Mientras Julia se ocupaba en sus trabajos y revisaba la conferencia antes de que la publicaran, Gabriel fue al urólogo para una revisión antes de volar a Nueva York el cinco de diciembre.
En cuanto entró en su habitación del RitzCarlton, se dio cuenta de su error. Tenía que haber dejado que Julia lo acompañara. La grande y preciosa cama sería un lugar muy frío sin ella. Odiaba dormir solo. Le recordaba los meses que habían pasado separados, un recuerdo que aborrecía.
Hizo unas cuantas llamadas. Telefoneó a Lucia Barini, de Columbia; al abogado de su padre y finalmente a Julia, pero para su decepción, le saltó el buzón de voz.
—Julianne, estoy en Nueva York, en el RitzCarlton, habitación cuatrocientos once. Cenaré con Kelly y después volveré a la habitación. Hablamos luego. Te quiero.
Colgó el teléfono con un resoplido de frustración y se preparó para la reunión con su hermanastra.
Al llegar al restaurante Tribeca Grill, donde habían quedado, lo acompañaron hasta una mesa para dos en la que lo esperaba una mujer rubia, mayor que él. Cuando alzó la cabeza, Gabriel se encontró con unos ojos azules del mismo color que los suyos.
Ella se tapó la boca con la mano antes de presentarse:
—Soy Kelly.
—Gabriel Emerson —replicó él, estrechándole la mano, nervioso.
Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas.
—Eres igual que él.
—¿Igual que quién?
—Que papá.
Gabriel apartó la mano bruscamente.
Ella sonrió.
—Disculpa. Siéntate.
Kelly también se sentó y se secó los ojos con la servilleta.
—Ha sido la impresión de verte. Eres clavado a papá cuando era más joven. ¿Cuántos años tienes, si me permites la indiscreción?
—Treinta y cinco.
—Ah, recuerdo mis treinta y cinco. No voy a coquetear con mi edad ni a jugar a las adivinanzas. Tengo cuarenta y nueve.
Gabriel asintió y trató de relajar la mandíbula. Quería decir algo, pero por mucho que pensaba no se le ocurría nada. Por suerte, la llegada del camarero los interrumpió. Pidieron las bebidas e intercambiaron frases de cortesía hasta que el hombre volvió. Luego encargaron la cena de prisa, impacientes por volver a quedarse a solas.
Kelly se echó hacia adelante en la silla.
—Estoy encantada de conocerte. Gracias por aceptar mi invitación.
—Al contrario. —Gabriel se obligó a sonreír.
—Te debo una disculpa.
A él la sonrisa se le borró de la cara.
—¿Por qué?
—Como te dije en la carta, debí ponerme en contacto contigo en cuanto me enteré de tu existencia. Debí hacer lo correcto en vez de preocuparme de no molestar a mi madre.
Gabriel jugueteó con los cubiertos.
—Eso fue hace mucho tiempo. No es preciso que hablemos de ello.
—Gracias. Mi madre sabía que existías, pero no permitía que nadie hablara de ti en su presencia. Ni siquiera tras la muerte de papá. Nunca le perdonó que hubiera tenido una amante.
Gabriel se tensó ostensiblemente.
—Entonces, ¿hasta ese momento no supiste nada de mí?
—No, pero conocí a tu madre. Lo sentí cuando me enteré de que había muerto —respondió Kelly en tono sincero.
—Gracias. —Gabriel enderezó la espalda—. Murió cuando yo tenía nueve años. Pero la familia que me adoptó son muy buenas personas.
—Michael lo mencionó. Me contó que había mantenido a nuestro padre al corriente de tu vida durante muchos años.
Gabriel alzó mucho las cejas.
—¿Qué?
—¿No lo sabías?
—No. Nos fuimos de Nueva York poco antes de que mi madre muriera. No volví a tener contacto con tu padre nunca más. —Gabriel apretó los dientes—. Ni una llamada de teléfono, ni una carta. Nada.
—Lo siento mucho. Por lo que Michael dijo, pensaba que habríais mantenido algún tipo de contacto, pero esa parte de la historia no la tenía clara. —Kelly bebió un poco de vino, pensativa—. Me contó que papá conocía a la familia que te había adoptado, y que estudiaste en Princeton y Harvard. Al parecer, cada vez que se reunían hablaban de ti.
—Si mi vida le resultaba tan interesante como para hablar de ella con su abogado, ¿por qué nunca se molestó en llamarme por teléfono o escribirme una carta?
Kelly clavó la vista en el mantel.
—Creo que puedo arrojar algo de luz al respecto. Papá era de ese tipo de personas que cuando toman una decisión la llevan hasta las últimas consecuencias. —Alzó la mirada y observó el lenguaje corporal de Gabriel con preocupación—. Me temo que esta conversación te está disgustando.
—He venido en busca de respuestas. Sabía que no iba a ser agradable.
—Sí, claro. ¿Conociste a papá?
—Sí, lo conocí.
—Pero después de dejar Nueva York, creciste en Pensilvania —apuntó ella, animándolo a hablar.
—Sí. Tuve suerte. Cuando mi madre murió, una familia relacionada con el hospital se ofreció a quedarse conmigo.
—¿Y la familia de tu madre?
Gabriel hizo una mueca, pero no respondió.
—No quiero meterme donde no me llaman —se excusó Kelly—, pero es algo que me he preguntado a menudo. Vi a tu madre varias veces y me pareció que tenía una buena relación con sus padres. Por eso me extraña que no fueras a vivir con ellos.
—Mi abuelo murió antes de que yo naciera. Mi abuela nunca le perdonó a mi madre las circunstancias que rodearon mi concepción. Cuando mi madre murió, los servicios sociales hablaron con mi abuela, pero ella no quiso saber nada de mí. Luego, mi madre adoptiva se puso en contacto con mi padre, pero él no me reconoció como hijo suyo. De no ser por los Clark, habría acabado en un orfanato. —La expresión de Gabriel era inescrutable.
—Lo siento mucho —dijo Kelly, echándose hacia adelante para acercarse a él—. No has tenido una vida fácil.
—¿Cómo es que conociste a mi madre? —preguntó él para cambiar de tema.
—Trabajaba como secretaria en una de las oficinas de mi padre. Era joven y bonita. Cuando iba a visitarlo, siempre era muy cariñosa conmigo. Me caía muy bien.
»Por la época de tu nacimiento, mis padres pasaron una época muy mala. Discutían constantemente. Y luego todo se calmó de golpe. Pero unos años después, mi madre abandonó a mi padre y se fue a vivir a casa de mis abuelos, en Long Island. Seis meses después, se reconciliaron y ella volvió a Manhattan.
»Aunque no puedo asegurarlo, sospecho que su separación tuvo que ver contigo. Una vez oí a mi madre gritar algo sobre «esa criatura». Por supuesto, Audrey y yo no sabíamos a qué criatura se refería. Nos imaginamos que estarían discutiendo sobre alguna de nosotras.
Gabriel apretó mucho los labios antes de preguntar:
—¿Cuántos años tenías cuando se separaron?
—Hum, déjame pensar. —Kelly miró hacia el techo—. Diría que unos veintitrés. Más o menos.
—Entonces, yo tendría unos nueve. Sí, coincide con la época en que nos fuimos de Nueva York.
—Supongo que mi madre le dio un ultimátum a mi padre y que por eso tu madre decidió marcharse.
—¿Alguna vez hablaste de esto con tu madre?
Kelly abrió mucho los ojos, horrorizada.
—No, nunca. Mis padres discutían, pero no nos contaban sobre qué discutían. Nunca me atreví a preguntárselo, ni siquiera de adulta.
—¿Puedes contarme algo más sobre mi madre?
Kelly bajó la mirada hacia la mesa, pensativa.
—Era preciosa y muy dulce. Una mujer joven y llena de vida. Mi madre, en cambio, era bastante esnob. La convivencia con ella no era fácil.
»No sé si te das cuenta, pero la diferencia de edad entre tus padres tuvo que ser considerable. Papá nació en el treinta y seis. Tu madre debía de ser unos veinte años más joven que él.
—Sí, me di cuenta. Y de él, ¿qué puedes contarme?
—Yo lo quería mucho, pero siempre estaba trabajando. Tengo buenos recuerdos. De ir de paseo con él por la ciudad o tomar tortitas los sábados por la mañana. Aunque no era muy buen marido, era bastante buen padre.
—Pero tu madre lo amaba.
—Por supuesto —replicó ella al instante—. Papá era guapo y encantador. Tenía sentido del humor y era un hombre brillante. Pero resultó ser un mujeriego.
»Y, por sorprendente que parezca, adoraba a mi madre.
Los ojos de Kelly se llenaron de lágrimas y guardó silencio unos instantes luchando por controlar sus emociones.
—Lo siento —dijo Gabriel con suavidad—. Veo que para ti también es difícil.
Kelly agitó un pañuelo de papel en el aire antes de secarse los ojos.
—Cuando nos enteramos de que papá había tenido una amante y de que teníamos un hermano, nos llevamos una sorpresa muy grande. Audrey todavía no lo ha superado.
—¿Y tú?
Kelly hizo una mueca de determinación.
—Yo trato de poner en práctica los consejos que doy a mis pacientes. Como suelo decirles, no puedes controlar las circunstancias de la vida, pero puedes controlar tus reacciones ante esas circunstancias.
»Podría guardarle rencor a mi padre por serle infiel a mi madre. Y podría guardarle rencor a mi madre por haber sido tan inflexible y apartarme con su intolerancia de mi único hermano. O también puedo perdonarlos a ambos, perdonarme a mí y tratar de mejorar las cosas.
Bajó la vista hacia sus manos, que tenía en el regazo, y al cabo de un momento, añadió:
—Siempre quise tener un hermano. Lo que no esperaba es que fuera a ser tan joven.
—Si te sirve de algo, lo siento. Siento que mi madre y tu padre… tuvieran una relación. —La expresión de él se había suavizado mucho oyendo hablar a su hermana.
Ella le devolvió la mirada.
—Gracias, Gabriel. A veces, en las peores circunstancias, surgen milagros inesperados. ¿Quién lo iba a decir? Después de todo este tiempo, aquí estamos, tú y yo…
»Conociendo a papá, estoy segura de que quería a tu madre. Y a ti. No habría seguido tus pasos ni te habría incluido en el testamento si no le importaras.
—No lo sé. —Gabriel apartó el plato.
—No habría discutido con mi madre por algo que no le importara. Y todos en la familia sabíamos que su sueño siempre fue tener un hijo varón. Pero mi madre no quiso tener más hijos.
Kelly clavó la vista en el plato. Apenas había tocado la comida.
—Ojalá hubieras podido pasar más tiempo con él. Ya sé que entonces Audrey y yo lo hubiéramos visto todavía menos —le dirigió una sonrisa triste—, pero lo habría compartido gustosa.
—¿Y Audrey?
—Audrey. —Kelly suspiró—. Ella se puso del lado de mi madre. Te considera un cazafortunas.
—No quería el dinero —replicó él con dureza—. Sólo lo acepté porque mi familia se vio en circunstancias difíciles.
Kelly le cubrió la mano con la suya.
—Te mereces hasta el último centavo. —Le dio unas palmaditas en la mano antes de retirar la suya—. Papá tomó una serie de decisiones que nos afectaron a todos, pero está muerto. Nuestras madres están muertas. Es hora de perdonar y seguir adelante.
»Además, nunca hiciste nada para perjudicarnos. Podrías haber recurrido la herencia y pedir más dinero. Podrías haberte presentado el día de la lectura del testamento y montar una escena. Podrías haber vendido el caso a los periódicos sensacionalistas o dar una rueda de prensa… Pero no hiciste nada. Tus actos demuestran que eres un hombre de carácter. Ésa era otra de las razones por las que me apetecía conocerte. Creo que Dios nos ha unido. —Le dirigió una mirada cautelosa.
Él parpadeó.
—Mi esposa piensa algo parecido. Suele ver la mano de la Providencia en casi todo.
—Estoy de acuerdo con ella. —Kelly se acabó el vino—. ¿Qué te llevó a ponerte en contacto con Michael después de tanto tiempo?
—No creo que sea la Providencia. Aunque podría ser. —Gabriel jugueteó con el vaso de agua—. Me temo que se trata de una cuestión práctica. Algún día a mi mujer y a mí nos gustaría tener familia. Pensé que sería buena idea saber más sobre los antecedentes médicos familiares.
—Eso es fácil de responder. Papá murió de un ataque al corazón. No hacía ejercicio. Trabajaba sin parar y comía todo lo que le apetecía. No sé si tenía el colesterol alto, pero es posible. Audrey y yo, al menos, no tenemos ese problema.
»Y por lo que respecta a mis abuelos, que yo sepa murieron de viejos. ¿Los conociste?
—No, en absoluto. Ni siquiera sé sus nombres.
Kelly se entristeció.
—Lo siento. Nosotras estamos muy orgullosas de nuestros abuelos. Él era profesor como tú. Estaba especializado en Literatura Romántica.
—¿Cómo se llamaba?
—Benjamin Spiegel.
Gabriel dio un brinco en el asiento.
—¿Benjamin Spiegel? ¿El profesor Benjamin Spiegel?
—Sí. ¿Has oído hablar de él?
—Por supuesto. Fue el principal experto americano en Romanticismo germánico. Leí su trabajo en la universidad. —Se frotó la barbilla—. ¿Era mi abuelo?
—Sí.
—Pero él era… —Gabriel abrió los ojos al darse cuenta.
Kelly observó su reacción ladeando la cabeza.
—Judío, sí.
Gabriel parecía confundido.
—No tenía ni idea de que mi padre fuera judío. Nadie me dijo nada.
—No sé qué creencias tenía tu madre, pero tras la elección religiosa de mi padre hay una larga historia. No conozco los detalles, pero sé que después de una discusión muy fuerte con su padre, se marchó de casa dejando atrás a su familia y el legado de ésta. Incluso se cambió el apellido por Davies. Cuando conoció a mi madre, en mil novecientos sesenta y uno, se presentó como agnóstico. El judaísmo nunca formó parte de nuestras vidas.
Gabriel seguía inmóvil, reflexionando.
—Benjamin Spiegel —murmuró—. Soy un gran admirador de su obra.
—Era un buen hombre. Antes de marcharse de Alemania en los años veinte era rabino. En Columbia fue un profesor muy respetado y querido. Un edificio lleva su nombre, así como varias becas.
»Cuando murió, su esposa Miriam, nuestra abuela, fundó una organización benéfica que lleva su nombre en Nueva York. Estoy en el consejo de dirección, junto a varios de nuestros primos. Si estuvieras interesado, estoy segura de que te acogerían con los brazos abiertos.
—¿De qué se ocupa la organización?
—De promover la lectura y la escritura en las escuelas públicas de Nueva York. Donamos libros y material escolar. También organizamos una serie de conferencias en Columbia y en la iglesia a la que el abuelo asistía. Jonathan y yo vamos también. —Con una sonrisa, aclaró—: Nos gusta decir que somos miembros de la rama presbiteriana del judaísmo reformista.
Gabriel le devolvió la sonrisa.
—No conocía mis orígenes alemanes. Ni judíos. Creo que la familia de mi madre era de ascendencia inglesa.
—Mucha gente se sorprendería de lo que hay en su árbol genealógico si retrocediera una o dos generaciones. Por eso el odio entre razas o religiones me parece absurdo. Todos estamos emparentados de un modo u otro.
—Estoy de acuerdo.
Kelly sonrió.
—Ya que eres profesor de Literatura, ¿qué te parecería dar alguna conferencia?
—Eres muy amable, pero es que soy especialista en Dante.
—A juzgar por los libros de su biblioteca, al abuelo le interesaba todo. Estoy segura de que también le interesaba Dante.
Gabriel se limpió con la servilleta.
—¿No pondré a la familia en una situación incómoda?
Los ojos azules de Kelly se iluminaron como los de una feroz leona.
—Tú formas parte de la familia. Y si alguien se atreve a oponerse… —se interrumpió como si estuviera pensando algo desagradable—. Aparte de Audrey, creo que todo el mundo estará de acuerdo.
—En ese caso, dile al comité que estaré encantado —dijo, inclinando ligeramente la cabeza.
—Excelente. Se lo comentaré a los primos.
Kelly apartó el plato y le indicó al camarero que podía retirarlo.
—Casi no has comido —comentó, mirando preocupada el plato de Gabriel.
—Me temo que no tengo hambre. —Con un gesto, le indicó al camarero que podía llevarse su plato también. Luego pidió café.
—¿Te he disgustado? —preguntó ella en voz baja.
Tras unos instantes, él respondió:
—No. Es sólo que son muchas cosas para asimilar de golpe. —Los ojos se le iluminaron—. La revelación de que el profesor Spiegel es mi abuelo ha sido una sorpresa muy agradable.
Kelly sonrió encantada.
—Me gustaría presentarte a la tía Sarah, la hermana pequeña de papá. Ella podría contarte más cosas sobre tus tíos y tus abuelos. Es una mujer maravillosa. Muy brillante. —Se lo quedó mirando, pensativa—. ¿Tu madre te contó alguna vez por qué te llamas Gabriel?
—No, pero mi segundo nombre es Owen, como nuestro padre.
Kelly le dirigió una mirada traviesa.
—Lo bautizaron como Othniel. Tuviste suerte de que se lo cambiara antes de que nacieras.
—Entonces, ¿mi nombre tiene algún significado? —aguardó ansioso la respuesta.
—Me temo que no, al menos ninguno que yo conozca. Pero cuando Audrey era una adolescente, mis padres le compraron un cachorro por su cumpleaños. Ella dijo que quería llamarlo Gabriel y mi padre se puso hecho una fiera.
Kelly se quedó mirando al vacío.
—Me había olvidado por completo. Luego mis padres se encerraron a discutir. —Se volvió hacia él—. Al final, lo llamó Godfrey, un nombre muy tonto para un pomerania. Pero bueno, los pomerania son una raza muy tonta. Jonathan y yo preferimos los labradores.
Sin saber qué decir, Gabriel permaneció en silencio.
—Su nombre no aparece en mi certificado de nacimiento —dijo finalmente, cambiando de tema—. Y, por supuesto, su apellido tampoco.
Ella hizo una mueca, incómoda.
—Sí, ya lo sabía. Cuando mi madre y mi hermana decidieron impugnar el testamento, ésa fue una de las pruebas que presentaron. Pero papá había firmado una acta notarial antes de morir en la que afirmaba que eras su hijo y que había persuadido a tu madre para que no incluyera su nombre en tu certificado de nacimiento.
»No sé qué tipo de promesas le haría a tu madre, pero creo que acabó arrepintiéndose de lo que había hecho.
—Hum.
—Y creo que sintió más cosas, además de arrepentimiento. —Kelly abrió su gran bolso y rebuscó en su interior—. Aquí está —dijo, dejando una vieja foto en la mesa, al lado de la taza de café vacía de Gabriel.
Era una fotografía de él y de su madre. Debía de tener unos cinco años en la foto.
—No recuerdo esta foto. ¿De dónde la has sacado? —La observó detenidamente.
—Papá tenía una caja con objetos personales en su armario. Cuando mamá murió, fue a parar a mis manos. Una noche, revisando lo que había dentro, me fijé en que el forro de la caja estaba rasgado. Dentro encontré la foto. Debía de tenerla allí escondida para que mi madre no la encontrara.
—¿Qué hago con ella?
—Quédatela, por supuesto. Y tengo alguna otra cosa para ti.
—No puedo.
—¿Sabes alemán?
—Sí.
—Bien. —Kelly se echó a reír. Tenía una risa alegre y musical—. Yo lo hablo un poco, porque el abuelo me hablaba en alemán a veces, pero no sé leerlo, así que sus libros no me sirven de gran cosa. Y tampoco sus gemelos. Así que, ya ves, me harás un favor si los aceptas. De hecho, dado lo pequeño que es nuestro apartamento y la cantidad de cosas que guardo en él, sería un mitzvah.
—Un mitzvah —murmuró Gabriel, mientras el camarero les servía el café.
—Pero qué maleducada que soy. No dejo de hablar y no te he preguntado por tu esposa. Me encantaría conocerla otro día.
—Sí, claro. —Gabriel sonrió por fin—. Se llama Julianne. Está haciendo el doctorado en Harvard.
—Qué nombre tan bonito. ¿Cuánto hace que estáis casados?
—Desde enero.
—Ah, recién casados. ¿Tienes alguna foto de ella?
Gabriel se limpió las manos con la servilleta antes de sacar el iPhone. Buscó rápidamente y se decidió por una foto reciente de Julia sentada a la mesa del despacho de Selinsgrove. Sin darse cuenta, le acarició la mejilla en la imagen antes de pasarle el teléfono a su hermana.
—Debes de quererla mucho —comentó, mirándolo fijamente.
—Sí.
—Se la ve muy joven.
Gabriel frunció el cejo.
—Sí, es más joven que yo.
Kelly se echó a reír.
—No me hagas caso. A mi edad todo el mundo me parece joven.
Estaba a punto de devolverle el móvil cuando se detuvo y miró la pantalla con atención. Luego la tocó para ampliar la imagen.
—¿Qué es eso que hay en la mesa? —preguntó, mostrándole el teléfono a Gabriel y señalando un objeto pequeño, negro.
—Una locomotora. La tengo desde que era pequeño. Julia pensó que sería un buen pisapapeles.
Kelly volvió a mirar la foto.
Gabriel frunció de nuevo el cejo.
—¿Qué pasa?
—Me resulta familiar.
—¿Familiar?
Ella lo miró fijamente.
—Papá tenía una igual cuando era niño. Guardaba la locomotora, un vagón y el furgón de cola. Pero un día la locomotora desapareció. Cuando Audrey le preguntó dónde estaba, le dijo que se había roto. Nos extrañó, porque era de hierro. ¿De dónde dices que la sacaste?
—No lo sé. La he tenido desde siempre.
—Interesante.
—¿Por qué?
—La locomotora era el juguete favorito de papá cuando era pequeño. Creo que grabó sus iniciales en la parte inferior. Cuando llegues a casa, búscalas. Me gustaría saber si es la misma.
—¿Qué importancia tiene?
—Si es la misma, es que te la regaló. Y dado lo importante que era para él, tú también debías de serlo. —Le devolvió el teléfono.
—Me cuesta creerlo.
Kelly jugueteó con la cucharilla, dando vueltas al azúcar antes de dejarla en el platito.
—Pero yo lo conocía mejor que tú. Estuve a su lado más tiempo. Era complicado, muy testarudo, pero no era un hombre cruel. Se encontró atrapado entre tu madre y tú y mi madre y nosotras.
»No digo que hiciera lo correcto. Si se hubiera mantenido más firme o si mi madre hubiera sido más tolerante, habría podido tener a todos sus hijos viviendo en la misma ciudad. Me recuerda la historia de la Biblia sobre Agar e Ismael. Me temo que mi madre hizo el papel de Sara, aunque se llamara Nancy.
»Pero, a pesar de todo, sigo pensando que le importabas. Por eso te siguió la pista a lo largo de tu vida. Por eso te incluyó en el testamento.
—Yo no puedo creerlo. —El tono de Gabriel era frío como el hielo.
—No te cierres, hermano, es una posibilidad. Nuestro padre no era un monstruo. Y «hay más cosas en el cielo y en la Tierra, Horacio, de las que contempla tu filosofía».
—Hamlet —dijo él a regañadientes.
—Creo que el abuelo estaría orgulloso de nosotros. Tú fuiste a Harvard. Yo fui a Vassar. —Sonrió—. Y tu esposa, Julianne, ¿es religiosa?
Gabriel se guardó la foto que Kelly le había dado en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Sí, es católica y la fe es importante para ella. Ciertamente trata de vivir según su fe.
—¿Y tú?
—Me convertí al catolicismo antes de casarnos. Creo en Dios, si es eso lo que me preguntas.
—Creo que no tenemos ningún católico en la junta de dirección. Serás el primero. —Kelly le hizo un gesto al camarero para que les llevara la cuenta—. Ya verás cuando los primos se enteren de que tenemos una nueva rama: la rama católica del judaísmo reformista.
***
—Ha sido un error —Gabriel resopló con la boca pegada al móvil al dejarle a Julia un nuevo mensaje en el contestador—. No debería haber venido sin ti.
»Julianne, ojalá no apagaras el teléfono. Es el mejor modo de localizarte. Pasan de las doce. Acabo de llegar al hotel después de cenar con Kelly.
»Siento no haberte podido llamar antes. La conversación se ha alargado más de lo previsto. Ella es muy agradable. Tenías razón, como de costumbre. Es curioso, casi siempre acabas teniendo razón.
(Soltó el aire lentamente).
»El retrato que Kelly pinta de mi padre es muy distinto al de mis recuerdos. No me he atrevido a contarle que el hombre al que adora pegó a mi madre.
(Suspiro).
»Ojalá estuvieras aquí. Al final de la cena empezaba a dudar de mis recuerdos. Dudaba de mí.
»Necesito que me hagas un favor. ¿Puedes coger la locomotora de juguete del despacho y mirar si hay algo grabado en la parte de abajo? Es importante.
»Voy a tener que alargar la visita. Kelly quiere presentarme a una tía este viernes. Es decir, que no podré volver hasta el sábado. Siento el retraso, pero creo que es mejor dejar atados todos los cabos sueltos antes de volver a casa.
»Llámame cuando recibas este mensaje, no importa la hora que sea.
(Otra pausa).
»Apparuit iam beatitudo vestra. Te quiero.
Arrojó el móvil sobre la gran cama vacía.
Aún le daba vueltas a la conversación que había tenido con su hermana. Mucho de lo que había oído lo había sorprendido. Era evidente que Kelly tenía una buena relación con su padre. En eso, como en bastantes otras cosas, parecía que hubieran tenido padres distintos.
Había sido un alivio obtener respuestas a algunas preguntas, aunque algunas de esas respuestas lo llevaban a formularse nuevas preguntas. Ciertamente, las noticias sobre su abuelo habían sido buenas. Al pensar en él, una sensación de calidez se le extendió por el pecho.
«Al menos tengo un pariente del que sentirme orgulloso, aparte de mi hermana».
Deseó poder meterse en su cama junto a Julianne, despertarla y contarle todo lo que había pasado. Deseaba refugiarse entre sus brazos y olvidarse de todo. Había cometido un error colosal al querer hacerlo solo. Ahora, como siempre, tenía que pagar las consecuencias.
Maldiciendo entre dientes, se dirigió a la ducha esperando que el agua caliente lo ayudara a aclararse las ideas. Luego acabaría de leer el diario de su madre, a ver si de una vez por todas descubría la verdad sobre la relación de sus padres.