna especie de cruzada, cielo?

Estábamos tratando de convencernos el uno al otro y no estaba segura de por qué. Y tampoco me importaba, porque me había venido a la mente algo más importante.

—¿Te das cuenta de que tu reacción ante mi almuerzo con Christopher está siendo muy calmada? ¿Y también la mía con respecto a que estés pasando tiempo con Corinne? Los dos estamos reaccionando de una forma completamente diferente a como lo habríamos hecho hace un mes.

Él estaba distinto. Sonrió, y había algo único en el modo cálido en que curvó sus labios.

—Confiamos el uno en el otro, Eva. Es una buena sensación, ¿verdad?

—Que confíe en ti no significa que sienta menos confusión ante lo que está pasando entre los dos. ¿Por qué nos escondemos en este despacho?

—Se llama negación plausible. —Gideon se incorporó y se acercó a mí.

Cogiendo mi cara entre sus manos, me inclinó la cabeza hacia atrás y me besó dulcemente. —Te quiero.

—Se te está dando bien decirlo.

Me pasó los dedos por mi nuevo flequillo.

—¿Recuerdas aquella noche que tuviste la pesadilla y yo me fui? Te preguntaste dónde había ido.

—Aún me lo pregunto.

—Estuve en el hotel, limpiando la habitación. Mi picadero, como tú lo llamaste. Explicarte eso cuando tú estabas vomitándolo todo no me pareció lo más oportuno.

La respiración se me entrecortó de pronto. Era un alivio saber dónde había estado. Y otro aún mayor saber que el picadero ya no era tal cosa.

Sus ojos me miraban con dulzura.

—Me había olvidado por completo de ello hasta que surgió con el doctor Petersen. Los dos sabemos que nunca más lo voy a volver a utilizar. Mi chica prefiere los vehículos de transporte a las camas.

Sonrió y se fue. Yo me quedé mirándolo.

El guardia de seguridad apareció en la puerta y yo dejé a un lado mis turbios pensamientos para revisarlos más adelante, cuando tuviese tiempo de comprender de verdad adónde me estaban llevando.

De camino a casa, compré una botella de zumo de manzana con gas en lugar de champán. Vi el Bentley de vez en cuando, siguiéndome, siempre dispuesto a detenerse para recogerme. Antes me molestaba, porque la conexión latente que representaba hacía aún mayor mi confusión con respecto a mi ruptura con Gideon. Ahora, cuando lo veía, me hacía sonreír.

El doctor Petersen tenía razón. La abstinencia y un poco de espacio me habían aclarado las ideas. En cierto modo, la distancia entre Gideon y yo nos había vuelto más fuertes, había hecho que nos apreciáramos más el uno al otro y que no diéramos las cosas por sentado. Lo amaba ahora más de lo que lo había amado nunca y sentí aquello mientras planeaba una noche a solas con mi compañero de piso sin tener ni idea de dónde estaría Gideon ni con quién podría estar. No me importaba. Sabía que yo estaba en sus pensamientos, en su corazón.

Mi teléfono sonó y lo saqué del bolso. Al ver el nombre de mi madre en la pantalla, respondí:

—Hola, mamá.

—¡No entiendo qué es lo que están buscando! —Se quejó con voz furiosa y llorosa—. No dejan a Richard en paz. Han ido hoy a su despacho y han hecho copias de las grabaciones de seguridad.

—¿La policía?

—Sí. Son incansables. ¿Qué es lo que quieren?

Giré la esquina que daba a mi calle.

—Cazar a un asesino. Probablemente sólo quieran ver a Nathan entrando y saliendo. Comprobar las horas o algo así. —¡Eso es ridículo!— Sí. Pero es sólo una suposición. No te preocupes. No van a encontrar nada porque Stanton es inocente. Todo saldrá bien.

—Ha sido muy bueno con todo esto, Eva —dijo suavizando la voz—. Es muy bueno conmigo.

Dejé escapar un suspiro mientras escuchaba el tono de súplica que había en su voz.

—Ya lo sé, mamá. Lo he captado. Papá también lo comprende. Estás donde debes estar. Nadie te está juzgando. Todos estamos bien.

Tardé en calmarla lo que duró el trayecto hasta mi puerta. Y durante ese tiempo me pregunté qué vería la policía si pedían también las grabaciones de seguridad del Crossfire. El historial de mi relación con Gideon podría ser narrado a través de las veces que yo había estado en el vestíbulo de Cross Industries con él. La primera vez que se me declaró fue allí, dejando claro cuáles eran sus deseos sin ningún rodeo. Me había inmovilizado contra la pared allí, justo después de que yo aceptara salir con él en exclusiva.

Y había rechazado mi caricia aquel día terrible en que empezó a separarse de mí. La policía lo vería todo si retrocedían en el tiempo lo suficiente, aquellos momentos privados y personales.

—Llámame si me necesitas —dije mientras dejaba el bolso en el mostrador del desayuno—. Estaré en casa toda la noche.

Colgamos y vi un impermeable desconocido colgado de uno de los taburetes. Grité para que Cary me oyera.

—¡Cariño, estoy en casa!

Puse la botella de zumo de manzana en la nevera y me dirigí hacia el pasillo camino de mi habitación para darme una ducha. Estaba en la puerta de mi dormitorio cuando se abrió la puerta de Cary y salió Tatiana.

Abrí los ojos de par en par al ver su disfraz de enfermera traviesa que iba acompañado de ligas y medias de rejilla.

—Hola, guapa —dijo con petulancia. Estaba increíblemente alta con sus tacones mirándome desde arriba. Como modelo de éxito, Tatiana Cherlin tenía el tipo de rostro y de cuerpo que podría detener el tráfico—. Cuídamelo.

Parpadeando, vi a aquella rubia de largas piernas desaparecer por la sala de estar. Oí que la puerta de la calle se cerraba poco después.

Cary apareció en su puerta, despeinado, colorado y vestido tan sólo con sus calzoncillos bóxer. Se apoyó en el quicio de la puerta con una sonrisa relajada y de satisfacción.

—Hola.

—Hola. Parece que has pasado un buen día.

—De escándalo.

Aquello me hizo sonreír.

—No pretendo juzgarte, pero había supuesto que Tatiana y tú habíais terminado.

—Yo nunca he creído que hayamos empezado nada. —Se pasó una mano por el pelo, alborotándoselo—. Pero se ha presentado hoy aquí toda preocupada deshaciéndose en disculpas. Ha estado en Praga y no se había enterado de lo mío hasta esta mañana. Se ha presentado enseguida vestida así, como si hubiese leído mi mente perversa.

Yo también me apoyé en la puerta.

—Supongo que te conoce.

—Supongo que sí. —Se encogió de hombros—. Ya veremos adónde nos lleva esto. Sabe que Trey está en mi vida y que espero que continúe en ella. Pero Trey… Sé que no le va a gustar.

Sentí lástima por los dos. Iban a tener que transigir en muchas cosas para que su relación funcionara.

—¿Y si nos olvidamos por una noche de las personas más importantes de nuestras vidas y disfrutamos de una maratón de películas de acción? He traído champán sin alcohol.

—¿Qué tiene eso de divertido? —Preguntó con mirada de sorpresa.

—Ya sabes que no puedes mezclar las medicinas con el alcohol —contesté fríamente.

—¿No vas a Krav Maga hoy?

—Lo recuperaré mañana. Me apetece relajarme contigo. Quiero tumbarme en el sofá y comer pizza con palillos y comida china con los dedos.

—Nena, eres toda una rebelde —dijo sonriendo—. Y tienes una cita.

Parker cayó sobre la esterilla con un resoplido y yo grité, encantada de mi propio éxito.

—Sí —dije levantando el puño. Aprender a tirar a un hombre tan pesado como Parker no era ninguna tontería. Buscar el equilibrio adecuado para poder hacer palanca me había llevado más tiempo del que probablemente debería porque me había costado mucho concentrarme en las últimas dos semanas.

No había equilibrio en mi vida cuando mi relación con Gideon estaba torcida.

Riéndose, Parker me extendió la mano para que lo levantara. Le agarré del antebrazo y tiré de él para que se pusiera de pie.

—Bien. Muy bien —dijo elogiándome—. Esta noche estás a pleno rendimiento.

—Gracias. ¿Quieres que probemos otra vez?

—Descansa diez minutos y bebe agua —dijo—. Tengo que hablar con Jeremy antes de que se vaya.

Jeremy era uno de los compañeros instructores de Parker, un hombre gigante al que los estudiantes tenían que mirar desde abajo. No podía imaginarme esquivando nunca a un asaltante de su tamaño, pero había visto a mujeres realmente pequeñas hacerlo en su clase.

Cogí mi toalla y mi botella de agua y me dirigí a la gradería de aluminio que se alineaba en la pared. Mis pasos vacilaron cuando vi a uno de los policías que habían venido a mi casa. Pero la detective Shelley Graves no iba vestida con su ropa de trabajo. Llevaba una camiseta de deporte y unos pantalones a juego con zapatillas de atletismo y su cabello moreno y rizado recogido en una coleta.

Como ella estaba entrando en el edificio y la puerta se encontraba al lado de las gradas, me vi caminando hacia ella. Me obligué a aparentar despreocupación cuando lo que sentía era todo lo contrario.

—Señorita Tramell —me saludó—. Qué casualidad encontrármela aquí. ¿Lleva mucho tiempo con Parker?

—Alrededor de un mes. Me alegra verla, detective.

—No, no se alegra. —Adoptó un gesto irónico—. Por lo menos, no lo piensa. Aún. Y puede que siga sin alegrarse cuando hayamos terminado de hablar.

Fruncí el ceño, confundida ante aquel enredo de palabras. Pero una cosa estaba clara: —No puedo hablar con usted sin la presencia de mi abogado.

Ella extendió los brazos.

—No estoy de servicio. Pero de todos modos, usted no tiene que decir nada. Seré yo la que hable.

Graves señaló las gradas y, a regañadientes, me senté. Tenía una muy buena razón para mostrarme recelosa.

—¿Y si nos ponemos un poco más arriba? —Subió a lo alto y yo me puse de pie y la seguí.

Una vez acomodadas, colocó los antebrazos sobre las rodillas y miró a los alumnos que había abajo.

—Por las noches esto es diferente. Normalmente vengo a las sesiones diurnas. Me había prometido a mí misma que si alguna vez me encontraba con usted sin estar de servicio, le diría algo. Suponía que las posibilidades de que eso ocurriera eran nulas y, mire por dónde, aquí está. Debe ser una señal.

Yo no me estaba creyendo aquella explicación adicional.

—No me parece que sea de las personas que creen en las señales.

—Ahí me ha pillado, pero por esta vez haré una excepción. —Frunció los labios un momento, como si estuviera pensando seriamente en algo. A continuación, me miró—. Creo que su novio ha matado a Nathan Barker.

Yo me puse tensa y recobré el aliento de forma audible.

—Nunca podré probarlo —dijo con gravedad—. Es demasiado inteligente. Demasiado cuidadoso. Todo ha sido premeditado al detalle. En el momento en que Gideon Cross tomó la decisión de asesinar a Nathan Barker, lo tenía todo bien organizado.

Yo no sabía si debía irme o quedarme ni cuáles serían las consecuencias de cualquiera de las dos decisiones. Y durante ese momento de indecisión, ella continuó hablando.

—Creo que empezó el lunes siguiente al ataque que sufrió su compañero de piso. Cuando registramos la habitación de hotel donde se descubrió el cadáver de Barker, vimos unas fotos. Muchas fotos de usted, pero de las que le estoy hablando eran de su compañero de piso.

—¿De Cary?

—Si yo presentara esto al ayudante del fiscal del distrito para pedir una orden de arresto, diría que Nathan Barker atacó a Cary Taylor como una forma de intimidar y amenazar a Gideon Cross. Yo creo que Gideon Cross no estaba cediendo al chantaje de Barker.

Retorcí las manos en la toalla. No podía soportar la idea de que Cary estuviese sufriendo todo aquello por mi culpa.

Graves me miró con ojos afilados y rotundos. Ojos de policía. Mi padre también los tenía.

—En ese momento, creo que Gideon pensó que usted corría un peligro mortal. ¿Y sabe qué? Tenía razón. He visto las pruebas que recopilamos en la habitación de Barker: fotografías, notas pormenorizadas de su agenda diaria, recortes de prensa… incluso parte de su basura. Normalmente, cuando encontramos este tipo de cosas es demasiado tarde.

—¿Nathan me estaba vigilando? —Sólo de pensarlo un fuerte escalofrío me recorrió el cuerpo.

—La estaba acechando. El chantaje que hizo a su padrastro y a Cross no fue más que una intensificación de lo mismo. Creo que Cross se estaba acercando demasiado a usted y Barker se sintió amenazado por esa relación. Estoy segura de que esperaba que Cross se alejaría cuando conociera su pasado.

Me llevé la toalla a la boca, por si el mareo que estaba sintiendo me hacía vomitar.

—Así que, esto es lo que creo que ocurrió. —Graves se dio golpecitos en las yemas de los dedos mientras su atención parecía dirigirse a los agotadores ejercicios que se desarrollaban más abajo—: Cross cortó con usted. Con eso consiguió dos cosas, que Barker se relajara y que desapareciera el móvil de Cross para matarlo. ¿Por qué iba a asesinar a un hombre por una mujer a la que había dejado? Eso lo preparó bastante bien y no se lo contó a usted, que reforzó la mentira con sus sinceras reacciones.

Empezó a dar golpes con el pie además de con los dedos y su esbelto cuerpo irradió una agitada energía.

—Cross no encargó el trabajo a otro. Eso habría sido una estupidez. No quiere que haya un rastro de dinero ni un sicario que lo puedan delatar. Además, esto era un asunto personal. Usted es un asunto personal. Quiere que la amenaza desaparezca sin ninguna duda. Organiza una fiesta en el último momento en una de sus propiedades para una empresa de vodka que le pertenece. Así, consigue tener una coartada bien sólida. Incluso la prensa está allí para hacer fotos. Y sabe exactamente dónde está usted y que su coartada es igual de sólida.

Mis dedos se retorcían en la toalla. Dios mío

Los sonidos de los cuerpos golpeando las colchonetas, el murmullo de las instrucciones que se daban y los gritos triunfantes de los alumnos se desvanecieron convirtiéndose en un zumbido uniforme dentro de mis oídos. Había una gran actividad desarrollándose justo delante de mí y mi cerebro no podía procesarla. Tenía la sensación de estar alejándome por un túnel infinito y de que mi realidad iba encogiéndose hasta un punto negro y diminuto.

Abriendo su botella de agua, Graves dio un largo trago y, después, se secó la boca con el reverso de la mano.

—Debo admitir que lo de la fiesta me confundió un poco. ¿Cómo romper una coartada como ésa? Tuve que volver al hotel tres veces hasta que supe que esa noche hubo un incendio en la cocina. Nada importante, pero todo el hotel tuvo que ser evacuado durante casi una hora. Todos los huéspedes se arremolinaron en la acera. Cross salía y entraba del hotel haciendo lo que sea que hace un propietario en esas circunstancias. Hablé con media docena de empleados que lo vieron o que hablaron con él en esos momentos, pero ninguno de ellos podía establecer las horas con exactitud. Todos estaban de acuerdo en que fue un caos. ¿Quién iba a seguir el rastro de un hombre en medio de todo ese jaleo?

Yo misma negué con la cabeza, como si la detective me estuviese haciendo la pregunta a mí.

Echó los hombros hacia atrás.

—Cronometré los pasos desde la entrada de servicio, donde vieron a Cross hablando con los bomberos, hasta el hotel de Barker, que estaba a dos manzanas. Quince minutos de ida y otros quince de vuelta. A Barker lo liquidaron con una sola puñalada en el pecho. Justo en el corazón.

Debió bastar menos de un minuto. No había heridas de forcejeo y lo encontraron justo detrás de la puerta. Mi teoría es que le abrió la puerta a Cross y éste lo mató antes de que pudiese pestañear. Y fíjese… Ese hotel es propiedad de una filial de Cross Industries. Y resulta que las cámaras de seguridad del edificio estaban apagadas por unas mejoras que llevaban varios meses en proceso.

—Una coincidencia —dije con la voz quebrada. El corazón me latía con fuerza. En un lugar escondido de mi cerebro, yo era consciente de que había una docena de personas a pocos metros de distancia que seguían con sus vidas sin tener ni idea de que otro ser humano, en aquella misma sala, estaba atravesando un momento de catástrofe.

—Claro. ¿Por qué no? —Graves se encogió de hombros, pero sus ojos la delataban. Ella sabía la verdad. No podía demostrarlo, pero lo sabía—. Así que, esto es lo que hay: puedo seguir buscando y perdiendo el tiempo con este caso mientras tengo otros sobre mi mesa. Pero ¿qué sentido tiene? Cross no es un peligro para la sociedad. Mi compañero le diría que no está bien tomarse la justicia por su mano. Y en la mayoría de los casos, yo estoy de acuerdo. Pero Nathan Barker iba a matarla. Puede que no fuera en una semana. Puede que tampoco en un año. Pero algún día lo haría.

Se puso de pie y se alisó los pantalones, cogió su botella de agua y su toalla e ignoró el hecho de que yo estuviese llorando de forma incontrolable.

Gideon…

Me apreté la toalla contra la cara, abrumada.

—He quemado mis notas —continuó—. Mi compañero cree también que hemos llegado a un callejón sin salida. A nadie le importa que Nathan Barker haya dejado de respirar. Incluso su padre me dijo que para él su hijo había muerto hacía años.

Levanté la vista hacia ella, pestañeando para hacer desaparecer la neblina que las lágrimas me provocaban en los ojos.

—No sé qué decir.

—Usted rompió con él el sábado siguiente a que interrumpiéramos su cena, ¿verdad? —Ella asintió conmigo—. Él estuvo después en la comisaría prestando declaración. Salió de la sala, pero yo lo pude ver a través del cristal de la puerta. La única vez que he visto un dolor así es cuando tengo que informar a los parientes cercanos. Si le soy sincera, ésa es la razón por la que le estoy contando esto ahora, para que pueda volver con él.

—Gracias. —Nunca había pronunciado esa palabra con más sentimiento que entonces.

Negó con la cabeza y empezó a bajar las escaleras. Entonces, se detuvo, se giró y me miró.

—No es a mí a quien debe dárselas.

De algún modo, terminé en el apartamento de Gideon.

No recuerdo haber salido del estudio de Parker ni de decirle a Clancy adónde me tenía que llevar. No recuerdo haberme presentado en la recepción ni haberme dirigido al ascensor. Cuando me vi en el vestíbulo privado ante la puerta de Gideon, tuve que detenerme un momento, sin saber cómo había llegado desde las gradas hasta allí.

Llamé al timbre y esperé. Cuando no hubo respuesta, me hundí en el suelo y apoyé la espalda en la puerta.

Gideon me encontró allí. Las puertas del ascensor se abrieron y él salió, deteniéndose de repente al verme. Iba vestido con ropa de deporte y aún tenía el pelo húmedo por el sudor. Nunca estuvo más maravilloso.

Se me quedó mirando, inmóvil.

—Ya no tengo llave —le dije.

No me puse de pie porque no estaba segura de que mis piernas pudieran con mi peso.

Se agachó.

—Eva, ¿qué pasa?

—Esta noche me he encontrado con la detective Graves. —Tragué saliva, a pesar del nudo que sentía en la garganta—. Abandonan el caso.

Su pecho se expandió respirando hondo. Con aquel sonido lo supe. Una oscura desolación ensombreció los hermosos ojos de Gideon. Sabía que yo lo sabía. La verdad planeaba pesadamente entre nosotros, casi como si pudiésemos tocarla.

Mataría por ti, dejaría todo lo que tengo por ti… pero no te abandonaré.

Gideon cayó de rodillas sobre el frío y duro mármol. Con la cabeza agachada. Esperando. Yo me moví, imitando su posición. Le levanté el mentón. Le acaricié la cara con mis manos y mis labios. Susurrándole por la piel mi gratitud por su regalo.

—Gracias… gracias… gracias.

Me agarró apretando los brazos con fuerza alrededor de mi cuerpo. Apretó su rostro contra mi cuello.

—¿Qué va a pasarnos ahora?

—Lo que tenga que pasarnos. Juntos.