Salamandra alzó la cabeza hacia el cielo, cubierto por un pesado manto de nubes grises. Se arrebujó en su capa y se apartó el cabello de la cara. El viento peinaba las laderas de las montañas y silbaba en sus oídos.
La voz de Oso la devolvió a la realidad.
—Son frescas —anunció—. No me extrañaría nada que topásemos con esas bestias hoy mismo.
Salamandra se estremeció, pero no respondió ni se acercó para mirar las huellas que estaban examinando sus compañeros, un poco más allá.
Cuando el grupo se reunió de nuevo para continuar la marcha, ella se volvió hacia Hugo y le miró a los ojos.
—No quiero ninguna interferencia, Hugo.
El aventurero se encogió de hombros.
—Eso ya lo has dicho muchas veces, preciosa. Y nosotros respetaremos tus deseos. Sin embargo, espero que no te moleste que acudamos a rescatarte si te encuentras en problemas.
Salamandra no respondió. Cargó con su macuto y siguió adelante, trepando por los riscos de las montañas, bajo las nubes de color plomizo.
A media mañana, la compañía se detuvo en lo alto de una loma. Salamandra miró a su alrededor. Se trataba de un terreno verde salpicado de rocas y de pequeños cerros pedregosos y abruptos. Un poco más allá se extendía un bosque que parecía no haber sido nunca pisado por seres humanos.
Hugo lanzó un suspiro exasperado.
—Salamandra, creo que ya va siendo hora de que nos expliques qué diablos está pasando, ¿no te parece?
Ella iba a responder cuando un profundo aullido desafió al silbido del viento. La joven maga se volvió hacia el lugar desde donde parecía haber sonado, se envolvió en la capa y echó a correr hacia allá, dejando a sus compañeros atrás. Hugo soltó una maldición y se apresuró a correr tras ella, y los otros tres lo imitaron.
Salamandra se internó por un paso entre dos cerros rocosos y llegó hasta una pequeña hondonada verde veteada de rocas. Se detuvo en el centro, insegura, y ello permitió que los demás la alcanzasen.
—¿Qué diablos…? —resopló Hugo, pero la voz de Oso lo interrumpió:
—¡Mirad!
Sobre una gran roca, un poco más arriba, un lobo gris de excepcional tamaño los miraba con seriedad.
—Allí hay otro… —susurró Eric.
Y otro. Y otro. Y otro.
La compañía de aventureros estaba rodeada por una docena de lobos enormes que los observaban en silencio desde lo alto de las rocas. Instintivamente, los hombres se llevaron las manos a las armas.
Salamandra no.
La maga avanzó unos pasos, separándose del grupo. Había fijado su mirada en uno de los lobos, un ejemplar de pelaje blanco como la nieve.
—Busco a Fenris —dijo en voz alta.
Hugo y los demás la miraron como si se hubiese vuelto loca.
—Salamandra, ¿se puede saber qué estás haciendo?
—Quiero hablar con Fenris —insistió ella, ignorando a sus compañeros—. Sé que está aquí, con vosotros.
El lobo blanco no se inmutó. Se limitó a mirarla con sus profundos ojos oscuros.
Después, lentamente, dio la espalda a los humanos y se alejó de ellos.
Aquella fue la señal que esperaban sus compañeros de manada. De pronto, todos comenzaron a gruñir y avanzaron unos pasos hacia los aventureros.
—¡Diantre, Salamandra, deja de jugar y échanos una mano! —gruñó Hugo.
Salamandra se volvió hacia ellos; indecisa, se mordió el labio inferior. Entonces, de súbito, dio media vuelta y echó a correr hacia el lobo blanco, que se marchaba. Hugo lanzó un juramento por lo bajo.
—¡Escúchame! —gritó Salamandra—. ¡No queremos hacer daño! ¡Di a los demás que dejen en paz a mis amigos!
El lobo se volvió un momento hacia ella y le dirigió una breve mirada. Después le enseñó los dientes en un gruñido.
—¡Sé quiénes sois! —insistió Salamandra—. Soy amiga de Fenris. Él…
Se interrumpió cuando de pronto, entre los gruñidos del lobo, logró distinguir unas palabras:
—Marchaos, humanos.
Los lobos gruñeron más alto, y algunos incluso aullaron. El lobo blanco seguía trepando por las rocas, alejándose de Salamandra, y ella reaccionó y corrió tras él.
—¡Tú me salvaste la vida una vez! Debes acordarte de mí.
—Salvé la vida a uno de los nuestros —gruñó el lobo sin volverse.
Salamandra se estremeció. Aquella criatura hablaba, sí, pero sus palabras resultaban difíciles de entender y de distinguir de los gruñidos de la bestia.
—Tú tienes una parte humana —insistió Salamandra.
El lobo se volvió súbitamente hacia ella y la miró de tal forma que la maga empezó a dudar de sus propias palabras.
—Tú eres humana —dijo el lobo—. Yo soy un lobo.
Los lobos aullaron más alto, coreando sus palabras.
Los aventureros retrocedieron un tanto, indecisos. Estaban demasiado lejos como para oír las palabras del lobo blanco, y solo veían que Salamandra trataba de hablar con un animal, que parecía el jefe de la manada, pero que no dejaba de ser un animal.
—Entonces, ¿por qué no me has matado ya? —susurró Salamandra, estremeciéndose.
Los ojos del lobo blanco se estrecharon. Sus gruñidos aumentaron de intensidad, de modo que la joven pudo ver claramente sus afilados colmillos.
—Tú lo has querido, humana.
El lobo saltó sobre ella. Salamandra gritó y levantó una barrera mágica defensiva.
Todos los demás lobos se lanzaron contra los aventureros, que alzaron las armas.
—¡Fríelos con un rayo, Salamandra! —gritó Hugo, pero la maga no parecía dispuesta a ejecutar un hechizo de agresión.
De pronto un autoritario ladrido se oyó sobre los demás. El lobo blanco chocó contra la barrera de Salamandra, retrocedió un tanto y miró un poco más allá. Lanzó dos cortos ladridos, que le fueron respondidos por otro, seco y cortante.
Salamandra alzó la mirada y el corazón empezó a latirle con más fuerza; sobre una loma, un lobo de color castaño rojizo la miraba con cierta hosquedad brillando en sus ojos ambarinos.
Kai oyó una voz conocida, pero no acabó de ubicarla. La voz parecía hablar en idioma arcano. Kai sabía cómo sonaba aquel lenguaje, pero no lo comprendía.
De pronto vio algo parecido a un rayo de luz hendiendo las tinieblas. La voz calló un momento, y entonces dijo, claramente:
—¿Kai?
Con dificultad, lentamente, Kai abrió los ojos. Parpadeó bajo la luz de la mañana. Entrecerró los párpados y pudo ver ante sí una figura humana vestida de rojo que lo miraba con cierta preocupación.
—¿Jo… nás? —pudo decir, reprimiendo un nuevo bostezo.
El joven mago se irguió y echó un vistazo a la imponente figura de la Torre, que se alzaba como un guardián eterno sobre el Valle de los Lobos.
—Kai, ¿se puede saber qué ha pasado? —preguntó—. Parece que Saevin se ha quedado solo en la Torre. ¿Dónde está Dana?
El dragón se incorporó un poco y respiró hondo, tratando de volver a la realidad.
—¿Dana? ¿Saevin? Oh, mi cabeza… Jonás, siento muchísimo haberme dormido. Yo…
—No lo sientas, no fue culpa tuya. Alguien te sumió en un sueño mágico —Jonás frunció el ceño—. Maldita sea, tal vez esa persona le haya hecho daño a Dana. Por favor, trata de recordar quién…
—Me temo que fue ella, Jonás.
—¿Quién?
Kai le dirigió una mirada profundamente preocupada.
—Sé que te va a resultar difícil de comprender, pero… si Dana se ha ido, creo que me durmió para que no pudiera impedírselo. Y creo saber por qué.
El lobo blanco retrocedió un poco, y los otros lobos lo imitaron, pero Salamandra no se dio cuenta. Seguía con la mirada clavada en el animal recién llegado.
Sus compañeros tampoco parecían tenerlas todas consigo. Los lobos habían interrumpido el ataque, pero no dejaban de vigilarlos.
El lobo de pelaje castaño dio media vuelta y se alejó de la hondonada.
—No tardes —gruñó el lobo blanco.
Salamandra asintió y echó a correr tras el animal castaño. Hugo hizo ademán de seguirla, pero los otros lobos le cerraron el paso.
—Si no lo veo no lo creo —murmuró el aventurero al ver la actitud de los lobos con Salamandra. Parecía que ella tenía mucho interés en seguir a uno de ellos, y parecía que los demás se lo permitían, pero siempre y cuando ella fuese sola.
Aquellos animales eran sorprendentemente listos, se dijo el mercenario.
Salamandra siguió al lobo de color castaño rojizo hasta un lugar más apartado, detrás de unos riscos. Le temblaban las piernas y le costaba caminar. Había esperado mucho tiempo aquel momento, y había imaginado mil veces qué diría cuando se presentase. Sin embargo, ahora descubría que le resultaba difícil encontrar las palabras apropiadas.
De pronto, el lobo se detuvo y se volvió hacia ella.
—¿Por qué me has seguido hasta aquí? —preguntó; su voz parecía más un gruñido que palabras articuladas.
Salamandra tragó saliva. Su corazón latía con fuerza. «Porque te echaba de menos», habría querido decirle. Sin embargo, llevaba demasiado tiempo comportándose como una dura aventurera como para hablar de sus sentimientos con tanta facilidad.
—He venido a verte —dijo—. Por lo menos podrías agradecérmelo.
El lobo gruñó.
—Este es un santuario para lobos. Los humanos no deberíais entrar aquí.
—Fenris, tú no eres un lobo.
Él le dirigió una mirada socarrona.
—Soy lo que he elegido ser.
Salamandra no dijo nada durante un momento. Le estaba resultando más difícil de lo que había previsto.
—Ya no te importamos nada, ¿verdad?
Creyó ver una breve vacilación en la mirada ambarina del lobo, y añadió:
—¿Cuánto tiempo llevas transformado en lobo?
—Muchas lunas —replicó él—. Me encuentro más a gusto así, Salamandra. Aquí nadie me rechaza por ser como soy.
Ahora fue ella quien vaciló.
—Todos estos lobos… son como tú, ¿verdad?
Fenris dejó vagar su mirada por las montañas.
—Aquí hemos encontrado un refugio a salvo del odio de los hombres. Tú no comprendes lo que has hecho, Salamandra —le dirigió una mirada severa—. Esos hombres que has traído contigo no dudarían en matarnos a todos, si supieran lo que somos. Y también lo harían aunque creyesen que somos lobos como los demás.
—Sois mucho más que lobos. ¿Por qué os empeñáis en rechazar vuestro lado racional? He oído a ese lobo blanco. Ya apenas se le entiende cuando habla. Pronto te pasará a ti también, Fenris.
—¿Has venido para darme un sermón?
—No.
Salamandra había ido a buscarle para decirle que ya no era una niña, para confesarle sus sentimientos, para asegurarle que no temía a su parte salvaje, que la aceptaba. Pero resultaba muy difícil hablar de aquellas cosas; con un lobo. Por ello buscó otra manera de proseguir; con la conversación, y la encontró.
—Hace poco hablé con Jonás. Me contó que un Oráculo ha profetizado cosas que nos afectan a todos nosotros.
—¿Qué quieres decir?
Salamandra respiró hondo.
—Fenris, he venido desde muy lejos. Te lo pido por favor: quisiera volver a verte como te conocí. Hazlo por mí. Solo un momento.
El lobo le dirigió una hosca mirada. Después retrocedió unos pasos y emitió un extraño sonido gutural.
Y la transformación comenzó.
Salamandra vio fascinada cómo el pelaje castaño rojizo retrocedía para mostrar una fina piel que recubría unos miembros largos y delgados, cómo el hocico se acortaba y las garras se transformaban en manos, cómo el lobo se convertía en un ser de grandes ojos almendrados y facciones angulosas, rodeado de un innegable halo de misterioso atractivo.
El elfo se hallaba aún agachado a cuatro patas, y sus ojos color miel todavía mostraban un cierto brillo salvaje. Salamandra sintió que enrojecía intensamente.
—Fenris, ¿qué ha sido de tu túnica?
—No la necesito aquí.
—Bueno… te presto mi capa —murmuró ella abruptamente, tendiéndole la prenda.
El elfo sonrió enigmáticamente y envolvió su cuerpo desnudo con la capa de ella.
—Bien —dijo; su voz seguía sonando parecida a un gruñido—. Ya que has venido hasta aquí para arrancarme de mi tranquila vida lobuna, supongo que me explicarás con más detalle qué es eso de la profecía.
Jonás paseaba nerviosamente de un lado a otro. Su inquietud contrastaba vivamente con la calmosa actitud de Saevin, que aguardaba ante él en silencio.
—No puedo creer que no sepas adonde ha ido.
—No me lo dijo —replicó el muchacho, encogiéndose de hombros.
Jonás se detuvo y lo miró fijamente.
—No te lo dijo, pero lo sabes.
Saevin no respondió.
—¡Maldita sea! —gruñó el mago—. ¿Cuál es tu papel en todo esto? Dime, ¿quién diablos eres?
—Soy Saevin —dijo él sin alterarse—. Y mi papel en todo esto está escrito en la profecía.
Jonás seguía mirándole con fijeza.
—¿Y se puede saber qué más sabes?
—No. Tú no lo comprendes, Jonás; todos me concedéis mucha importancia, pero yo no soy más que un peón en este juego.
—Increíble, increíble —murmuró Jonás, cerrando los ojos, algo mareado—. Me está dando lecciones un aprendiz de primer grado. ¿Cómo sabes todo eso?
—Lo sé porque debo saberlo, Jonás. Igual que tú sabes que la profecía debe cumplirse.
—¡Basta ya! —gritó el mago—. ¿Quién te crees que eres? Escúchame bien; me das muy mala espina, tú, y la única razón que tengo para no echarte de la Torre es que Dana decidió que te quedases. No me importa que no quieras colaborar: la encontraré, con o sin tu ayuda. Y evitaremos el cumplimiento de la profecía —añadió, echando chispas por los ojos—, con o sin tu ayuda.
—Jonás.
El joven dio un respingo y se volvió. Por la ventana asomaba la cabeza de Kai.
—Enseguida voy —murmuró; echando una última mirada furibunda a Saevin, salió de la habitación para reunirse con el dragón en el jardín.
Kai se había sentado sobre sus cuartos traseros y examinaba su ala derecha con aire crítico.
—¿Todo listo? —preguntó Jonás, muy nervioso.
—Sí, eso parece.
—Es un viaje muy largo. ¿No quieres que te ayude mediante la magia?
—No, porque yo no soy mago, y no sabría qué hacer si algo saliese mal. No te preocupes; no tardaré tanto en sobrevolar el mar. Soy un dragón, ¿recuerdas? Los vientos soplan en mi favor.
Jonás sonrió, algo preocupado.
—¿Crees que hacemos bien?
—No lo sé, ni me importa, Jonás. Yo solo quiero encontrar a Dana y asegurarme de que está bien. Y si alguien puede darme una pista, ese es Fenris.
—He intentado avisar a Salamandra, pero tiene todos los canales de comunicación cerrados. Supongo que eso, en su caso, es una norma elemental de precaución: no lleva una vida fácil y no quiere que nadie la localice.
—No importa, yo encontraré a Fenris de todas formas. Con las indicaciones que me has dado no será difícil.
Jonás se frotó la sien, preocupado.
—Siento dejarte solo —dijo Kai.
—Da igual. Tendría muy bajo concepto de mí mismo si no me creyera capaz de controlar a un aprendiz de primer grado, por muy «Elegido» que sea.
Kai sonrió.
—Hasta pronto, amigo —dijo solamente.
Agitó las alas, levantando una fuerte ventolera a su alrededor. Jonás se protegió el rostro con un brazo.
Cuando volvió a mirar, el dragón ya había alzado el vuelo. Momentos más tarde, era tan solo una llama dorada recortada contra el cielo.
—Suerte, Kai —murmuró el joven mago.
Fenris permaneció callado largo rato. Salamandra, a su lado, aguardaba, expectante, mientras le miraba con cierta curiosidad.
El elfo no había cambiado desde su último encuentro. De hecho, ni siquiera había cambiado desde la primera vez que se vieron, siete años atrás. Entonces ella era poco más que una niña.
Ahora ya era una mujer. Deseaba decírselo, pero no encontraba las palabras, quizá porque sabía de antemano la respuesta de él. Aunque ahora pareciesen de la misma edad, el elfo tenía más de doscientos años, y continuaría siendo joven durante un par de siglos más, mientras que ella envejecería y moriría.
Y, en el fondo de su corazón, Salamandra sabía que Fenris le diría aquello por no decirle la verdad: que siempre la había querido como a una amiga, como a una hermana, pero nada más.
Salamandra no estaba acostumbrada a que hubiese cosas en el mundo que ella no pudiese cambiar. Le gustaba ser dueña de su vida y de su destino. Odiaba pensar que ella, que era una poderosa hechicera, no tenía el más mínimo control sobre los sentimientos de Fenris.
El elfo seguía igual en apariencia, pero algo en él era diferente. Llevaba el cabello, de color cobre, más largo y revuelto, y sus ojos tenían un cierto brillo salvaje. Sus movimientos eran algo más bruscos que de costumbre. Su voz sonaba más ronca de lo que ella recordaba.
—Tenías amigos en la Torre —susurró ella—. ¿Por qué elegiste venir aquí, por qué te decidiste por la otra opción?
Fenris le dirigió una dura mirada, pero ella no se acobardó.
—Dime, ¿por qué prefieres ser un lobo?
—Creía que habías venido a hablar de la profecía, Salamandra —dijo él.
—Bueno, ya te he contado lo que sé —respondió ella—. ¿Qué opinas tú? —añadió de mala gana.
—Parece un asunto grave —admitió el elfo, frunciendo el ceño—. Por un lado, creo que debería volver a la Torre por si Dana me necesita, pero, por otro…
—¡No debes hacerlo! —exclamó Salamandra, preocupada—. La profecía…
—En determinadas circunstancias, Salamandra, me preocupa más la seguridad de Dana que la mía propia —cortó Fenris.
Ella no respondió. Pensaba que las cosas habían cambiado, pero de nuevo volvía a sentirse como una niña reprendida por su Maestro. Porque Fenris, a pesar de que parecía muy cómodo con su nueva vida con los elfos-lobo, seguía siendo un mago poderoso, y había sido su tutor.
Algunas cosas nunca cambiaban.
—Me pondré en contacto con Dana esta misma noche —murmuró Fenris pensativo; en un movimiento reflejo se rascó la cabeza tras una de sus largas y puntiagudas orejas, y Salamandra pensó, inquieta, que parecía más lobo que elfo—. Le prometí que me tendría a su lado si alguna vez me necesitaba y, a pesar de todo, no quiero faltar a esa promesa.
Salamandra no dijo nada; entonces él se volvió para mirarla, y sonrió como si la viese por vez primera.
—Por cierto, has crecido mucho, Salamandra.
—Has tardado en darte cuenta. Creo que deberías adoptar esta forma más a menudo. Ser lobo te hace olvidarte de tu educación, por no hablar de tus amigos.
La sonrisa de Fenris se hizo más amplia. Salamandra se sintió algo mejor al comprobar, aliviada, que cuanto más tiempo pasaba Fenris transformado en elfo más volvía a parecerse a la persona que había conocido.
—Te echo de menos —logró decir por fin.
Fenris le dirigió una mirada pensativa.
—Ya veo —dijo solamente—. No funcionó lo tuyo con Jonás, ¿eh?
—¿Qué insinúas? —saltó ella, ofendida.
—He visto a tus compañeros —dijo él, señalando con el mentón hacia el lugar donde habían dejado a Hugo y los demás—. Me he podido hacer una idea de cómo es tu nueva vida. No podía ser de otra forma. No estabas hecha para quedarte encerrada en la Torre.
—¿Y tú? —preguntó Salamandra, estremeciéndose.
—Yo os echo de menos a todos, pero esta es mi vida. Tú deberías comprenderlo mejor que nadie. Todos hemos seguido nuestro camino… yo pensé que me quedaría en la Torre para siempre, pero ya ves… Encontré esta opción, y no me arrepiento.
—La verdad, todos nos hemos ido de la Torre después de pasar la Prueba del Fuego. Hasta Conrado se ha marchado. De mi grupo solo queda Jonás…
De pronto, Fenris alzó la cabeza y husmeó en el aire. Se le escapó un breve ladrido, y Salamandra lo miró con inquietud.
Frente a ellos había un lobo de pelaje gris claro, que miraba a Fenris con cierto aire de reproche.
—Ah, Gaya —dijo él; se volvió hacia Salamandra—. Dejad que os presente. Gaya, esta es Salamandra, una amiga de la Torre.
La joven maga vio, no sin cierto desasosiego, cómo el lobo gris se transformaba en una elfa de salvaje belleza y de larguísimos y despeinados cabellos color rubio ceniza. Igual que Fenris, iba desnuda, y parecía recién salida de lo más profundo del bosque.
—Encantada —dijo con voz ronca.
Fenris miró de nuevo a Salamandra, algo inquieto.
—Salamandra, ella es Gaya, mi compañera —explicó.
La joven lo había estado temiendo, pero ello no impidió que las palabras del elfo sonasen en sus oídos como una sentencia de muerte.