Una apelación desesperada
Domus de Tiberio Sempronio Graco, 15 de abril de 184 a. C.
Hora duodécima
Graco sabía que venía una noche complicada y tensa, sobre todo después de hablar con Catón, pero no fue hasta que llegó una extraña visita aquel largo y lento atardecer, que comprendió que todo se había llevado más allá de los límites razonables. Y, sin embargo, ya nada podía hacerse para detener el furor de la venganza de Catón y, seguramente, la terrible reacción de Publio Cornelio Escipión.
—Una mujer desea verle, mi amo —anunció un esclavo entre confuso y nervioso.
Graco asumió lo de la confusión, pero ¿qué esclavo tenía miedo de una mujer? El sirviente comprendió la extrañeza de su amo, se aclaró la garganta y fue más preciso:
—Se ha presentado como Cornelia menor, la hija pequeña de Publio Cornelio Escipión. Ha venido sola. La acompañaba un esclavo fuerte, extranjero, armado, pero se ha quedado a la puerta de casa. La mujer ha entrado sola y espera en el vestíbulo. ¿Qué hacemos, mi amo?
Tiberio Sempronio Graco asintió y el esclavo dio media vuelta y al instante la pequeña figura de la joven Cornelia apareció en el atrium de la casa de Tiberio Sempronio Graco. Hacía más de cincuenta años que un Escipión había cruzado el umbral de la casa de los Gracos por última vez. Hubo unos breves segundos de silencio extraño. Los dos se daban cuenta de que era la primera vez que estaban a solas desde que, hacía años, en una fiesta olvidada por todos, excepto por ellos mismos, se conocieran cuando aquella hermosa joven era tan sólo una pequeña niña de cinco años. Ahora, tantos años después, Graco veía a aquella intrépida niña que se atrevía a hablar con extraños en casa de su padre convertida en la más hermosa de las jóvenes patricias romanas. Lamentablemente, pasados otros encuentros, como el del foro boario, e intercambiadas cartas furtivas que no habían hecho sino engrandecer en Graco una desmedida curiosidad por aquella joven, Cornelia seguía siendo la hija de su mayor enemigo político y, no sólo eso, aquella noche, era la hija cuyo tío había ordenado prender.
La muchacha, como en el pasado, no se anduvo por las ramas.
—Graco, no puedes permitir lo que está ocurriendo. No puedes permitir que mi tío sea encarcelado como un vulgar ladrón.
Tiberio Sempronio Graco había pensado en ofrecer agua o algo de comer a la joven, pero la muchacha no dejaba margen para trivialidades que en aquel momento sólo parecían pérdidas de tiempo. En eso la joven tenía razón. No era una noche para ocuparse de delicadezas.
—Tu tío, Cornelia, ha sido condenado por un tribunal. Y no tanto por el dinero, sino por negarse a responder, a explicarse. Yo…
—Un tribunal extraordinario inaceptable —le interrumpió Cornelia—. Eso no ha sido un juicio, ha sido una farsa…
—¡Un juicio que, por fin, ha terminado! —interrumpió él a su vez elevando la voz y sin arredrarse ante el empuje de la muchacha—. Hace años, tu padre y tu tío se mofaron de la justicia de Roma, dejaron un juicio incompleto y ahora se ha completado. Tenía que hacerse y se ha hecho.
—¿Y por qué no ante el pueblo?
—Porque tu padre los manipuló durante el iudicium populi y el Senado no estaba dispuesto a otra pantomima semejante. El tribunal ha escuchado a unos y otros. A la acusación, por un lado, y a las alegaciones de tu tío por otro, pero tu tío no ha sido capaz de explicar qué pasó con el dinero de la campaña de Asia y tu padre destrozó las cuentas de los quaestores. ¿Qué hemos de hacer? ¡Por todos los dioses! ¿Hemos de transmitir al resto de futuros cónsules que no han de rendir cuentas al Estado? ¿Que si se consigue la victoria todo da igual? ¿Que pueden hacer lo que quieran con el botín de guerra? ¿Que pueden despreciar la autoridad del Senado y de los tribunales de Roma? ¿Que pueden abandonar el Comitium aunque aún no se haya declarado una sentencia? ¿Es eso lo que debemos permitir que piensen los futuros magistrados de Roma? ¿O es que, como ese Catón al que tanto odias siempre augura, es que ya nada de todo eso importa porque acaso tu padre haya decidido que ya no va a haber más magistrados que él?
—Tú, mejor que nadie, Tiberio Sempronio Graco, tú que has combatido con él, sabes que eso no es cierto.
—Sí, Cornelia, combatí con él y aprendí que es un gran militar, pero un hombre que también deja que lo personal influya en sus decisiones y como lamentaba tu acercamiento hacia mí me mandó a misiones imposibles, como la de negociar el paso de las legiones con el rey Filipo de Macedonia, o situarme en la maldita ala izquierda durante la batalla de Magnesia donde esperaba mi muerte segura. Tu padre ya no sabe trazar una línea clara entre lo personal y lo público, y el juicio de hoy ha de enseñarle que esa línea existe.
Cornelia le miraba enfurecida, en parte porque algunos de los argumentos esgrimidos por Graco eran ciertos, pero no estaba dispuesta a rendirse.
—¡Por todos los dioses, Graco! Tú sabes que mi padre no va a permitir que su hermano, mi tío, se pudra en la cárcel y que hará lo que haga falta para sacarlo de allí. Tú sabes que todo esto es un plan de Catón para provocarle, para hacerle caer en lo que Catón dice que mi padre es.
—Pues basta con que tu padre acepte el veredicto. Tu tío no permanecerá mucho en la cárcel. En unos meses saldrá del Tullianum y la paz se restituirá al tiempo que toda Roma verá que ni los Escipiones están por encima de la ley.
—¿Unos meses? —Cornelia se dio la vuelta, giró sobre sí misma. Miró al suelo primero, luego al cielo oscuro abierto del atrium donde empezaban a dibujarse las estrellas de la noche y se volvió de nuevo hacia Graco—. Un mes en el Tullianum es un año de vida. Mi padre no lo permitirá y muchos le apoyarán. Graco. Saca a mi tío de la cárcel o viviremos una guerra civil.
—¿Me estás amenazando?
—Por todos los dioses —se desesperó ella—, ¿es así como ha sonado? —Y, para sorpresa de Graco, se postró ante él, y de rodillas, mirando al suelo, le imploró—: Te lo ruego, por piedad, por Roma entera —y levantó un instante la mirada y fijó sus ojos en los suyos—, por mí, te imploro que saques a mi tío de la cárcel. Te lo pido de rodillas. ¿Ves? Soy la hija de Publio Cornelio Escipión, el mayor general de Roma, y no tengo miedo ni vergüenza de arrodillarme ante un tribuno de Roma. Te lo ruego por última vez: haz que saquen a mi tío de la cárcel antes de que llegue mi padre a Roma, antes de que mi padre cometa una locura que nos arrastre a todos.
Tiberio Sempronio Graco se quedó conmovido por aquel gesto. No. Nunca pensó que un hijo o una hija de Escipión fuera capaz de arrodillarse e implorar. Fue en ese momento cuando comprendió la gravedad de la situación. Si la hija de Escipión era capaz de aquello era porque la consumía no ya el miedo, sino un pánico total, un pavor absoluto a la reacción de su padre, que, sin duda, sería desmedida, descomunal, imprevisible, pero era ya tarde para todo. Tarde para todo. El plan de Catón estaba en marcha.
—No puedo hacer nada —empezó Graco, y se agachó junto a ella, bajando la voz, con una rodilla en tierra, intentando explicarse—. No tengo autoridad suficiente para liberarle. Sólo el Senado, en una votación ante el pleno, podría revertir la sentencia del tribunal extraordinario. O una nueva causa, con una nueva sentencia. Yo solo no puedo hacer nada.
Cornelia se levantó despacio y se enjugó las lágrimas con el dorso de sus manos blancas.
—No puedo hacer más —dijo ella—, pero mi padre sí. Y ten por seguro que lo hará. Ni Catón ni ninguno de los senadores y cónsules y pretores con los que os habéis aliado tenéis ni la más remota idea de quién es mi padre. —El orgullo de los Escipiones parecía rezumar por cada poro de la tersa piel de aquella joven; Graco estaba asombrado por la capacidad de la muchacha para cambiar del ruego total al más pétreo de los desafíos en apenas un instante—. Mi padre regresará a Roma y sacará a mi tío de la cárcel. Lo que no sé ya es quién quedará vivo en Roma cuando todo esto termine. Ni siquiera sé si quedará alguien vivo. —Y se dio media vuelta y se encaminó hacia el vestíbulo. Graco la veía alejarse y quería decirle algo, pero no tenía palabras que añadir cuando la joven se detuvo un instante y le lanzó su dardo más envenenado; ese que sólo reservamos cuando nos sentimos traicionados por alguien a quien, en el fondo, casi sin saberlo, admirábamos—. Creía que venía a la casa de un hombre justo, de un hombre con el que muchas veces no estoy de acuerdo, pero con el que se podía hablar, pero hoy me he dado cuenta de que he venido tan sólo a la casa de un esclavo de Catón. Cuando llegue a la domus de mis padres, me lavaré y me perfumaré para quitarme el olor a miseria y podredumbre que se respira en este atrium. Y tú, Tiberio Sempronio Graco, límpiate con aceite el cuello, las muñecas y los tobillos, porque las cadenas y la argolla con las que te ha atado Catón, más tarde o más temprano, te harán llagas que te corroerán hasta las mismísimas entrañas. —Y se fue.
Tiberio Sempronio Graco, en un absurdo acto reflejo, se llevó la mano al cuello, como si temiera tener en realidad una argolla de hierro alrededor de su cuello. Una vez que se dio cuenta de lo estúpido de su gesto, empezó a caminar por el atrium. Estaba nervioso. Una idea rebrotó en su mente: cada vez que aquella muchacha se había cruzado con él y habían hablado, su propia vida había corrido peligro de muerte. Lo sensato sería atrincherarse en su casa y no salir en toda la noche. Y, sin embargo, salir, adecuadamente escoltado, y ver por sí mismo cómo estaban las calles de Roma, le ayudaría a valorar cómo estaba la situación realmente. Era tribuno del pueblo. Graco se debatía entre su miedo y su sentido del deber. Como disciplinado servidor de Roma, pesó más en su ánimo su sentido del deber sagrado a Roma y, a la media hora de que Cornelia hubiera abandonado su casa, ordenó a sus esclavos y al grupo de veteranos fieles que custodiaban la puerta de su casa que se armaran para salir en una improvisada patrulla nocturna que escudriñara el pálpito de la ciudad que aspiraba a gobernar el mundo en la noche más terrible a la que se veía abocada desde su fundación.