CAPÍTULO 35

Suti y Pantera contemplaron la hermosa ciudad de Coptos, cuyas casas blancas brillaban al sol de mayo, en la orilla derecha del Nilo, a unos cuarenta kilómetros al noroeste de Karnak. De aquella capital de la quinta provincia del Alto Egipto salían las expediciones comerciales hacia los puertos del mar Rojo y los equipos de mineros hacia los parajes del desierto oriental. Allí había acudido Suti para que lo contrataran y encontrar así la pista de Asher, el general felón y asesino al que había ejecutado.

El extraño ejército de Suti se aproximó al fortín que custodiaba la ruta que llevaba a la entrada de la ciudad. Como estaba prohibido circular sin autorización por los alrededores, los viajeros se presentaban acompañados por los policías encargados de verificar su identidad y velar por su seguridad.

Los del puesto de guardia no creyeron lo que estaban viendo: ¿de dónde surgía aquella heteróclita pandilla, compuesta por libios, nubios y representantes de las fuerzas del orden? Parecía que estuvieran confraternizando, cuando «los de la vista penetrante» deberían ir vigilando a los prisioneros encadenados.

Suti avanzó solo hacia el jefe del puesto, armado con una espada.

Con el pelo largo, la piel bronceada, el torso desnudo adornado con un ancho collar de oro y unos brazaletes que ponían de relieve el vigor de sus brazos, el joven tenía la soberbia de un auténtico general que regresa con sus hombres de una campaña victoriosa.

—Mi nombre es Suti y soy egipcio, como tú; ¿por qué matarnos mutuamente?

—¿De dónde venís?

—Ya lo ves: de conquistar el desierto.

—¡Pero… es ilegal!

—La ley del desierto es la mía y la de mis hombres; si te opones, morirás estúpidamente. Vamos a apoderarnos de esta ciudad. Únete a nosotros, te irá bien.

El jefe del puesto vaciló.

—¿Os obedecen «los de la vista penetrante»?

—Son gente razonable; les ofrezco más de lo que podían esperar.

Suti arrojó un lingote de oro a los pies del jefe del puesto.

—Es sólo un modesto regalo, para evitar una carnicería.

El hombre, con los ojos desorbitados, recogió el tesoro.

—Mi reserva de oro es inagotable; corre a avisar al gobernador militar de la ciudad. Lo espero aquí.

Mientras el jefe del puesto cumplía su misión, los soldados de Suti invadían la ciudad. Como la mayoría de las ciudades egipcias, Coptos no se protegía detrás de unas murallas; los asaltantes se dispersaron para controlar los principales accesos.

Pantera tomó tiernamente a su amante por el brazo izquierdo, como una esposa fiel. Cubierta de joyas de oro, la rubia libia parecía una diosa nacida de las bodas del cielo y el desierto.

—¿Rechazas el combate, amor mío?

—¿No es preferible una victoria sin matanzas?

—Yo no soy egipcia; me gustaría más ver a tus compatriotas destrozados por los míos. Los libios no temen batirse.

—¿Te parece el momento adecuado para provocarme?

—Siempre es el momento adecuado.

Lo besó con el ardor de una conquistadora, exaltada ante la idea de ser la reina de Coptos.

El gobernador militar de la ciudad no tardó en aparecer. Con mirada experta, evaluó al agresor. Tras una larga carrera en el ejército, que le había dado la ocasión de enfrentarse con los hititas, se preparaba para un confortable retiro en un poblado cercano a Karnak. Artrítico, se limitaba a un trabajo rutinario, lejos de los campos de maniobra. En Coptos no había riesgo de conflicto alguno; debido a su posición estratégica, la ciudad gozaba de una protección policial que desalentaba a traficantes y ladrones. Estaba preparada para reprimir una expedición de bandoleros, no para enfrentarse a temibles guerreros.

A espaldas de Suti estaban los carros bien equipados; a la derecha, los arqueros nubios; a la izquierda, los lanzadores de jabalina libios; en la encrucijada de los caminos y en las colinas, «los de la vista penetrante». Y aquella soberbia mujer de cabellos rubios, piel cobriza y adornos de oro. Aunque no creyera en leyendas, el gobernador pensó que venía de otro mundo, tal vez de las misteriosas islas situadas en los confines de la tierra.

—¿Qué exigís?

—Que me entreguéis Coptos para establecer en ella mi sede.

—Es imposible.

—Soy egipcio —recordó Suti— y he servido en el ejército de mi país; hoy, a la cabeza de mi ejército, dispongo de una inmensa fortuna y he decidido que se beneficie de ella la ciudad de los mineros y los buscadores de oro.

—¿Sois vos quien acusasteis a Asher de traición y crimen?

—Así es.

—Teníais razón; era un bribón y no tenía palabra. Quieran los dioses que no vuelva a aparecer.

—Tranquilizaos: el desierto se lo tragó.

—Se ha hecho justicia.

—Deseo evitar un enfrentamiento fratricida.

—Debo hacer que se respete el orden público.

—¿Quién piensa turbarlo?

—Vuestro ejército no me parece muy pacifico.

—Si nadie lo provoca, será inofensivo.

—¿Vuestras condiciones?

—El alcalde de Coptos es un notable fatigado y sin ambición; que me ceda su puesto.

—Esa mutación no sería efectiva sin la autorización del jefe de la provincia, que debe obtener el consentimiento del visir.

—Comencemos expulsando a ese senil anciano —decretó Pantera—; luego, el destino decidirá.

—Llevadme ante él —ordenó Suti.

El alcalde de Coptos comía carnosas aceitunas mientras escuchaba a una joven arpista dotada de un real talento; aficionado a la música, cada vez se entregaba más al ocio. La administración de Coptos no ofrecía dificultades; los grandes contingentes de la policía del desierto velaban por la seguridad, la población estaba bien alimentada, los especialistas se encargaban de metales y minerales preciosos, el templo demostraba su prosperidad.

La visita del gobernador militar le molestó; sin embargo, el alcalde aceptó recibirlo.

—Éste es Suti —dijo el militar presentando el joven al dueño de la ciudad.

—¿Suti… el acusador del general Asher?

—El mismo.

—Me complace recibiros en Coptos; ¿deseáis cerveza fresca?

—Con mucho gusto.

La arpista desapareció, un copero sirvió el delicioso brebaje.

—Estamos al borde del desastre —dijo el gobernador militar.

El alcalde dio un respingo.

—¿Qué decís?

—El ejército de Suti rodea la ciudad; si le hacemos frente habrá muchos muertos y heridos.

—¿Un ejército… con soldados de verdad?

—Nubios, excelentes arqueros; libios, expertos en el manejo de la jabalina, y… policías del desierto.

—¡Es increíble! Exijo que esos traidores sean detenidos y azotados.

—No será fácil convencerlos —objetó Suti.

—¿Qué no será fácil…? ¿Pero dónde creéis que estáis?

—En mi ciudad.

—¿Os habéis vuelto loco?

—Su ejército parece eficaz —indicó el gobernador militar.

—¡Pedid refuerzos!

—¡Antes atacaré!

—Detened a este hombre, gobernador.

—No cometáis ese error —recomendó Suti—; la diosa de oro pasaría la ciudad a sangre y fuego.

—¿La diosa de oro?

—Ha llegado del lejano sur con la llave de inagotables riquezas; recibidla y conoceréis gozo y prosperidad. Rechazadla y la desgracia caerá sobre vuestra ciudad.

—¿Tan seguro estáis de vencer?

—No tengo nada que perder; y no es ése vuestro caso.

—¿No teméis la muerte?

—Me acompaña desde hace tiempo. Ni el oso de Siria, ni el traidor Asher, ni los bandoleros nubios consiguieron derribarme. Si lo deseáis, intentadlo.

Un buen alcalde debía tener cualidades de negociador; ¿no había resuelto mil conflictos utilizando el arma de la diplomacia?

—Debo tomaros en serio, Suti.

—Es preferible.

—¿Qué proponéis?

—Que me cedáis vuestro lugar y yo me convierta en el dueño de esta ciudad.

—Imposible.

—Conozco el alma de esta ciudad; nos aceptará como soberanos, a la diosa de oro y a mí.

—Vuestra toma del poder sería ilusoria; en cuanto se conociera la noticia, el ejército vendría a expulsaros.

—Será un hermoso combate.

—Dispersad vuestras fuerzas.

—Voy a reunirme con la diosa de oro —declaró Suti—; os concedo una hora de reflexión. O aceptáis mi proposición o atacaremos.

Abrazados, Suti y Pantera contemplaban Coptos. Pensaban en los exploradores que recorrían inciertas pistas en busca de tesoros mil veces soñados; ¿cuántos habían sido guiados por la gacela de Isis hacia el buen yacimiento, cuántos habían regresado vivos, para admirar la gran curva que el Nilo describía, hacia el este, a la altura de la ciudad de los buscadores de oro?

Los nubios cantaban, los libios comían, «los de la vista penetrante» verificaban los carros; nadie hablaba, a la espera de un inevitable enfrentamiento que ensangrentara caminos y campiñas. Pero unos estaban cansados de vagabundear, otros esperaban una inesperada fortuna y otros, por fin, deseaban combatir para demostrar su valor; todos estaban hechizados por la belleza de Pantera y la determinación de Suti.

—¿Se doblegarán? —preguntó ella.

—No importa.

—No matarás a tus hermanos de raza.

—Tendrás tu ciudad; en Egipto se venera a las mujeres capaces de encarnar diosas.

—No escaparás de mí pereciendo en un combate.

—Tú, la libia, amas mi tierra; su magia te ha conquistado.

—Si te devora, te seguiré; mi brujería será más fuerte.

El gobernador militar se presentó antes de que finalizara el plazo.

—El alcalde acepta.

Pantera sonrió, Suti permaneció impasible.

—Acepta, con una condición; que os comprometáis a no cometer pillaje alguno.

—Venimos a ofrecer, no a robar.

A la cabeza de su ejército, la pareja entró en la ciudad.

La noticia se había propagado con tanta rapidez que los habitantes se apretujaban en la calle principal y en las encrucijadas; Suti ordenó a los nubios que quitaran las lonas que cubrían los carros.

Brilló el oro.

Los habitantes de Coptos nunca habían visto tan gran cantidad de metal precioso; las niñas lanzaban flores a los nubios, los chiquillos corrían junto a los soldados. En menos de una hora, la ciudad entera estuvo en fiestas y celebró el regreso de la lejana diosa, cantando la leyenda del héroe Suti, vencedor de los demonios de la noche y descubridor de una gigantesca mina de oro.

—Pareces inquieto —observó Pantera.

—Tal vez sea una emboscada.

El cortejo se dirigió hacía la casa del alcalde, una hermosa mansión situada en el centro de la ciudad y rodeada por un jardín. Suti observaba los tejados; con el arco en la mano, estaba dispuesto a disparar una flecha contra cualquier tirador emboscado.

Pero no se produjo incidente alguno. De los barrios surgió una muchedumbre entusiasta, convencida de que acababa de producirse un milagro; el regreso de la lejana diosa convertiría a Coptos en la más rica de las ciudades.

En el umbral de la mansión, las siervas habían esparcido caléndulas, que formaban una alfombra anaranjada; con flores de loto en la mano, desearon la bienvenida a la diosa de oro y al general Suti. Encantada, Pantera les dedicó una sonrisa y recorrió, regia, la avenida flanqueada por tamariscos.

—¡Qué hermosa es esta casa! Mira la fachada blanca, las altas y delgadas columnas, los dinteles decorados con palmas… Aquí me sentiré bien. ¡Allí hay un establo! Pasearemos a caballo, antes de bañarnos y beber el vino dulce.

El interior encantó a la rubia libia. El alcalde tenía un gusto exquisito; en las paredes, unas pinturas evocaban el vuelo de los patos salvajes y la lujuriante vida de un estanque. Un gato montés, trepando por un tallo de papiro, se acercaba a un nido lleno de huevos de pájaro.

Pantera entró en la alcoba, se quitó el collar de oro y se tendió en el lecho de ébano.

—Eres un vencedor, Suti; ámame.

El nuevo dueño de Coptos no resistió aquella llamada.

Aquella misma noche ofrecieron un gigantesco banquete a los ciudadanos. Los más modestos degustaron carnes asadas y bebieron vinos finos; centenares de lámparas iluminaban las callejas, donde se bailó hasta el alba. Los notables prometieron obediencia a Suti y Pantera, y alabaron la hermosura de la diosa de oro, sensible a su homenaje.

—¿Por qué está ausente el alcalde? —preguntó Suti al gobernador militar.

—Ha abandonado Coptos.

—¿Sin mi autorización?

—Aprovechad vuestro corto reinado; el alcalde avisará al ejército y el visir restablecerá el orden en la ciudad.

—¿Pazair?

—Su fama no deja de crecer; es un hombre justo, pero severo.

—Buen enfrentamiento en perspectiva.

—La prudencia exige que os rindáis.

—Estoy loco, gobernador; soy un loco de imprevisibles reacciones. Mi ley es la del desierto, me importan un bledo los reglamentos.

—Salvad al menos a los civiles.

—La muerte no salva a nadie. Embriagaos; mañana beberemos sangre y lágrimas.

Suti se llevó la mano a los ojos.

—Id a buscar a la diosa de oro; quiero hablar con ella.

Pantera se deleitaba con el canto de un arpista que invitaba a los comensales a gozar el momento presente, disfrutando en él del sabor de la eternidad; una cohorte de admiradores la devoraba con los ojos. Avisada por el gobernador, se reunió con Suti, que miraba fijamente ante sí.

—Estoy de nuevo ciego —murmuró—. Llévame hasta la habitación; me apoyaré en tu brazo. Nadie debe advertir lo que me pasa.

Numerosos comensales saludaron a la pareja, cuya desaparición señaló el final de la fiesta.

Suti se tendió de espaldas.

—Neferet te curará —afirmó Pantera—; yo misma iré a buscarla.

—No tendrás tiempo.

—¿Por qué?

—Porque el visir Pazair enviará el ejército para aniquilarnos.