3 de enero de 2013
LA CASA BLANCA
WASHINGTON, DC
El presidente Ennis Chaney levanta la vista de su escritorio al ver entrar en el despacho a su jefe de gabinete, Katherine Gleason, toda sonrisas.
—Buenos días.
—Buenos días. Otro día maravilloso para estar vivos. ¿Ya está preparada la rueda de prensa?
—Sí, señor. Encontrará el podio decorado con dos arreglos florales, un gesto de agradecimiento de los chinos.
—Es todo un detalle ¿Han llegado ya los demás invitados?
—Sí, señor. Lo están esperando en el pasillo.
El secretario de Estado Pierre Borgia se está arreglando la corbata cuando llega el anuncio de la rueda de prensa. Consulta su reloj y acto seguido activa el videoteléfono de su mesa.
Desde un lado de la pantalla dividida le sonríe la cara del senador Joseph Randolph, desde el otro Peter Mabus, contratado por el Departamento de Defensa.
—Ahí lo tienes, Pete. Pierre el afortunado.
—Nos sentimos muy orgullosos de ti, hijo.
Borgia baja el volumen.
—Por favor, caballeros, aún no es definitivo. Chaney todavía no me ha ofrecido oficialmente la vicepresidencia, au que tenemos programada una reunión para antes de la rueda de prensa.
—Fíate de mí, hijo; mis fuentes me dicen que puedes darlo por hecho. —Randolph se pasa una mano salpicada de manchas de edad por su cabello blanco plata—. ¿Qué opinas, Pete? ¿Deberíamos darle a Pierre unos cuantos meses para que se acostumbre a su nuevo cargo, o deberíamos empezar ya a echar a Chaney del pueblo?
—Bastará con unas elecciones a mitad de mandato. Para entonces, Mabus Tech Industries será más grande que Microsoft.
Los repentinos golpes en la puerta provocan una descarga de adrenalina en el estómago de Borgia.
—Ese debe de ser Chaney. Luego te llamo.
Borgia apaga el videoteléfono cuando el presidente entra en el despacho.
—Buenos días, Pierre. ¿Todo listo para la rueda de prensa?
—Sí, señor.
—Bien. Ah, antes de que salgamos al Rose Garden, hay unos caballeros que deseo que conozcas. Serán tus escoltas durante los actos de esta mañana.
Chaney abre la puerta y deja pasar al despacho de Borgia a un hombre trajeado de negro y a dos policías fuertemente armados.
—Éste es el agente especial David Tierney, del FBI.
—Señor Borgia, es un placer arrestarlo.
A Borgia se le descuelga la mandíbula cuando los dos policías le ponen los brazos a la espalda y lo esposan.
—Pero ¿de qué diablos está hablando?
—De conspiración para cometer asesinato. Más tarde vendrán otros cargos. Tiene derecho a guardar silencio…
—¡Esto es absurdo!
Los ojillos de mapache relampaguean.
—Agente Tierney, Mick Gabriel estuvo encerrado casi doce años. ¿Cuánto tiempo cree que podremos meter en la cárcel al ex secretario de Estado?
Tierney muestra una ancha sonrisa.
—¿Por todos los delitos que ha cometido? Creo que podremos superarlo con creces.
Los dos policías se llevan del despacho a Borgia, que no deja de chillar y patalear.
Chaney sonríe y después les ordena:
—Cerciórense de pasar por delante del podio para que lo vea la prensa y le saque unas cuantas fotos. Y asegúrense de que en ellas se le vea el ojo bueno.
21 de marzo de 2013
ROCA RATÓN, FLORIDA
La limusina negra gira hacia el sur para tomar la 441, camino del centro médico de West Boca. En el asiento de atrás, Dominique Vázquez aprieta la mano de Edie viendo el informativo en el pequeño televisor.
… así pues, tanto los científicos como los arqueólogos se encuentran desconcertados al desconocer la causa por la que, por primera vez en más de mil años, la sombra de la serpiente emplumada no ha aparecido en la escalinata norte de la pirámide de Kukulcán durante el día de hoy, el equinoccio de primavera. Una vez más, Alison Kieras, informativos del canal 7, informando en directo desde Chichén Itzá.
Edie apaga el televisor al tiempo que la limusina penetra en el complejo médico. Uno de los guardaespaldas armados abre la portezuela trasera y ayuda a Dominique y a su madre a apearse del coche.
—Hoy pareces muy contenta.
Dominique sonríe.
—Es que lo presiento.
—¿Qué es lo que presientes?
—A Mick. Está vivo. No me preguntes cómo, pero siento su presencia en mi corazón.
Edie la acompaña al interior del hospital, tras llegar a la conclusión de que es mejor no decir nada.
Dominique está tendida sobre la mesa de exploración, observando el monitor mientras su médico pasa el cabezal del ecógrafo por su abultado vientre. Edie le aprieta la mano cuando la máquina comienza a emitir el sonido de los diminutos pero rapidísimos latidos cardíacos.
—Aquí está la cabeza del primero… y aquí la segunda. Todo está muy bien. —El médico limpia la crema que le ha extendido sobre el vientre con un paño húmedo—. Bueno, señora Gabriel, ¿le gustaría conocer el sexo de sus gemelos?
Dominique levanta la vista hacia Edie con lágrimas en los ojos.
—Ya lo conozco, doctor, ya lo conozco.