Domingo 8 de Noviembre (tarde)

El interés de la ciudadanía por la búsqueda en el bosque de Judarn era máximo. Los diarios de la tarde consideraron que no podían volver a publicar el retrato robot una vez más. Habían confiado en las fotos de la detención, pero a falta de ellas los dos periódicos publicaron la de la oveja.

Expressen la publicaba incluso en portada.

Se podía decir lo que se quisiera, pero en aquella foto había desde luego un cierto dramatismo. El policía con la cara retorcida por el esfuerzo, la oveja despatarrada y con la boca abierta. Casi se podían oír los resuellos, los balidos.

Uno de los periódicos había llegado incluso a ponerse en contacto con la casa real para obtener alguna declaración. Al fin y al cabo, la oveja a la que el policía trataba de aquella manera era la oveja del rey. No obstante, el rey y la reina habían hecho público dos días antes un comunicado en el que anunciaban que esperaban su tercer hijo y, quizá, pensaron que aquello era suficiente. La casa real se abstuvo de hacer comentarios.

Naturalmente, también se dedicaron varias páginas a publicar mapas del bosque de Judarn y de la Zona Oeste.

Dónde habían visto al hombre, cómo había desarrollado la policía las labores de búsqueda, etcétera. Pero de todo aquello ya se había hablado en otras ocasiones. La foto de la oveja, sin embargo, era algo nuevo: lo que permanecería en la retina.

Expressen se había atrevido incluso a gastar una pequeña broma. El pie de foto empezaba con las palabras: «¿Lobo con piel de oveja?».

Era necesario reírse un poco, que buena falta hacía. Se palpaba el miedo. El mismo hombre que había matado al menos a dos personas, casi a tres, estaba ahora otra vez suelto en la calle y los niños volvieron a cargar con el toque de queda. Una excursión al bosque de Judarn prevista para el lunes se suspendió.

Y en medio de todo esto había una rabia contenida al comprobar que un individuo, un solo individuo, podía condicionar la vida de tantas personas solamente por la fuerza de su maldad y de su… inmortalidad.

Sí. Los expertos y catedráticos que fueron invitados para exponer su opinión en los periódicos y en la televisión decían lo mismo: era imposible que el hombre siguiera vivo. Pero, preguntados directamente, reconocían unos minutos después que su huida también había sido igual de imposible.

Un catedrático agregado de Danderyd causó muy mala impresión en el informativo Aktuellt al responder en tono agresivo:

—Estaba hasta hace poco conectado a un respirador. ¿Sabe lo que significa eso? Significa que no podía respirar por sí mismo. Añádale a eso una caída desde treinta metros de altura…

El tono del catedrático daba a entender que el periodista era un idiota y que todo aquello no era en realidad más que un invento de los medios de comunicación.

Así que el caso se convirtió en un caldo de cultivo para conjeturas, exageraciones, habladurías y —lógicamente— miedo. No es de extrañar que a pesar de todo publicaran la foto de la oveja. Al menos era concreta. Así que la imagen de la oveja se extendió sobre el reino y llegó a los ojos de la gente.

Lacke la vio cuando con sus últimas coronas se compró un paquete de Prince rojo en el kiosco del Amante, de camino a casa de Gösta. Había estado durmiendo toda la tarde y se sentía como Raskolnikov: el mundo era borrosamente irreal. Echó una ojeada a la instantánea de la oveja y asintió para sí. En su estado actual no le parecía raro que la policía se dedicara a detener ovejas.

Sólo cuando ya había andado la mitad del camino hasta la casa de Gösta se acordó de la foto y pensó: «¿Qué cojones es eso?». Pero no tuvo fuerzas para volver a comprobarlo. Encendió un cigarro y siguió.

Oskar la vio cuando volvió a casa después de pasarse la tarde dando vueltas por Vällingby. Al salir del metro se encontró con Tommy, que entraba. Tommy estaba algo aturdido, excitado y dijo que había hecho «una cosa cojonuda», pero no le dio tiempo a contar más porque se cerraron las puertas. En casa había una nota en la mesa de la cocina: su madre había quedado con el coro esa tarde. Había comida en el frigorífico, la propaganda estaba repartida, besos.

En el banco de la cocina estaba el periódico de la tarde. Oskar miró la foto de la oveja y leyó todo lo que ponía sobre la búsqueda. Luego se puso a hacer un trabajo que tenía algo abandonado últimamente: recortar y guardar los artículos sobre el asesino ritual en los diarios de los últimos días. Sacó el montón de periódicos del armario de la limpieza, buscó su cuaderno de recortes, tijeras, pegamento y se puso manos a la obra.

Staffan la vio a unos doscientos metros del lugar donde había sido tomada. No había pillado a Tommy, y tras unas escuetas palabras a una Yvonne desolada había salido hacia Åkeshov. Alguien allí se había referido a un colega a quien él no conocía con las palabras «el ovejo», pero él no lo entendió hasta que unas horas después pudo ver el periódico.

Los mandos de la policía estaban cabreados por la falta de tacto de los diarios, pero a la mayoría de los agentes de a pie les pareció una cosa divertida. Excepto al propio «ovejo», naturalmente. Éste tuvo que soportar durante varias semanas un «beeee» o un «Qué jersey más bonito, ¿es de lana?» de vez en cuando.

Jonny la vio cuando su hermano pequeño, medio hermano pequeño, Kalle, de cuatro años, se dirigió a él con un regalo. Una pieza de construcción que había envuelto en la primera página del periódico del día. Jonny lo echó de su habitación diciéndole que no tenía ganas y cerrando la puerta. Volvió a sacar el álbum de fotos de nuevo, miró las fotografías de su padre, de su padre de verdad, que no era el padre de Kalle.

Un rato después oyó cómo su padrastro gritaba a Kalle por haber estropeado el periódico. Jonny desenvolvió entonces el regalo, haciendo girar la pieza de construcción entre los dedos mientras miraba la foto de la oveja. Se echó a reír y notó que la oreja le tiraba. Guardó el álbum en la bolsa de gimnasia, era más seguro ocultarlo en la escuela, y de allí sus pensamientos fueron a qué demonios iba a hacer con Oskar.

La foto de la oveja iba a abrir un pequeño debate sobre la ética de los periódicos en lo referente a la publicación de imágenes; no obstante, los dos diarios de la tarde la incluirían en el número especial de fin de año con las mejores fotografías del año. El carnero apresado pastaría a principios de verano por los prados del palacio de Drottningholm, ignorante por siempre de su protagonismo a la luz de los focos.

Virginia duerme envuelta en edredones, mantas. Los ojos cerrados, el cuerpo totalmente quieto. Dentro de un momento se va a despertar. Once horas ha permanecido de esta manera. La temperatura de su cuerpo ha bajado a veintisiete grados, lo cual equivale a la temperatura del aire dentro del armario. El corazón late muy débilmente cuatro veces por minuto.

Durante esas once horas su cuerpo se ha transformado irreversiblemente. El estómago y los pulmones se han adaptado a un nuevo tipo de vida. Lo más interesante, desde el punto de vista médico, es el quiste aún en fase de crecimiento en el nódulo sinusal del corazón, el grupo de células que rigen las contracciones. Un desarrollo similar al del cáncer, células extrañas que se reproducen de forma incontrolada.

Si se pudiera tomar una muestra de esas células extrañas y ponerla bajo el microscopio, se vería algo que todos los cardiólogos desecharían diciendo que se habían mezclado las pruebas. Una broma de muy mal gusto.

El nódulo sinusal está ciertamente compuesto por células cerebrales.

Sí. Dentro del corazón de Virginia se está desarrollando un pequeño cerebro independiente. Este nuevo cerebro, durante su formación, ha dependido del cerebro grande. Ahora es autosuficiente, y lo que Virginia sintió durante un terrible instante es totalmente cierto: que viviría aunque su cuerpo muriera.

Virginia abrió los ojos y supo que estaba despierta. Lo supo aunque el hecho de abrir los párpados no supusiera ninguna diferencia. Estaba igual de oscuro que antes, pero se despertó su consciencia. Sí. Su consciencia le hacía guiños a la vida al tiempo que otra cosa se escondía.

Como…

Como llegar a una casita de verano que ha estado deshabitada durante el invierno. Uno abre la puerta, alarga la mano buscando el interruptor de la luz y en el mismo instante en que ésta se enciende se oye el rápido chasquido, los arañazos de pequeñas patas en el suelo; uno capta el rastro de una rata que desaparece bajo el fregadero.

Uno se siente molesto. Sabe que ha vivido allí mientras él estaba fuera. Que considera la casa como suya. Y que va a salir de nuevo tan pronto como apague la luz.

No estoy sola.

Sentía la boca como papel. No tenía tacto en la lengua. Siguió tumbada, pensando en la casita que ella y Per, el padre de Lena, alquilaron durante algunos veranos cuando Lena era pequeña.

El nido que habían encontrado debajo del fregadero. Habían roído en trozos pequeños algunos cartones vacíos de leche y un paquete de cereales y construido una casita, una construcción fantástica de trozos de papel de distintos colores.

Virginia sintió una especie de remordimiento cuando aspiró la casita. No, más que eso. Un sentimiento supersticioso de transgresión. Cuando pasó la trompa fría y metálica de la aspiradora sobre aquella edificación tan frágil y delicada, a la que la rata había dedicado todo el invierno, sintió como si estuviera expulsando de allí a un espíritu bueno.

Y así fue. Como la rata no caía en las ratoneras y seguía alimentándose de la comida de ellos, pero puso raticida. Discutieron a causa de ello. Habían discutido por otras cosas. Por todo. A principios de julio la rata murió, en algún sitio dentro de la pared.

A medida que el olor del cuerpo muerto y putrefacto de la rata se extendía por todas partes, también su matrimonio fue descomponiéndose aquel verano. Habían vuelto a casa una semana antes de lo previsto, puesto que no soportaban ni el hedor ni el uno al otro. El espíritu bueno los había abandonado.

¿Qué habrá sido de la casa? ¿Vivirá alguien allí ahora?

Oyó un chillido, agitación.

¡Es una rata! ¡Entre las mantas!

Sintió pánico.

Aún envuelta se echó hacia un lado, dio contra las puertas del armario de manera que éstas se abrieron y cayó rodando al suelo. Dio patadas y agitó los brazos hasta que consiguió liberarse.

Asqueada se arrastró hasta la cama, hacia el rincón, puso las rodillas debajo de la barbilla y se quedó mirando fijamente el montón de edredones y mantas esperando algún movimiento. Cuando llegara, iba a gritar. Gritaría tanto que vendrían todos los vecinos con martillos, con hachas y darían golpes en el montón hasta que la rata muriera.

El edredón que estaba encima era verde con lunares azules. ¿No se movía algo allí? Tomó aire antes de gritar y el chillido, la agitación se oyó de nuevo.

Yo… respiro.

Sí. Había sido la última constatación que hizo antes de quedarse dormida: que no respiraba. Entonces volvió a respirar. Para comprobarlo tomó aire de nuevo y volvió a oír otra vez el chillido, la agitación. Venía de sus pulmones. Se habían resecado mientras ella dormía, hacían ruido. Tosió, y sintió en la boca un sabor a podrido.

Recordó. Todo.

Se miró los brazos. Estaban cubiertos de estrías de sangre reseca, pero no se veía ninguna herida o cicatriz. Se concentró en la zona del pliegue del codo, donde sabía que se había cortado por lo menos dos veces. Puede que se viera una estría de piel rosada. Sí. Posiblemente. Todo lo demás se había curado.

Se frotó los ojos y miró el reloj. Las seis y cuarto. Era por la tarde. Oscuro. Volvió a mirar hacia el edredón azul, los lunares azules.

¿De dónde viene la luz?

La lámpara del techo estaba apagada, fuera era de noche, las persianas estaban bajadas. ¿Cómo era posible que ella viera todos los contornos y los matices de los colores con tanta nitidez? Dentro del armario estaba oscuro como boca de lobo. Allí no veía nada, pero ahora… era como a la luz del día.

Algo de luz siempre se filtra.

¿Respiraba?

No había manera de comprobarlo. En cuanto empezaba a pensar en la respiración comenzaba también a controlarla. Tal vez sólo respirara cuando pensaba en ello.

Pero aquella primera respiración, la que confundió con una rata… no había sido algo voluntario. Aunque puede que sólo hubiera sido como un… como un…

Cerró los ojos.

Ted.

Lo había visto nacer. Al hombre que era el padre de Ted, Lena no lo había vuelto a ver desde la noche en que se quedó embarazada de Ted. Algún hombre de negocios finlandés que se encontraba en Estocolmo en una conferencia y esas cosas. Así que Virginia había presenciado el parto. No dejó de dar la lata hasta que lo consiguió.

Y entonces se le vino a la cabeza. Las primeras inspiraciones cuando Ted empezó a respirar.

Cómo había nacido. Aquel cuerpecillo sucio, amoratado, apenas humano. El vuelco de alegría que sintió en su pecho se tornó en un mar de inquietud al ver que el niño no respiraba. La comadrona que con calma había cogido en sus manos a aquel pequeño ser. Virginia había creído que lo sujetaría boca abajo y le daría un azote en el culo, pero justo cuando la comadrona lo tomó en sus brazos se le formó una pompa de saliva en la boca. Una pompa que crecía, crecía… y explotó. Y después vino el llanto, el primer llanto. El niño respiraba. ¿Entonces?

¿La primera respiración chillona de Virginia había sido eso? ¿El llanto de… un nacimiento?

Se estiró, se puso boca arriba en la cama. Siguió pasando su película personal del parto. Cómo había sido ella quien había lavado a Ted porque Lena estaba muy débil, había perdido mucha sangre. Sí. Después de que Ted saliera había corrido la sangre por la camilla del parto, y las enfermeras allí, con papel, un montón de papel… Poco a poco había dejado de sangrar.

El montón de papel ensangrentado, las manos rojas de la comadrona. Calma, eficacia pese a toda… la sangre. Toda la sangre.

Sentía sed.

Tenía la boca pastosa y pasaba la cinta una y otra vez, hacía zoom en todo lo que estuviera cubierto de sangre: las manos de la comadrona para deslizar la lengua por aquellas manos, las pelotillas empapadas del suelo para metérselas en la boca y chuparlas, el coño de Lena del que salía un hilillo de sangre que

Se puso de pie de un salto, corrió hasta el cuarto de baño, levantó la tapa de un golpe, puso la cabeza en la taza. No salió nada. Sólo arcadas secas, náuseas. Apoyó la frente en el borde de la taza. Las imágenes del parto volvieron a pasar en tropel una vez más.

Noquieronoquieronoquie…

Se golpeó la frente con fuerza contra la taza y un géiser de puro dolor helado entró en erupción en su cabeza. Todo se volvió de color azul claro ante sus ojos. Sonrió y cayó de lado en el suelo, sobre la alfombra de baño que…

Costaba catorce noventa, pero la compré por diez coronas porque tenía un montón de pelos cuando la cajera le quitó la etiqueta, y cuando salí de Åhlens en la plaza había una paloma que picoteaba en una caja de cartón en la que quedaban algunas patatas fritas, y la paloma era de color gris… y… azul… tenía

… la luz de frente…

No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente. ¿Un minuto, una hora? Quizá sólo unos segundos. Pero algo había cambiado. Estaba tranquila.

Allí tendida, sentía la suavidad de la pelusilla de la alfombra contra la mejilla mientras observaba el tubo con manchas de óxido que bajaba del lavabo hasta el suelo. Le parecía que el tubo tenía una forma bonita.

Un fuerte olor a orines. No era ella la que se había orinado, porque lo que olía era… el pis de Lacke, que reconocía. Encogió el cuerpo, puso la cara en el suelo bajo la taza, olió. Lacke… y Morgan. No podía comprender cómo lo sabía, pero lo sabía. Morgan había orinado fuera.

Pero Morgan no ha estado aquí.

Sí, claro. Aquella tarde, la noche que la trajeron a casa. La tarde cuando fue atacada. Mordida. Sí, claro. Todo coincidía. Morgan había estado allí, había hecho pis mientras ella permanecía tumbada en el sofá después de haber sido mordida y ahora podía ver en la oscuridad y no soportaba la luz y necesitaba sangre y…

Vampira.

Eso era. No había contraído ninguna enfermedad rara y desagradable que se pudiera curar en un hospital, o con psiquiatría, o con…

¡Terapia de luz!

Se echó a reír; tosiendo, se puso boca arriba en el suelo; mirando al techo volvió a repasar todo lo que había ocurrido. Las heridas que se curaban rápidamente, cómo le afectaba la luz del sol en la piel, la sangre… Lo dijo en voz alta:

—Soy una vampira.

No podía ser. No existen. Y sin embargo, todo parecía más fácil. Como si una presión dentro de su cabeza se aligerara. Como si se le quitara el peso de una culpa. No era culpa suya. Las fantasías repugnantes, las cosas terribles que se había hecho a sí misma durante toda la noche. Era algo de lo que ella no tenía la culpa.

Era algo… totalmente natural.

Se enderezó a medias, abrió el grifo, se sentó en la taza y miró cómo salía el agua, cómo la bañera se llenaba lentamente. Sonó el teléfono. Lo escuchó como si fuera una señal sin importancia, un sonido mecánico. No significaba nada. De todas formas no podía hablar con nadie. Nadie podía hablar con ella.

Oskar no había leído el periódico del sábado. Ahora lo tenía delante, encima de la mesa de la cocina. Lo había mantenido abierto por la misma página desde hacía un buen rato y había leído y releído el pie de texto de la foto. Una imagen que no se podía quitar de la cabeza.

El texto trataba del hombre que habían encontrado congelado en el hielo al lado del hospital de Blackeberg, de cómo habían realizado los trabajos de levantamiento. En una fotografía pequeña se veía al maestro Ávila; estaba allí, señalando la superficie de agua, el agujero en el hielo. En la reproducción de las palabras del maestro, el periodista había corregido su particular forma de hablar.

Todo aquello era ciertamente muy interesante y valía la pena recortarlo y guardarlo; sin embargo, no era lo que Oskar estaba mirando sin poder apartar la vista.

Era la foto del jersey.

Embutido bajo la cazadora del cadáver habían encontrado un jersey de niño manchado de sangre y ése era justamente el que salía en la foto, colocado sobre un fondo neutro. Oskar lo reconoció.

¿No tienes frío?

En el artículo decía que el hombre muerto, Joakim Bengtsson, había sido visto con vida por última vez el sábado 24 de octubre. Hacía dos semanas. Oskar recordó aquella tarde, cuando Eli hizo el cubo. Le había acariciado la mejilla y su amiga había desaparecido del patio. Por la noche, ella y su… el viejo… discutieron y el hombre se había marchado.

¿Fue aquella tarde cuando Eli lo hizo?

Sí. Probablemente. Al día siguiente ella tenía mucho mejor aspecto.

Miraba la foto. Era en blanco y negro, pero en el artículo decía que el jersey era de color rosa claro. El autor especulaba con la posibilidad de que el asesino tuviera además otra víctima joven sobre su conciencia.

Espera ahí.

El asesino de Vällingby. Al parecer, apuntaba el periódico, la policía tenía indicios bastante consistentes de que al hombre del hielo lo hubiera matado el llamado asesino ritual, que había sido detenido precisamente una semana antes en la piscina de Vällingby y ahora había huido.

¿Sería el… viejo? Pero… y el chico del bosque… ¿por qué?

Oskar podía ver a Tommy delante de él sentado en el banco, abajo, en el parque, el movimiento con el dedo.

Colgado en un árbol… con un corte en el cuello… zas.

Comprendió. Lo comprendió todo. Que todos aquellos artículos que había recortado y guardado, la radio, la tele, todo lo que se había hablado, todo el miedo…

Eli.

Oskar no sabía qué hacer. Qué debía hacer. Así que fue hasta el frigorífico y sacó un trozo de lasaña que su madre le había dejado. Se la comió fría mientras seguía mirando los artículos. Cuando terminó de comer sonaron unos golpecitos en la pared. Cerró los ojos para oír mejor. Se sabía el código de memoria a esas alturas.

S.A.L.G.O.

Se levantó enseguida de la mesa, fue a su habitación, se puso boca abajo en la cama y golpeó la respuesta.

V.E.N.A.Q.U.I. Una pausa. Después: T.U.M.A.M.A. Oskar golpeó de nuevo. N.O.E.S.T.A.

Su madre no volvería hasta las diez, más o menos. Tenían por lo menos tres horas por delante. Después de marcar el último mensaje Oskar apoyó la cabeza en la almohada. Por un momento, concentrado en golpear las palabras, lo había olvidado.

El jersey… el periódico…

Se estremeció, pensó en levantarse para recoger todos los periódicos que estaban allí, a la vista. Ella los iba a ver… y a saber que él…

Después volvió a apoyar la cabeza en la almohada y lo mandó a la porra.

Un silbido bajo fuera de la ventana. Se levantó de la cama, se acercó y se inclinó contra el marco. Ella estaba allí abajo, con la cabeza vuelta hacia la luz. Llevaba puesta la camisa de cuadros que le quedaba demasiado grande.

Él le hizo una señal con el dedo: Sube hasta la puerta.

—No le digas que estoy allí, ¿vale?

Yvonne hizo una mueca expulsando el humo por la comisura de los labios en dirección a la ventana entreabierta, no dijo nada. Tommy resopló.

—¿Por qué fumas así, echando el humo por la ventana?

Tenía ya tanta ceniza en el cigarro que había empezado a curvarse. Tommy se lo señaló haciendo un gesto con el dedo índice. Ella lo ignoró.

—Porque no le gusta a Staffan, ¿no? El olor a tabaco.

Tommy se echó para atrás en la silla de la cocina mirando la ceniza y preguntándose la razón de que aún mantuviera su forma; agitó la mano delante de la cara.

—A mí tampoco me gusta el olor a tabaco. Ni me gustaba nada cuando era pequeño. Pero entonces no abrías la ventana. Y mira ahora…

La ceniza cayó en la pierna de Yvonne. Ella la sacudió y se formó una raya de color gris en su pantalón. Amenazando con la mano que sujetaba el cigarro, dijo:

Claro que lo hacía. Al menos, la mayor parte de las veces. Puede que alguna vez, cuando teníamos invitados, puede que… y qué porras, tú no eres el más indicado para decir que no te gusta el humo.

Tommy sonrió burlonamente.

Algo divertido sí que fue, ¿no?

—No, no lo fue. Piensa si se hubiera desatado el pánico. Si la gente… y ese recipiente, la…

—La pila bautismal.

—Eso, la pila bautismal. El cura estaba totalmente desesperado, era como una… costra negra en toda la… Staffan tuvo que…

—Staffan, Staffan…

Staffan, sí. No dijo que habías sido tú. Me lo dijo a mí, que fue muy duro para él, con su… convicción religiosa, estar allí mintiéndole al cura delante de su propia cara, pero que él… para protegerte…

—Tú comprenderás.

—¿Qué es lo que tengo que comprender?

—Que es a sí mismo a quien protege.

—No fue él el que…

—Piénsalo bien.

Yvonne dio una última calada profunda al cigarrillo, lo apagó en el cenicero y encendió otro.

—Era… antigua. Ahora tendrán que mandarla restaurar.

—Y fue el hijastro de Staffan el que lo hizo. ¿Cómo sonaría eso?

—Tú no eres su hijastro.

—No, pero ya sabes. Si yo le hubiera dicho a Staffan que había pensado ir a decirle al curita que lo había hecho yo, que me llamaba Tommy y que Staffan es… el novio de mi madre, ¿crees que le habría gustado?

—Tendrás que preguntárselo tú mismo.

—No. Hoy por lo menos no.

—No te atreves.

—Lo dices como un niño.

—Tú te comportas como un niño.

Algo divertido sí que fue, ¿no?

—No, Tommy. No fue nada divertido.

Tommy suspiró. No era tan tonto como para no dar por hecho que su madre también se iba a enfadar, pero a pesar de ello había pensado que ella, de alguna manera, vería algo cómico en todo el asunto. Sin embargo ella estaba ahora de parte de Staffan. No había más que verlo.

De manera que el problema, el verdadero problema, era encontrar algún sitio donde vivir. Bueno, más tarde, cuando se casaran. Mientras tanto podía dormir en el sótano noches como ésta, en las que Staffan venía a casa. A las ocho acabaría su turno en Åkeshov y vendría directamente aquí. Y Tommy no pensaba esperarle sentado y escuchar ningún jodido sermón de aquel tío. Para nada.

Así que fue a su habitación y cogió el edredón y la almohada de la cama mientras Yvonne seguía sentada fumando y mirando por la ventana de la cocina. Después apareció en el umbral con la almohada debajo de un brazo y el edredón enrollado debajo del otro.

—Bueno, ya me voy. No le digas que estoy ahí, por favor.

Yvonne se volvió hacia él. Tenía lágrimas en los ojos. Le sonrió.

—Pareces como cuando… cuando viniste e ibas…

Se le hizo un nudo en la garganta. Tommy se quedó parado. Yvonne tragó, se aclaró la garganta y lo miró con los ojos totalmente limpios, y dijo en voz baja:

—Tommy, ¿qué vas a hacer?

—No sé.

—¿Tendré que…?

—No. Por mí no. Las cosas son como son.

Yvonne asintió. Tommy notó que también él estaba a punto de ponerse muy triste, que tenía que marcharse ya, antes de que fuera tarde.

—¿Oye? No digas que…

—No, no. No lo digo.

—Bien. Gracias.

Yvonne se levantó y se acercó a Tommy. Lo abrazó. Olía mucho al humo de los cigarros. Si Tommy hubiera tenido libres los brazos también la habría abrazado. Pero los tenía ocupados, así que sólo apoyó la cabeza en el hombro de su madre y permanecieron así un rato.

Después, Tommy se fue.

No me fío de ella. Staffan puede montar un numerito de la hostia y… En el sótano tiró el edredón y la almohada en el sofá. Se metió una bolsita de pasta de tabaco, se tumbó y se puso a pensar.

Lo mejor sería que lo mataran.

Pero Staffan no era de los que… no, no. Más bien al contrario, de los que harían diana en la frente del asesino. Recibiría una caja de bombones de sus compañeros maderos. El héroe. Luego vendría aquí a buscar a Tommy. Quizá.

Cogió la llave, salió al pasillo y abrió la puerta del refugio; se llevó la cadena. Con el encendedor como lámpara avanzó por el pequeño corredor que tenía dos trasteros a cada lado. En los trasteros había alimentos secos, conservas, viejos juegos de mesa, cocinas de gasóleo y otras cosas por el estilo, para que uno pudiera arreglárselas en caso de asedio.

Abrió una puerta, tiró dentro la cadena. Bueno. Tenía una salida de emergencia.

Antes de abandonar el refugio bajó el trofeo de tiro, lo sopesó con la mano. Dos kilos por lo menos. A lo mejor se podía vender. Sólo por el valor del metal. Para fundirlo.

Observó la cara del tirador de pistola. ¿No guardaba cierto parecido con Staffan, mirándolo bien? Entonces era la fundición lo que le esperaba.

Cremación. Definitivamente.

Le dio la risa.

Lo mejor de todo sería fundir todo menos la cabeza y después devolvérselo a Staffan. Una balsa de metal endurecido sólo con aquella cabecilla encima. Probablemente no se podría hacer. Por desgracia.

Volvió a colocar la escultura en su sitio, salió y cerró la puerta sin girar el volante. Ahora podría entrar allí si fuera necesario. Lo que no creía que llegara a ocurrir.

Sólo por si acaso.

Lacke dejó que dieran diez señales antes de colgar. Gösta, que estaba sentado en el sofá acariciándole la cabeza a un gato con rayas anaranjadas, preguntó sin levantar la vista:

—¿No hay nadie en casa?

Lacke se pasó la mano por la cara y contestó irritado:

—Sí, joder. ¿No has oído que estábamos hablando?

—¿Quieres tomar otro?

Lacke se ablandó, intentó sonreír.

Sorry, no quería… sí, joder. Gracias.

Costa se inclinó sobre la mesa con tan poco cuidado que aplastó al gato que tenía en sus rodillas. El gato pegó un bufido y se escurrió al suelo, se sentó y miró ofendido a Gösta, que estaba echando un chorrito de tónica y una buena dosis de ginebra en el vaso de Lacke y que, acercándose a éste, le dijo:

—Ten. No te preocupes, ella sólo estará… sí…

—Ingresada. Gracias. Ha ido al hospital y la han ingresado.

—Sí… eso es.

—Pues dilo, entonces.

—¿Qué?

—Ah, no era nada. Salud.

—Salud.

Bebieron los dos. Después de un rato Gösta empezó a hurgarse la nariz. Lacke lo miró y Gösta retiró el dedo y sonrió como para disculparse. No estaba acostumbrado a la compañía.

Un gato gordo de color gris estaba espatarrado en el suelo, parecía como si apenas tuviera fuerzas para levantar la cabeza. Gösta movió la cabeza dirigiéndose a él.

—Miriam va a tener gatitos pronto.

Lacke pegó un buen trago, hizo una mueca. Por cada gota de adormecimiento que el alcohol le proporcionaba, menos sentía el olor del apartamento.

—¿Qué haces con ellos?

—¿Con quienes?

—Con los gatillos. ¿Qué haces con ellos? Los dejas que vivan, ¿no?

—Sí, aunque normalmente nacen muertos. Últimamente.

—Así que… cómo. Esa gorda, ¿cómo la llamaste…?, ¿Miriam?… la tripa, ¿sólo hay… una lechigada de crías muertas ahí dentro?

—Sí.

Lacke se bebió todo lo que quedaba en el vaso, lo dejó en la mesa. Gösta le preguntó con un gesto señalando la botella de ginebra. Lacke negó con la cabeza.

—No. Esperaré un poco.

Bajó la cabeza. Una alfombra de color naranja tan llena de pelos de gato que parecía que estuviera hecha de ellos. Gatos y más gatos por todas partes. ¿Cuántos había? Empezó a contar. Llegó hasta dieciocho. Sólo en aquel cuarto.

—No has pensado nunca en… hacer algo con ellos. Me refiero a castrarlos, o cómo se dice… ¿esterilizarlos? Sería suficiente con dejar un solo sexo.

Gösta le miraba sin comprender.

—¿Y eso cómo se hace? No, claro.

Lacke se imaginó a Gösta yendo en el metro con unos… veinticinco gatos. En una caja. No. En una bolsa, en un saco. Llegando a casa del veterinario y soltándolos allí a todos: «Cástrenlos, por favor». Se ahogaba de la risa. Gösta volvió la cabeza.

—¿Qué pasa?

—Nada, sólo pensaba… que a lo mejor os hacen rebaja de grupo.

A Gösta no le hizo gracia la broma y Lacke daba manotazos en el aire.

—No, sorry. Yo sólo… ah, estoy totalmente… con esto de Virginia, yo…

De pronto se enderezó, golpeó la mesa con la mano.

—No quiero estar más tiempo aquí.

Gösta saltó en el sofá. Los gatos que estaban delante de los pies de Lacke salieron corriendo y se escondieron debajo del sofá. De algún sitio del cuarto llegó un silbido. Gösta se revolvía, daba vueltas a su vaso.

—No te preocupes. Al menos, no por mí…

—No es eso. Aquí. Aquí. Toda la mierda. Blackeberg. Todo. Estas casas, las calles por las que andamos, los sitios, las personas, todo no es más que… una única gran enfermedad endiablada, ¿entiendes? Hay algo que está mal. Se imaginaron el sitio, planificaron todo para que fuera… perfecto, ¿no? Y de alguna jodida manera se equivocaron. Alguna mierda.

«Como si… no puedo explicarlo… como si hubieran tenido una idea de los ángulos, o lo que sea, joder, ángulos en los que tuvieran que estar las casas, en relación con las demás, ¿no? Para que hubiera armonía o algo así. Y entonces hubieran tenido algún fallo con la vara de medir, la escuadra o lo que cojones usen, y entonces se produjo un pequeño fallo desde el principio y después se hizo más grande. De manera que uno va por aquí entre las casas y no piensa más que… no. No, no, no. Aquí no tiene uno que estar. Aquí hay algo que no funciona, ¿entiendes?

«Aunque no son los ángulos, es alguna otra cosa, algo que sólo… como una enfermedad que está en… las paredes, y yo no quiero permanecer más tiempo aquí.

Un tintineo cuando Gösta, sin que nadie se lo dijera, echó otro cubata en el vaso de Lacke. Él lo tomó agradecido. La descarga había propiciado un agradable sosiego en su cuerpo, un sosiego que el alcohol llenaba ahora de calor. Se echó hacia atrás en el sofá, respirando con tranquilidad.

Permanecieron en silencio hasta que llamaron a la puerta. Lacke preguntó:

—¿Estás esperando a alguien?

Gösta meneó la cabeza mientras se levantaba trabajosamente.

—No. Menuda afluencia de tráfico esta tarde.

Lacke sonrió burlonamente y levantó su vaso hacia Gösta al pasar. Ya se sentía mejor. Se sentía bien, realmente.

Se abrió la puerta de la calle. Alguien desde fuera dijo algo y Gösta contestó:

—Sé bienvenida.

Tumbada en la bañera, en el agua caliente que se tiñó de rosa cuando la sangre reseca de su piel se diluyó, Virginia se decidió. Gösta.

Su nueva conciencia le decía que tenía que haber alguien que la dejara entrar. Su vieja conciencia, que no podía ser alguien a quien quisiera. Ni siquiera que le gustara. Gösta encajaba en ambas descripciones.

Se levantó, se secó y se puso unos pantalones y una blusa. Ya en la calle se dio cuenta de que no había cogido un abrigo. Sin embargo no tenía frío.

Descubrimientos nuevos, todo el tiempo.

Al pie de los edificios altos se detuvo, miró hacia la ventana de Gösta. Estaba en casa. Siempre estaba en casa.

¿Y si se resiste?

No había pensado en eso. Sólo se había hecho a la idea de que iba a buscar lo que necesitaba. Pero puede que Gösta quisiera vivir.

Claro que querrá vivir. Es una persona, tiene sus diversiones y piensa en todos los gatos que llegan…

El pensamiento se frenó, desapareció. Se puso la mano en el corazón. Latía cinco veces por minuto y ella sabía que tenía que cuidar su corazón. Que había algo en eso de… las estacas afiladas.

Cogió el ascensor hasta el penúltimo piso, llamó. Cuando Gösta abrió la puerta y vio a Virginia, sus ojos se abrieron de una manera que parecía espanto.

¿Lo sabrá? ¿Se notará?

Gösta dijo:

—Pero… ¿eres tú?

—Sí. ¿Puedo…?

Hizo un movimiento hacia el interior del apartamento. No lo entendía. Pero intuitivamente supo que necesitaba una invitación, si no… si no… pasaría algo. Gösta asintió, reculó un paso.

—Sé bienvenida.

Entró y Gösta volvió a cerrar la puerta, la miró con los ojos llorosos. Estaba sin afeitar, la piel fofa del cuello ennegrecida por la barba grisácea de dos días. La pestilencia del apartamento peor de lo que recordaba, más nítida.

No quie…

El viejo cerebro se cerró. El hambre tomó la iniciativa. Virginia puso las manos en los hombros de Gösta, vio sus manos ponerse en los hombros de Gösta. Sin oponer resistencia. La vieja Virginia estaba ahora acurrucada en algún lugar lejano de su cabeza, sin control.

La boca dijo:

—¿Quieres ayudarme con una cosa? Quédate quieto.

Ella oyó algo. Una voz.

—¡Virginia! ¡Hola! Cómo me alegro de que…

Lacke se echó hacia atrás cuando Virginia volvió la cabeza hacia él.

Tenía los ojos vacíos. Como si alguien le hubiera clavado agujas en ellos y hubiera absorbido lo que Virginia era y sólo hubiera dejado la mirada inexpresiva de un modelo anatómico: Figura 8: Los ojos.

Virginia lo miró fijamente durante un segundo, luego soltó a Gösta y se volvió hacia la puerta; asió el picaporte: estaba cerrada. Descorrió la cerradura, pero Lacke la cogió y la apartó.

—No vas a ninguna parte antes de que…

Virginia se revolvía en sus brazos y le golpeó con el codo en la boca, el labio se le reventó contra los dientes. Él le sujetaba con fuerza por los brazos, apretando la mejilla contra la espalda de ella.

—Ginja, joder. Tengo que hablar contigo. He estado tan preocupado. Tranquilízate, ¿qué te pasa?

Ella dio un tirón hacia la puerta, pero Lacke, que la sujetaba con fuerza, la arrastró hacia el cuarto de estar. Se esforzaba por hablarle tranquilo, con calma, como a un animal asustado, mientras la arrastraba delante de él.

—Ahora nos va a poner Gösta un cubata y nos sentamos tranquilamente y hablamos de ello, porque yo… yo te voy a ayudar. Sea lo que sea, ¿vale?

—No, Lacke, no.

—Sí, Ginja, sí.

Gösta entró como pudo en el cuarto de estar, le sirvió un cubata a Virginia en el vaso de Lacke. Lacke hizo entrar a Virginia, la soltó y se colocó en el vano de la puerta, con las manos en las jambas, como un portero. Se chupó un poco de sangre que tenía en el labio inferior.

Virginia se encontraba en el centro del cuarto, tensa. Miraba a su alrededor como si buscara la manera de huir. Sus ojos se fijaron en la ventana.

—No, Ginja.

Lacke estaba preparado para correr hacia ella, cogerla de nuevo si intentaba alguna tontería.

¿Qué le pasa? Parece como si se encontrara en una habitación llena de fantasmas.

Oyó un ruido como cuando uno rompe un huevo en una sartén caliente.

Otro más, igual. Otro.

La habitación se llenó de bufidos cada vez más fuertes, agitación.

Todos los gatos del cuarto se habían levantado, estaban con los lomos arqueados y las colas tiesas mirando a Virginia. Hasta Miriam se levantó torpemente con la tripa arrastrando, echó las orejas hacia atrás y mostró los dientes.

Del dormitorio, de la cocina, llegaron más gatos.

Gösta había dejado de echar ginebra; se quedó con la botella en la mano mirando a sus gatos con los ojos como platos. La agitación planeaba ahora como una nube de electricidad dentro del cuarto, aumentando. Lacke se vio obligado a gritar para hacerse oír por encima de los maullidos.

—Gösta, ¿qué hacen?

Éste meneó la cabeza, hizo un gesto estirando el brazo y se le salió un poco de ginebra de la botella.

—No lo sé… Nunca he…

Un gato negro pequeño dio un salto sobre la pierna de Virginia, le clavó las uñas y la mordió. Gösta dejó la botella sobre la mesa con un golpe y dijo:

—¡Fuera, Titania, fuera!

Virginia se agachó, agarró al gato por el lomo e intentó quitárselo de encima. Otros dos aprovecharon la ocasión y le saltaron sobre la espalda y la nuca. Virginia lanzó un grito y se quitó el gato de la pierna, le tiró de las patas. El gato voló por la habitación, se estrelló contra el borde de la mesa y cayó a los pies de Gösta. Uno de los que tenía en la espalda se le subió a la cabeza e hizo presa con las uñas mientras le mordía en la frente.

Antes de que a Lacke le diera tiempo a llegar, otros tres gatos se le habían echado encima. Maullaban como locos mientras Virginia les arreaba puñetazos. Con todo, siguieron aferrados a ella, desgarrándole la carne con sus minúsculos dientes.

Lacke metió las manos en la palpitante masa sobre el pecho de Virginia, agarró piel que se deslizaba sobre músculos tensos, retiró pequeños cuerpos y la blusa de Virginia se rasgó, ella estaba gritando y…

Está llorando.

No; era sangre que le corría por las mejillas. Lacke agarró al gato que tenía en la cabeza pero éste clavó aún más las uñas, estaba como cosido. Su cabeza cabía en la mano de Lacke y éste tiraba hacia delante y hacia atrás hasta que, en medio del jaleo, oyó un

Crac.

Y cuando soltó la cabeza, ésta cayó sin vida sobre la coronilla de Virginia. Asomaba una gota de sangre en el hocico del gato.

—¡Aaaay! Mi pequeña…

Gösta llegó hasta donde estaba Virginia y, con lágrimas en los ojos, empezó a acariciar a la gata, que, incluso muerta, seguía aferrada a la piel de la mujer.

—Pequeña, cariño…

Lacke bajó la mirada y sus ojos se encontraron con los de su amiga.

Volvía a ser ella.

Virginia.

Dejadme marchar.

A través del doble túnel que eran sus ojos, Virginia veía lo que le estaba pasando a su cuerpo, los esfuerzos de Lacke para ayudarla.

Déjalo.

No era ella la que se defendía, la que se los quitaba de encima. Era aquel otro, el que quería vivir, quería que su… casero viviera. Ella había renunciado al ver el cuello de Gösta, al sentir la hediondez del apartamento. Iba a ser así. Y no quería participar.

El dolor. Sintió el dolor, los arañazos. Pero pasaría pronto.

Así que… no te preocupes.

Lacke lo vio. Pero no lo aceptaba.

La granja… dos casitas… el jardín…

En un ataque de pánico intentó quitar los gatos de encima de Virginia. Estaban pegados, unos manojos de músculos cubiertos de piel. Los pocos que consiguió arrancar se llevaban consigo tiras de la ropa y dejaban profundos surcos en la piel que había debajo, pero la mayoría seguían adheridos como sanguijuelas. Lacke intentó golpearlos, oyó el chasquido de los huesos, pero quitaba uno y llegaba otro, porque los gatos trepaban los unos por encima de los otros en su empeño por…

Negro.

Recibió un golpe en la cara y se tambaleó un metro hacia atrás; a punto estuvo de caer, pero buscó apoyo en la pared, parpadeó. Gösta estaba al lado de Virginia con los puños cerrados, mirándole con los ojos llenos de lágrimas y de rabia.

—¡Les estás haciendo daño! ¡Les estás haciendo daño!

Al lado de Gösta, Virginia no era más que una masa hirviente de pieles que bufaban y maullaban. Miriam se arrastró trabajosamente por el suelo, se levantó sobre las patas traseras y mordió la pantorrilla de Virginia. Gösta lo vio, se agachó y la amonestó con el dedo.

—No puedes hacer eso, cariño. Eso duele.

Lacke perdió los estribos. Dio dos pasos hacia delante y asestó una patada a Miriam. El pie se hundió en el abultado vientre de la gata y Lacke no sintió repugnancia alguna, sólo satisfacción cuando el saco con las entrañas salió despedido de su pie y se estampó contra el radiador.

Cogió a Virginia por el brazo.

Vamos, tenemos que salir de aquí.

y la arrastró hasta la puerta de la calle.

Virginia intentó resistirse, pero la fuerza de Lacke y la del contagio querían la misma cosa, y eran más fuertes que ella. A través de los túneles que salían de su cabeza vio a Gösta cayendo de rodillas en el suelo, oyó el grito de pena cuando cogió a un gato muerto en sus manos, acariciándole el lomo.

Perdóname, perdóname.

Después Lacke tiró de ella y dejó de ver cuando un gato le trepó hasta la cara, la mordió y todo fue dolor, agujas vivas que se le clavaron en la piel; luego perdió el equilibrio, cayó, sintió cómo era arrastrada por el suelo.

Déjame marchar.

Pero el gato que tenía delante de los ojos cambió de posición y vio que la puerta del apartamento se abría delante de ella, la mano de Lacke, de color rojo oscuro, que la arrastró consigo, y vio el hueco de la escalera, las escaleras, se volvió a poner de pie, se abrió camino, dentro de su propia conciencia tomó el mando y…

Virginia soltó su brazo de la mano de Lacke.

Éste se volvió hacia la palpitante masa de pelos que era el cuerpo de su amiga para cogerla de nuevo, para

¿Qué? ¿Qué?

fuera. Para salir.

Pero Virginia se revolvió contra él y, en un segundo, el lomo tembloroso de un gato se estampó contra su cara. Luego la mujer desapareció en el rellano, donde los maullidos de los gatos se propagaban como cuchicheos excitados y

Nonono

Lacke trató de llegar para impedírselo, pero como alguien convencido de que va a caer en blando, o como si le diera igual caer sobre duro, Virginia se volcó extenuada hacia delante, se dejó caer escaleras abajo.

Los gatos aplastados maullaban mientras Virginia rodaba, rebotando contra los peldaños de hormigón. Crujidos húmedos al romperse las patas, golpes más fuertes, que hicieron estremecerse a Lacke, cuando la cabeza de Virginia…

Algo pasó por encima de su pie.

Un gatillo de color gris con algún problema en las patas traseras se deslizaba hacia arriba; desde lo más alto de la escalera maulló lleno de pena.

Virginia estaba tendida en el rellano de abajo. Los gatos que habían sobrevivido a la caída la abandonaron, subieron de vuelta los peldaños. Llegaron hasta la entrada y empezaron a limpiarse.

Sólo el gatito de color gris se quedó sentado, apenado por no haber podido participar.

La policía ofreció una rueda de prensa el domingo por la tarde.

Habían elegido una sala de conferencias dentro de la comisaría con sitio para cuarenta personas, pero se demostró que era demasiado pequeña. Aparecieron reporteros de la mayoría de los periódicos y de las cadenas de televisión europeas. El hecho de que el hombre no hubiera sido detenido durante todo el día había aumentado el interés por la noticia, y un periodista británico hizo quizá el mejor análisis de por qué todo esto despertaba tanto interés:

—Es la caza del Monstruo. Por su aspecto, por lo que ha hecho. Es el Monstruo del que tratan los cuentos. Y cada vez que lo apresamos, hacemos como si fuera para siempre.

Ya quince minutos antes de la hora prevista, el ambiente de la mal ventilada sala estaba recalentado y húmedo, y los únicos que no se quejaban eran los del equipo de la televisión italiana: decían que estaban acostumbrados a peores situaciones.

Pasaron a una sala más grande y a las ocho en punto entró el inspector jefe de Estocolmo, flanqueado por el comisario responsable de la investigación del caso —y que además había hablado con el asesino ritual en el hospital— y por el jefe de la patrulla que había dirigido la operación en el bosque de Judarn durante el día.

No temían ser destrozados por los periodistas, puesto que habían decidido echarles un trozo de carnaza.

La policía disponía de una fotografía del hombre.

La pista del reloj finalmente había dado resultados. Un relojero de Karlskoga se había molestado el sábado por la mañana en repasar las tarjetas con la garantía ya caducada y había encontrado el número que la policía había pedido a todos los relojeros que buscaran.

Llamó a la comisaría y les dio el nombre, la dirección y el número de teléfono del hombre que aparecía registrado como comprador. La policía de Estocolmo buscó ese nombre en su registro y pidió a la delegación de Karlskoga que fuera a aquella dirección a ver lo que podían hallar.

En la comisaría se produjo un cierto alboroto cuando se demostró que el hombre, de hecho, había sido condenado siete años atrás por un caso de violación a un niño de nueve. Declarado enfermo psíquico había pasado tres años en una institución. Después le habían dado el alta médica y lo habían soltado.

Pero la policía de Karlskoga había encontrado al hombre en casa, bien de salud.

Sí, él había tenido un reloj así. No, no se acordaba de dónde había ido a parar. Les llevó dos horas de interrogatorio en la comisaría de Karlskoga, recordándole que un alta médica psiquiátrica siempre podía ser objeto de nuevas revisiones, antes de que el hombre recordara a quién le había vendido el reloj.

Håkan Bengtsson, Karlstad. Se habían encontrado en algún sitio y habían hecho algo, no podía recordar qué. Él le había vendido el reloj, pero no tenía ninguna dirección y sólo podía dar una vaga descripción y… ¿se podía marchar ya a casa?

El nombre de Håkan Bengtsson no daba nada concluyente en el registro. Encontraron veinticuatro Håkan Bengtsson en la región de Karlstad. La mitad, por la edad, podían quedar descartados. Empezaron a llamar al resto. La búsqueda se simplificó sobremanera por el hecho de que si alguien podía hablar, quedaba descalificado como candidato.

Hacia las nueve de la noche habían tachado de la lista a todos menos a uno. Un Håkan Bengtsson que había trabajado como profesor de sueco en los cursos superiores de la enseñanza básica y que se había mudado de Karlstad cuando su casa ardió en circunstancias poco claras.

Llamaron al director de la escuela y pudieron saber que sí, que había habido rumores de que a Håkan Bengtsson le gustaban los niños de una forma inadecuada. Consiguieron también que el director fuera a la escuela un sábado por la tarde y sacara del archivo una antigua foto de Bengtsson, tomada para el anuario escolar de 1976.

Un policía de Karlstad que iba a ir a Estocolmo el domingo por otros asuntos envió una copia por fax y luego condujo hasta la ciudad con la foto original el sábado por la noche. Llegó a la comisaría de Estocolmo a la una de la madrugada del domingo, es decir, media hora larga después de que el hombre en cuestión cayera desde la ventana de su habitación en el hospital y fuera declarado muerto.

El domingo por la mañana lo dedicaron a verificar por medio de las historias clínicas de los dentistas y de los médicos que el hombre de la foto era el mismo que hasta la noche anterior había permanecido atado a su cama en el hospital, y sí: era él.

El domingo por la tarde mantuvieron una reunión en la comisaría. Habían contado con ir descubriendo poco a poco lo que el individuo había hecho desde que abandonó Karlstad, ver si sus actuaciones coincidían con otras en un contexto más amplio, si había dejado más víctimas a su paso.

Pero ahora la situación era distinta.

El hombre aún estaba vivo, en libertad, y en esos momentos parecía que lo más importante era averiguar dónde había vivido, puesto que existía la posibilidad de que intentara volver allí. Su desplazamiento hacia la Zona Oeste podía indicarlo.

Por tanto, decidieron que si el hombre no había sido detenido antes de la conferencia de prensa recurrirían al sabueso, poco fiable, pero ¡ay! con cuántas cabezas, que era la ciudadanía.

Cabía la posibilidad de que alguien lo hubiera visto cuando aún tenía el mismo aspecto que en la foto y supiera algo de él. Además, y claro está que esto era menos importante, necesitaban carnaza para lanzar a los medios de comunicación.

Así que ahora los tres agentes se encontraban sentados ante la larga mesa situada encima de la tarima y, efectivamente, se oyó un murmullo entre los periodistas reunidos cuando el jefe de policía, con un gesto premeditadamente sencillo que consideraba más eficaz desde el punto de vista de la puesta en escena, mantuvo en alto la foto ampliada de la escuela de Håkan Bengtsson y anunció:

—El hombre a quien buscamos se llama Håkan Bengtsson, y antes de que su cara estuviera deformada tenía… este aspecto.

El jefe de la policía hizo una pausa mientras las cámaras disparaban, y los flashes tuvieron tiempo para convertirse por unos minutos en un estroboscopio.

Claro está que había copias de la borrosa instantánea para repartirlas entre los reporteros, pero, sobre todo los periódicos extranjeros, elegirían con toda probabilidad la imagen, más impactante emocionalmente, del jefe de la policía con el asesino —por así decirlo— en su mano.

Cuando todos tuvieron sus fotos y los responsables de la investigación y de la operación de búsqueda terminaron de exponer sus razonamientos llegó el turno de las preguntas. El primero que hizo uso de la palabra fue un periodista de Dagens Nyheter.

—¿Cuándo calculan que podrán detenerlo?

El jefe de la policía tomó aire profundamente, decidió poner en juego su prestigio, se acercó al micrófono y dijo:

—Mañana, a más tardar.

—Buenas.

—Hola.

Oskar pasó al cuarto de estar delante de Eli para buscar un disco. Rebuscó en la escasa colección de su madre y lo encontró: Vikingarna. Todo el grupo estaba reunido en lo que parecía el esqueleto de una nave vikinga, fuera de ambiente con sus trajes relucientes.

Eli no pasó. Con el disco en la mano, Oskar volvió a la entrada. Ella estaba todavía fuera, en la puerta.

—Oskar, tienes que invitarme a pasar.

—Pero… por la ventana. Tú ya has…

—Ésta es una entrada nueva.

—Bueno. Puedes…

Oskar se detuvo, pasándose la lengua por los labios. Miró el disco. La fotografía de la carátula había sido tomada en la oscuridad, con flashes, y el conjunto de los Vikingarna resplandecía como si fueran un grupo de santos a punto de tomar tierra. Dio un paso hacia Eli y le enseño la funda.

—Mira. Parece como si estuvieran en la tripa de una ballena o algo así.

—Oskar…

Eli estaba parada con los brazos caídos a lo largo del cuerpo y mirando a Oskar. Éste se rio, fue hasta la puerta, pasó la mano por el aire entre el umbral y el marco, por delante de la cara de Eli.

—¿Cómo? ¿Hay algo aquí o no?

—No empieces.

—Pero en serio. ¿Qué pasa si no lo hago?

—NO EMPIECES —Eli sonrió de mala gana—. ¿Quieres verlo? ¿No? ¿Lo quieres?

Eli dijo aquello de una manera que evidentemente estaba pensada para hacer que Oskar dijera que no. Un augurio de algo terrible. Pero Oskar tragó y dijo:

—Sí. Sí que quiero. A ver.

—Tú escribiste en el papel que…

—Sí. Lo puse. Pero ahora vamos a ver. ¿Qué pasa?

Eli apretó los labios, se concentró un segundo y dio luego una zancada hacia delante, por encima del umbral. Oskar tenía todo el cuerpo en tensión, esperaba algún rayo azul, que la puerta se girara, pasara a través de Eli y se cerrara de nuevo, o algo parecido. Pero no ocurrió nada. Eli entró y cerró la puerta después. Oskar se encogió de hombros.

—¿Eso era todo?

—No exactamente.

Eli se quedó igual que estaba al otro lado de la puerta. Parada con los brazos a lo largo del cuerpo y con los ojos fijos en Oskar. Oskar meneó la cabeza.

—¿Qué pasa? Ya está…

Oskar se interrumpió cuando asomó una lágrima en uno de los lagrimales de Eli; no, una en cada lagrimal. Aunque no parecía una lágrima, porque era de color oscuro. La piel de la cara de Eli empezó a enrojecer, se puso de color rosa, rojo claro, rojo oscuro y sus puños se cerraron al tiempo que los poros de la cara se abrían y pequeñas perlas de sangre empezaban a aparecer como lunares en todo el rostro. Lo mismo en el cuello.

Los labios de Eli se retorcieron de dolor y una gota de sangre asomó por una de las comisuras y se fundió con las perlas de la cara, que se hacían cada vez más grandes al llegar a la barbilla y se deslizaban hacia abajo para juntarse con las gotas del cuello.

Oskar se quedó sin fuerza en los brazos; los dejó caer y el disco se salió de su funda, rebotó de canto en el suelo una vez y luego se estampó plano sobre la alfombra de la entrada. Su mirada se deslizó hacia las manos de Eli.

Tenía el dorso de las manos cubierto por una fina película de sangre, y salía más.

Volvió a mirar a Eli a los ojos, no la encontró. Parecía como si los ojos se hubieran hundido en sus cuencas: estaban llenos de sangre que los inundaba, corría a lo largo de la nariz y, cruzando los labios, entraba en la boca, de donde manaba más sangre; dos hilillos le corrían desde las comisuras de la boca hasta el cuello, desapareciendo en la tirilla de su jersey, donde ahora empezaban a aparecer manchas más oscuras.

Sangraba por todos los poros de su cuerpo. Oskar lanzó un resuello, gritó:

—¡Puedes entrar, tú puedes… eres bienvenida, tú puedes… tú puedes estar aquí!

Eli se relajó. Sus puños cerrados se abrieron. La mueca de dolor desapareció. Oskar creyó por un momento que hasta la sangre se iba a evaporar, que todo sería como si aquello no hubiera ocurrido.

Pero no. Aunque dejó de salir, la cara y las manos de Eli estaban todavía de color rojo oscuro, y mientras ambos permanecían frente a frente sin decir nada, la sangre empezó a coagular despacio, formando líneas más oscuras y costras en los sitios donde había salido más, y Oskar sintió un ligero olor a hospital.

Cogió el disco del suelo, lo puso de nuevo en la funda y dijo, sin mirar a Eli:

—Perdón, yo… yo no creía…

—Está bien. Fui yo la que quiso. Pero creo que será mejor que me dé una ducha. ¿Tienes una bolsa de plástico?

—¿Una bolsa de plástico?

—Sí. Para la ropa.

Oskar asintió, fue a la cocina y rebuscó bajo el fregadero una bolsa de plástico en la que ponía: ICA-Come, bebe y sé feliz. Fue al cuarto de estar, puso el disco sobre la mesita del sofá y se detuvo con la bolsa haciendo ruido en la mano.

Si yo no hubiera dicho nada. Si la hubiera dejado… sangrar.

Hizo una pelota arrebujando la bolsa, abrió la mano y la bolsa saltó, se cayó al suelo. La recogió, la lanzó hacia arriba, la cogió. Se oyeron los mandos de la ducha en el cuarto de baño.

Es todo cierto. Ella es… él es

Fue hacia el cuarto de baño estirando la bolsa de plástico. Come, bebe y sé feliz. Se oía el ruido del agua detrás de la puerta cerrada. La cerradura estaba de color blanco. Llamó con cuidado.

—Eli…

—Sí. Entra.

—No. Yo sólo… la bolsa.

—No oigo lo que dices. Entra.

—No.

—Oskar, yo…

—Dejo la bolsa aquí.

Dejó la bolsa en la puerta y huyó al cuarto de estar. Sacó el disco de la funda, lo colocó en el plato, puso en marcha el tocadiscos y situó la aguja en el tercer surco, su preferida.

Un comienzo demasiado largo, y luego la voz suave del cantante empezó a retumbar en los altavoces.

La muchacha se pone flores en el pelo

cuando va caminando por el prado.

Va a cumplir diecinueve este año

y sonríe al caminar.

Eli entró en el cuarto de estar. Se había atado una toalla alrededor de la cintura, en la mano llevaba la bolsa de plástico con su ropa. Ahora tenía la cara limpia y el pelo le caía a mechas sobre las mejillas, las orejas. Oskar cruzó los brazos según estaba junto al tocadiscos, le hizo un gesto de aprobación.

Por qué te ríes, pregunta el chico

cuando se encuentran sin pensar junto a la verja.

Estoy pensando en el que será mío,

contesta la chica con los ojos muy azules,

al que yo amo tanto…

—¿Oskar?

—¿Sí? —Oskar bajó el volumen, hizo un gesto con la cabeza señalando al tocadiscos—. ¿Ridículo, no?

Eli negó con la cabeza.

—No, es muy buena. A mí me gusta esto.

—¿A ti?

—Sí. Pero escucha… —Parecía como si Eli pensara añadir algo más, pero sólo dijo—: Ah —y deshizo el nudo de la toalla que llevaba atada alrededor de la cintura. La toalla cayó al suelo a sus pies y apareció desnuda a unos pasos de Oskar. Eli hizo un movimiento envolvente con la mano sobre su cuerpo menudo y dijo:

—Bueno, ya sabes.

… abajo, junto al lago, dibujan en la arena.

Callados, se dicen el uno al otro:

eres mi amigo, es a ti a quien quiero.

La-lala-lalala…

Un corto pasaje instrumental y después la canción había terminado. Un débil chisporroteo de los altavoces mientras la aguja giraba hasta el siguiente tema mientras Oskar miraba a Eli.

Los pequeños pezones parecían casi negros en contraste con su piel pálida. La parte superior del cuerpo era delgada, recta y sin curvas. Sólo la forma de las costillas se dibujaba claramente a la luz de la lámpara del techo. Sus brazos y sus piernas, tan delgados que no parecían naturales según salían del tronco; un árbol joven, recubierto con piel humana. Entre las piernas tenía… nada. Ninguna hendidura, ningún pene. Sólo una superficie de piel lisa.

Oskar le pasó la mano por el pelo, lo colocó ahuecado sobre la nuca. No quería pronunciar aquella palabra ridícula de su madre, pero se le escapó.

—Pero si no tienes… pito.

Eli inclinó la nuca, se miró la entrepierna como si aquél fuera un descubrimiento totalmente nuevo. La canción siguiente empezó y Oskar no oyó lo que Eli le contestaba. Apretó la palanca que accionaba el pick-up y la aguja se levantó del disco.

—¿Qué has dicho?

—He dicho que lo he tenido.

—¿Qué ha pasado entonces con él?

Eli se echó a reír y Oskar, que se dio cuenta de cómo sonaba la pregunta, se sonrojó un poco. Eli extendió los brazos y puso el labio inferior sobre el superior.

—Me lo dejé en el metro.

—¡Bah! Qué tonta eres.

Sin mirar a Eli, Oskar pasó a su lado, hacia el cuarto de baño, para comprobar que no había quedado ninguna huella.

El vapor caliente planeaba todavía en el aire, el espejo estaba empañado. La bañera, tan blanca como antes, sólo una débil línea amarillenta de vieja suciedad que no salía nunca destacaba cerca del borde. El lavabo, limpio.

No ha ocurrido.

Eli ha entrado en el baño para guardar las apariencias, cediendo a la ilusión. Pero no: el jabón. Lo levantó: tenía líneas de color rosa y en el pequeño hueco del lavabo debajo de él, en el agua, había una masa de algo que parecía como un renacuajo, sí: vivo, y él se estremeció cuando empezó

a nadar

a moverse, a mover la cola y a arrastrarse hacia el hueco, cayó en el lavabo, se quedó trabado en el borde. Pero allí se quedó quieto, sin moverse. Oskar abrió el grifo y echó agua para que saliera por el desagüe, enjuagó el jabón y limpió el hueco. Después cogió su bata del colgador, volvió al cuarto de estar y se la dio a Eli, que todavía estaba desnuda en mitad del suelo, mirando a su alrededor.

—Gracias. ¿Cuándo vuelve tu madre?

—En un par de horas —Oskar alzó en su mano la bolsa con la ropa de ella—. ¿Lo tiro?

Eli se puso la bata, se anudó el cinturón.

—No. Luego me lo llevo —y dándole un toque a Oskar en el hombro—: ¿Tú? Sabes que no soy una chica, que no…

Oskar dio un paso hacia atrás.

—¡Por Dios, qué pesada! Ya lo de sobra. Ya me lo has dicho.

—Eso no es verdad.

—Claro que lo has dicho.

—A ver, ¿cuándo?

Oskar se quedó pensando.

—No me acuerdo, pero lo sabía de todas las formas. Lo he sabido desde hace mucho tiempo.

—¿Estás… triste?

—¿Por qué iba a estarlo?

—Porque… no sé. Porque te parezca que es… un rollo. Tus amigos…

—¡Déjalo! Déjalo. Tú estás mal de la cabeza. Déjalo.

—Vale.

Eli se puso a jugar con el cinturón de la bata, luego fue hacia el tocadiscos y se quedó observando cómo giraba el disco. Se volvió y se puso a mirar a su alrededor.

—¿Sabes? Hace mucho tiempo que no estaba… así en casa de alguien. No sé muy bien… lo que hay que hacer.

—Yo tampoco.

Eli dejó caer los hombros, se metió las manos en los bolsillos de la bata, mirando hipnotizada el agujero oscuro del LP. Abrió la boca para decir algo y la cerró de nuevo. Sacó la mano derecha del bolsillo, la acercó hasta el disco y lo apretó con el dedo índice de manera que éste se detuvo.

—Cuidado. Se puede… rayar.

—Perdón.

Eli quitó rápidamente el dedo y el disco cogió velocidad, siguió dando vueltas. Oskar vio que el dedo había dejado una mancha de humedad que se vería cada vez que el disco diera vueltas bajo la luz de la lámpara del techo. Eli volvió a meter la mano en el bolsillo de la bata, miró el disco como si intentara escuchar la música estudiando los surcos.

—Esto, claro, suena a… pero… —a Eli le temblaban las comisuras de los labios—, yo no he tenido ningún… amigo normal desde hace doscientos años.

Miró a Oskar con una sonrisa en la que se leía: perdona-que-diga-cosas-tan-tontas. Oskar abrió los ojos.

—¿Eres tan viejo?

—Sí. No. Nací hace aproximadamente doscientos años, pero la mitad del tiempo he estado dormido.

—Eso me pasa a mí también. O por lo menos… ocho horas… que sale… una tercera parte.

—Sí. Aunque… cuando yo digo dormir me refiero a que pasan varios meses en los que no… me levanto en absoluto. Y luego otros meses en los que… vivo. Aunque entonces descanso durante el día.

—¿Es así como funciona eso?

—No sé. Eso es en todo caso lo que me pasa a mí. Y después cuando me despierto soy… pequeño de nuevo. Y débil. Es entonces cuando necesito ayuda. Quizá sea por eso por lo que he sobrevivido. Porque soy pequeño. Y la gente quiere ayudarme. Aunque… por motivos bien distintos.

Una sombra se posó sobre la mejilla de Eli cuando apretó las mandíbulas; hundiendo las manos en los bolsillos de la bata encontró algo, lo sacó: una tira estrecha de papel brillante. Algo que su madre se había dejado; solía usar la bata de Oskar a veces. Eli volvió a dejar con cuidado en el bolsillo la tira de papel como si fuera algo valioso.

—¿Duermes en un ataúd entonces?

Eli se echó a reír, negando con la cabeza.

—No. No. Yo…

Oskar no pudo quedarse con ello dentro más tiempo. No era esa su intención, pero le salió como una acusación cuando dijo:

—¡Pero tú matas a la gente!

Eli le miró a los ojos con una expresión que parecía de asombro, como si Oskar le hubiera señalado con ímpetu que tenía cinco dedos en cada mano o algo igual de evidente.

—Sí, mato a gente. Es una lástima.

—Entonces, ¿por qué lo haces?

Un destello de furia en los ojos de Eli.

—Si se te ocurre alguna idea mejor la escucharé encantado.

—Sí, bueno… sangre… tiene que haber… alguna manera… de que tú…

—No la hay.

—¿Por qué no?

Eli resopló, sus ojos se estrecharon.

—Porque yo soy como tú.

—¿Cómo que como yo? Yo…

Eli hizo un movimiento envolvente en el aire como si llevara un cuchillo en la mano y dijo:

—«¿Qué estás mirando, idiota? ¿Quieres morir o qué?». —Golpeó con la mano vacía—. «Eso es lo que pasa si alguien se queda mirándome».

Oskar se frotó los labios uno contra otro, se los humedeció.

—¿Qué dices?

—No soy yo el que lo digo. Lo dijiste tú. Fue lo primero que te oí decir. Abajo, en el parque.

Oskar lo recordaba. El árbol. El cuchillo. Cómo luego, inclinando la hoja del cuchillo como si fuera un espejo, vio a Eli por primera vez.

¿Te reflejas en los espejos? La primera vez que te vi estabas reflejada en un espejo.

—Yo… no mato a la gente.

—No. Pero te gustaría. Si pudieras. Y lo harías realmente si lo tuvieras que hacer.

—Porque los odio. Hay una gran…

—Diferencia. ¿Es eso?

—¿Sí…?

—Si con eso te libraras. Si sólo fuera que ocurrió. Si pudieras desear que estuvieran muertos y ellos murieran. ¿No lo harías entonces?

—… Sí.

—Sí. Y eso sólo sería para divertirte. Por venganza. Yo lo hago porque tengo que hacerlo. No hay ninguna otra forma.

—Pero es porque ellos… ellos me maltratan, porque me provocan, porque yo…

—Porque tú quieres vivir. Exactamente igual que yo.

Eli extendió los brazos, los puso sobre las mejillas de Oskar y acercó su cara a la de él.

—Sé un poco como yo.

Y le besó.

Los dedos del hombre estaban cerrados alrededor de los dados y Oskar vio que llevaba las uñas pintadas de negro.

El silencio se extiende por la sala como una bruma asfixiante. La estrecha mano se vuelca… lentamente… y los dados caen de ella, encima de la mesa… Chocan entre ellos, dan vueltas, se paran.

Un dos. Y un cuatro.

Oskar se siente aliviado, no sabe por qué, cuando el hombre camina a lo largo de la mesa, se coloca ante la fila de chicos como un general ante su ejército. La voz del hombre es inexpresiva, ni oscura ni clara, cuando estira un alargado dedo índice y empieza a contar a lo largo de la fila.

—Uno… dos… tres… cuatro…

Oskar mira hacia la izquierda, hacia el sitio en donde el hombre empieza a contar. Los chicos están relajados, liberados. Un sollozo. El muchacho que está al lado de Oskar se encorva, le tiembla el labio inferior. Ah. Es el… número seis. Oskar comprende ahora su alivio.

—Cinco… seis… y… siete.

El dedo señala directamente a Oskar. El hombre le mira a los ojos. Y sonríe.

—¡No!

Pero si era… Oskar retira su mirada de la del hombre, mira los dados.

Ahora muestran un tres y un cuatro. El chico que está al lado de Oskar mira a su alrededor, medio dormido como si acabara de despertar de una pesadilla. Durante un segundo sus miradas se cruzan. Vacías. Sin comprender.

Luego un grito de la pared del fondo.

… mamá…

La mujer del chal marrón corre hacia él, pero dos hombres le salen al paso, la cogen por los brazos y… la tiran contra la pared de piedra. Los brazos de Oskar se estremecen como si quisieran cogerla cuando ella cae y sus labios forman la palabra:

—¡mamá!

Entonces unas manos duras como puños lo cogen por los hombros y lo sacan de la fila, hacia una puerta. El hombre de la peluca aún sigue con el dedo levantado, siguiéndolo con él mientras Oskar es empujado fuera de la sala y conducido a una habitación oscura que huele

… a alcohol…

… después se le nubla la vista, imágenes borrosas; luz, oscuridad, piedra, piel desnuda…

Hasta que la imagen se estabiliza y Oskar siente una presión fuerte en el pecho. No puede mover los brazos. Nota como si le fuera a estallar la oreja derecha, está apretada contra una… tabla de madera.

Tiene algo en la boca. Un trozo de cuerda. Chupa la cuerda, abre los ojos.

Está boca abajo encima de una mesa. Con los brazos atados a las patas de la mesa. Está desnudo. Ante sus ojos dos figuras: el hombre de la peluca y otro más. Un hombre gordo y pequeño que parece… divertido. No. Parece como alguien que cree que es divertido. Cuenta siempre historias de las que nadie se ríe. El hombre divertido lleva un cuchillo en una mano y un cuenco en la otra.

Algo no encaja.

La presión contra el pecho, contra la oreja. Contra las rodillas. Debería sentir también presión contra el pito. Pero es como si hubiera… un agujero en la mesa justamente allí. Oskar intenta darse la vuelta para comprobarlo, pero el cuerpo está muy bien atado.

El hombre de la peluca le dice algo al hombre divertido y el hombre divertido se ríe y asiente. Después, los dos se agachan. El hombre de la peluca le clava la mirada a Oskar. Sus ojos son de color azul claro, como el cielo en un día luminoso de otoño. Parece amablemente interesado. El hombre mira en los ojos de Oskar como si buscara algo bueno allí dentro, algo que él ama.

El hombre divertido se arrastra debajo de la mesa con el cuchillo y el cuenco en las manos. Y Oskar comprende.

Sabe también que sólo con que fuera capaz… de sacarse ese trozo de cuerda de la boca no tendría que estar allí. Entonces desaparecería.

Oskar intentó echar la cabeza hacia atrás, dejar el beso. Pero Eli, que esperaba aquella reacción, colocó una de sus manos alrededor de la cabeza del niño, apretando sus labios contra los de él, obligándole a permanecer en la memoria de Eli; continuó.

El trozo de cuerda se aprieta en su boca, se oye un sonido húmedo cuando Oskar se tira un pedo de miedo. El hombre de la peluca arruga la nariz y lo prueba con la boca, maldiciendo. Sus ojos no cambian. Todavía la misma expresión que la de un niño a punto de abrir una caja que sabe que contiene un cachorro de perro.

Unos dedos fríos agarran el pito de Oskar, tiran de él. Abre la boca para gritar: «¡Nooo!», pero la cuerda le deja incapacitado para pronunciar la palabra y todo lo que sale es: «¡Ohhh!».

El hombre que está debajo de la mesa pregunta algo y el de la peluca asiente, sin apartar la mirada de Oskar. Luego el dolor. Una barra al rojo vivo introducida por la entrepierna sube por el estómago, el pecho ardiendo como un tubo de fuego que atraviesa todo su cuerpo y grita, grita mientras los ojos se le llenan de lágrimas y su cuerpo arde.

El corazón late contra la mesa como un puño contra una puerta y él aprieta los ojos con fuerza, muerde la cuerda mientras a lo lejos oye el discurrir del agua, el chapoteo, ve… a su madre de rodillas al lado del riachuelo aclarando la ropa. Mamá. Mamá. Ella pierde algo, una prenda, y Oskar se levanta, ha estado tumbado boca abajo y tiene el cuerpo ardiendo, se levanta y corre hacia el río, hacia la prenda que desaparece rápidamente; se tira al agua para refrescar el cuerpo, para salvar la prenda y la coge. La camisa de su hermana. La levanta hacia la luz, hacia su madre cuya silueta se dibuja en la orilla y caen gotas de la prenda, brillan al sol, salpican en el riachuelo, en sus ojos y él deja de ver claro porque le cae agua en los ojos, en las mejillas y cuando… abre los ojos y ve borrosamente el pelo rubio, los ojos azules como lagunas lejanas en el bosque. Ve el cuenco que el hombre lleva en las manos, cómo se lleva el cuenco a la boca y cómo bebe. Cómo el hombre cierra los ojos, por fin cierra los ojos y bebe…

Más tiempo… Tiempo interminable. Cerrado. El hombre muerde. Y bebe. Muerde. Y bebe.

Después la estaca candente alcanza su cabeza y todo se vuelve de color rojo claro cuando él, de un tirón, echa la cabeza hacia atrás y cae…

Eli cogió a Oskar cuando éste cayó hacia atrás. Lo sujetó en sus brazos. Oskar se agarró a lo que pudo, al cuerpo que tenía ante sí, y lo abrazó con fuerza, mirando sin ver la habitación a su alrededor.

Así, tranquilo.

Después de un rato empezó a aparecer el dibujo ante los ojos de Oskar. Un papel pintado. Beige con rosas blancas, casi invisibles. Lo reconoció. Era el papel pintado que había en su cuarto de estar. Estaba en el cuarto de estar, en el piso de su madre y suyo.

El que estaba en sus brazos era… Eli.

Un chico. Mi amigo. Sí.

Oskar se sentía mal, mareado. Se liberó del abrazo y se sentó en el sofá, miró a su alrededor para asegurarse de que había vuelto, de que no estaba… allí. Tragó, sintió que podía evocar cada detalle del sitio que acababa de visitar. Era como una memoria real. Algo que le había pasado a él, recientemente. El hombre divertido, el cuenco, el dolor…

Eli estaba de rodillas en el suelo delante de él, con las manos apretadas contra la tripa.

—Perdón.

Como si…

—¿Qué pasó con mamá?

Eli lo miró inseguro, preguntó:

—¿Te refieres a… mi mamá?

—No… —Oskar se calló, vio ante sí la imagen de mamá a la orilla del riachuelo aclarando la ropa. Aunque no era su madre. No se parecía nada. Se frotó los ojos, dijo:

—Sí. Eso es. Tu mamá.

—No sé.

—No serían ellos los que…

—¡No sé!

Eli apretó tanto los puños contra la tripa que los nudillos se le pusieron blancos y encogió los hombros. Luego se relajó, dijo con más suavidad:

—No lo sé. Perdóname. Perdón por esto… por todo. Quería que tú… no sé. Perdóname. Ha sido una… tontería.

Eli era el retrato de su madre. Más delgado, con menos formas, más joven, pero… un retrato. Dentro de veinte años, Eli probablemente tuviera el mismo aspecto que la mujer del riachuelo.

Dando por descontado que no va a ser así. Tendría exactamente el mismo aspecto que ahora.

Oskar suspiró agotado, se echó hacia atrás en el sofá. Demasiado. Un ligero dolor de cabeza se abría paso sobre sus sienes, lo agarró, golpeó. Demasiado. Eli se levantó.

—Me voy a ir.

Oskar, apoyando la mano en la cabeza, asintió. No tenía fuerzas para protestar, ni para pensar lo que debía hacer. Eli se quitó la bata y Oskar vislumbró una vez más su entrepierna. Entonces vio que en la piel pálida se dibujaba una tenue mancha de color rosa, una cicatriz.

¿Cómo hace cuando… mea? Él a lo mejor no…

No tuvo fuerzas para preguntar. Eli se puso en cuclillas junto a la bolsa de plástico, deshizo el nudo y empezó a sacar su ropa. Oskar dijo:

—Te puedes… poner algo mío.

—No, esto está bien.

Eli sacó la camisa de cuadros. Con manchas oscuras sobre el azul claro. Oskar se levantó. El dolor de cabeza se arremolinó contra las sienes.

—No digas tonterías. Puedes…

—Esto vale.

Eli empezó a ponerse la camisa manchada de sangre y Oskar dijo:

—Eres asqueroso, ¿es que no lo entiendes? Eres asqueroso.

Eli se dio la vuelta con la camisa en las manos.

—¿Es eso lo que piensas?

—Sí.

Eli volvió a guardar la camisa en la bolsa.

—¿Qué me pongo entonces?

—Coge algo del armario, lo que quieras.

Eli asintió, entró en la habitación de Oskar donde estaban los armarios; mientras, éste se deslizó de lado en el sofá y apretó las manos contra las sienes como tratando de evitar que le estallaran.

Mamá, la mamá de Eli, mi mamá, Eli, yo. Doscientos años. El papá de Eli. ¿El papá de Eli? Ese viejo que… el viejo.

Eli volvió a entrar en el cuarto de estar. Oskar estaba a punto de decir lo que había pensado decir, pero se contuvo cuando vio que Eli llevaba puesto un vestido. Un vestido de verano de color amarillo pálido con lunares blancos. Uno de los vestidos de su madre. Eli pasó la mano por el vestido.

—¿Está bien? He cogido el que parecía más viejo.

—Pero si es…

—Lo voy a devolver, luego.

—Sí. Sí, sí.

Eli se le acercó, se acurrucó delante de él, le cogió la mano.

—¿Oye? Siento que… no sé lo que voy…

Oskar agitó la otra mano para hacerle callar, dijo:

—Tú sabes que ese viejo… que se ha escapado, ¿verdad?

—¿Qué viejo?

—El viejo que… el que dijiste que era tu papá. El que vivía contigo.

—¿Qué pasa con él?

Oskar cerró los ojos. Unos rayos azules resplandecieron dentro de sus párpados. La cadena de acontecimientos reconstruida a partir de los periódicos pasó chirriando ante él y se puso furioso, apartó su mano de las de Eli y cerró el puño, y se golpeó con él su dolorida cabeza mientras decía con los ojos aún cerrados:

—Déjalo, déjalo ya. Lo sé todo, ¿vale? Deja de fingir. Deja de mentir, estoy harto de eso.

Eli no dijo nada. Oskar apretó los ojos, tomando aire.

—El viejo ha huido. Lo han estado buscando todo el día y no lo han encontrado. Así que ya lo sabes.

Una pausa. Luego la voz de Eli por encima de la cabeza de Oskar.

—¿Dónde?

—Aquí. En Judarn. En el bosque. En Åkeshov.

Oskar abrió los ojos. Eli se había levantado, estaba con la mano sobre la boca y unos ojos grandes y asustados por encima de la mano. El vestido era demasiado grande, colgaba como un saco sobre sus hombros estrechos y parecía un niño que se hubiera puesto sin permiso la ropa de su madre y ahora estuviera esperando algún duro castigo.

—Oskar —dijo Eli—. No salgas fuera. Mientras sea de noche. Prométemelo.

El vestido. Las palabras. Oskar sonrió, no pudo evitar decirlo.

—Suenas como mi mamá.

La ardilla está ocupada abajo, en el tronco del roble, se para, escucha. Una sirena, a lo lejos.

Por la calle Bergslagsvägen pasa una ambulancia con la luz azul encendida y la sirena puesta.

Dentro de la ambulancia hay tres personas. Lacke Sörenssson va sentado en un asiento abatible y sostiene una mano exangüe, llena de rasguños, que pertenece a Virginia Lindblad. El enfermero ajusta el tubo que introduce suero en el cuerpo de Virginia para darle a su corazón algo que bombear, después de haber perdido tanta sangre.

La ardilla juzga el ruido poco peligroso, irrelevante. Continúa bajo el tronco. Todo el día ha habido gente en el bosque, perros. Ni un momento de tranquilidad, y hasta ahora, cuando se ha hecho de noche, no se ha atrevido a bajar del roble en el que se ha visto obligada a permanecer todo el día.

Ahora los ladridos de los perros y las voces se han callado, han desaparecido. También el pájaro alborotador que ha estado revoloteando por las copas de los árboles parece que ha volado a su nido.

La ardilla llega hasta el pie del árbol, corre a lo largo de una gruesa raíz. No le gusta moverse por el suelo cuando es de noche, pero el hambre manda. Avanza con cautela, se para y escucha, mira cada diez metros. Da un rodeo para evitar una tejonera donde hasta el verano pasado vivía una familia de tejones. Hace mucho que no los ve, pero todas las precauciones son pocas.

Finalmente alcanza su objetivo: el más cercano de los muchos almacenes de invierno que ha preparado durante el otoño. La temperatura, ya por la tarde, ha descendido bajo cero, y en la nieve que se ha fundido durante el día ha comenzado a formarse una costra delgada y dura. La ardilla raspa la costra con sus patas, la atraviesa y se mueve hacia abajo. Se para, escucha y sigue cavando. A través de la nieve, las hojas, la tierra.

Justo cuando ha cogido una nuez entre las patas oye un ruido.

Peligro.

Coge la nuez entre los dientes y se sube corriendo a un pino sin tiempo para tapar el almacén. Ya fuera de peligro, arriba, en una rama, vuelve a coger la nuez entre las patas, intenta localizar de dónde viene el ruido. El hambre es mucha y la comida sólo a unos centímetros de su boca, pero primero hay que localizar el peligro, esquivarlo antes de que haya tiempo para comer.

La cabeza de la ardilla se mueve de un lado a otro, el hocico le tiembla cuando mira furtivamente el paisaje cubierto de sombras a la luz de la luna que tiene bajo sus pies y localiza el origen del ruido.

Sí. El rodeo ha merecido la pena. Esos crujidos y sonidos húmedos proceden de la tejonera.

Los tejones no pueden trepar a los árboles. La ardilla baja un poco la guardia, da un bocado a la nuez mientras sigue estudiando el terreno, ahora más como espectadora en una representación teatral, tercer palco. Quiere ver lo que pasa, cuántos tejones hay.

Pero lo que sale de la madriguera no es un tejón. La ardilla se retira la nuez de la boca, observa. Intenta comprender. Interpretar lo que ve según lo conocido. No lo consigue.

Por eso se lleva la nuez a la boca de nuevo y echa a correr árbol arriba, hasta la copa.

Quizá uno de ésos pueda trepar por los árboles.

Todo cuidado es poco.