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HIJOS DE LA TRISTEZA

Érase una vez, antes de que existieran las quimeras y los serafines, el sol y las lunas. El sol estaba prometido en matrimonio con Nitid, la hermana brillante, pero era la recatada Ellai, siempre escondida tras su descarada hermana, a la que él deseaba. El sol se las ingenió para abalanzarse sobre ella mientras se bañaba en el mar, y la tomó. Ella luchó, pero él era el sol, y pensaba que tenía derecho a conseguir lo que quisiera. Ellai lo apuñaló y escapó, y la sangre del sol se derramó como chispas sobre la tierra, donde se convirtió en los serafines —hijos ilegítimos del fuego—. Y al igual que su padre, creyeron que tenían derecho a desear, tomar, y poseer.

En cuanto a Ellai, le contó a su hermana lo que había sucedido, y Nitid lloró, y sus lágrimas cayeron a la tierra y se convirtieron en las quimeras, hijos de la tristeza.

Cuando el sol regresó junto a las hermanas, ninguna de las dos lo aceptó. Nitid colocó a Ellai tras ella y la protegió, aunque el sol, aún sangrando chispas, sabía que Ellai no estaba tan indefensa como parecía. Suplicó a Nitid su perdón, pero ella se lo negó, y hasta hoy continúa persiguiendo a las hermanas a través del cielo, queriendo y queriendo pero nunca consiguiendo, y ese será su castigo para siempre.

Nitid es la diosa de las lágrimas y la vida, de las cacerías y la guerra, y sus templos son demasiado numerosos para nombrarlos. Es ella la que llena los vientres de las madres, la que detiene los corazones de los moribundos y la que conduce a sus hijos contra los serafines. Su luz es como un pequeño sol; ella aparta las sombras.

Ellai es más sutil. Es un rastro, una luna fantasma, y solo hay unas noches al año en las que domina el cielo en solitario. Se llaman noches de Ellai, y son oscuras, aparecen salpicadas de estrellas y resultan perfectas para actos furtivos. Ellai es la diosa de los asesinos y los amantes secretos. Los templos dedicados a ella son escasos, y están ocultos, como el que se encuentra en el bosquecillo de réquiems en las colinas que se extienden sobre Loramendi.

Allí fue donde Madrigal llevó a Akiva cuando escaparon del baile del caudillo.

Se marcharon volando. Akiva mantuvo sus alas ocultas, lo que no dificultaba su vuelo. Por tierra, el bosquecillo de réquiems era inaccesible. Había abismos en las colinas, y en ocasiones se tendían puentes de cuerdas a través de ellos —en las noches de Ellai, cuando los devotos acudían encubiertos a rendir culto en el templo—, pero aquella noche no había ninguno, y Madrigal sabía que tendrían el templo para ellos solos.

Disponían de toda la noche. Nitid estaba aún alta. Les quedaban horas.

—¿Y esa es vuestra leyenda? —preguntó Akiva con incredulidad. Madrigal le había contado la historia del sol y Ellai mientras volaban—. ¿Que los serafines somos la sangre de un sol violador?

—Si no te gusta, quéjate al sol —contestó Madrigal alegremente.

—Es una historia terrible. Qué imaginación más cruel tenéis las quimeras.

—Bueno, nuestra inspiración ha sido cruel.

Llegaron al bosquecillo, donde la cúpula del templo apenas resultaba visible a través de las copas de los árboles, con sus mosaicos plateados lanzando destellos a través de las ramas.

—Aquí es —dijo Madrigal reduciendo la velocidad del vuelo para descender a través de una abertura en la cubierta vegetal.

Su cuerpo se estremeció al notar el viento de la noche y la libertad. En el fondo de su mente descansaba el temor a lo que sucedería después —las repercusiones de su apresurada marcha—, pero a medida que se movía entre los árboles, el miedo desaparecía empujado por el susurro de las hojas, la música del viento, y el hish-hish a su alrededor. Hish-hish, susurraban las evangelinas, pájaros-serpiente nocturnos que bebían el néctar de los árboles de réquiem. En la oscuridad de la arboleda, sus ojos brillaban plateados, como los mosaicos en el tejado del templo.

Madrigal tocó el suelo y Akiva aterrizó junto a ella envuelto en una ráfaga cálida. Se colocó frente a él. Aún llevaban puestas las máscaras. Podían habérselas quitado durante el vuelo, pero no lo habían hecho. Madrigal había imaginado el momento en que estuvieran el uno frente al otro, y se había dejado la máscara porque en su ensoñación era Akiva quien se la quitaba, y ella a él.

Él debió de haber pensado lo mismo. Se acercó a ella.

El mundo real, ya distante —un mero chisporroteo de fuegos artificiales en el horizonte—, se desvaneció por completo. Un dulce e intenso estremecimiento recorrió el cuerpo de Madrigal, como si fuera la cuerda de un laúd. Akiva se quitó los guantes y los tiró, y cuando la tocó, deslizando la punta de los dedos por sus brazos y su cuello, lo hizo con las manos desnudas. Las dirigió hacia su nuca, desató la máscara y la levantó. La perspectiva de Madrigal, reducida durante toda la noche a lo que podía ver a través de las pequeñas aberturas, se amplió, y Akiva llenó su horizonte, ataviado aún con su cómica máscara. Escuchó un suave murmullo, «qué hermosa», levantó sus manos y le despojó de su disfraz.

—Hola —susurró ella igual que cuando se habían encontrado en la emberlina y la felicidad había florecido en su interior.

En comparación con lo que la invadía en ese momento, aquella felicidad había sido como una chispa frente a unos fuegos artificiales.

Era más perfecto incluso de lo que ella recordaba. En Bullfinch, lo había encontrado tendido y moribundo, lívido, inmóvil y aun así hermoso. Ahora, rebosante de salud y con la sangre agitada por el amor, su piel aparecía dorada. Él se sintió apasionado al contemplarla, esperanzado y expectante, inspirado, cautivado, alegre. Estaba tan lleno de vida

Gracias a ella, estaba vivo.

—Hola —susurró también Akiva.

Se miraron, sorprendidos de estar el uno frente al otro después de dos años, como si fueran producto de un deseo.

Solo las caricias podían convertir aquel momento en realidad.

Las manos de Madrigal temblaron cuando las levantó, pero se tranquilizaron al reposar sobre el robusto pecho de Akiva. El calor traspasó la tela de su camisa. El aire del bosque era suficientemente denso para tomarlo a sorbos, suficientemente intenso para bailar con él. Era como una presencia entre ellos, que desapareció cuando Madrigal se acercó.

Akiva la rodeó con sus brazos y ella alzó la cabeza para susurrar, una vez más:

—Hola.

Cuando él le devolvió el saludo, fue rozando sus labios. Tenían los ojos aún abiertos, aún repletos de asombro, y solo los cerraron cuando sus labios finalmente se encontraron y otro sentido —el tacto— pudo tomar el relevo para convencerlos de que aquello era real.