Martes, 26 de junio
Entré en el BACus a la hora del almuerzo, y me dirigí, como tenía costumbre cuando no estaban Iago o Héctor a la mesa donde Elisa y su rebaño pastaban los pinchos del día. Dejé el bolso en el respaldo de una silla vacía y me disponía a sentarme, cuando ella se levantó con su cerveza y, sin mediar palabra, se cambió de mesa. Los becarios intercambiaron una rápida mirada, agacharon la cabeza, y se apresuraron a sentarse con ella en la otra mesa.
Estupendo. Me había ganado una enemiga de alto nivel, o tal vez siempre lo fue y lo del día anterior solo fue una ceremonia para quitarnos las máscaras. Me tomé mi primer pincho de foie con toda la parsimonia del mundo.
Estaba delicioso.
Después me decidí a atacar mi ración de rabas, mientras los compañeros sentados en la barra me dirigían miradas con disimulo y murmuraban entre ellos. Las rabas estaban fresquísimas, blandas, tiernas. Realmente eran unas de las mejores rabas de Santander. Elisa me miraba fijamente, parapetada detrás de su cerveza, soltando brea entre dientes para sus becarios. Le noté cierto tembleque en las manos y la mirada algo perdida. Tenía unas ojeras importantes bajo el rímel negro y, por una vez, parecía que no se había peinado.
La mañana era hermosa, fabulosa.
Había salido un día precioso, sin nubes que matizaran el azul absoluto de aquel cielo veraniego. En un par de horas llegaría Iago, y todo volvería a estar bien. El mundo exterior seguiría su curso sin nosotros, no nos necesitaba. Ni nosotros a él.
Cuando acabé el almuerzo, subí a mi despacho y me encontré con su post-it pegado en la mesa. Su letra inclinada anunciaba abrazos y besos: «He adelantado el vuelo, te estoy esperando debajo del acantilado».
Arranqué el cuadrado amarillo de papel y salí corriendo escaleras abajo, donde estuve a punto de comerme a Héctor.
—¿Tienes prisa? —me sonrió.
—Sí, Iago acaba de llegar. Voy a buscarlo —le dije, enseñándole su nota.
Supongo que una debe guardar las formas ante su suegro, pero un suegro de veintiocho mil años entra en una categoría especial. Héctor se me quedó mirando con una extraña expresión en los ojos mientras yo echaba a correr hacia la entrada del MAC.
Llegué a la planta de lavanda y oculté los zapatos de tacón tras el arbusto. Bajé tan deprisa como me permitió la herida de la espalda y me planté en menos de un minuto en la lengua de roca. Al principio no vi a nadie. Iago debía de haberse metido en la penumbra de la cueva.
Ojalá.
Una ráfaga de viento me levantó la melena y sentí un aliento caliente en la nuca.
Odié como nunca antes la voz ronca de Jairo.
—No tienes ni idea de lo disgustado que estoy contigo.
Quise respirar, pero no pude: su mano sujetó mi cuello, apretando la tráquea con un absoluto control sobre la presión que ejercía. Cuando pensaba que se me iba a nublar la vista, aflojó y me permitió tomar aire.
—Te necesito consciente —susurró—. ¿Has hablado ya con Elisa?
Negué con la cabeza porque las palabras no me salían, y si me hubieran salido, no había podido pronunciarlas porque una tenaza bloqueaba con maestría mis cuerdas vocales.
Murmuró para sí mismo algo acerca de un fallo de cálculo, pero no lo entendí bien.
—Bien, prosigamos —dijo volviendo a centrarse en mí—, ¿qué te hizo pensar que podías inmiscuirte en los asuntos de un inmortal? Elisa me contó anoche tus pequeñas revelaciones, estaba hecha una furia. Tuve que emplearme a fondo para calmarla. ¿Así es como tratas a tu nueva familia, traicionándola a las primeras de cambio?
—Elisa también es mi familia —conseguí decir pese al dolor que me causaba tomar aire—. No quiero que mi primo y mis sobrinos sufran por uno de tus caprichos.
—Eso no es asunto tuyo.
Traté de girar la cabeza hacia él, en un intento de zafarme de la presión de aquellos dedos que me sujetaban implacables.
—Mira al frente —me obligó a obedecerle—. ¿Ves el paisaje?
Cómo no verlo. Delante de mí el cielo y el mar lucían sus azules, pero faltaba otro azul: el de los ojos de Iago, ese pequeño detalle que a veces marca la diferencia entre perecer o sobrevivir.
—Voy a ser piadoso contigo. Esta belleza va a ser lo último que veas.
Pero, ¿estaba hablando en serio? ¿Me iba a ejecutar allí mismo, por unas razones tan peregrinas? Hasta entonces, lo había considerado un dandy más o menos canalla. Ahora, la verdad cruda me tenía sujeta por el cuello. Mi instinto de supervivencia había estado atrofiado todo ese tiempo.
—Escucha, Nagorno, no quieres hacer esto.
—¡Oh, ya lo creo que quiero! Esta no es manera de tratarme. Si supieras cuánto me has decepcionado…
—A eso me refería, a nuestra manera de tratarnos.
Noté que aflojaba la mano. Un poco.
—Tú y yo tenemos algo, un entendimiento —le dije, rasgándome la voz—. Lo sabes, ¿verdad? Has tenido que notarlo. Conmigo puedes ser el que no eres con nadie, ¿no es así?
—Adriana, yo en realidad… —su otra mano pasó por mi melena. Suave. Muy suave.
Perdí la paciencia.
—Pues deja de actuar como un villano de serie B.
Eso fue un error. Eso no debí decirlo. No tenía ni idea de que Nagorno jamás había aceptado una orden de nadie.
Apretó mi garganta de nuevo y alzó mi cuerpo por encima de su cabeza.
Ya estaba viendo la luz blanca llamándome al final del túnel cuando escuché a mis espaldas un crujido seco de huesos rotos. Después, la mano de Jairo perdió fuerza hasta liberarme. Salté como un resorte sin comprender aún, y al girarme vi el cuerpo de Jairo inerte, tendido sobre la roca.
¿Estaba muerto?
Había una piedra del tamaño de mi mano a pocos centímetros de su cabeza. Miré hacia arriba instintivamente, hacia el único lugar desde donde había podido provenir aquel pedrusco que me había salvado la vida.
Vi una figura inmensa varios metros arriba, pero no pude apreciar la expresión de su cara porque el sol le daba en la espalda y lo dejaba en la sombra. Todavía llevaba otra enorme piedra en la mano.
La mano de Iago.
Bajó sin cuidado, en dos zancadas, cuando debería haber bajado en cuatro. Llegó hasta mí de un salto de varios metros. Cayó de pie limpiamente, como lo haría un león cavernario.
Por un momento no lo reconocí. Quiero decir que era Iago, eran sus rasgos, pero me remitían a otra época, menos civilizada, más primitiva o acaso más brutal, como las máscaras mortuorias de criminales en el Museo de Cera. Debajo de ese duro semblante estaba el Iago que yo conocía, pero aquel hombre también había sido un asesino en algún momento de su vida.
—¿Está vivo? —le pregunté, al ver que se agachaba para comprobar el pulso en el cuello de Jairo.
—Claro que está vivo. Una pedrada no va a acabar con la vida de mi hermano —dijo en tono sombrío—. Larguémonos, antes de que vuelva a usar esta piedra de nuevo —y la lanzó lejos mirando cómo el mar se la tragaba.
—¿Y vas a dejarlo aquí inconsciente? —le miré incrédula—. Iago, está subiendo la marea.
—Sobrevivirá, créeme. No estoy de humor para echármelo a la espalda y cargar con él por esta pendiente, ¿vas a hacerlo tú?
—No —le dije después de pensármelo.
No podría, claro, pero la pregunta era: ¿querría hacerlo? Todavía me dolía el cuello y aún notaba la presión que habían dejado sus dedos. No, posiblemente no querría.
—Entonces no hay más que hablar —concluyó secamente.
Comencé a subir rehusando la ayuda que me ofreció su brazo extendido. La buena noticia era que el dolor del cuello me había hecho olvidar por un momento la sensación de tirantez tan molesta de la espalda.
Me alegré al ver de nuevo la silueta de la planta de lavanda recortada varios metros más arriba. En cuanto llegué, arranqué unas cuantas espigas y las inhalé con la desesperación de un adicto buscando su efecto sedante. Iago se sentó, también arrancó algunas y las restregó entre sus manos.
—Mi padre me llamó cuando venía en coche del aeropuerto, algo no le cuadró cuando vio tu nota. Supongo que es mejor grafólogo que tú —se sentó cruzando sus piernas con las mías, en lo que parecía ser su postura favorita—. No le había dicho a nadie que había adelantado mi vuelo, así que en cuanto recibí la llamada, me imaginé lo peor. Cuéntame lo que ha pasado.
Le puse al día de todo lo ocurrido con Elisa, de la conversación por teléfono con Jairo, de que ella se había creído a pies juntillas la historia de un Jairo dócilmente enamorado, de nuestra discusión el día anterior en mi despacho y de todos los trapos sucios que salieron a la luz.
—Debiste contármelo ayer. Lo habría visto venir, le habría marcado el terreno aunque fuera desde Copenhague.
—Ayer no estabas de humor para eso —me defendí.
—No, escúchame, esto es importante: si tiene que ver con Jairo, debes contármelo enseguida. Prométemelo, por favor.
—De acuerdo —asentí.
—Todavía no eres consciente, pero puede que esta promesa te salve la vida en un futuro —dijo, examinándome el cuello con sus manos. Supuse que los dedos de Jairo habrían dejado alguna marca.
—¿Y ahora qué? —le pregunté.
—Tengo una conversación pendiente con él cuando despierte. No debiste creer que te aceptaba sin más en la familia la noche de San Juan. Solo estaba tanteándonos. Siempre lo hace cuando se prepara para atacar. Primero mide las fuerzas, luego hostiga, se retira y observa, determina la estrategia y, finalmente, arremete. No le sigas dando motivos.
—¿Y tú qué estás haciendo mientras tanto? —pregunté molesta.
—Preparándome —contestó mientras miraba hacia el oeste.
—¿Preparándote para qué?
—Si llega el momento no tendrás más remedio que verlo —contestó con ese tono de voz tajante que ya conocía, y que daba por zanjada cualquier conversación.
Me levanté y le tendí la mano. Él la tomó y nos fuimos hacia su coche.
—Este no ha sido el reencuentro con el que anoche fantaseé —comentó cabizbajo—. Además yo también tengo que ponerte al día de las investigaciones. Vamos a dar una vuelta por el hayedo del Saja, si te parece bien. Necesito un poco de naturaleza. ¿Lo conoces?
—Sí, solía ir de acampada en verano.
—Allí levanté una cabaña, un hogar donde habité una vez. Nada importante, ni perdurable, creo que apenas quedan unas piedras.
—Me encantaría ver esas ruinas.
—Vamos, te las enseñaré. Será un sitio precioso donde hacer el amor.
Asentí y nos metimos en su coche, aunque una vez dentro no pude evitar sentarme encima de Iago en el asiento del conductor. Le sujeté la cara entre las manos y busqué mi refugio azul. Mientras pudiese volver allí todo estaba bien. Pero también si podía volver a esos labios, que descubrí tan ansiosos como los míos, o al calor apremiante de su entrepierna.
Al cabo de un rato, éramos un ovillo de piernas y brazos que se enredaban sin orden ni concierto, y mi mente volvió a quedarse en blanco pero esta vez por motivos más agradables. Iago no olvidó mis últimas heridas de guerra y lamió, como ya tenía costumbre, las huellas que había dejado en mi piel la garra de su hermano. Deduje que en el Mesolítico la saliva tenía propiedades curativas. Pronto el aire del coche se volvió irrespirable por el calor que desprendían nuestros cuerpos en ebullición, y la parte sensata de Dana que en aquellos momentos habría degollado se retiró del asiento de Iago y volvió al asiento del copiloto.
—Al hayedo dices, ¿verdad? —le pregunté, con la respiración entrecortada.
—Al hayedo, pues —contestó Iago con dificultad.