El martes 27 de septiembre, la lluvia seguía cayendo sobre Escania. Los meteorólogos habían anunciado que al cálido verano le seguiría un otoño lluvioso. Hasta el momento no había ocurrido nada que contradijera sus pronósticos.
La noche anterior, cuando Wallander volvió a casa después de su primer día de trabajo tras el viaje a Italia y preparó una cena chapucera que luego se obligó a comer de muy mala gana, trató varias veces de hablar con su hija Linda, que vivía en Estocolmo. Dejó abierta la puerta del balcón porque la persistente lluvia había parado un rato. Notó que se sentía irritado porque Linda no había llamado para preguntar cómo había ido el viaje. Trató de convencerse, aunque sin lograrlo del todo, de que era porque tenía mucho que hacer. Precisamente ese otoño combinaba sus estudios en una escuela de teatro privada con el trabajo como camarera en un restaurante del barrio de Kungsholm.
A las once llamó también por teléfono a Riga para hablar con Baiba. Para entonces había empezado a llover de nuevo y hacía viento. Se dio cuenta de que ya resultaba difícil recordar los cálidos días de Roma.
Pero si había hecho otra cosa en Roma aparte de disfrutar del calor y servirle de compañía a su padre era pensar en Baiba. Cuando Baiba y él, en el verano, sólo unos meses antes, habían ido juntos a Dinamarca, y Wallander se sentía agotado y triste a consecuencia de la ingrata persecución del asesino de catorce años, uno de los últimos días de su estancia le había preguntado si quería casarse con él. Ella le contestó con evasivas, sin cerrar necesariamente todas las puertas. Tampoco intentó disimular las razones de sus dudas. Habían paseado por la inmensa playa de Skagen, donde se encuentran los dos mares, y donde, por cierto, Wallander había paseado también, muchos años antes, con Mona, su primera esposa, y también en una ocasión posterior, cuando tuvo una depresión y se planteó muy seriamente dejar la policía. Las tardes habían sido casi tropicales por el calor. De algún modo se dieron cuenta de que un partido del Mundial de Fútbol mantenía a la gente pegada a la televisión y dejaba las playas inusualmente desiertas. Iban paseando por allí, cogiendo piedrecillas y caracolas, y Baiba dijo que no estaba segura de poder pensar en vivir con un policía por segunda vez en su vida.
Su primer marido, el comandante de policía letón Karlis, había sido asesinado en 1992. Fue entonces cuando Wallander la conoció, durante unos días confusos e irreales que pasó en Riga. En Roma, Wallander se había hecho la pregunta de si verdaderamente y en lo más profundo de su interior quería casarse una segunda vez. ¿Era necesario siquiera casarse? ¿Atarse con lazos formales y complicados que apenas tenían ya la menor validez en estos tiempos que eran los suyos? Él había vivido un largo matrimonio con la madre de Linda. Cuando un día, hacía cinco años, ella le hizo enfrentarse de repente con el hecho de que quería separarse, se quedó completamente perplejo, sin entender nada. Era ahora cuando, por primera vez, creía comprender y, por lo menos en parte, tal vez también aceptar las razones por las que ella había querido empezar una nueva vida sin él. Ahora podía darse cuenta de por qué había pasado lo que tenía que pasar. Podía abarcar la parte que le correspondía, reconocer incluso que con su constante ausencia y su creciente desinterés por lo que era importante en la vida de ella, tenía la mayor parte de culpa. Si es que podía hablarse de culpa. Una parte del camino la habían hecho juntos. Después, los caminos se fueron separando, tan despacio e inadvertidamente que sólo cuando ya era demasiado tarde quedó claro lo que había ocurrido. Y entonces ya cada uno estaba fuera de la vista del otro.
Había pensado mucho en esto durante los días de Roma. Y, al fin, llegó a la conclusión de que verdaderamente quería casarse con Baiba. Quería que ella se trasladase a Ystad. Y se había decidido también a dejar su piso de la calle de Mariagatan y cambiarlo por un chalet. En algún lugar próximo en las afueras de la ciudad. Con un jardín ya hecho. Un chalet barato, pero en un estado que él pudiera hacerse cargo de todas las reparaciones. También había pensado en si se compraría el perro con el que durante tanto tiempo había soñado.
De todo eso había hablado con Baiba aquel lunes por la tarde cuando volvía a llover sobre Ystad. Fue como seguir la conversación que había tenido en su cabeza en Roma. También entonces había hablado con ella, aunque no estaba presente. En alguna ocasión había empezado a hablar en voz alta consigo mismo. Por supuesto que eso no se le escapó a su padre, que caminaba a su lado en plena canícula. Su padre, en un tono mordaz, pero no del todo antipático, había preguntado quién de los dos estaba en realidad envejeciendo y perdiendo la cabeza.
Ella contestó enseguida. A él le pareció contenta. Le contó el viaje y después repitió la pregunta que le había hecho en el verano. Durante un instante, el silencio fue y vino entre Riga e Ystad. Luego, ella dijo que también había estado pensando. Sus dudas seguían ahí, no habían disminuido, pero tampoco aumentado.
—Ven —dijo Wallander—. De esto no podemos hablar por un cable telefónico.
—Bueno —dijo ella—. Iré.
No habían decidido cuándo. De eso hablarían más tarde. Ella trabajaba en la Universidad de Riga. Tenía que planear sus periodos vacacionales con mucha antelación. Pero cuando Wallander colgó el auricular, le pareció que sentía la seguridad de que estaba en camino de una nueva fase de su vida. Ella iba a venir. Él iba a casarse de nuevo. Esa noche tardó mucho en dormirse. Varias veces se levantó de la cama, se puso junto a la ventana de la cocina a mirar llover. Pensó que iba a echar de menos la farola que se balanceaba fuera, sola al viento.
A pesar de que había dormido poco, se levantó pronto la mañana del martes. Ya a las siete y pocos minutos aparcó el coche junto a la comisaría y anduvo deprisa bajo la lluvia y contra el viento. Cuando llegó a su despacho se había decidido a ocuparse inmediatamente del abundante material sobre los robos de coches. Cuanto más lo aplazase, más le pesaría la desgana y la falta de inspiración. Colgó su chaqueta en la silla de las visitas para que se secara. Luego levantó el montón de casi medio metro de material de informes que estaba en un estante. Acababa de empezar a organizar los archivadores cuando llamaron a la puerta. Wallander vio que era Martinsson. Le dijo que entrara.
—Cuando tú no estás, yo siempre soy el primero en llegar por las mañanas —dijo Martinsson—. Ahora ya vuelvo a ser el segundo.
—He echado de menos mis coches —contestó Wallander señalando los archivadores que llenaban la mesa.
Martinsson tenía un papel en la mano.
—Se me olvidó darte esto ayer —dijo—. Lisa Holgersson quiere que tú lo veas.
—¿Qué es?
—Léelo. Ya sabes que la gente piensa que los policías tenemos que dar nuestra opinión sobre unas cosas y otras.
—¿Es para una comisión de estudio?
—Más o menos.
Wallander miró inquisitivo a Martinsson, que raras veces daba respuestas vagas. Hacía unos años, Martinsson había sido miembro del Partido Liberal y probablemente había alimentado sueños de hacer una carrera política. Por lo que sabía Wallander, ese sueño se fue apagando poco a poco a medida que el partido se iba encogiendo. Decidió no hacer el menor comentario acerca de los resultados del partido en las elecciones celebradas la semana anterior.
Martinsson se marchó. Wallander se sentó y leyó el papel que le acababan de dar. Después de leerlo dos veces estaba furioso. No podía recordar la última vez que había estado tan enfadado.
Salió al pasillo y entró en el despacho de Svedberg, cuya puerta, como de costumbre, estaba entornada.
—¿Has visto esto? —preguntó Wallander agitando el papel de Martinsson.
Svedberg movió la cabeza negativamente.
—¿Qué es?
—Es de una organización recién creada y quieren saber si la policía tiene algo en contra del nombre.
—Y el nombre es…
—Han pensado llamarse Amigos del Hacha.
Svedberg miró a Wallander sin entender nada.
—¿Amigos del Hacha?
—Amigos del Hacha. Y ahora quieren saber si, teniendo en cuenta lo que ocurrió aquí en el verano, el nombre podría interpretarse mal. Porque esta organización no tiene como objetivo dedicarse a arrancarle el cuero cabelludo a la gente.
—¿Qué van a hacer, pues?
—Si lo he entendido bien, es una especie de asociación local que quiere intentar crear un museo de instrumentos manuales antiguos.
—Eso parece interesante, ¿no? ¿Por qué estás tan alterado?
—Porque piensan que la policía tiene tiempo de opinar sobre estas cosas. Personalmente me puede parecer que «Amigos del Hacha» es un nombre un poco raro para una asociación local. Pero como policía, me indigna que tengamos que dedicar tiempo a cosas así.
—Díselo a la superioridad.
—Claro que se lo diré.
—Aunque seguramente no va a estar de acuerdo contigo. Ahora todos vamos a ser policías de barrio otra vez.
Wallander comprendió que con toda probabilidad, Svedberg tenía razón. Durante todos los años que llevaba de policía, el cuerpo había sufrido innumerables y profundas reformas. Muy en especial habían tratado de la siempre complicada relación con esa vaga y amenazadora sombra llamada «la gente común y corriente». Esa gente común y corriente, que pendía como una pesadilla tanto sobre la jefatura de Policía como sobre cada individuo policía, se caracterizaba por una sola cosa: desconfianza. El último intento de dar gusto a la gente era transformar todo el cuerpo de policía sueco en una policía local de alcance nacional. Nadie sabía exactamente cómo iba a llevarse a cabo. El jefe nacional había clavado en todas las puertas que pudo sus tesis sobre lo importante que era que la policía se hiciera visible. Pero como nadie había oído hablar nunca de que la policía hubiera sido invisible, tampoco se podía entender cómo seguir esta nueva liturgia. Patrullar a pie ya se hacía. Ahora también iban en bici en pequeños y campechanos minicomandos. El jefe se refería seguramente a una visibilidad espiritual. De ahí procedía el que se hubiera vuelto a desempolvar el proyecto de la policía de barrio. Policía de barrio sonaba agradablemente, como una blanda almohada bajo la cabeza. Pero cómo combinarlo con el hecho de que la criminalidad en Suecia era cada vez más grave y más violenta, no había nadie que supiera explicarlo bien. No obstante, seguro que formaba parte de esta nueva estrategia que se dedicara tiempo a pronunciarse sobre la conveniencia de que una nueva asociación local se llamase Amigos del Hacha.
Wallander salió de la habitación y fue a buscar una taza de café. Luego se encerró en su despacho y empezó a meterse de nuevo en el abundante material del informe. Al principio le resultó difícil concentrarse. Los pensamientos sobre la conversación con Baiba la noche anterior se hacían presentes todo el tiempo. Pero se obligó a ser policía de nuevo. Al cabo de unas horas había repasado el informe y retomado el punto donde lo había dejado antes de su viaje a Italia. Telefoneó a un policía de Gotemburgo con el que colaboraba. Hablaron de algunos puntos de contacto. Cuando terminó la conversación ya eran las doce. Wallander notó que tenía hambre. Cogió el coche, se dirigió al centro y comió en un restaurante. A la una ya estaba de nuevo en la comisaría. Se acababa de sentar cuando sonó el teléfono. Era Ebba desde la recepción.
—Tienes visita —dijo.
—¿Quién?
—Un hombre que se llama Tyrén. Quiere hablar contigo.
—¿Sobre qué?
—Sobre alguien que quizás haya desaparecido.
—¿No hay nadie más que pueda encargarse?
—Es que dice que quiere hablar contigo como sea.
Wallander miró los archivadores extendidos sobre la mesa. Nada en ellos era tan urgente que le impidiera recibir una denuncia de desaparición.
—Mándamelo —dijo y colgó el auricular.
Abrió la puerta y empezó a apartar los archivadores de la mesa. Cuando levantó la vista, había un hombre en el umbral. Wallander no le había visto nunca antes. Iba vestido con un mono que decía que trabajaba en las gasolineras OK. Cuando entró en la habitación, Wallander notó un olor a aceite y a gasolina.
Wallander le dio la mano y le dijo que se sentara. El hombre tenía unos cincuenta años, el pelo ralo y gris y estaba sin afeitar. Se presentó como Sven Tyrén.
—Querías hablar conmigo —dijo Wallander.
—Sé que eres un buen policía —dijo Sven Tyrén. Su acento de Escania indicaba que era del oeste, de la misma zona que Wallander.
—La mayoría de los policías son buenos —contestó Wallander.
La respuesta de Sven Tyrén le sorprendió.
—Sabes que eso no es verdad —dijo Sven Tyrén—. Yo he estado en la cárcel más de una vez. Y me he encontrado con muchos policías que, hablando claro, eran unos hijos de puta.
Sus palabras fueron dichas con tal énfasis que Wallander se quedó sin saber qué decir. Decidió no seguir la discusión.
—Me figuro que no has venido hasta aquí sólo para decir eso. ¿No era algo de una desaparición?
Sven Tyrén le daba vueltas a su visera de OK con los dedos.
—Se mire como se mire, es raro —dijo.
Wallander había encontrado un cuaderno de notas en un cajón y pasó las hojas hasta llegar a una en blanco.
—Vamos a ver si empezamos por el principio —dijo—. ¿Quién es la persona que parece haber desaparecido? ¿Qué es lo que hay de raro?
—Holger Eriksson.
—¿Quién es Holger Eriksson?
—Un cliente.
—Supongo que tienes una gasolinera.
Sven Tyrén movió la cabeza negativamente.
—Yo transporto fuel. Me encargo del distrito norte de Ystad. Holger Eriksson vive entre Högestad y Lödinge. Llamó por teléfono a la oficina para decir que el depósito empezaba a vaciarse. Convinimos que le haría el suministro el jueves por la mañana. Pero cuando llegué, no contestaba nadie.
Wallander tomaba notas.
—¿Te refieres a este jueves?
—Al día veintidós.
—Y ¿cuándo llamó? —El lunes.
Wallander reflexionó.
—¿No ha podido haber un malentendido?
—Le he estado llevando fuel a Holger Eriksson durante más de diez años. Nunca ha habido ningún malentendido.
—¿Qué pasó, pues? ¿Cuándo te diste cuenta de que no estaba en casa?
—Su toma de fuel estaba cerrada con llave, así que me fui. Le dejé una nota en el buzón.
—Y ¿qué pasó luego?
—Nada.
Wallander soltó el lápiz.
—Cuando uno reparte fuel como yo, se da uno cuenta de las costumbres de la gente —prosiguió Sven Tyrén—. No podía dejar de pensar en Holger Eriksson. No podía ser que estuviera de viaje. Así que volví a pasarme por allí ayer por la tarde. Después del trabajo. Con mi coche. La nota seguía en el buzón. Debajo de todo el correo que había llegado desde el jueves. Entré al patio y llamé a la puerta. No había nadie. El coche estaba en el garaje.
—¿Vive solo?
—Holger Eriksson es soltero. Se ha hecho rico vendiendo coches. Además escribe poesías. Me dio un libro una vez.
De pronto Wallander se acordó de que había visto el nombre de Holger Eriksson en una estantería en la que había obras de diferentes autores de la región, un día que estuvo en la librería de Ystad. Había ido en busca de algo para regalarle a Svedberg en su cuarenta cumpleaños.
—Había algo más que no era normal —dijo Sven Tyrén—. La puerta no estaba cerrada con llave. Se me ocurrió que quizás estuviera enfermo. Al fin y al cabo tiene casi ochenta años. Entré. En la casa no había nadie, aunque la cafetera estaba encendida. Olía. El café se había consumido. Fue entonces cuando me decidí a venir. Hay algo que no es normal.
Wallander se dio cuenta de que la preocupación de Sven Tyrén era auténtica. Sin embargo, sabía por experiencia que la mayor parte de las desapariciones se resolvían por sí mismas. Son muy raras las veces en las que pasa algo grave.
—¿No tiene vecinos? —preguntó Wallander.
—La finca está muy apartada.
—¿Qué piensas que ha podido pasar?
La respuesta de Sven Tyrén no se hizo esperar.
—Que está muerto. Creo que alguien le ha matado.
Wallander no dijo nada. Esperaba una continuación. Pero no la hubo.
—¿Por qué crees eso?
—No es normal —dijo Sven Tyrén—. Había encargado el fuel. Siempre estaba en casa cuando yo llegaba. Él no hubiera dejado la cafetera encendida. No hubiera salido sin cerrar la puerta con llave. Aunque no hiciera más que dar un paseo por la finca.
—¿Te dio la impresión de que hubiera habido un robo en la casa?
—Todo estaba como siempre. Excepto lo de la cafetera.
—O sea, que has estado en su casa antes…
—Siempre que iba con el fuel. Solía invitarme a tomar un café. Y me leía alguna de sus poesías. Como seguramente estaba bastante solo, creo que se alegraba de mis visitas.
Wallander reflexionó.
—Dijiste que creías que estaba muerto. Pero también que creías que alguien le había matado. ¿Por qué habrían de hacerlo? ¿Tenía enemigos?
—No, que yo sepa.
—Pero ¿era rico?
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sabe todo el mundo.
Wallander dejó el interrogatorio.
—Nos ocuparemos de ello —dijo—. Seguramente hay una explicación natural para el hecho de que no esté. Es lo que suele ocurrir.
Wallander anotó la dirección. Para su sorpresa, la finca se llamaba El Retiro. Luego acompañó a Sven Tyrén a la recepción.
—Estoy seguro de que ha pasado algo —dijo Sven Tyrén como despedida—. No es normal que no esté cuando le llevo el fuel.
—Te daré noticias —dijo Wallander.
En ese momento entró Hansson en la recepción.
—¿Quién coño tiene toda la entrada bloqueada con un camión cisterna?
—Yo —respondió Sven Tyrén tranquilamente—. Ya me voy.
—¿Quién era? —preguntó Hansson cuando Tyrén hubo desaparecido.
—Vino a denunciar una desaparición —contestó Wallander—. ¿Has oído hablar de un escritor que se llama Holger Eriksson?
—¿Un escritor?
—O un vendedor de coches.
—¿Cuál de las dos cosas?
—Parece que ha sido las dos cosas. Y según ese conductor del camión cisterna, ha desaparecido.
Fueron a buscar café.
—¿Es algo serio? —preguntó Hansson.
—El del camión cisterna parecía en todo caso preocupado.
—Me pareció reconocerle —dijo Hansson.
Wallander tenía mucho respeto por la memoria de Hansson. Cuando él olvidaba un nombre, recurría casi siempre a Hansson en busca de ayuda.
—Se llama Sven Tyrén —dijo Wallander—. Dijo que había estado en la cárcel más de una vez.
Hansson hizo memoria.
—Me parece que ha estado envuelto en algunas historias de malos tratos —dijo después de unos minutos—. Hace bastantes años.
Wallander escuchaba pensativo.
—Creo que voy a ir a la finca de Eriksson —anunció—. Voy a registrarle en la lista de personas desaparecidas.
Wallander entró en su despacho, cogió la chaqueta y se metió la dirección de El Retiro en el bolsillo. En realidad debería haber empezado por rellenar el impreso indicado para registrar las denuncias de personas desaparecidas. Pero lo dejó estar de momento. Eran las dos y media cuando salió de la comisaría. La intensa lluvia había cedido y se había convertido en una pertinaz llovizna. Tiritó de frío al ir hacia su coche. Wallander se dirigió al norte y no tuvo ninguna dificultad en encontrar la finca. Como su nombre indicaba, estaba muy retirada, en lo alto de una colina. Los pardos campos bajaban inclinados hasta el mar que, sin embargo, no podía ver. Una bandada de grajos alborotaba en un árbol. Wallander levantó la tapa del buzón. Estaba vacío. Supuso que había sido Sven Tyrén quien había recogido el correo. Wallander entró en el patio adoquinado. Todo estaba muy bien cuidado. Se quedó parado escuchando el silencio. La finca constaba de tres alas. Un día habría sido un cuadrado completo. O se había tirado una de las alas o se había quemado. Wallander admiró el tejado de paja. Sven Tyrén estaba en lo cierto. Una persona que podía permitirse el lujo de tener un tejado así era una persona adinerada. Wallander fue hacia la puerta y llamó al timbre. Luego golpeó con los nudillos. Abrió la puerta y entró. Se quedó escuchando. El correo estaba en un taburete junto a un paragüero. Varios prismáticos colgaban de la pared. Una de las fundas estaba abierta y vacía. Wallander recorrió la casa despacio. Todavía quedaba el olor de la cafetera que se había quemado. Se detuvo junto a una mesa escritorio que estaba en el gran cuarto de estar, en dos planos, y con las vigas del techo a la vista, y contempló un papel que había sobre la superficie marrón de la mesa. Como la luz era escasa lo cogió con la punta de los dedos y fue hacia una ventana.
Era un poema sobre un pájaro. Sobre un pico mediano.
Abajo de todo había una fecha escrita: 21 DE SEPTIEMBRE DE 1994. A LAS 22:12.
Justamente esa noche, Wallander y su padre habían estado cenando en un restaurante próximo a la Piazza del Popolo.
Allí, en aquella casa silenciosa, era ya como un sueño lejano e irreal. Wallander devolvió el papel al escritorio. «A las diez de la noche del miércoles escribió un poema y puso incluso la hora exacta. Al día siguiente Sven Tyrén tiene que suministrarle fuel. Y no está. Y la puerta sin cerrar con llave».
A Wallander se le ocurrió una idea y fue en busca del depósito de fuel. El contador indicaba que el depósito estaba casi vacío.
Regresó a la casa. Se sentó en un viejo sillón de mimbre y miró a su alrededor.
Algo le decía que Sven Tyrén tenía razón.
Holger Eriksson estaba realmente desaparecido. No sólo ausente. Al cabo de un rato Wallander se levantó y miró en varios armarios hasta encontrar un par de llaves de repuesto. Cerró con llave y abandonó la casa. La lluvia volvía a ser intensa. Poco antes de las cinco estaba de nuevo en Ystad. Rellenó un impreso en el que se denunciaba la desaparición de Holger Eriksson. Al día siguiente temprano empezaría a buscarle en serio.
Wallander se fue a casa. Paró en el camino y compró una pizza. Luego se sentó ante la tele a comerla. Linda seguía sin llamar. Poco después de las once se acostó y se durmió casi enseguida.
A las cuatro de la mañana fue arrancado abruptamente del sueño por la necesidad de vomitar. Sólo llegó a mitad de camino del lavabo. Al mismo tiempo notó que tenía diarrea. Se le había descompuesto el estómago. No podría asegurar si se debía a la pizza o a una infección que quizás arrastraba desde Italia. A las siete de la mañana estaba tan agotado que llamó a la comisaría para decir que no iría ese día. Habló con Martinsson.
—Supongo que te has enterado de lo que ha pasado —preguntó Martinsson.
—Lo único que sé es que no paro de vomitar y de cagar —contestó Wallander.
—Se ha hundido un transbordador esta noche —continuó Martinsson—. A las afueras de Tallinn. Parece que han muerto cientos de personas. Y la mayoría son suecos. Dicen que había muchos policías en el transbordador.
Wallander sintió de nuevo ganas de vomitar. Pero se mantuvo al teléfono.
—¿Policías de Ystad? —preguntó inquieto.
—No de los nuestros. Pero es horrible lo que ha pasado.
A Wallander le costaba creer lo que decía Martinsson. ¿Cientos de muertos en una catástrofe de navegación? Esas cosas no pasan. Por lo menos, no en las proximidades de Suecia.
—Creo que no puedo seguir hablando —dijo—. Tengo que vomitar otra vez. Pero en mi mesa hay un papel sobre un hombre que se llama Holger Eriksson. Ha desaparecido. Uno de vosotros tiene que ocuparse de ello.
Tiró el auricular y llegó con el tiempo justo al cuarto de baño para vomitar de nuevo. Cuando se encaminaba a la cama, sonó el teléfono. Esta vez era Mona. Su ex esposa. Le asaltó la preocupación. Ella no llamaba más que cuando pasaba algo con Linda.
—He hablado con Linda —dijo—. No iba en el transbordador.
Wallander tardó un momento en comprender lo que quería decir.
—¿Quieres decir en el transbordador que se ha hundido?
—¿Qué iba a querer decir si no? Cuando cientos de personas mueren en un accidente no puedo por menos de llamar a mi hija y cerciorarme de que está bien.
—Tienes toda la razón, desde luego —dijo Wallander—. Disculpa si tardo en comprender las cosas. Es que estoy enfermo. Tengo vómitos. Gastroenteritis. ¿Podemos hablar otro día, quizá?
—Sólo quería tranquilizarte —dijo ella.
La conversación se acabó. Wallander volvió a la cama.
Pensó un instante en Holger Eriksson. Y en la catástrofe del transbordador que al parecer había ocurrido durante la noche.
Tenía fiebre. No tardó en dormirse.
Casi al mismo tiempo cesó la lluvia.