El ocho de enero había llegado. Daniela estaba sentada en el porche de La casa della nonna, con una sonrisa de oreja a oreja. Tras el agobio por la incertidumbre, por fin respiraba aliviada. Todo iba bien, otros seis meses de felicidad que pensaba aprovechar al máximo.
Sentadas en la parte delantera de la casita mientras los niños jugaban, Daniela apretó los puños y cuchicheó.
—Estoy feliz… feliz… feliz.
—Y yo, cielo, que estés bien es una noticia excelente para comenzar el año —le respondió Antonella, emocionada, cogiéndole la mano.
—Tengo cinco meses para vivir locamente y…
—… un mes para agobiarte antes de las nuevas pruebas —acabó la conversación su amiga.
El teléfono advirtió que tenía un mensaje:
Mañana pon el despertador y no te duermas. ¡Te espero!
Lo leyó en voz alta y ambas rieron.
—Te pone mucho ese jugador, ¿verdad?
—¿Pero tú le has visto? —cuchicheó Daniela levantando mucho las cejas.
—Sí, hija, sí. En el anuncio de Reebok se le ve una tableta de chocolate increíble. Por cierto, ¿es de verdad?
—Palabrita del niño Jesús que es de verdad… Y lo mejor: ¡no engorda!
Ambas rieron y Antonella murmuró:
—La verdad es que el tío está que cruje.
—Pero que cruje… que cruje… y recruje.
Antonella, al ver el gesto pecaminoso de su amiga, le dio un codazo y muerta de risa murmuró:
—Daniii, ¿puedo darte un consejo?
—Vas a hacerlo aunque te diga que no, así que, ¡adelante!
Tras soltar una risotada Antonella miró directamente a su amiga a los ojos y musitó:
—Por lo que te ha ocurrido, me has enseñado que la vida hay que vivirla día a día, ¿verdad?
—Sí, signorina.
—Pues bien, aprovecha al máximo estos meses antes de que te vuelva a entrar el agobio. Vívelos a tope y no dejes para más adelante lo que puedas disfrutar hoy. Si ese tipo te gusta ¡ve a por él! Devora esas tabletas de chocolate.
—Creo que para disfrutar con él me sobran meses —rio divertida—. Este amiguito será de los que, tras un par de citas calentitas, dirá ¡ciao, signorina! —ambas rieron y, aclaró—: Es justo lo que necesito: sexo fácil, sin complicaciones y divertido.
—¿Como Enzo?
—Exacto. Algo que sea como lo que tengo con Enzo.
Antonella iba a comentar algo pero Daniela se le adelantó:
—Creo que Rubén estará totalmente recuperado de su lesión muy pronto y retomará su vida normal, por lo que le perderé de vista y todo será más fácil. Lo nuestro es algo físico y, tras un par de encuentros morbosos, tendremos suficiente. Al fin y al cabo, es un tipo muy solicitado por las mujeres más guapas del país y no creo que se centre mucho en mí. En definitiva, quiero sexo y él estoy segura de que no me lo va a negar.
Antonella sonrió, le encantaba ver a Daniela con tanta fuerza, tan enérgica, y colocándole el pelo tras la oreja, añadió:
—¡Vamos…! Sígueme.
Sin saber a cuento de qué, hizo lo que su amiga le pedía, cuando entraron en la casa, Antonella le entregó el bolso y las llaves del coche.
—Ve a verle ahora mismo, sé que lo deseas: me lo dicen tu cara, tus ojos, tu manera de sonreír cuando hablas de él y su tableta de chocolate, ¿a qué estás esperando?
—¿Ahora? ¿Quieres que vaya a verle ahora?
—Sí, señorita, ahora mismo. Llámale para saber si está en su casa y ve a verle, ¿por qué esperar a mañana?
Daniela dejó el bolso sobre la mesa y murmuró:
—No, ahora no, seguro que está acompañado, no quiero jorobarle ningún plan.
Antonella volvió a coger el bolso y se lo colgó en el hombro.
—Soy tu amiga y repito ¡no pierdas el tiempo!, llámale y, si está solo, ve a verle; haz el favor de no dejar para mañana lo que puedas hacer hoy. Es más, pregúntale el número de teléfono de Jandro.
—¿Jandro? —rio al escuchar el nombre.
—Sí, me gustó y creo que voy a llamarlo.
Daniela soltó una risotada mientras marcaba el teléfono de Rubén; dos timbrazos y él atendió la llamada.
—¡Hola, tocapelotas!
—Uisss… mal comenzamos. ¿Estás en casa?
—Sí, ¿por qué?
—¿Solo?
Sin entender la pregunta, Rubén repreguntó:
—¿Y a ti qué te importa?
—Es por ir a visitarte, estoy cerca y he pensado en pasarme, pero no quería cortarte el rollo si estás con alguna de tus amiguitas.
Rubén, que estaba sentado solo en el salón jugando a la Play, dijo rápidamente.
—Puedes venir, no interrumpes nada.
—De acuerdo —sonrió mirando a su amiga—. En un rato paso a verte.
Al colgar el teléfono Antonella preguntó con premura:
—Por favor, dime que llevas ropa interior decente o me va a dar algo.
Sin recordar qué se había puesto al salir de casa, Daniela se desabrochó la camisa y comprobó que llevaba un bonito conjunto en tono rosa chicle.
—Quizá no es el más sexy, pero creo que puede valer.
Ambas rieron y Antonella soltándole la coleta indicó:
—Déjate el pelo suelto, ganas mucho.
—Vaya… Gracias, mujer.
—Esas botas no son de lo más sexy, la verdad —le dejó caer Antonella clavando su mirada en las botas militares de su amiga.
Daniela las miró y aclaró al saber lo que Rubén pensaba de sus horribles botas.
—Lo sé… ¡le horripilan! Pero las botas se quitan; lo sexy es lo que hay debajo.
Ambas rieron y, diez minutos después, conducía su coche en dirección a la casa de Rubén Ramos.
Cuando llegó a la puerta con el coche, está se abrió y Daniela metió su coche en el interior de la parcela. Al bajar, se sorprendió al ver que Rubén y su perra salían a recibirla. Estaba guapísimo con aquella camiseta negra y el pantalón vaquero: pura tentación.
—¡Hola Locaaa! —saludó cariñosamente a la perrita que, al verla, le hizo una fiesta como recibimiento.
Rubén las observaba y de pronto se sintió feliz. Desde que Daniela le había llamado para anunciar su visita, una sensación desconocida pero muy agradable se instaló en su interior y, como un niño chico, había estado mirando el reloj cada dos por tres. Y de pronto estaba allí: preciosa con su vaquero de camuflaje y su bomber color caqui, parecía una chiquilla.
Una vez acabó de jugar con la perra, Daniela se levantó del suelo y le miró fijamente a los ojos de un modo especial.
—¡Feliz año! —le espetó, y sin más. se acercó hasta él y le plantó dos besos en las mejillas.
Tras ese fugaz contacto, Rubén supo lo que quería de ella: algo difícil de conseguir pero tentador, muy tentador. Un día cualquiera se había convertido en un día estupendo, especial, solo porque ella había aparecido por su casa y eso era algo que él no podía obviar.
Cuando entraron en la casa, Daniela se quitó su bomber, la dejó sobre una silla y, cuando se volvió para mirarle, se quedó sin palabras al ver que él le tendía un paquetito.
—Tu regalo de Reyes.
—¿Me has comprado un regalo? —preguntó alucinada.
—Sí, y vas a aceptarlo. Por favor, dime que sí.
Con una amplia sonrisa ella asintió y empezó a desenvolverlo. Al ver que se trataba de un colgante con la inicial de su nombre murmuró:
—Es precioso, ¡gracias! —y sin más, le correspondió con otro beso en la mejilla.
Pero al separarse de él, en lugar de volver a su posición inicial, se quedó algo más cerca y, sin previo aviso, hizo lo que tenía que hacer: le besó, llevó sus labios junto a los de él e introduciendo sus dedos en las presillas de los vaqueros para tenerle sujeto, le acercó a su cuerpo y lo devoró. Rubén, sorprendido por aquel arranque inesperado, no desaprovechó la oportunidad y, tirando la muleta al suelo, la agarró por la cintura y la acercó más a él.
Durante unos segundos se besaron con los ojos cerrados hasta que de pronto él, echándose hacia atrás murmuró:
—¿Qué estás haciendo, Dani?
—Lo que me apetece —afirmó de puntillas—. Ya te dije que cuando quisiera sexo te lo haría saber y es exactamente eso, sexo, lo que quiero ahora —Rubén quedó bloqueado por el arrojo y la determinación de ella, y estaba a punto de reaccionar cuando ella volvió a la carga—. ¿Me vas a decir ahora que no quieres?
Él estaba excitadísimo por el magnetismo que veía en su mirada.
—Te comería toda.
—Pues cómeme.
Él sonrió, ella también; y volvió a besarle con ímpetu, deseosa de conseguir su objetivo. Le empujó y le hizo sentar en una silla, acoplándose sobre sus piernas, se colocó encima de él, a horcajadas y agarrándole por el pelo como tantas veces había deseado, susurró:
—Hoy es hoy, no pienses en mañana, ¿de acuerdo?
Aquel asintió como un bobo y se dejó besar. Pocas veces había dejado que una mujer tomara la iniciativa, pero le gustaba ver a Daniela tan sensual, le enloquecía sentir sus labios sobre los suyos, sus manos enredándose en su pelo y, sobre todo, su olor y su proximidad.
En décimas de segundo, su entrepierna se endureció, ¿cómo no iba a reaccionar así con Daniela sobre él? Ella, que fue consciente de su efecto en él, sonrió y, de inmediato, le sacó la camiseta negra por la cabeza. Con deleite, tocó su fibroso torso desnudo y repasó con su dedo índice los trazos del tatuaje de su hombro que tantas veces había visto pero que nunca se había atrevido a recorrer de ese modo.
Su boca chupó su hombro con deleite mientras él le desabrochaba la camisa y esta caía al suelo. Enloquecido por la efusividad de ella el futbolista posó sus manos en su trasero y con fuerza la apretó contra él mientras le decía en el oído.
—Vamos a la cama, preciosa.
Daniela asintió, se levantó y juntos caminaron entre besos hacia su habitación. Él cerró la puerta y, mirándola, turbado por el deseo, le pidió entre arrumacos, con voz ronca:
—Desnúdate.
Daniela sonrió al oír aquello y con actitud provocativa, le ordenó:
—Después de ti.
Uno frente al otro fueron despojándose de sus ropas hasta quedar totalmente desnudos y entonces ella, por primera vez, le vio un tatuaje en el que nunca había reparado: una estrella que enmarcaba su pezón derecho.
—¡Qué sexy tu tatuaje!
—¿Te gusta? —susurró él sin dejar de mirarla. Ella asintió y, con voz profunda, añadió—: Es todo para ti preciosa, disfrútalo.
La respiración de Daniela se aceleró, era todo para ella, aquel hombre, al desnudo. Era tremendamente varonil y ver su duro e hinchado pene ante ella, dispuesto a entrar en acción, le resecó la boca, pero al ver cómo su mirada recorría su cuerpo, dijo:
—No soy perfecta, pero llegados a este punto, es lo que hay y…
No pudo decir más, él dio un paso adelante y, pegándola a su cuerpo, la besó. Saboreó sus labios mientras sus manos recorrían con ansia su espalda y bajaban hasta las cachas de su trasero y se lo apretaban.
Aquel simple gesto le demostró que Rubén ardía de pasión y eso la enloqueció. Daniela enredó sus dedos en aquel cabello que tanto le gustaba y se dejó hacer. Las manos del futbolista pululaban por su cuerpo sin inhibición y eso la excitó.
Ansiaba chupar aquel pezón, enmarcado por el tatuaje de una estrella. Lo buscó con su boca, su lengua paseó alrededor, lo mordisqueó levemente hasta que notó la excitación en la dureza del pezón y lo sopló. Rubén se estremeció, disfrutaron de sus cuerpos sin moverse del sitio hasta que él la cogió en brazos. Daniela se asustó.
—¿Qué haces?
—Llevarte a la cama.
—Rubén, tu pierna… ten cuidado.
—Tranquila —musitó besándola.
Una vez llegaron a la cama, él se sentó en el borde dejándola a ella encima. El roce de su vagina con el duro pene le atizaba el deseo. Rubén, encantado, le chupó primero un pezón y después el otro, mientras ella no dejaba de observarle. Con mimo, pasó su mano por la fina cicatriz de su pecho derecho, y sin reparar en ella, continuó su asolador ataque.
Los minutos pasaron mientras ambos se calentaban sobre la cama inspeccionando sus cuerpos, hasta que él dijo:
—Saca de la mesilla un preservativo.
Ella se levantó, abrió el primer cajón y sacó tres de una caja que ya estaba abierta.
—Esto es solo para ir abriendo boca.
Divertido por aquello, sonrió, le quitó uno, lo abrió con los dientes y, tras ponérselo, la hizo sentar de nuevo sobre él y, agarrando su pene, lo guio hasta su dulce placer. Una vez él comenzó a entrar por donde ambos querían, se miraron a los ojos y él susurró:
—Vamos, demuéstrame de lo que eres capaz, tocapelotas.
Aquella provocación la hizo reír y moviendo las caderas hacia delante, se clavó totalmente en él, y cuando Rubén dio un respingo hacia atrás, cuchicheó:
—Prepárate, principito.
Pero él ya no pudo contestar: los movimientos de cadera que ella ejercía sentada a horcajadas sobre él eran maravillosos, gustosos, placenteros. Sabiendo lo que hacía, Daniela clavó sus manos en aquellos fuertes hombros y comenzó a bajar y a subir sobre él. Ella marcaba el ritmo mientras él no paraba de gemir. Rubén intentó hacerse dueño de la situación en varias ocasiones, pero ella no se lo permitió. Cada vez que la agarraba de la cintura para moverla a su antojo, Daniela le besaba de tal forma que le hacía perder las fuerzas y de nuevo era ella quien lo manejaba.
Sin poder hacer nada más que quedar a merced de sus deseos y disfrutar de todo lo que ella le hacía sentir, se dedicó observarla y la carne se le puso de gallina al ver que ella, enloquecida de placer, cerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás. Su miembro entraba y salía con facilidad proporcionándoles a ambos miles de oleadas de placer hasta que finalmente, Daniela le miró extasiada.
—Ahora, tú.
No hizo falta decir más. Rubén la agarró por la cintura y, con dureza, la introdujo más en él, ambos chillaron: una y otra vez repitió aquella acción hasta que ella se desmadejó entre sus brazos y él, tras dos empellones más, se dejó ir.
Agotado, Rubén cayó en la cama y ella quedó encima. Durante varios minutos ambos permanecieron quietos y en silencio procesando lo que acababa de pasar. Daniela, relajada, con la cabeza apoyada en su pecho, cerró los ojos y sonrió. Entonces Rubén notó el cosquilleo de su risa, mientras enredaba sus dedos en la melena de ella, haciendo que levantara la cabeza y obligándola a mirarle.
—¿Qué te hace tanta gracia?
No le quitaba ojo al tatuaje de su pezón.
—Lo creas o no, yo me iba a tatuar esa estrella en mi ombligo.
—¿En serio? —rio él.
—Te lo prometo, por eso cuando lo he visto me ha gustado tanto.
Divertido por aquella mágica coincidencia, tiró de ella hasta tenerla a su altura y, retirándole el pelo de la cara, preguntó con curiosidad:
—¿Por qué hoy?
—¿Por qué hoy, qué? —le había entendido, pero quiso ganar tiempo para poder pensar la respuesta—. Supongo que porque estoy contenta y me apetecía sexo contigo, nada más, como tú dijiste, somos solteros, sin compromiso y el sexo ¡es sexo! Aunque quiero que te quede clara una cosa.
—¡Tú dirás! —murmuró él mordiéndole el lóbulo de la oreja.
Con la carne de gallina por lo que le hacía sentir, como pudo, respondió.
—Esto solo será siempre que yo quiera, que te quede claro.
Rubén soltó una risotada y apretándola más contra él, respondió:
—Creo que no va a ser así —y sin dejarla protestar, la volvió a besar y, al abandonar su boca, dijo enseñándole los dos preservativos que quedaban—: Ahora quiero yo.
Enardecida por el deseo que aquel hombre le hacía sentir, Daniela cerró los ojos y se dedicó a disfrutar del morbo de aquel instante. Rubén, ávido de ella, bajó hasta sus piernas y abriéndolas tomó todo lo que quería y ella le daba, hasta que se puso el preservativo y, de nuevo, culminó.
Una hora después, agotados y sudorosos, tras haber disfrutado de tres asaltos, se encaminaron a la ducha. Se refrescaron entre besos y jugueteos y, cuando salieron del baño, ella dijo:
—Quiero decirte dos cosas, pero me da un poco de vergüenza.
Sorprendido porque ella se mostrara tan pudorosa tras lo ocurrido entre ellos, le preguntó revolviéndole el pelo.
—Tú dirás, vergonzosa.
Enrollándose en una esponjosa toalla, Daniela dijo:
—Lo que ha ocurrido entre tú y yo, debe quedar solo entre nosotros, ¿entendido?
—Por supuesto, pido la misma discreción por tu parte, ¿y lo segundo?
Daniela sonrió y con cara de circunstancias, murmuró:
—Las tripas no paran de rugirme, ¿comemos algo?
Rubén soltó una carcajada y secándose con la toalla con vigorosidad, añadió:
—Por supuesto, vamos a vestirnos y te preparo lo que quieras.
Entre risas, se pusieron la ropa interior. Luego Dani se puso la camisa y se calzó las botas mientras él solo se ponía los vaqueros.
—Vaya botas ¡son tremendas!
Daniela levantó la pierna y divertida añadió.
—No son como las que suelen utilizar tus conquistas, ¿verdad?
Rubén, divertido, negó con la cabeza y dándole un rápido beso, lo reconoció.
—Pues no, para que te lo voy a negar.
Llegaron hasta la cocina entre bromas. Allí Rubén preparó unas tortillas francesas mientras ella aliñaba una suculenta ensalada.
Tenían un hambre atroz. El sexo abría el apetito y comieron con voracidad mientras charlaban cordialmente.
—¿En serio estuviste en el concierto que Beyoncé dio aquí, en Milán?
—Sí, ¿no me digas que tú también?
Rubén asintió y los dos se carcajearon. Hablaron de música, de cine, de sus gustos y aficiones y mientras Daniela se terminaba el yogurt él dijo:
—Si sigues chupando de esa manera la cucharita, creo que voy a por otros tres preservativos.
—¿En serio? —respondió ella repitiendo el gesto, esta vez mucho más seductoramente, sin sutilezas.
Divertido por su naturalidad, Rubén se levantó y fue hasta su equipo de música, quería refrescar un poco sus ideas. Ella dejó el yogurt sobre la encimera y se acercó a él.
—¿Qué música vas a poner?
—Estoy entre Coldplay o Maroon5, ¿qué prefieres?
—¿No tienes nada de Elvis?
Animado, la miró, la agarró por la cintura y le respondió dirigiéndose a su boca.
—Pues no, no tengo nada de Elvis.
—Pues no sabes lo que te pierdes —murmuró besándolo.
Gustoso, aceptó aquel beso con sabor a yogurt.
—¿Qué te parece si nos olvidamos de la música y regresamos a la cama?
Ella sonrió, la oferta era realmente muy tentadora, pero le propuso.
—Me parece una idea excelente, pero antes quiero que escuches a Elvis.
—¿A Elvis?
Ella asintió y, desasiéndose de sus brazos, vestida únicamente con su camisa y unas braguitas, dijo mientras se cubría con un plumífero azulón de él.
—Voy a por música.
—¿Te has vuelto loca? ¿A dónde vas?
—Voy un segundo a mi coche.
—Te vas a congelar, Dani. Ni se te ocurra salir o…
Pero sin escucharle, salió de la casa y antes de que él llegara a la puerta para recriminarla, ella ya entraba corriendo mientras gritaba.
—¡Diosss, qué fríooo!
Alegre por su locura, soltó una carcajada y, ella le abrazó en busca de calorcito mientras saltaba para atemperarse. Ese contacto, esa cercanía, ese momento, a Rubén le pareció mágico. Su naturalidad, su olor, el tacto de su piel, todo en ella era distinto, especial. Rubén metió sus manos bajo el chaquetón de plumas para acercarla más a él y al bajarlas y tocarle el trasero, lo notó congelado.
—Te dije que hacía frío, loca… que estás muy loca.
—Mira… ahora sí que me llamo como tu perra.
Rubén volvió a reír y ella, soltándose, se quitó el plumas quedándose solo vestida con la camisa y las bragas. Se dirigió hacia el equipo de música e introdujo un CD, reprodujo la canción número dos y dijo, mientras comenzaba a sonar It’s now or never…
—Para mí esta es la mejor canción de Elvis y siempre me la pongo cuando necesito tomar una decisión. Escucha su voz y el sentimiento con el que la canta.
It’s now or never,
come hold me tight
Kiss me my darling
Be mine tonight
Tomorrow will be too late
It’s now or never
My love won’t wait
Uno frente al otro escucharon la canción; ella cerró los ojos para cantarla. Sin ningún tipo de sentido del ridículo, le agarró las manos mientras cantaba en un perfecto inglés. Sin querer romper la magia del instante, la observó cantar. Daniela era diferente, divertida y chispeante, algo que él apreciaba más de lo que ella podía imaginarse.
Cuando la canción acabó, la atrajo hacia él y la besó, le devoró los labios con deseo; y ella no opuso ninguna resistencia, vibraba con su contacto. Se saborearon con deleite cuando empezó a sonar otra canción de Elvis.
—¿A que es una chulada esa canción?
—Sí, reconozco que es bonita, casi tanto como tú.
—Wooo ¿eso ha sido un piropo? ¿Estás enfermo? —él rio y ella cuchicheó—: Dios, esta noche no duermo, Rubén Ramos me ha dedicado un piropo.
Él volvió a reír, después le dio un beso y al final dijo:
—Me ha sorprendido lo bien que cantas en inglés.
—Hablo español, inglés e italiano.
—Vaya… además de ser una estupenda tocapelotas y fisioterapeuta, eres trilingüe.
—Ajá… ¿Tú no sabes hablar inglés?
Rubén soltó una carcajada y cuchicheó besándola en el cuello.
—Soy nefasto, lo he intentado mil veces, pero siempre llego a un punto en el que me estanco y al final lo dejo. Pero tú me puedes enseñar, ¿no crees?
—Vale… pero te saldré cara.
Al decir aquello ambos rieron y él preguntó:
—¿Qué quiere decir el título de la canción que hemos bailado?
—It’s now or never quiere decir «es ahora o nunca».
—Mmmmm… tentador título —murmuró mordiéndole el cuello.
Ella soltó una risotada y Rubén la besó. Tras ese beso llegó otro e instantes después excitados la volvió a coger entre sus brazos y la llevó hasta su cama; cuando la soltó, la miró con sensualidad y se tumbó sobre ella.
—No sé cómo lo haces pero me estás volviendo loco.
—Te dije que tengo encantos ocultos —se mofó.
—Dame tus pies. Voy a quitarte esas botas antes de que me des una patada con ellas.
—Son precisamente para eso. El que se pasa conmigo, las prueba —le comentó con sorna mientras él la descalzaba.
Extasiado por lo que ella le hacía sentir, una vez le quitó las pesadas botas, acercó sus labios hasta su pecho derecho y se introdujo el pezón en la boca, endureciéndolo con el contacto de sus dientes; segundos después, hizo lo mismo con el otro pecho y, cuando ella soltó un gemido de placer, se movió y, quitándole las manos de sus pechos, murmuró tomando el mando de la situación.
—Túmbate.
Él hizo caso y ella se sentó sobre él. Las manos de Rubén volaron por la espalda de ella.
—Me encanta la suavidad de tu piel y tu olor —ella sonrió mientras él bajaba su mano. Al llegar a su trasero y apretarlo, cuchicheó—: Tienes un culito redondo y…
—¿Gordo? —preguntó mirándole.
Él no contestó de inmediato, así que ella se incorporó como si tuviera un resorte en la cintura.
—Ya te dije, que soy lo que ves… nada más.
Rubén quiso agarrarla para que volviera a tumbarse sobre él, no quería romper la magia de aquel precioso momento, pero ella, con un movimiento rápido, se levantó y se alejó de la cama. Tumbado, la observó mientras ella se volvía a poner la camisa y preguntó:
—¿Se puede saber qué te pasa ahora?
—Odio que me mires así.
—¿Así? ¿Cómo?
—Como si estuvieras buscando mis hoyitos de la celulitis —bloqueado por aquel cambio de humor tan radical fue a decir algo cuando ella añadió—: Sí, tengo celulitis como la mitad de las mujeres del mundo, ¿y qué? —él no contestó y ella prosiguió—. Rubén, que nos conocemos ya, que sé lo que piensas de mí y de mi cuerpo aunque nos hayamos acostado.
Molesto por lo que acababa de escuchar, clavó su mirada en ella y con voz ronca, susurró:
—Creo que hablas sin saber.
—¿Sin saber?
—Sí, sin saber —asintió—. Cuando he hablado de tu trasero, era para decir algo bonito, no para que te lo tomaras como te lo has tomado.
Sorprendida por aquello, le miró y añadió:
—Te recuerdo que me dijiste que te gustan las mujeres técnicamente perfectas. Que la perfección para ti es un elemento muy importante y…
—¿Tan superficial crees que soy?
—¡Sí, joder! —resopló.
Pasmado, se sentó en la cama y preguntó boquiabierto:
—¿Has dicho «joder»?
—Sí, ¿qué pasa? ¿algo que objetar?
Cada vez más estupefacto por la reacciones de ella, añadió:
—Te juro que hoy me estás dejando sin palabras, primero me llamas, luego vienes a mi casa y me seduces, y ahora te pones de mal humor por algo que tú presupones que yo iba a decir de tu trasero, incluso te enfadas y dices tacos… Increíble.
Daniela iba defender su punto de vista, cuando de pronto le sonó el móvil. Caminó hasta la mesilla y, al ver que era Antonella atendió la llamada.
—¿Qué ocurre?
—Aisss Dani, siento cortarte el rollo.
La angustia en la voz de su amiga la inquietó y preguntó:
—¡Dios, no me asustes!, ¿qué pasa?
—Se trata de Israel, me ha dicho la nonna que hoy llegó del colegio muy enfadado y que después le vio irse con el pandillero ese con el que hemos tenido problemas.
—¡¿Luppo?!
—Sí, ese.
—¿Qué se ha ido con Luppo?, ¿con ese delincuente?
—Sí.
—Yo lo mato cuando lo encuentre —siseó mirando a su alrededor en busca de su ropa—. ¿Dónde está? ¿Sabes dónde se ha ido?
—Le han visto en los billares de via San Vittore. Ay, Dani, es que yo no puedo ir a buscarle, estoy sola en la casita con los niños. La nonna se ha ido al médico con Francesco y Chelso y no puedo irme y dejar al resto de los niños solos. He llamado a Gina pero está fuera de Milán, y a Agustina no la encuentro. Lo siento, pero solo te he podido localizar a ti.
—No te preocupes, has hecho bien —dijo poniéndose los calcetines—. Iré a por él y lo llevaré de vuelta a casa, no te preocupes.
—Dani, ten cuidado que te conozco.
—Tranquila contendré las ganas que tengo de matar a ese hijo de su madre.
—Dani, no me asustes que cuando te enfadas eres muy bruta.
—Tranquila, Antonella, no pasará nada.
Cuando colgó, Rubén, que había escuchado la conversación telefónica desde la cama, al ver que ella se vestía en un periquete, la interrogó:
—Y ahora, ¿se puede saber a dónde vas?
—Tengo que resolver algo importante, así que, nuestra fiestecita sexual ¡se acabó!
Su tono de voz… Nunca le había escuchado aquel tono y, acercándose a ella, la agarró del mentón para que lo mirara.
—Si te vas por lo que no he dicho de tu trasero yo…
Echándose hacia atrás, se liberó de su mano y respondió cortante.
—Mira, Rubén, no me voy por esa tontería, mi trasero me importa tres pitos, aunque mira, no me lo recuerdes o me voy a enfadar, ¿de acuerdo?
Era la primera vez desde que la conocía que la veía seria de verdad, sin su perenne sonrisa.
—¿Qué ocurre?
—Ya te lo he dicho, tengo cosas que solucionar —respondió mientras se ponía los vaqueros de camuflaje.
Estaba cansado de que ella no estuviera siendo clara con él, así que la empujó hacia la cama; ella cayó sobre el colchón y él la retuvo, sentándose a horcajadas sobre ella.
—O me dices que pasa o de aquí no te mueves.
—¡Suéltame!
—¡Wooo…! pero si mi tocapelotas tiene genio. Vaya, vaya —se mofó al escucharla.
Daniela se revolvió, pero Rubén la tenía bien cogida y al final gritó descolocándolo totalmente.
—Suéltame, ¡maldita sea! No estoy jugando, tengo que ir a buscar a Israel antes de que se meta en problemas.
—¿Israel, el hermano de Suhaila?
—Sí, me ha llamado Antonella para decirme que Israel se ha marchado con Luppo, ese muchacho es un pandillero de lo peor que te puedas echar a la cara, un delincuente que ha enrolado en sus filas a dos niños que se criaron en la casita: Teo y Mikel, ellos ahora son mayores de edad y pasan droga para ese sinvergüenza por un miseria y me niego a que haga lo mismo con Israel.
—¿Y por qué no llamas a los carabinieri?
—Porque ellos no van a hacer nada, que Israel esté con Luppo no es un delito. Pero para mí, que se relacione con él, significa que está buscando nuevos chavales e Israel tiene catorce años y…
La soltó de inmediato y empezó a ponerse los vaqueros y una camisa.
—Te acompaño.
—No —negó ella levantándose.
La cogió del brazo, la detuvo y, con un gesto tan serio como el de ella, insistió:
—Espérame, Dani.
—Estás lesionado y no quiero que te pase nada por mi culpa. No vienes, no te lo permito.
Rubén resopló y, con furia en la mirada, siseó lentamente.
—He dicho que te acompaño.
La joven soltó un gemido de frustración y salió de la habitación; Rubén se vistió a toda prisa, a tiempo para alcanzarla cuando ella salía de la casa, sin mediar palabra, se montaron en el coche de la joven y fueron hasta la via San Vittore. Una vez aparcaron, caminaron hacia uno conocidos billares.
—¿Estás bien? —preguntó Rubén apoyado en su muleta antes de entrar.
Sin hablar, ella asintió, pero por el gesto de su cara, él sabía que mentía, estaba desconcertado: ¿dónde estaba la sonrisa perpetua? Y sin dejar que se moviera, murmuró:
—Daniela… me estás preocupando.
Ella sonrió, pero su sonrisa no fue cálida, al revés, fue fría y se soltó de él con brusquedad.
—No te preocupes, sé a quién me enfrento.
Cuando ella abrió con fuerza la puerta de aquellos billares, varios jovencitos les miraron con curiosidad. Entre ellos se encontraban Mikel y Teo que, al verla, bajaron la mirada avergonzados. Daniela les miró furiosa pero no les dijo nada. Ellos eran mayores de edad y habían decidido la vida que querían llevar, pero la cara de muchos de aquellos chavales cambió al reconocer a Rubén Ramos, aquel era el delantero del Inter, ¿qué hacía allí esa celebridad?
Daniela escaneó con la mirada el local hasta que vio a Israel al fondo sentado con Luppo, hablaban mientras tomaban unas cervezas. La indignación invadió su cuerpo y se dirigió a ellos como un toro miura. Rubén, impresionado, la siguió ante la atenta mirada de todos. De pronto vio que ella se paraba ante una máquina de hielo, la abría y cogía una bolsa.
—¿Para qué quieres el hielo? —preguntó Rubén.
—Tranquilo, para ti no es —respondió furiosa.
Con la bolsa de hielo en la mano continuó andando hacia donde estaban los muchachos y cuando estuvo lo suficientemente cerca, gritó:
—¡Israel!
El muchacho dio un salto en su asiento y se volvió: ¿qué hacía ella allí? Daniela, al ver cómo la miraba, siseó:
—¡Ven aquí ahora mismo!
El muchacho, al escuchar su tono de voz, sorprendido, se levantó y ella gritó de nuevo:
—¡Israel, joder, como tenga que ir yo a por ti lo vas a lamentar!
Israel se acercó a ella y preguntó:
—¿Qué haces aquí?
—No, Israel, ¿qué haces tú aquí? —no recibió respuesta—. ¿Sabes que lo único que puede darte este idiota son problemas y aun así estás aquí?
El muchacho movió la cabeza y tras mirar a un desconcertado Rubén, pasmado junto a ella, cuchicheó bajando la voz.
—Lo sé, tienes razón, Dani.
Luppo, sonriendo, se levantó y abriendo los brazos, cuchicheó:
—Vaya… vaya… pero si es la princesita mala leche, ¿vienes a verme a mí, preciosa?
—Pues va a ser que no, imbécil —siseó Daniela.
—Si tanto te gusto, vente conmigo al cuarto trasero, prometo darte lo que has venido a buscar —le dejó caer con una sonrisa que no gustó nada a Rubén.
Israel, al escuchar aquello, se volvió con furia, pero antes de poder decir nada, Rubén pronunció alto y claro.
—Ten cuidado con lo que dices, no sea que con quien te metas en ese cuarto trasero sea conmigo y sea yo quien dé lo que estás buscando.
El delincuente soltó una risotada; Daniela cogió a Israel del brazo y lo puso tras ella cuando siseó:
—Mira Luppo, no hagas que me enfade más y cierra esa bocaza que tienes.
—¿O qué? —se enfrentó aquel con descaro.
Daniela, con una fría sonrisa, dio un paso adelante y le amenazó con una chulería impresionante.
—Como te vuelvas a acercar a cualquiera de mis chicos, te juro que te corto las pelotas. Te lo dije una vez y no soy persona a la que le guste repetir las cosas.
—¿Quieres quedarte otra vez sin coche? —se mofó aquel.
Su tono, su cara y sus palabras hicieron que Daniela lo fulminara con la mirada, y acercando su rostro al de él, le advirtió:
—¡Atrévete!
Rubén no entendía nada, ¿pero qué pasaba allí? Sorprendido al escucharla hablar con esa dureza, la miró. ¿Pero dónde estaba la dulce Daniela? Luppo, aquel maldito delincuente, sonrió desafiante. Se acercó más a ella, pero Daniela no se inmutó. Israel fue a meterse por medio, cuando Rubén cogiéndole del brazo, le hizo retroceder, e interponiéndose entre Daniela y aquel idiota dijo en tono intimidatorio:
—Como te acerques más a ella o le toques un pelo, te las verás conmigo, ¿entendido?
Luppo, al reconocer a Rubén sonrió, pero mirando la muleta cuchicheó:
—Ten cuidado tú, no salgas peor de como entraste.
A Rubén no le dio tiempo a responder, Daniela se puso delante de él y con todas sus fuerzas le dio una patada en la entrepierna a Luppo, que cayó doblado al suelo con un gran gesto de dolor. Israel y Rubén se miraron alucinados: ¿pero qué había hecho aquella loca? Ella, sin cambiar su gesto, le plantó la bota militar sobre el trasero y, sin agacharse, le tiró la bolsa de hielo.
—Toma, la necesitarás. Y recuerda, si no quieres vértelas conmigo, aléjate de mis chicos y de mi coche.
Dicho esto, cogió a Israel del brazo y, con paso firme y seguro, salió del local ante la cara de asombro total de Rubén y de todos los que los observaban.