10

Volví a verla meses más tarde, en compañía de Pedro Vidal, en la mesa que siempre tenía reservada en la Maison Dorée. Vidal me invitó a unirme a ellos, pero me bastó cruzar una mirada con ella para saber que debía declinar el ofrecimiento.

—¿Cómo va la novela, don Pedro?

—Viento en popa.

—Me alegro. Buen provecho.

Nuestros encuentros eran fortuitos. A veces me tropezaba con ella en la librería de Sempere e Hijos, donde acudía a menudo a buscar libros para don Pedro. Sempere, si se terciaba, me dejaba a solas con ella, pero pronto Cristina descubrió el truco y enviaba a uno de los mozos desde Villa Helius a recoger los pedidos.

—Ya sé que no es asunto mío —decía Sempere—. Pero a lo mejor debería usted quitársela de la cabeza.

—No sé de qué me habla, señor Sempere.

—Martín, que nos conocemos de hace tiempo…

Los meses pasaban al trasluz sin que me diese ni cuenta. Vivía de noche, escribiendo desde el atardecer hasta el amanecer y durmiendo durante el día. Barrido y Escobillas no cesaban de congratularse por el éxito de La Ciudad de los Malditos, y cuando me veían al borde del colapso me aseguraban que tras un par de novelas más me concederían un año sabático, para que descansara o me dedicase a escribir una obra personal que publicarían a bombo y platillo con mi verdadero nombre en grandes letras mayúsculas en la portada. Siempre faltaban sólo un par de novelas más. Los pinchazos, dolores de cabeza y los mareos se iban haciendo más frecuentes y más intensos, pero yo los atribuía a la fatiga y los ahogaba con nuevas inyecciones de cafeína, cigarrillos y unas píldoras de codeína y Dios sabe qué que me proporcionaba de tapadillo un farmacéutico de la calle Argentería y que sabían a pólvora. Don Basilio, con quien comía jueves sí jueves no en una terraza de la Barceloneta, me instaba a que acudiese al médico. Yo siempre decía que sí, que tenía hora para aquella misma semana.

Aparte de mi antiguo jefe y de los Sempere, no disponía de demasiado tiempo para ver a mucha más gente que a Vidal, y cuando lo hacía era más porque él acudía a visitarme que por mi propio pie. No le gustaba la casa de la torre y siempre insistía en que saliésemos a dar un paseo hasta acabar en el bar Almirall en la calle Joaquim Costa, donde tenía cuenta y mantenía una tertulia literaria los viernes por la noche a la que no me invitaba porque sabía que todos los asistentes, poetastros frustrados y lameculos que le reían las gracias a la espera de una limosna, una recomendación para un editor o una palabra de elogio con la que tapar las heridas de la vanidad, me detestaban con una consistencia, vigor y empeño de la que carecían sus empresas artísticas, que el público trapacero se empeñaba en ignorar. Allí, a golpes de absenta y habanos caribeños, me hablaba de su novela, que nunca se acababa, de sus planes para retirarse de su vida de retirado y de sus amoríos y conquistas; cuanto mayor se hacía él, más jóvenes y núbiles eran ellas.

—No me preguntas por Cristina —decía, a veces, malicioso.

—¿Qué quiere que le pregunte?

—Si ella me pregunta por ti.

—¿Le pregunta ella por mí, don Pedro?

—No.

—Pues eso.

—La verdad es que el otro día te mencionó.

Le miré a los ojos para ver si me estaba tomando el pelo.

—¿Y qué dijo?

—No te va a gustar.

—Suéltelo.

—No lo dijo con estas palabras, pero me pareció entender que no entendía cómo te prostituías escribiendo seriales de medio pelo para ese par de ladrones, que estabas tirando por la borda tu talento y tu juventud.

Sentí como si Vidal me acabase de clavar un puñal helado en el estómago.

—¿Eso es lo que piensa?

Vidal se encogió de hombros.

—Pues por mí puede irse al infierno.

Trabajaba todos los días excepto los domingos, que dedicaba a callejear y que casi siempre acababa en alguna bodega del Paralelo donde no costaba encontrar compañía y afecto pasajero en los brazos de alguna alma solitaria y a la espera como la mía. Hasta la mañana siguiente, cuando despertaba a su lado y descubría en ellas a una extraña, no me daba cuenta de que todas se le parecían, en el color del pelo, en el modo de caminar, en un gesto o una mirada. Tarde o temprano, para ahogar aquel silencio cortante de las despedidas, aquellas damas de una noche me preguntaban cómo me ganaba la vida, y cuando me traicionaba la vanidad y les explicaba que era escritor me tomaban por mentiroso, porque nadie había oído hablar de David Martín, aunque algunas sí sabían quién era Ignatius B. Samson y conocían de oídas La Ciudad de los Malditos. Con el tiempo empecé a decir que trabajaba en el edificio de aduanas portuarias de las Atarazanas o que era un pasante en el despacho de abogados de Sayrach, Muntañer y Cruells.

Recuerdo una tarde en que me había sentado en el café de la Ópera en compañía de una maestra de música llamada Alicia a la que, sospechaba, le estaba ayudando a olvidar a alguien que no se dejaba. Iba a besarla cuando descubrí el rostro de Cristina tras el cristal. Cuando salí a la calle, ya se había perdido entre el gentío de la Rambla. Dos semanas más tarde, Vidal se empeñó en invitarme al estreno de Madame Butterfly en el Liceo. La familia Vidal era propietaria de un palco en el primer piso, y Vidal gustaba de acudir durante toda la temporada con periodicidad semanal. Al encontrarme con él en el vestíbulo descubrí que también había traído a Cristina. Ella me saludó con una sonrisa glacial y no volvió a dirigirme la palabra, ni la mirada, hasta que Vidal, a mitad del segundo acto, decidió bajar al Círculo a saludar a uno de sus primos y nos dejó a solas en el palco, el uno contra el otro, sin más escudo que Puccini y cientos de rostros en la penumbra del teatro. Aguanté unos diez minutos antes de volverme y mirarla a los ojos.

—¿He hecho algo para ofenderla? —pregunté.

—No.

—¿Podemos entonces intentar fingir que somos amigos, al menos para ocasiones como ésta?

—Yo no quiero ser amiga suya, David.

—¿Por qué no?

—Porque usted tampoco quiere ser mi amigo.

Tenía razón, no quería ser su amigo.

—¿Es verdad que piensa que me prostituyo?

—Lo que yo piense es lo de menos. Lo que cuenta es lo que usted piense.

Permanecí allí cinco minutos más y luego me levanté y me fui sin mediar palabra. Al llegar a la gran escalinata del Liceo ya me había prometido que nunca más iba a dedicarle un pensamiento, una mirada o una palabra amable.

Al día siguiente me la encontré frente a la catedral y cuando quise evitarla me saludó con la mano y me sonrió. Me quedé inmóvil, viéndola acercarse.

—¿No me va a invitar a merendar?

—Estoy haciendo la calle y no libro hasta dentro de un par de horas.

—Entonces déjeme que le invite yo. ¿Qué cobra por acompañar a una dama durante una hora?

La seguí a regañadientes hasta una chocolatería de la calle Petritxol. Pedimos un par de tazas de cacao caliente y nos sentamos el uno frente al otro a ver quién abría la boca antes. Por una vez, gané yo.

—Ayer no quería ofenderle, David. No sé qué le habrá contado don Pedro, pero yo nunca he dicho eso.

—A lo mejor sólo lo piensa, por eso don Pedro me lo diría.

—No tiene ni idea de lo que yo pienso —replicó con dureza—. Ni don Pedro tampoco.

Me encogí de hombros.

—Está bien.

—Lo que dije era algo muy diferente. Dije que no creía que usted no hacía lo que sentía.

Sonreí, asintiendo. Lo único que sentía en aquel instante era el deseo de besarla. Cristina me sostuvo la mirada, desafiante. No apartó el rostro cuando alargué la mano y le acaricié los labios, deslizando los dedos por la barbilla y el cuello.

—Así no —dijo al fin.

Cuando el camarero nos trajo las dos tazas humeantes ya se había ido. Pasaron meses sin que volviese a oír su nombre.

Un día de finales de septiembre en que acababa de terminar una nueva entrega de La Ciudad de los Malditos, decidí tomarme la noche libre. Intuía que se acercaba una de aquellas tormentas de náusea y puñaladas de fuego en el cerebro. Engullí un puñado de pastillas de codeína y me tendí en la cama a oscuras a esperar que pasaran aquel sudor frío y el temblor en las manos. Empezaba a conciliar el sueño cuando oí que llamaban a la puerta. Me arrastré hasta el recibidor y abrí. Vidal, enfundado en uno de sus impecables trajes de seda italiana, encendía un cigarrillo bajo un haz de luz que el mismísimo Vermeer parecía haber pintado para él.

—¿Estás vivo o hablo con una aparición? —preguntó.

—No me diga que ha venido desde Villa Helius hasta aquí para soltarme eso.

—No. He venido porque hace meses que no sé nada de ti y me preocupas. ¿Por qué no haces instalar una línea de teléfono en este mausoleo como la gente normal?

—No me gustan los teléfonos. Me gusta ver la cara de la gente cuando me habla y que me la vean a mí.

—En tu caso no sé si eso es una buena idea. ¿Te has mirado últimamente al espejo?

—Ésa es su especialidad, don Pedro.

—Hay gente en el depósito de cadáveres del Hospital Clínico con mejor color de cara. Anda, vístete.

—¿Por qué?

—Porque lo digo yo. Vamos de paseo.

Vidal no aceptó negativas ni protestas. Me arrastró hasta el coche que esperaba en el paseo del Born e indicó a Manuel que se pusiera en marcha.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

—Sorpresa.

Cruzamos Barcelona entera hasta llegar a la avenida Pedralbes e iniciamos el ascenso por la ladera de la colina. Unos minutos más tarde avistamos Villa Helius, todos sus ventanales encendidos y proyectando una burbuja de oro candente sobre el crepúsculo. Vidal no soltaba prenda y me sonreía misterioso. Al llegar al caserón me indicó que le siguiese y me guió hasta el gran salón. Un grupo de gente esperaba allí y, al verme, aplaudió. Reconocí a don Basilio, a Cristina, a Sempere padre e hijo, a mi antigua maestra doña Mariana, a algunos de los autores que publicaban conmigo en Barrido y Escobillas y con quienes había trabado amistad, a Manuel, que se había sumado al grupo, y a algunas de las conquistas de Vidal. Don Pedro me tendió una copa de champán y sonrió.

—Feliz veintiocho cumpleaños, David.

No me acordaba.

Al término de la cena me excusé un instante para salir al jardín a tomar el aire. Un cielo estrellado tendía un velo de plata sobre los árboles. Apenas había transcurrido un minuto cuando escuché pasos aproximándose y me volví para encontrar a la última persona que esperaba ver en aquel instante, Cristina Sagnier. Me sonrió, casi como disculpándose por la intrusión.

—Pedro no sabe que he salido a hablar con usted —dijo.

Observé que el don se había caído del tratamiento, pero hice como que no lo advertía.

—Me gustaría hablar con usted, David —dijo—. Pero no aquí, ni ahora.

Ni la penumbra del jardín consiguió ocultar mi desconcierto.

—¿Podemos vernos mañana, en algún sitio? —preguntó—. Le prometo que no le robaré mucho tiempo.

—Con una condición —dije—. Que no vuelva a llamarme de usted. Los cumpleaños ya lo envejecen a uno lo suficiente.

Cristina sonrió.

—De acuerdo. Le tuteo si usted me tutea.

—Tutear es una de mis especialidades. ¿Dónde quieres que nos encontremos?

—¿Puede ser en tu casa? No quiero que nadie nos vea ni que Pedro sepa que he hablado contigo.

—Como quieras…

Cristina sonrió, aliviada.

—Gracias. ¿Mañana, entonces? ¿Por la tarde?

—Cuando quieras. ¿Sabes dónde vivo?

—Mi padre lo sabe.

Se inclinó levemente y me besó en la mejilla.

—Feliz cumpleaños, David.

Antes de que pudiese decir nada se había esfumado en el jardín. Cuando regresé al salón, ya se había ido. Vidal me lanzó una mirada fría desde el otro extremo del salón y sólo después de darse cuenta de que le había visto sonrió. Una hora más tarde, Manuel, con el beneplácito de Vidal, se empeñó en acompañarme a casa en el Hispano-Suiza. Me senté a su lado, como solía hacerlo en las ocasiones en que viajaba con él a solas y el chófer aprovechaba para explicarme trucos de conducción y, sin que Vidal tuviese conocimiento, incluso me dejaba ponerme al volante un rato. Aquella noche el chófer estaba más taciturno que de costumbre y no despegó los labios hasta que llegamos al centro de la ciudad. Estaba más delgado que la última vez que le había visto y me pareció que la edad empezaba a pasarle factura.

—¿Pasa alguna cosa, Manuel? —pregunté.

El chófer se encogió de hombros.

—Nada de importancia, señor Martín.

—Si le preocupa algo…

—Tonterías de salud. A la edad de uno, todo son pequeñas preocupaciones, ya lo sabe usted. Pero yo ya no importo. La que importa es mi hija.

No supe muy bien qué responder y me limité a asentir.

—Me consta que usted le tiene afecto, señor Martín. A mi Cristina. Un padre sabe ver estas cosas.

Asentí de nuevo, en silencio. No volvimos a cruzar palabra hasta que Manuel detuvo el coche al pie de la calle Flassaders, me tendió la mano y me deseó de nuevo un feliz cumpleaños.

—Si me pasara cualquier cosa —dijo entonces—, usted la ayudaría, ¿verdad, señor Martín? ¿Haría usted eso por mí?

—Claro, Manuel. Pero ¿qué le va a pasar?

El chófer sonrió y se despidió con un saludo. Le vi subir al coche y alejarse lentamente. No tuve la certeza absoluta, pero hubiera jurado que, tras un trayecto casi sin pronunciar palabra, ahora estaba hablando solo.