La psicología del animal humano es maleable, pues su personalidad depende de la proximidad de otros miembros de su especie y de la presión ejercida sobre ellos.
ERASMO, notas de laboratorio
La villa de Erasmo consistía en un edificio alto construido sobre una colina que dominaba el mar. En la parte que daba al interior, la sección principal se cernía sobre una agradable plaza embaldosada. Hacia la costa, los recintos de los esclavos, donde cautivos humanos vivían hacinados como ganado, se apelotonaban en el lado contrario.
Desde los balcones más elevados, el robot consideraba curiosa la dicotomía.
La capa facial de polímero metálico de Erasmo formó una sonrisa paternal, mientras veía a dos robots centinela que atravesaban un recinto en pos de dos niñas gemelas que necesitaba para su nueva ronda de experimentos. Las aterradas humanas huyeron, pero Erasmo no arrugó el ceño. Sus numerosas fibras ópticas analizaron las formas flacas y sucias.
Había visto a las niñas unos días antes, y reparado en su pelo negro y corto y sus ojos castaños, pero daba la impresión de que se escondían en algún sitio. ¿Estaban jugando con él? Los centinelas accedieron por una puerta a un túnel que conducía a otro recinto.
—Hemos localizado a los dos sujetos —transmitieron por fin. Bien, pensó Erasmo, impaciente por iniciar el intrigante trabajo. Quería ver si podía obligar a una de las gemelas a matar a la otra.
Sería un experimento fundamental, revelador de las fronteras morales y de cómo las definían las hermanas.
Le gustaba mucho trabajar con gemelos idénticos. A lo largo de los años, había procesado docenas de gemelos en su laboratorio, y reunido informes médicos detallados, así como estudios psicológicos intensivos. Dedicaba grandes esfuerzos a meticulosas autopsias comparadas, microanalizaba las sutiles diferencias entre hermanos que eran copias genéticas. Los capataces que trabajaban en los abarrotados recintos tenían instrucciones de identificar y seleccionar cualquier par nuevo entre la población cautiva de la Tierra.
Por fin, tuvo a las gemelas ante él, sujetas por robots. Compuso una sonrisa serena. Una de las niñas escupió en la superficie reflectante. Erasmo se preguntó por qué la saliva poseía connotaciones tan negativas para los humanos. No causaba daños y se limpiaba con facilidad. Las formas del desafío humano nunca cesaban de asombrarle.
Poco antes de que Erasmo abandonara su propiedad de Corrin, veintidós esclavos se habían quitado las capas protectoras oculares y clavado la vista en el gigantesco sol rojo hasta quedar ciegos. Desobedientes, rebeldes y estúpidos. ¿De qué servía aquel acto desafiante, aparte de inutilizarles para trabajar como esclavos?
Habían supuesto que les matarían, y Erasmo no les decepcionó, pero tampoco deseaba que se convirtieran en mártires. Los había separado de los demás esclavos, para que su ejemplo no se propagara. Ciegos, no podrían encontrar ni ganarse comida. A estas alturas, suponía que ya habrían muerto de hambre en su oscuridad autoinfligida.
Aun así, se maravillaba de su coraje, de su voluntad colectiva de desafiarle. Aunque los humanos constituían una raza molesta, no cesaban de fascinarle.
Un ojo espía zumbó en las cercanías, emitiendo ruidos extraños. Por fin, Omnius habló por su mediación.
—La reciente pérdida de Giedi Prime es culpa tuya, Erasmo. Tolero tus incesantes experimentos en la esperanza de que deconstruyas y analices el comportamiento humano. ¿Por qué no predeciste el ataque suicida que aniquiló a mis cimeks? Los datos y experiencias de mi contrapartida de Giedi Prime nunca llegaron a cargarse. Barbarroja también es irremplazable, pues él creó mi programación original.
El Omnius de la Tierra ya estaba enterado de la reconquista de Giedi Prime, gracias a una boya de emergencia automática lanzada por el robot Seurat, cuya nave de actualización se había topado inesperadamente con el desastre. El mensaje había llegado a la Tierra aquella mañana.
—No se me suministraron datos de que las hechiceras de Rossak habían desarrollado esta capacidad de destrucción telepática. —La cara del robot recuperó su falta de expresividad habitual—. ¿Por qué no interrogas a Vorian Atreides cuando regrese a la Tierra? El hijo de Agamenón ya nos ha ayudado en otras ocasiones a replicar un comportamiento humano inestable.
—Ni siquiera sus aportaciones habrían podido prepararnos para lo que sucedió en Giedi Prime. Los seres conscientes biológicos son impredecibles y temerarios.
Cuando los centinelas se llevaron a rastras a las gemelas, Erasmo dedicó su atención al ojo espía.
—Entonces, es evidente que tengo más trabajo que hacer.
—No, Erasmo, es evidente que tus investigaciones no dan los frutos deseados. Deberías esforzarte por alcanzar la perfección, en lugar de investigar combinaciones de errores. Recomiendo que sustituyas tu núcleo mental por un subconjunto de mi programa. Conviértete en una máquina perfecta. Una copia de mí.
—¿Serías capaz de sacrificar nuestros fascinantes e interminables debates? —contestó Erasmo, esforzándose por disimular su alarma—. Siempre has expresado interés en mi peculiar manera de pensar. Todas las supermentes desean acceder a tu registro de mis actos.
El zumbido del ojo espía se intensificó, lo cual indicaba que Omnius estaba pensando. La situación era preocupante. Erasmo no quería perder su identidad independiente, que tanto le había costado conseguir.
Una de las gemelas intentó liberarse de los guardias, y corrió en dirección a la dudosa seguridad de los recintos. Como Erasmo había sugerido por anticipado, el guardia alzó a su hermana por un brazo, y dejó que colgara entre chillidos. La otra vaciló, aunque podría haber llegado con facilidad a su refugio provisional. Se detuvo poco a poco, derrotada.
Fascinante, pensó Erasmo. Y el centinela ni siquiera se había visto obligado a infligir daños celulares a la otra niña.
—Tal vez si desviara mi atención hacia temas de importancia militar —se apresuró a continuar—, comprenderías mejor las posibilidades de mi trabajo. Deja que analice por ti la mentalidad de estos humanos salvajes. Qué les impulsa a la autoinmolación, como vimos en Giedi Prime. Si soy capaz de aportar una explicación, tus Planetas Sincronizados nunca más serán vulnerables a ataques impredecibles.
El ojo espía flotó en el aire, mientras millones de posibilidades pasaban por la fértil mente de Omnius. Poco después, el ordenador tomó una decisión.
—Tienes mi permiso para proceder. Pero no sigas poniendo a prueba mi paciencia.