—¿Que ha hecho qué? —preguntó asombrado Hrathen.
El sacerdote, sobresaltado por la súbita reacción del gyorn, tartamudeó al repetir el mensaje. Hrathen interrumpió al hombre a la mitad.
¿El duque de la Plantación Ial, muerto? ¿Por orden de Telrii? ¿Qué clase de movimiento al azar era ése? Hrathen notaba en la expresión del mensajero que había más, así que le indicó al hombre que continuara. Pronto comprendió que la ejecución no había sido al azar, sino completamente lógica. Hrathen no podía creer en la suerte de Telrii. Se decía que Roial era un hombre astuto; capturar al duque en un acto de traición había sido sorprendentemente afortunado.
Lo que el mensajero contó a continuación, sin embargo, fue aún más sorprendente. Corrían rumores de que el príncipe Raoden había regresado de la tumba.
Hrathen permaneció sentado, aturdido, a su mesa. Un tapiz se agitó en la pared cuando el mensajero cerró la puerta al salir.
«Control —pensó—. Puedes afrontar esto». El rumor del regreso de Raoden era falso, naturalmente, pero Hrathen tenía que admitir que era un golpe maestro. Conocía la reputación de santidad del príncipe: el pueblo profesaba a Raoden una idolatría reservada a los muertos. Si Sarene había encontrado de algún modo a alguien que se le pareciera, podía decir que era su esposo y continuar intentando hacerse con el trono incluso ahora que Roial estaba muerto.
«Desde luego, trabaja rápido», pensó Hrathen con una sonrisa respetuosa.
La ejecución de Roial todavía le molestaba. Asesinar al duque sin juicio ni encarcelación previa haría a los otros nobles aún más aprensivos. Hrathen se puso en pie. Tal vez no fuera demasiado tarde para convencer a Telrii de que, al menos, redactara una orden de ejecución. Las mentes aristócratas se tranquilizarían si podían leer un documento semejante.
Telrii se negó a verlo. Hrathen esperaba de nuevo en la antesala, mirando a dos de los guardias, cruzados de brazos ante él. Los dos hombres miraban mansamente al suelo. Al parecer, algo había inquietado tanto a Telrii que no recibía ninguna visita.
Hrathen no pretendía dejarse ignorar. Aunque no podía entrar a la fuerza en la habitación, podía convertirse en tal molestia que Telrii acabara por recibirlo. Así que pasó la última hora exigiendo una reunión cada cinco minutos.
De hecho, se acercaba el momento de otra petición.
—Soldado —ordenó—. Pregúntale al rey si va a verme.
El soldado suspiró… igual que había hecho la última media docena de veces que Hrathen había hecho la demanda. Sin embargo obedeció, abrió la puerta y entró a buscar a su comandante. Pocos momentos después, el hombre regresó.
A Hrathen casi se le congeló la voz en la garganta. No era el mismo hombre.
El «guardia» desenvainó la espada y atacó al segundo guardia. Chasquidos de metal contra metal resonaron en la sala de audiencias del rey y los hombres empezaron a gritar… algunos de furia, otros de agonía.
Hrathen maldijo: un combate la única noche que no se había puesto la armadura. Apretando los dientes, entró en la habitación burlando a los guardias en liza.
Los tapices ardían y había hombres luchando desesperadamente. Varios guardias yacían muertos en la puerta del fondo. Algunos iban vestidos de marrón y amarillo, los colores de la guardia de Elantris. Los otros iban de plata y azul… los colores de la legión del conde Eondel.
Hrathen esquivó unos cuantos ataques, sorteando las espadas o arrancándolas de las manos de los hombres. Tenía que encontrar al rey. Telrii era demasiado importante para…
El tiempo se detuvo cuando Hrathen vio al rey a través del caos, mientras trozos de tela caían de los brocados. Telrii tenía los ojos desorbitados de miedo y corría hacia la puerta abierta del fondo. La espada de Eondel encontró su cuello antes de que diera más de dos pasos.
El cadáver sin cabeza de Telrii cayó a los pies del conde Eondel, que lo miró con ojos sombríos y se desplomó también, sujetándose una herida en el costado.
Hrathen se quedó quieto en medio de aquella algarabía, olvidando el caos momentáneamente, contemplando los dos cadáveres. «Se acabó evitar un baño de sangre para hacerse con el poder», pensó con resignación.