Richards descubrió que el viejo tópico era falso. El tiempo no se había detenido. En algunos aspectos, habría sido mejor que así fuera. Entonces habría habido, al menos, un final para la esperanza.
Por dos veces, la voz le informó por el megáfono que sabían que estaba mintiendo. Richards replicó que, si era así, se atrevieran a abrir fuego. Cinco minutos después, otra voz amplificada le explicó que los alerones del Lockheed estaban helados y que tendrían que empezar a repostar otro avión. Richards respondió que le parecía bien, siempre que el aparato estuviera a punto para el plazo marcado.
Los minutos fueron desgranándose. Veintiséis, veinticinco, veintidós, veinte («Dios mío, todavía resiste. Quizás…»), dieciocho, quince (de nuevo, los motores del avión en un estridente aullido cuando los empleados de tierra repasaron el sistema de combustible y realizaron las comprobaciones previas al vuelo), diez minutos, y luego ocho.
—¿RICHARDS?
—SÍ.
—SENCILLAMENTE, TIENE QUE DARNOS MÁS TIEMPO. LOS ALERONES DEL APARATO SON UN BLOQUE DE HIELO. VAMOS A REGAR LAS PALETAS CON HIDRÓGENO LÍQUIDO, PERO NECESITAMOS TIEMPO PARA ELLO.
—LO TIENEN. DISPONEN DE SIETE MINUTOS. LUEGO VOY A AVANZAR HASTA LAS PISTAS UTILIZANDO LA CALZADA DE ACCESO. CONDUCIRÉ CON UNA MANO AL VOLANTE Y LA OTRA EN EL DETONADOR. ABRIRÁN TODAS LAS PUERTAS. Y RECUERDEN QUE CADA VEZ ESTARÉ MÁS CERCA DE ESOS DEPÓSITOS DE COMBUSTIBLE.
—PARECE QUE NO SE DA CUENTA DE QUE…
—SE ACABÓ LA CHARLA, AMIGOS. SEIS MINUTOS.
La segundera del reloj siguió sus vueltas regulares. Tres minutos, dos, uno… Las cosas debían de ir mal en la salita que Richards no alcanzaba a imaginar. Trató de evocar mentalmente la imagen de Amelia, pero no lo consiguió. Se confundía con otros rostros en una cara compuesta de retazos de Stacey y Bradley, de Elton y Virginia Parrakis, y del chico del perro. Sólo recordaba que Amelia era suave y bonita, con el toque soso que tienen tantas mujeres gracias a Max Factor y a Revlon y a los cirujanos plásticos que modelan, unen, pulen y resaltan. Suave. Suave. Pero con un punto de dureza muy recóndito. «¿De dónde lo sacaste, damita de clase alta? ¿Tienes la suficiente? ¿O en este momento estás ya descubriendo mi juego?»
Notó algo caliente que le corría por la barbilla y advirtió que se había mordido los labios hasta sangrar. Y no una vez, sino varias.
Se limpió la boca con gesto ausente y dejó una marca redonda de sangre en la manga. Puso el coche en marcha. El vehículo se elevó, obediente, con un gemido de los cilindros.
—¡RICHARDS, SI MUEVE EL COCHE DISPARAREMOS! ¡LA CHICA HA HABLADO! ¡LO SABEMOS!
Nadie abrió fuego.
En cierto modo, fue casi un anticlímax.