IX

Vestidos con capotes y chacos franceses, Petia y Dólojov salieron hasta una vereda desde la cual Denísov inspeccionó el campo enemigo; en plena oscuridad salieron del bosque y descendieron a la vaguada.

Dólojov ordenó al cosaco que los acompañaba que se quedara allí esperándolo y al trote largo tomó el camino que conducía al puente. Petia, con el alma en vilo, iba junto a él.

—Si nos atacan no me entregaré vivo; tengo una pistola— susurró.

—No hables en ruso— le dijo rápidamente y en voz baja Dólojov.

En aquel instante, entre las sombras se oyó la voz de “qui vive?” y el ruido del fusil.

La sangre afluyó al rostro de Petia, quien rápidamente llevó su mano a la pistola.

En el puente apareció la sombra de un centinela.

—Lanciers du 6.°[605]— dijo Dólojov, sin variar la marcha del caballo.

—Mot d'ordre?[606]

—Dites donc, le colonel Gérard est-il-ici?— preguntó.[607]

—Mot d'ordre?— dijo el centinela sin contestar, cerrándoles el camino.

—Quand un officier fait sa ronde, les sentinelles ne demandent pas le mot d'ordre— gritó Dólojov enfurecido… echando el caballo encima del centinela. —Je vous demande si le colonel est ici.[608]

Sin esperar la respuesta del centinela, que se apartó para dejar franco el camino, Dólojov siguió al paso cuesta arriba.

Al divisar la negra sombra de un hombre que cruzaba el camino, lo paró y preguntó dónde estaban el jefe y los oficiales. El hombre, un soldado, con su mochila a la espalda, se detuvo, se acercó mucho al caballo de Dólojov, tocándolo con la mano, y explicó con sencilla cordialidad que el jefe y los oficiales se hallaban en lo alto de la cuesta, a la derecha, en el patio de la granja (así llamó a la casa señorial).

Por aquel camino, a ambos lados del cual partían de las hogueras conversaciones en francés, Dólojov torció hacia el patio de la casa señorial.

Pasó el portalón, echó pie a tierra y se acercó a una gran hoguera llameante, en cuyo derredor estaban sentados algunos hombres que hablaban en voz muy alta. Algo hervía en la marmita, y un soldado con gorro de dormir y capote azul, arrodillado, revolvía el contenido con una baqueta. La luz del fuego iluminaba su rostro.

—Oh! c'est un dur à cuire[609]— dijo uno de los oficiales sentados en la penumbra, al otro lado de la hoguera.

—Il les fera marcher, les lapins— comentó riendo otro.[610]

Los dos callaron, mirando en la oscuridad, atentos a los pasos de Dólojov y Petia, que se acercaban con sus caballos al fuego.

—Bonjour, messieurs!— dijo claramente y en voz alta Dólojov.

Los oficiales se mantuvieron en la sombra y uno de ellos, alto y de largo cuello, apartándose de la hoguera se acercó a Dólojov.

—C'est vous, Clément?— dijo. —D'où diable…[611]

Pero comprendiendo que se equivocaba, no concluyó y, frunciendo el ceño, saludó a Dólojov y le preguntó qué deseaba.

Dólojov le explicó que él y su compañero buscaban el propio regimiento; y volviéndose a todos preguntó si alguno sabía algo del 6.° de lanceros.

Nadie sabía nada. Petia creyó notar que los oficiales los miraban con hostilidad y desconfianza. Todos callaron durante unos segundos.

—Si vous comptez sur la soupe du soir, vous venez trop tard[612]— dijo con risa contenida una voz al otro lado del fuego.

Dólojov contestó que habían comido y que aquella misma noche debían seguir adelante. Confió los caballos al soldado que vigilaba la marmita y se sentó junto al fuego, cerca del oficial del cuello largo.

Éste seguía mirando a Dólojov sin quitarle los ojos de encima y volvió a preguntarle de qué regimiento era. Dólojov, fingiendo no haberlo oído, encendió una pipa francesa que había sacado del bolsillo y preguntó a los oficiales si había cosacos en el camino.

—Les brigands sont partout[613]— respondió un oficial sentado en la parte opuesta de la hoguera.

Dólojov manifestó que los cosacos, probablemente, eran peligrosos para los rezagados como él y su compañero, y agregó en tono interrogativo que no se atreverían a atacar destacamentos grandes.

Nadie contestó.

“Ahora se irá”, pensaba a cada momento Petia, que, de pie delante del fuego, seguía toda la conversación.

Pero Dólojov empezaba de nuevo a conversar, osó preguntar directamente cuántos hombres tenía cada batallón, cuántos batallones eran y cuántos prisioneros conducían.

—La vilaine affaire de traîner ces cadavres après soi. Vaudrait mieux fusiller cette canaille.[614]

Y estalló en una risa fuerte, tan extraña, que Petia tuvo la impresión de que los franceses descubrirían el engaño y, sin querer, retrocedió un paso de la hoguera.

Nadie respondió a las palabras ni a la risa de Dólojov y un oficial francés, invisible en la sombra (estaba echado, cubierto con el capote), se incorporó y susurró algo a otro. Dólojov se levantó y llamó al soldado a quien había entregado los caballos.

“¿Los traerán o no?”, pensó Petia, acercándose involuntariamente a Dólojov.

Trajeron los caballos.

—Bonjour, messieurs— dijo Dólojov.

Petia quiso decir “bonsoir”, pero no pudo pronunciar una sola palabra. Los oficiales cuchicheaban entre sí. Dólojov, muy tranquilo, tardó en saltar sobre el caballo, que parecía inquieto; después, al paso, cruzó de nuevo el portalón. Petia iba a su lado, deseando volverse para ver si los franceses corrían tras ellos, pero no se atrevió.

Una vez fuera, Dólojov no tomó el camino de antes, sino que continuó a lo largo del pueblo. En un sitio se detuvo a escuchar.

—¿Oyes?— preguntó.

Petia reconoció voces rusas y vio junto a las hogueras las negras siluetas de los prisioneros.

Ya de bajada, junto al puente, Petia y Dólojov pasaron ante el centinela, que, sin pronunciar palabra, siguió malhumorado su guardia a un lado y a otro. Por último, llegaron a la vaguada donde les esperaba el cosaco.

—Bueno, ahora adiós. Avisa a Denísov que será al alba, al primer disparo— dijo Dólojov.

Y quiso seguir adelante; pero Petia lo agarró del brazo.

—¡Oh! ¡Qué héroe es usted! ¡Qué bien! ¡Qué magnífico!

¡Cuánto lo quiero!

—Bueno, bueno…— dijo Dólojov.

Pero Petia no lo dejaba marchar, en la oscuridad vio que el joven se inclinaba a él para besarlo. Dólojov le dio un beso, se echó a reír y, volviendo grupas, desapareció en la noche.