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Aquella misma madrugada, Cí maldijo al dios de las tormentas. Se levantó en medio del aguacero y corrió a proteger los libros que había logrado recuperar del desastre, con la idea de que, a poco que valiesen, podría venderlos por la mañana. Una vez puestos a cobijo, contempló la estrafalaria colección de objetos que había rescatado de entre los escombros y que comprendía varios libros de su padre, una almohada de piedra, dos marmitas de hierro, unas mantas de lana medio chamuscadas, alguna que otra muda de ropa, dos hoces con los mangos quemados y una guadaña mellada. Imaginó que por todo ello no conseguiría ni dos mil qián en el mercado. Eso, si es que alguien los compraba. También había salvado un saco de arroz, otro de té, un bote de sal y la medicina de Tercera, además de una valiosa pierna de cerdo ahumada que su madre había adquirido para agasajar al juez Feng. Con aquellos víveres podrían sobrevivir mientras él se organizaba. Aparte, había encontrado cuatrocientos qián en monedas y un billete de cambio valorado en otros cinco mil. En total, contando con lo que sacara por la madera para leña, el valor de sus posesiones ascendía a poco más de siete mil qián. Más o menos, el mismo sueldo que una familia de ocho miembros obtenía en dos meses de trabajo. Se quedó mirando el arcón de los ahorros, preguntándose qué habría sido de ellos.

Emprendió una última batida aprovechando los primeros rayos de sol. Paseó de nuevo sobre los maderos, apartó unas pilastras y levantó los restos del somier de bambú para escarbar bajo el lecho de tierra con la avidez de un sabueso.

Se rio de pura desesperación.

Hasta el día en que descubrió el cuerpo de Shang, sus preocupaciones se habían limitado a madrugar cada mañana, lamentarse por los campos que debía arar y añorar su etapa en la universidad. Pero, al menos, había dispuesto de un techo donde cobijarse y una familia que le protegía.

Ahora todas sus posesiones se reducían a dos bocas hambrientas y unas cuantas monedas. Pateó una viga con impotencia y se sentó. Pensó en sus progenitores. Tal vez no había entendido las decisiones de su padre en los últimos días, pero, hasta entonces, siempre había sido un hombre íntegro y cabal. Quizá algo severo, pero honesto y juicioso como pocos. Se culpó por su rebeldía, la misma que le había conducido a odiarle en un estúpido arrebato; la necedad que le había impulsado a pasar la noche fuera de su casa en lugar de permanecer junto a ellos para cuidarlos.

Finalmente, dio por concluida la búsqueda tras comprobar que lo más valioso que quedaba era un nido de cucarachas. Escondió en el pozo las pertenencias que había recuperado y despertó a su hermana. Nada más abrir los ojos, Tercera preguntó por su madre. Mientras cortaba unas tajadas de la pata de cerdo ahumada, Cí le recordó que padre y madre habían emprendido un largo viaje.

—Pero te están vigilando, así que pórtate como una mujercita.

—¿Y dónde están?

—Detrás de aquellas nubes. Venga, ahora cómetelo todo o se enojarán. Que ya sabes cómo se pone padre cuando se enfada.

—La casa sigue rota —señaló mientras mordisqueaba la carne.

Cí asintió. Era un problema. Intentó buscar una respuesta.

—Ya estaba vieja. Pero construiré una más grande. Aunque para eso me tendrás que ayudar. ¿De acuerdo?

Tercera tragó y afirmó al mismo tiempo. Cí le abrochó los botones de su chaqueta y ella recitó la cantinela que su madre le había enseñado cada mañana.

—Los cinco botones representan las virtudes que debe guardar una niña: la dulzura, el buen corazón, el respeto, el ahorro y la obediencia.

Cí aprovechó para añadir la alegría.

—Ésa no me la dice mamá.

—Me lo acaba de susurrar al oído.

Sonrió y la besó en una mejilla. Luego se acomodó a su lado y pensó en el Señor del Arroz. Tal vez en él radicara la solución a sus problemas.

* * *

Tenía faena por delante: reunir cuatrocientos mil qián podía resultar más complicado que trasladar de sitio una montaña, pero durante la noche había elaborado un plan que quizá le sirviera.

Antes de partir, cogió el código penal que había rescatado de los escombros y consultó los capítulos referentes a las condenas por asesinato y las conmutaciones de penas. El texto era claro al respecto. Una vez cerciorado, dedicó unos instantes al recuerdo de sus padres y les ofrendó una tajada de cerdo sobre un altar improvisado. Cuando terminó sus plegarias, rogó benevolencia a sus espíritus, cogió a Tercera en volandas y se encaminó hacia la hacienda del Señor del Arroz, el dueño de casi todas las tierras de la aldea.

En la muralla que delimitaba la entrada a la finca le salió al paso un hombretón mal encarado de brazos tatuados, pero cuando Cí le anunció sus intenciones, se lo franqueó y le acompañó a través de los jardines hasta un coqueto templete desde el que se dominaban las terrazas de arroz de las montañas. Allí, un anciano de gesto adusto descansaba sobre un palanquín, abanicado por una concubina. El hombre examinó a Cí con el tipo de mirada de quien valora a una persona por la calidad de sus zapatos y torció el gesto, pero lo mudó por una sonrisa cuando el centinela le indicó el motivo de la visita.

—De modo que quieres vender las tierras de Lu. —El Señor del Arroz le ofreció asiento en el suelo—. Siento lo de tu familia. Aun así, no es buena época para los negocios.

«Sobre todo en mis circunstancias, ¿no?».

Cí aceptó con una reverencia y envió a Tercera a jugar con los patos en el estanque de la casa. Tomó asiento sin prisa. Se había preparado la respuesta.

—He oído hablar de vuestra inteligencia —le aduló Cí—, pero más aún de vuestro tino para los negocios. —El anciano lució su vanidad con una sonrisa mentecata—. Sin duda, pensaréis que mi situación me obliga a malvender las propiedades de mi hermano. Sin embargo, no he venido aquí a regalaros nada, sino a ofreceros algo de un valor incalculable.

El anciano se reclinó en su palanquín, como si dudara entre escuchar a Cí o mandar que lo azotaran. Finalmente, le indicó que prosiguiera.

—Sé que desde hace tiempo Bao-Pao andaba en tratos con mi hermano —mintió Cí—. Su interés por las tierras de Lu venía de antiguo, desde antes de que mi hermano las adquiriera.

—No veo en qué puede eso interesarme. Poseo tantas tierras que necesitaría esclavizar diez pueblos enteros para poder cultivarlas —replicó con desdén.

—Es cierto. Y por esa razón estoy aquí y no en casa de Bao-Pao.

—Muchacho, estás colmando mi paciencia. Explícate o haré que te saquen a rastras.

—Su dignidad posee más tierras que Bao-Pao. En efecto, es más rico, pero no es más poderoso. Él es el caudillo. Su dignidad, con todos mis respetos, tan sólo un hacendado.

El hombre dejó escapar un gruñido. Cí supo que había acertado. Entonces continuó.

—Todos en el pueblo saben del interés de Bao-Pao por las tierras de Lu —agregó—. Su anterior dueño se negó mil y una veces a vendérselas por la enemistad ancestral que les enfrentaba.

—Y tu hermano se aprovechó para conseguirlas en una noche de juego… ¿Acaso crees que desconozco la historia?

—Y mi hermano se negó a vendérselas por la misma razón que el anterior propietario: porque el arroyo discurre por sus lindes y eso garantiza el riego incluso en los periodos de estiaje. Su dignidad posee las tierras inferiores, que se abastecen del agua del río, pero los terrenos de Bao-Pao se sitúan en la parte alta de las laderas, donde el agua no llega si no es con un sistema de bombas de pedales.

—Que no puede emplear porque atravesaría mis dominios. ¿Y bien? Ya sabemos que poseo más tierras de las que puedo cultivar y que dispongo de agua en abundancia. ¿Por qué habría de interesarme tu mísera parcela?

—Precisamente para evitar que se la venda a Bao-Pao. Pensad que si lo hiciera, el caudillo no sólo disfrutaría del poder, sino también de la abundancia que le proporcionaría el riachuelo de mi hermano.

El hacendado le miró de arriba abajo mientras rumiaba un bocado inexistente. Sabía que cuanto argumentaba Cí era cierto. Lo que desconocía era cuánto iba a costarle.

—Mira, muchacho, tus tierras no valen nada para mí. Si BaoPao las quiere, véndeselas a él.

«Sólo está fanfarroneando, Cí. Aguanta el envite».

—¡Tercera! ¡Deja esos patos! —gritó Cí mientras se levantaba—. En fin, es normal que un caudillo consiga lo que se proponga y que un simple hacendado no sea capaz de impedírselo.

—¿Cómo te atreves?

Cí no respondió a su amenaza. Simplemente se dio la vuelta y comenzó a descender la escalinata.

—¡Doscientos mil! —le interrumpió el Señor del Arroz—. Doscientos mil qián por tu parcela.

—Cuatrocientos mil —replicó Cí sin inmutarse.

—¿Bromeas? —Rio con sarcasmo—. Cualquiera sabe que ese terreno no vale ni la mitad de lo que te ofrezco.

«Tal vez tú lo sepas, pero tu codicia no».

—Bao-Pao me ha ofrecido trescientos cincuenta mil —volvió a mentir, jugándoselo todo a una baza—. Humillarle os costará cincuenta mil más.

—¡Ningún imberbe va a decirme cuánto debo pagar por un pedazo de tierra! —farfulló.

—Como queráis, dignidad. Seguro que en el futuro seréis feliz admirando las cosechas de Bao-Pao.

—Trescientos mil —le atajó—. Y si elevas un grano de arroz tu precio, pagarás cara tu insolencia.

Cí terminó de descender la escalinata. Trescientos mil qián era vez y media el valor real de la tierra. Se dio la vuelta y encontró al Señor del Arroz a su espalda. Ambos sabían que el trato les convenía.

Antes de firmar el documento de cesión, el Señor del Arroz se aseguró de que la tierra le perteneciera.

—No os preocupéis. La ley me ampara. Con mi hermano condenado, ahora ejerzo de primogénito —aseguró Cí.

El anciano asintió.

—Una última cosa, muchacho. —El joven alzó la vista mientras terminaba de contar el dinero—. Yo también contaré hasta el último mu de tierra. Y si falta un solo grano, juro que haré que te arrepientas.

* * *

A media mañana Cí acudió al mercado cargado con las pocas pertenencias que había salvado, pero obtener de ellas quinientos qián resultó más complicado que intentar derretir una piedra. Al final, logró redondear la cifra añadiendo a la transacción las perolas de hierro y los cuchillos, utensilios que pretendía haber conservado para cocinar lo que consiguiera. Los libros no se los compraron porque en la aldea apenas si sabían leer, pero consiguió que los aceptaran como combustible a cambio del usufructo de un granero abandonado en el que podría descansar con Tercera. Tan sólo conservó los alimentos y el código penal de su padre, el cual le sería más útil que la nadería que le ofrecían. De regreso, dejó a Tercera en el granero y le encargó que vigilara la pata de cerdo.

—Sobre todo, de los gatos. Y si viene alguien, grita.

Tercera se colocó firme delante de la pata y adoptó el gesto de una fiera. Cí sonrió, atrancó la puerta del granero y, tras asegurarle que regresaría antes del mediodía, se encaminó hacia la casa de Bao-Pao.

Nada más llegar al cobertizo en el que descansaban los cadáveres, se interesó por las exequias de sus progenitores. El ataúd de su padre llevaba tiempo fabricado, conforme a lo estipulado en el libro de los ritos, el Li Ji. Cumplidos los sesenta, el féretro y los objetos necesarios para un correcto funeral debían revisarse una vez al año; pasados los setenta, una vez cada estación; vencidos los ochenta, una vez al mes, y superados los noventa, se mantendrían en buen estado cada día. Su padre había alcanzado los sesenta y dos, pero su madre no había llegado a los cincuenta, de modo que tenía que adquirir un ataúd para ella. Encontró al carpintero atendiendo a los familiares de las otras víctimas, así que hubo de satisfacer un precio que se le antojó abusivo a cambio de que aquella misma tarde lo tuviera dispuesto.

Se acercó a los cuerpos de sus padres y les hizo una reverencia. Aún no habían lavado los cadáveres y su aspecto comenzaba a tornarse repulsivo. Él mismo se encargó de adecentarlos con agua y paja, aromatizarlos con una lágrima de perfume que se apropió en un descuido y vestirlos con algunas de las prendas que le habían prestado. No disponía de velas ni de incienso, pero quiso pensar que a sus padres no les importaría. Los miró con tristeza, a sabiendas de que ya nada sería igual en su vida. Mientras rezaba por sus espíritus, les juró que él se encargaría de que nada malo le sucediera a su hermana. En ese momento adquirió conciencia de lo solo que estaba. Agotó junto a ellos el plazo que le había dado el Ser para negociar el indulto de su hermano, cumplimentó de nuevo a sus padres y salió del cobertizo con la vista nublada.

Un sirviente le condujo hasta las dependencias privadas del Ser, que le recibió dentro de una tina, atendido por uno de sus ayudantes. Cí jamás había contemplado antes a un hombre con tantas lorzas juntas bajo la pechera. Al verle, el Ser ordenó al servicio que se retirara.

—Un joven puntual. Éste es el tipo de negociante que me gusta. —Sonrió mientras alcanzaba un pastelillo de arroz. Le ofreció otro a Cí, que éste rechazó.

—Preferiría hablar de mi hermano. Su sabiduría me garantizó que conmutaría la pena de muerte si satisfacía la multa

—Dije que lo intentaría… Dime, ¿has traído el dinero?

—Pero, ilustrísima, aseguró que lo haría.

—¡Déjate de estupideces, muchacho! ¿Lo tienes o no? —El magistrado salió del barreño dejando al aire sus vergüenzas. Cí no se intimidó.

—Trescientos mil. Es cuanto tengo. —Dejó los billetes sobre los pastelillos, advirtiendo al instante que su propio comportamiento rozaba la insolencia. Sin embargo, al Ser no pareció importarle. Cogió el dinero y lo contó con avidez. Sus ojos parecían brillantes bolas de vidrio a punto de saltar de sus cuencas.

—Establecimos cuatrocientos mil. —Elevó una ceja, pero se guardó los billetes.

—Entonces, ¿lo liberaréis?

—¿Soltarle? No me hagas reír. Tan sólo hablamos de trasladarle a Sichuan.

Cí torció el gesto. No era la primera vez que alguien intentaba estafarle, aunque en esta ocasión había demasiado en juego. Aun así, procuró parecer indulgente.

—Tal vez no le escuché bien, pero entendí que el dinero correspondía a la compensación que establece la escala de rescates.

—¿De rescates? —El magistrado se hizo el sorprendido—. Por favor, muchacho: esa escala de la que hablas refleja otras cantidades. La conmutación se satisface con doce mil onzas de plata, no con la miseria que me has entregado.

Cí comprendió que por las buenas no conseguiría nada. Por fortuna, se había preparado. Sacó un papel de su talega en el que había copiado unos informes y lo desplegó ante el Ser.

—Doce mil onzas en el caso de que el delincuente sea un oficial del gobierno superior al cuarto grado; cinco y cuatro mil para los de cuarto, quinto y sexto. —Su voz fue ganando confianza—: Dos mil quinientas para los de séptimo grado, inferiores y doctores en literatura; dos mil para los licenciados… —Estampó la copia contra los dulces—. ¡Y mil doscientas onzas de plata para un particular, como es el caso de mi hermano!

—¡Oh! —exclamó el Ser con una mueca de afectación—. De modo que conoces la ley…

—Eso parece. —Cí se asombró de su propia desvergüenza.

—Sin embargo, flojeas en tus conocimientos contables… Mil doscientas onzas de plata equivalen a ochocientos cincuenta mil qián.

—Sí. Eso calculé. —Cí no se amilanó—. Y por esa misma razón comprendí que en realidad nunca pretendisteis conmutar la pena. Simplemente fijasteis la cantidad que imaginasteis que yo podría llegar a satisfacer. Y no sé qué opinarán de ello vuestros superiores en Jianningfu.

—Ya veo, ya… Resulta que ahora tenemos a un señor letrado… —Su tono se endureció—. Veamos, entonces, tú que tanto sabes: ¿tuvisteis tú y tu hermana algo que ver con el crimen?

Al instante Cí recordó las palabras del Ser cuando mencionó que podría acusarles de complicidad y brujería.

«Lo que sé perfectamente es cuándo me enfrento a una alimaña».

De inmediato cambió de estrategia.

—Disculpadme, venerable magistrado, pero los nervios no me dejan pensar. La noche ha sido horrible y ya no sé lo que digo. —Se inclinó—. Sin embargo, permitid que os señale que la cifra que os acabo de entregar supera la fijada por el código penal.

El Ser se cubrió con un chal negro de seda bordada. Miró a Cí y comenzó a secarse los grasientos pliegues de la barriga.

—Deja que te explique algo, muchacho: el crimen de tu hermano ni tiene ni merece redención. De hecho, ya debería haberlo ejecutado, tal y como me ha suplicado la familia del difunto, de forma que bastante haré si lo envío a Sichuan. Además, la potestad de admitir dicha permuta no corresponde al magistrado, sino a la gracia del emperador.

—Comprendo. —Hizo una pausa—. Entonces, devolvedme el dinero y permitid que haga efectiva la apelación de la sentencia.

El Ser se detuvo en seco y parpadeó nerviosamente.

—¿Apelar? ¿En base a qué? Tu hermano confesó y todas las pruebas le condenan.

—En tal caso, no os importará que sea el doctísimo Tribunal de Casación el que lo evalúe. Reintegradme el capital y que sean ellos quienes decidan.

El magistrado se mordió los labios. Finalmente tomó una decisión.

—Te diré lo que haremos: yo olvido tu impertinencia y tú olvidas esta conversación. Te prometo que haré cuanto pueda.

—Me temo que no es garantía suficiente —le retó Cí, al límite de su paciencia—. Acreditad la conmutación o devolvedme mi dinero. Si no lo hacéis, me veré obligado a presentar el recurso ante vuestros superiores en la prefectura provincial.

El Ser lo miró de arriba abajo como si contemplara a una cucaracha. De repente, enrojeció de ira.

—¿Y si ordenara ahora mismo que degollasen a tu hermano? ¿De veras crees que un mequetrefe como tú puede amenazarme y salir indemne?

Cí tembló al escucharlo. El asunto se le estaba escapando de las manos. Ni siquiera comprendía cómo podía haber sido tan estúpido al pagarle por adelantado.

—Os reitero mis disculpas, y lamento cualquier palabra vana que haya podido ofenderos, pero necesito mi dinero porque…

—¿Tu dinero? —interrumpió de repente Bao-Pao haciendo acto de presencia—. Perdón por la intromisión, pero imagino que no te referirás a la cantidad que acabas de obtener por la venta de una parcela.

Cí se volvió a tiempo de advertir cómo desaparecía el centinela tatuado que había visto en la hacienda del Señor del Arroz. Al punto comprendió que le había delatado.

—Así es —le retó Cí.

—Querrás decir mi dinero —continuó el caudillo mientras se acercaba como un tigre hacia una oveja—. ¿O es que aún no te has enterado?

«¿Qué sucede aquí? ¿Qué tendría que saber?».

—¡Oh! ¿No te lo había contado? —entonó el Ser con la hipocresía de un tratante de ganado—. Esta mañana alteré la sentencia de Lu, incluyendo en ella una pequeña cláusula en la que decretaba la expropiación de sus terrenos.

—Pero… Pero yo ya los he vendido…

—Terrenos que generosamente me han sido cedidos para su explotación —añadió Bao-Pao.

Cí palideció.

«Recupera lo que puedas y sal corriendo de aquí».

Comprendió que Bao-Pao y el Ser se habían aliado para manejarle a su antojo. De haberlo pretendido, el magistrado podría haberle expropiado los terrenos durante el juicio, pero había aguardado a que satisficiese la multa para quedarse con Bao-Pao el dinero y los terrenos. Decidió cambiar de plan. No era sencillo, pero tal vez funcionase. Sólo debía tenderles un cebo más apetitoso.

—Es una lástima que desperdiciéis el otro plazo —improvisó Cí.

—¿A qué te refieres? —se interesaron los dos.

—El Señor del Arroz mostró mucho interés en hacerse con esos terrenos. Por lo visto, sabía bien de vuestra ambición por ellos, de modo que, para asegurarse la compra, acordó efectuar un segundo pago de trescientos mil qián más que me entregaría cuando comprobase el estado de las tierras y la legalidad de la venta. Un dinero que estoy dispuesto a entregaros si cumplís vuestra promesa.

—¿Trescientos mil más? —se extrañó Bao-Pao. Sabía que aquél era un precio infinitamente superior a su valor real, pero la codicia brillaba en sus pupilas. El Ser se adelantó.

—¿Y cuándo dices que te pagaría?

—Esta misma tarde. Tan pronto como le muestre la escritura de propiedad y una copia de la sentencia en la que se refleje que recibo las tierras libres de cargas.

—Sin la cláusula de expropiación…

—Si pretendéis que os entregue ese dinero…

El Ser pareció pensárselo, pero sólo fue un amago. Llamó a un escriba y le ordenó que librara una copia de la sentencia original.

—Con fecha de hoy —exigió Cí.

El magistrado apretó los labios.

—Con fecha de hoy —aprobó.

En cuanto el magistrado legalizó el documento, Cí respiró. Tenía en su poder la prueba que legitimaba la transacción efectuada con el Señor del Arroz. Sin embargo, cuando demandó la libertad de su hermano, el Ser se mostró tajante.

—Muchacho, no tientes a tu suerte. Trae el dinero y te aseguro que lo soltaré.

Cí fingió valorar la propuesta. Sabía que el Ser le estaba mintiendo, pero simuló que confiaba en él.

—Antes he de ocuparme de mis padres.

—Está bien, pero no te entretengas. Podría ocurrirle algo a tu hermana pequeña.

* * *

El entierro fue una despedida rápida y sencilla. Dos siervos de BaoPao condujeron los dos ataúdes en sendas carretillas hasta la Montaña del Descanso, un paraje cercano poblado de bambúes donde reposaban la mayoría de los fallecidos de la aldea. Cí buscó un lugar hermoso donde el sol de la mañana incidiera pronto y el viento arrullara los árboles. Cuando la última paletada de tierra ocultó los féretros, Cí supo que su tiempo en la aldea había concluido. En otras circunstancias habría reconstruido la casa, se habría empleado como peón en el arrozal y, cuando hubiese finalizado el luto, habría contraído matrimonio con Cereza. Con los años, si los hijos y los ahorros se lo hubiesen permitido, habría regresado a Lin’an para cumplir su sueño de presentarse a los exámenes imperiales y buscar un buen marido para Tercera. Pero ahora su única opción pasaba por la huida. En el poblado, tan sólo le aguardaba la ira del Señor del Arroz y el odio de los aldeanos.

Se despidió de los cuerpos de sus padres y pidió a sus espíritus que le acompañasen allá donde fuera. Luego simuló que se encaminaba hacia la hacienda del Señor del Arroz, pero en cuanto los siervos de Bao-Pao le perdieron de vista, volvió sobre sus pasos y les siguió hasta el almacén donde custodiaban a su hermano.

Esperó a que se marcharan. Después rodeó el edificio para verificar el número de centinelas. Sólo uno vigilaba en la puerta, pero no sabía qué hacer. Esperó acurrucado mientras la desesperación le consumía. El tiempo corría en su contra y, sin embargo, algo le impulsaba a hablar con su hermano antes de huir. Por muchas pruebas que lo incriminasen, no podía admitir que fuera un asesino.

Miró a su alrededor. El lugar estaba despejado. Tan sólo la figura de aquel maldito centinela.

Analizó detenidamente sus opciones. Si intentaba sobornar al guardia, se arriesgaba a que le detuvieran. Por un instante, se planteó provocar un incendio para desviar su atención, pero carecía de yesca y pedernal, y aunque lo consiguiera, también podía provocar el efecto contrario y atraer a más gente a la cuadra. Mientras se devanaba los sesos descubrió un ventanuco a pocos pasos de él. No era muy amplio, pero quizá cupiera. Usó un tonel como soporte y saltó hasta alcanzar el pretil de la ventana. Flexionó los brazos y trepó hasta encaramarse. Desafortunadamente, la estrechez del ventanuco le impidió franquearlo, pero pudo avistar en el interior del cobertizo una figura acurrucada. Poco a poco sus pupilas se fueron acostumbrando a la penumbra y la figura agachada cobró forma hasta convertirse en un inhumano amasijo de carne. Sus miembros ensangrentados parecían desprendidos de sus coyunturas y la cabeza, abatida hacia abajo, en una mueca de dolor, mostraba una posición imposible. Tenía la lengua cortada y las cuencas vacías.

Cí cayó al suelo desplomado. La mente le bullía mientras su boca intentaba, en vano, pronunciar un nombre. Balbuceó algo mientras se levantaba tambaleándose, vacilando y tropezando a cada paso, cayendo e incorporándose de nuevo sin prestar atención a su destino. Una violenta convulsión le sacudió antes de vomitar. La figura informe, rota y masacrada era la de Lu. Lo habían torturado y asesinado. No quedaba nada de él. Sólo el rencor que debía anidar en su alma.

Tenía que huir de la aldea. El Señor del Arroz le reclamaría unas tierras que ya no eran suyas o un dinero que ya no tenía, y ni éste ni el Ser de la Sabiduría atenderían a razones. Corrió al encuentro de Cereza para informarle de sus intenciones y pedirle que le esperara hasta que se demostrase su inocencia. Sin embargo, la respuesta de la joven fue rotunda: jamás se casaría con un fugitivo sin oficio ni tierras.

—¿Es por lo de mi hermano? Si ése es el motivo, ya no tienes que preocuparte. Te repito que lo han ajusticiado. ¿Me oyes? Está muerto. ¡Muerto! —Cí se lamentó desde el otro lado de la celosía que clausuraba la ventana.

Esperó un rato, pero la joven no contestó. Aquélla fue la última vez que oyó hablar a Cereza.