Capítulo 14

Se planta el árbol

—Bien hecho —lo felicitó Aslan con una voz que hizo temblar la tierra.

En aquel momento Digory supo que todos los narnianos habían oído las palabras y que su historia pasaría de padres a hijos en aquel nuevo mundo durante cientos de años y tal vez para siempre. Sin embargo, no había peligro de que eso lo volviera un engreído, pues ni siquiera pensaba en ello ahora que se hallaba cara a cara con Aslan. En aquella ocasión descubrió que podía mirar directamente a los ojos del león; había olvidado sus preocupaciones y se sentía totalmente complacido.

—Bien hecho, Hijo de Adán —repitió el león—. Por esta fruta has pasado hambre y sed, y has llorado. Ninguna mano que no sea la tuya sembrará la semilla del árbol que protegerá Narnia. Arroja la manzana en dirección a la orilla del río donde la tierra es blanda.

Digory hizo lo que le indicaba Aslan. Todos se habían quedado tan silenciosos que se oyó cómo la fruta producía un ruido sordo al caer en el barro.

—La has lanzado bien —proclamó Aslan—. Procedamos ahora a la coronación del rey Frank de Narnia y de Helen, su reina.

Los niños advirtieron entonces su presencia por vez primera. Iban vestidos con ropas extrañas y hermosas, y de sus hombros caían lujosos mantos que se extendían a sus espaldas hasta donde cuatro enanos sostenían la cola del rey y cuatro ninfas del río la de la reina. Llevaban la cabeza descubierta, pero Helen se había soltado el pelo y mejorado enormemente su aspecto. Sin embargo no eran ni el pelo ni el atuendo lo que les daba un aspecto distinto; sus rostros mostraban una expresión nueva, en especial el del rey. Toda la severidad, astucia y carácter pendenciero que había adquirido como cochero en Londres parecían haber sido eliminados, y el valor y la amabilidad que siempre había tenido resultaban más fáciles de distinguir. Tal vez fuera la atmósfera del joven mundo la que lo había conseguido, o hablar con Aslan, o ambas cosas.

—¡Caramba! —susurró Alado a Polly—. ¡Mi antiguo amo ha cambiado casi tanto como yo! Vaya, ahora sí que es un auténtico señor.

—Sí, pero no murmures así en mi oído —se quejó ella—. Me haces cosquillas.

—Ahora —anunció Aslan—, que algunos de vosotros desaten la maraña que habéis hecho con esos árboles y veamos qué encontramos ahí.

Digory vio entonces que en un lugar donde crecían cuatro árboles muy juntos se habían entrelazado sus ramas o las habían atado con varillas para crear una especie de jaula. Los dos elefantes con sus trompas y unos cuantos enanos con sus pequeñas hachas no tardaron en deshacerlo todo. Había tres cosas en su interior. Una era un árbol joven que parecía hecho de oro; la segunda, un árbol joven que parecía hecho de plata; pero la tercera era un objeto miserable con ropas embarradas, que permanecía sentado, encorvado, entre ellos.

—¡Cielos! —musitó Digory—. ¡El tío Andrew!

Para explicar todo eso debemos retroceder un poco. Los animales, como se recordará, habían intentado plantarlo y regarlo. Cuando el riego le devolvió el conocimiento, el anciano se encontró empapado de agua, enterrado hasta los muslos en tierra que rápidamente se convertía en barro, y rodeado de más animales salvajes de lo que jamás había soñado. No resulta por lo tanto nada sorprendente que el anciano caballero se pusiera a chillar y aullar; aunque en cierto modo aquello fue bueno para él, pues al fin consiguió persuadir a todo el mundo —incluido el jabalí— de que estaba vivo. Así pues lo habían vuelto a desenterrar; los pantalones habían quedado en un estado francamente lastimoso tras aquella experiencia. En cuanto sus piernas quedaron libres intentó salir huyendo, pero un veloz giro de la trompa de la elefanta alrededor de su cintura no tardó en poner fin a tal intentona. Todos pensaron entonces que había que mantenerlo a buen recaudo en algún lugar hasta que Aslan tuviera tiempo de acercarse, verlo y decir qué debía hacerse con él. Así pues, construyeron una especie de jaula o corral a su alrededor, y a continuación le ofrecieron todo lo que se les ocurrió para que comiera.

El asno reunió grandes cantidades de cardos y los arrojó al interior, pero el tío Andrew no parecía muy emocionado con ellos. Las ardillas lo bombardearon con andanadas de nueces, pero él se limitó a cubrirse la cabeza con las manos y a intentar mantenerse alejado. Varios pájaros volaron a un lado y a otro arrojándole gusanos diligentemente. El oso se mostró especialmente amable. Durante la tarde encontró un panal de abejas salvajes y en lugar de comérselo —algo que le habría encantado hacer—, la noble criatura se lo llevó al tío Andrew. El oso lanzó la pegajosa masa por encima del cercado y, por desgracia, ésta fue a golpear de lleno al tío Andrew en el rostro, con el agravante de que no todas las abejas estaban muertas. El animal, al que no habría importado en absoluto que le arrojaran a la cara un panal, no comprendió por qué el tío Andrew retrocedió tambaleándose, resbaló y cayó sentado al suelo. Y también fue mala suerte que el buen señor fuera a caer sobre el montón de cardos. «Y de todos modos —como dijo el jabalí—, una buena cantidad de miel ha ido a parar a la boca del extraño ser y seguro que le ha sentado bien». Realmente todos empezaban a sentir cariño por su curiosa mascota y esperaban que Aslan les permitiera conservarla. Los más listos estaban convencidos de que al menos algunos de los ruidos que surgían de su boca tenían significado, y lo bautizaron con el nombre de Coñac porque era un sonido que emitía bastante a menudo.

Al final, no obstante, tuvieron que dejarlo allí hasta la mañana siguiente. Aslan estuvo ocupado todo el día dando instrucciones al nuevo rey y la nueva reina y realizando otras tareas de importancia, y no pudo prestar atención al «pobre Coñac». De todos modos éste, entre las nueces, peras, manzanas y plátanos que le habían lanzado, disfrutó de una cena nada desdeñable; aunque no sería justo afirmar que pasó una noche plácida.

—Sacad a la criatura —ordenó Aslan.

Uno de los elefantes levantó al tío Andrew con la trompa y lo colocó a los pies del león. El anciano caballero estaba tan asustado que ni se movió.

—Por favor, Aslan —dijo Polly—. ¿Podrías decir algo para… para que dejara de tener miedo? ¿Y luego podrías decir algo que le impidiera volver aquí jamás?

—¿Crees que desea hacerlo? —inquirió el león.

—Bueno, Aslan —siguió la niña—, podría enviar a otra persona. Está tan emocionado porque la barra arrancada al farol se ha convertido en un árbol farol que piensa que…

—Piensa grandes disparates, chiquilla —respondió Aslan—. Este mundo rebosa vida estos días porque la canción que usé para darle vida todavía flota en el aire y retumba en el suelo. Eso no durará mucho tiempo. Pero no puedo decírselo a este viejo pecador, y tampoco puedo consolarlo; por su propia voluntad, se ha vuelto incapaz de oír mi voz. Si le hablo, no oirá más que rugidos y gruñidos. Oh, Hijos de Adán, ¡con qué habilidad os defendéis de todo lo que os puede hacer bien! Sin embargo le concederé el único don que todavía es capaz de recibir.

Inclinó la cabeza con cierta tristeza y sopló suavemente sobre el aterrorizado rostro del mago:

—Duerme —dijo—. Duerme y permanece separado durante unas cuantas horas de todos los tormentos que has concebido para ti mismo.

El tío Andrew se acostó inmediatamente con los ojos cerrados y empezó a respirar apaciblemente.

—Llevadlo a un lado y depositadlo en el suelo —indicó Aslan—. Bien, ¡qué vengan los enanos! Mostrad vuestra destreza como herreros. Veamos cómo creáis dos coronas para vuestros reyes.

Más enanos de los que uno pueda imaginar se abalanzaron sobre el Árbol Dorado. Lo despojaron de todas sus hojas y también de algunas de sus ramas en menos que canta un gallo, y entonces los niños descubrieron que no sólo parecía de oro sino que era de auténtico oro blando. En realidad había brotado a partir de las monedas de diez chelines que habían caído del bolsillo del tío Andrew cuando lo colocaron boca abajo; del mismo modo que el de plata había crecido de las medias coronas. De la nada, al menos ésa fue la impresión que dio, surgieron montones de leña seca para servir de combustible, un pequeño yunque, martillos, tenazas y fuelles, y al cabo de un instante —¡hay que ver lo que les gusta su trabajo a los enanos!— ardía un buen fuego, rugían los fuelles, el oro se fundía y los martillos repiqueteaban. Dos topos, a los que Aslan había puesto a cavar a primera hora del día, pues era lo que hacían mejor, derramaron un montón de piedras preciosas a los pies de los enanos, y bajo los hábiles dedos de los menudos herreros tomaron forma dos coronas; no se trataba de objetos feos y pesados como las modernas coronas europeas, sino ligeros y delicados aros bellamente moldeados y cómodos de llevar, que, además, favorecían mucho. La del rey estaba incrustada de rubíes y la de la reina de esmeraldas.

Una vez que hubieron enfriado las coronas en el río, Aslan hizo que Frank y Helen se arrodillaran ante él y colocó las coronas en la cabeza de los soberanos. Luego dijo:

—Alzaos, rey y reina de Narnia, padre y madre de muchos reyes que reinarán en Narnia, en las Islas y en Archenland. Sed justos, compasivos y valerosos. Os doy mi bendición.

Entonces, todos lanzaron aclamaciones, aullaron, relincharon, bramaron o batieron las alas, y la real pareja permaneció allí inmóvil con expresión solemne y un poco tímida, pero más noble aún por aquella timidez. Y mientras seguían lanzando aclamaciones, Digory oyó la profunda voz de Aslan a su lado, que decía:

—¡Mirad!

Todos los reunidos volvieron la cabeza, y a continuación aspiraron profundamente, sorprendidos y gozosos. Un poco más allá, alzándose sobre sus cabezas, vieron un árbol que, desde luego, no estaba allí antes. Debía de haber crecido en silencio, aunque igual de rápido que se alza una bandera cuando se iza en el asta, mientras se hallaban todos ocupados con la coronación. Las extendidas ramas parecían proyectar una luz en lugar de una sombra, y manzanas plateadas asomaban como estrellas por debajo de cada hoja; pero era el olor que desprendía, incluso más que su visión, lo que había hecho que todo el mundo contuviera la respiración. Por un momento todos eran incapaces de pensar en otra cosa.

—Hijo de Adán —dijo Aslan—, has sembrado bien. Y vosotros, narnianos, que sea vuestra primera preocupación custodiar este árbol, ya que es vuestra protección. La bruja de quien os hablé ha huido al norte del mundo; vivirá allí a través de los tiempos, y su oscura magia será cada vez más poderosa. Sin embargo, mientras ese árbol florezca, jamás vendrá a Narnia. No se atreverá a acercarse a menos de doscientos kilómetros del árbol, pues su aroma, que es fuente de alegría, vida y salud para vosotros, es muerte, horror y desesperación para ella.

Todos contemplaban solemnemente el árbol cuando el león giró de improviso la cabeza, derramando destellos de luz desde la melena al hacerlo, y clavó sus enormes ojos en los niños.

—¿Qué sucede, niños? —preguntó, pues los descubrió intercambiando susurros y codazos.

—Eh… Aslan, señor —respondió Digory, enrojeciendo—. Olvidé decírtelo. La bruja ya ha probado las manzanas, ha comido una como la que hizo crecer ese árbol.

No había dicho en realidad todo lo que pensaba, pero Polly lo dijo al instante por él, pues el muchacho siempre tenía más miedo que ella a parecer un estúpido.

—Así que pensamos, Aslan —dijo ella—, que debe de haber algún error, y que en realidad no parece molestarle el olor de esas manzanas.

—¿Por qué piensas eso, Hija de Eva? —inquirió el león.

—Bueno, se comió una.

—Chiquilla —replicó él—, por ese motivo ahora el resto le produce pavor. Eso es lo que sucede a aquellos que arrancan y comen frutas cuando no deben hacerlo. La fruta es buena, pero la aborrecen a partir de ese momento.

—Vaya, entiendo —dijo Polly—. Y supongo que puesto que la tomó de un modo indebido no funcionará con ella. Quiero decir que no hará que sea siempre joven y todo eso, ¿verdad?

—¡Ay! —suspiró Aslan, sacudiendo la cabeza—. Sí lo hará. Las cosas siempre actúan de acuerdo con su naturaleza. Ha obtenido lo que más deseaba; posee energía inagotable e infinitos días de vida, como una diosa. Pero una vida larga con un corazón malvado no es otra cosa que un sufrimiento interminable y ya empieza a darse cuenta de ello. Todos obtienen lo que desean; no a todos les gusta.

—Yo… yo estuve a punto de comer una —dijo Digory—. Me habría…

—Sí, muchacho. Pues la fruta siempre funciona, debe funcionar, pero no produce un resultado feliz con aquellos que la arrancan a voluntad. Si cualquier narniano, espontáneamente, hubiera robado una manzana y la hubiera plantado aquí para proteger Narnia, habría protegido Narnia; pero lo habría hecho convirtiendo Narnia en otro imperio poderoso y cruel como Charn, no en el país bondadoso que quiero que sea. Y la bruja te tentó para que hicieras otra cosa, hijo mío, ¿no es así?

—Sí, Aslan. Quería que me llevara una manzana a casa para mi madre.

—Comprende, pues, que sí la habría curado; pero no os habría producido felicidad ni a ti ni a ella. Habría llegado el día en que ambos mirarais atrás y dijerais que lo mejor hubiera sido morir de aquella enfermedad.

Y Digory fue incapaz de decir nada, pues las lágrimas ahogaron su voz y abandonó toda esperanza de salvar la vida de su madre; pero al mismo tiempo comprendió que el león sabía lo que habría sucedido, y que podría haber cosas más terribles que ver cómo la muerte te arrebata a un ser querido. Aslan volvió a hablar, no obstante, casi en un susurro.

—Eso es lo que habría ocurrido, muchacho, con una manzana robada. Pero no es lo que sucederá ahora. La que yo te doy traerá alegría. No concederá, en tu mundo, vida eterna, pero sanará. Ve. Arranca una manzana del árbol para tu madre.

Durante un instante Digory se quedó perplejo. Fue como si todo el mundo se hubiera vuelto del revés y puesto boca abajo. Y luego, como en sueños, se encontró andando hasta el árbol, y el rey y la reina lo aclamaban y todas las criaturas lo aclamaban también. Tomó una manzana y la guardó en el bolsillo; luego regresó junto a Aslan.

—Por favor —dijo—, ¿podemos regresar a casa ahora?

Olvidó decir «Gracias», pero lo pensaba, y Aslan lo comprendió.