Aunque Ensei Tankado aún no había nacido durante la Segunda Guerra Mundial, estudió todo sobre ella, en particular el acontecimiento que la culminó, la explosión en que cien mil compatriotas suyos fueron incinerados por una bomba atómica.
Hiroshima, 8.15 horas, 6 de agosto de 1945: un vil acto de destrucción. Una exhibición de poder insensata llevada a cabo por un país que ya había ganado la guerra. Ensei Tankado lo había aceptado todo. Pero lo que nunca podría aceptar es que esa bomba le hubiera impedido conocer a su madre. Había muerto al darle a luz, complicaciones provocadas por el envenenamiento radiactivo sufrido tantos años antes.
En 1945, antes de que Ensei naciera, su madre, como muchas de sus amigas, había viajado a Hiroshima para trabajar como voluntaria en los centros de quemados. Fue allí donde se convirtió en una hibakusha: la gente irradiada. Diecinueve años después, a la edad de treinta y seis, cuando yacía en la sala de partos con una hemorragia interna, supo que iba a morir. Lo que no sabía era que la muerte le ahorraría el horror final: su único hijo nacería deforme.
El padre de Ensei nunca quiso ver a su hijo. Abrumado por la pérdida de su esposa y avergonzado por el anuncio de las enfermeras de que el niño tenía taras de nacimiento y probablemente no sobreviviría a aquella noche, desapareció del hospital y nunca regresó. Ensei Tankado fue adoptado.
Cada noche, el pequeño Tankado contemplaba sus dedos deformes, que sujetaban una muñeca de los deseos daruma, y juraba que se vengaría, se vengaría del país que le había robado a su madre y avergonzado a su padre hasta el punto de abandonarle. Lo que no sabía era que el destino estaba a punto de intervenir.
En el mes de febrero del año en que Tankado cumplió doce, un fabricante de computadores de Tokio llamó a su familia adoptiva y preguntó si su hijo lisiado podría formar parte de un grupo de prueba para un nuevo teclado que había desarrollado para niños minusválidos. Su familia accedió.
Aunque Ensei Tankado no había visto nunca un computador, dio la impresión de que sabía utilizarlo por instinto. El computador le abrió mundos que jamás había imaginado posibles. Al poco tiempo se convirtió en toda su vida. Cuando se hizo mayor, dio clases, ganó dinero y consiguió una beca en la Universidad de Doshisha. Ensei Tankado no tardó en ser conocido en todo Tokio como fugusha kisai, el genio deforme.
Tankado leyó por fin acerca de Pearl Harbor y los crímenes de guerra japoneses. Su odio por los norteamericanos se fue aplacando poco a poco. Se convirtió en un budista devoto. Olvidó su juramento infantil de venganza. El único camino hacia el esclarecimiento era el perdón.
A los veinte años, Ensei Tankado era una figura de culto clandestina entre los programadores. IBM le ofreció un visado con un permiso de trabajo y un puesto en Texas. Tankado aprovechó la oportunidad. Tres años después había abandonado IBM, vivía en Nueva York y desarrollaba software por cuenta propia. Se enroló en la nueva ola de encriptación de llave pública. Desarrolló algoritmos y ganó una fortuna.
Como muchos de los creadores importantes de algoritmos de encriptación, Tankado fue cortejado por la NSA. No dejó de captar la ironía: la oportunidad de trabajar en el corazón de un gobierno al que, en otro tiempo, había jurado odiar. Decidió acudir a la entrevista. Las dudas que pudiera albergar se desvanecieron cuando conoció al comandante Strathmore. Hablaron con franqueza del pasado de Tankado, de la potencial hostilidad que pudiera sentir hacia Estados Unidos, de sus planes para el futuro. Tankado pasó un test de poligrafía y se sometió a cinco semanas de rigurosas pruebas psicológicas. Las superó todas. El amor a Buda había sustituido al odio. Cuatro meses más tarde, Ensei Tankado estaba trabajando en el Departamento de Criptografía de la NSA.
Pese a su generoso sueldo, Tankado iba a trabajar en un viejo ciclomotor y comía lo que se traía en una fiambrera sobre la mesa de su despacho, en lugar de reunirse con los compañeros del departamento y compartir costillas y vichyssoise en el comedor. Los demás criptógrafos le reverenciaban. Era brillante, el programador más creativo que habían conocido. Era amable y sincero, silencioso, armado de una ética impecable. La integridad moral era de capital importancia para él. Ése fue el motivo de que su despido de la NSA y posterior deportación constituyeran una sorpresa.
Tankado, como el resto del personal de Criptografía, había estado trabajando en el proyecto Transltr a sabiendas de que, si tenía éxito, se utilizaría para descifrar correos electrónicos, sólo en casos aprobados por el Departamento de Justicia. El uso de Transltr por parte de la NSA sería regulado del mismo modo que el FBI necesitaba un permiso de un tribunal federal para intervenir un teléfono. Transltr utilizaría programas que necesitarían contraseñas retenidas en custodia por la Reserva Federal y el Departamento de Justicia con el fin de descifrar un archivo. Esto impediría que la NSA husmeara de forma indiscriminada en las comunicaciones personales de ciudadanos que respetaban la ley a lo largo y ancho del globo.
Sin embargo, cuando llegó el momento de programar el computador, dijeron al personal de Transltr que se había producido un cambio de planes. Debido a las presiones de tiempo, asociadas con frecuencia a la tarea antiterrorista de la NSA, Transltr funcionaría con un sistema de desencriptación autónomo, cuyas operaciones diarias serían reguladas tan sólo por la NSA.
Ensei Tankado se sintió indignado. Esto significaba que la NSA podría fisgonear el correo de la gente sin que nadie se enterara. Era como tener intervenidos todos los teléfonos del mundo. Strathmore intentó convencer a Tankado de que Transltr era una herramienta más para defender la ley, pero fue inútil. Tankado se mantuvo en sus trece de que se trataba de una gravísima violación de los derechos humanos. Renunció en el acto y al cabo de unas horas violó el código de secretismo de la NSA, cuando intentó ponerse en contacto con la Electronic Frontier Foundation. Tankado se dispuso a conmocionar al mundo con su historia sobre una máquina secreta capaz de exponer a todos los usuarios de computadores del mundo a una impensable traición por parte del gobierno. La NSA no tenía otra alternativa que detenerle.
La captura y deportación de Tankado, que pronto fue conocida por los grupos de noticias de la Red, fue una desafortunada ignominia pública. En contra de los deseos de Strathmore, los especialistas en control de daños de la NSA, nerviosos por la posibilidad de que Tankado intentara convencer a la gente de la existencia de Transltr, esparcieron rumores que destruyeron su credibilidad. Ensei Tankado fue rechazado por la comunidad informática global. Nadie confiaba en un minusválido acusado de espiar, sobre todo cuando estaba intentando comprar su libertad con absurdas alegaciones acerca de un supercomputador estadounidense capaz de descifrar cualquier código.
Lo más raro de todo fue que Tankado pareció comprenderlo. Todo formaba parte de un juego de inteligencia. No aparentaba ira, sólo resolución. Cuando los guardias de seguridad lo escoltaron hasta la salida, Tankado dirigió sus últimas palabras a Strathmore con una calma escalofriante.
—Todos tenemos derecho a guardar secretos —dijo—. Algún día me ocuparé de que sea así.