18 de febrero.
23:03 h.
El viento transportaba el sonido de algunos disparos esporádicos. En la radio del puerto hemos recibido una llamada de ayuda de una familia en las afueras de Victoria, Texas, a 80 kilómetros de nuestra posición actual. La señal era débil, y aunque hemos intentado responder, no nos han recibido y han seguido transmitiendo su llamada de ayuda una y otra vez como si nosotros no estuviésemos. Lo he meditado durante un rato, pero he decidido que no vale la pena recorrer 80 kilómetros a través de territorio hostil para encontrar un grupo de gente que puede estar muerta cuando lleguemos. Es triste. Antes era más compasivo, más caballeroso. Supongo que después de ser testigo de tantas cosas malas que les han sucedido a gente buena, ya no te quedan muchas ganas de serlo tú. Están atrapados en el ático, y las criaturas rondan a su alrededor. Y ya sabemos quién aguantará durante más tiempo.
Espero que tuviesen tiempo de llevarse todos los víveres básicos al ático cuando el mundo se fue a la mierda. Hay algo que me reconcome, como si un eco de mi antiguo yo me ordenase hacer algo. Tal vez me quede algo de conciencia… aunque lo dudo.
Ya puedo caminar, aunque aún no me atrevo a correr. John y yo hemos aflojado la cadena que mantenía la plataforma flotante unida con tierra firme. Hemos encontrado un poco de cuerda en el cuarto de mantenimiento de las oficinas del puerto, y la hemos usado como parte de un mecanismo para mover el puente. John y yo la hemos estado ideando hoy. Cuando estamos aquí, lo único que tenemos que hacer es tirar de la cuerda y la plataforma flotante se aparta de la costa, por lo que esos cabronazos lo tendrán complicado para llegar hasta nosotros. Espero que no sepan nadar.
19 de febrero.
15:25 h.
Hemos mejorado mucho en la seguridad del área. En el puerto deportivo hay varios botes pequeños. Hemos arrastrado hacia nuestra localización los que nos han parecido más útiles. Quiero comprobarlos todos al mismo tiempo, para evitar tener que poner en marcha los motores en diferentes momentos y hacer demasiado ruido. Esta mañana he visto un grupo de ocho muertos que vagaban por la calle, a unos cincuenta metros del borde del agua. Lo único que me ha preocupado es que me ha parecido que se movían a más velocidad que las criaturas con las que nos hemos encontrado hasta ahora. No es que corran, ni tan sólo que avancen al trote… pero es que tampoco andan. Se me ha encogido el corazón al comprobar lo rápido que iban.
He cruzado la pasarela del transbordador que hay junto a las oficinas del puerto. Es de tamaño medio, y con capacidad para hasta veinte vehículos. Supongo que lo usaban para cruzar el canal hasta tierra firme.
He subido a la cubierta superior y he comprobado el puente de mando. He encontrado unos prismáticos, me dejé los míos en la torre, y los he usado para seguir observando la manada de muertos. Después he recorrido con la mirada toda la playa, y he comprobado las ventanas de los hoteles. No hay señales de vida. He contado hasta cinco habitaciones en el quinto y el sexto piso del hotel más cercano, el hotel LaBlanc, que seguían ocupadas. Eran clientes muertos, putrefactos, que nunca harían el check-out.
Estos prismáticos son especiales para el servicio marítimo. Son grandes, pesados, con mucha capacidad de aumento. No es muy cómodo llevarlos encima, pero son geniales para examinar la zona. Tres monstruos se han quedado quietos ante una ventana y han mirado hacia fuera. Había uno que parecía mirarme fijamente a mí. Los otros dos han seguido dando vueltas dentro de la habitación. Me pregunto cómo debieron de morir.
Tengo la pierna mucho mejor, y creo que ya podré correr, si es necesario, en un par de días. No nos queda comida, por lo que asaltaremos la máquina de golosinas hasta que pueda correr; entonces iremos a registrar la ciudad. Sólo pude salvar 500 balas para el CAR-15. A John le quedan unas mil para semiautomática del.22.
22:23 h.
Hace una media hora he oído un ruido. He encendido las gafas de visión nocturna y me las he puesto, esperando volver a ver un mapache. Pero no… Hay cuatro criaturas en el borde del agua, que miraban hacia nosotros. No emiten ningún ruido, tan sólo están de pie, y balancean los brazos inquietantemente ante la orilla. Nosotros mantenemos todo el silencio que nos es posible. Yo ahorro la energía de las pilas y apago las gafas, pero cada chapoteo de agua que oigo cuando las olas rompen contra el pontón, se me antoja como uno de ellos que nada hacia nosotros.
20 de febrero.
18:54 h.
Me he pasado la noche despierto. La niebla que se levantó del agua después de la medianoche me hizo imposible poder ver lo que pasaba en la orilla. Cuando esta mañana se ha alzado el sol y ha deshecho la niebla, los he buscado. A lo lejos he oído algunos ruidos: parecía como si alguien hubiese tropezado con latas. La pierna ya casi no me duele. Hoy nos hemos alimentado con barritas de caramelo revenidas y refrescos. Me ha hecho pensar… que seguramente ya nunca más los fabricarán. Es deprimente. Necesito encontrar un reloj nuevo, porque no le he cambiado la pila al que llevo desde hace dos años. Supongo que lo incluiré en mi «lista de saqueo». Claro que robar para sobrevivir no es saquear, aunque la diferencia sea muy leve. No planeamos saquear una joyería, pero no voy a dejar de apropiarme de nada que pueda salvarme la vida.
Por cierto, para alegrar un poco el asunto, John y yo hemos encontrado una emisora de radio que todavía emite música. Es una lástima que esté automatizada y que emita en un bucle que se repite cada doce horas, pero es bueno para la moral. Estoy contento de que todavía funcione. Hasta podemos imaginar que es en directo. Ayuda… un poco.
21 de febrero.
08:00 h.
Necesitamos provisiones con urgencia. Tenemos agua de sobra en el puerto gracias al depósito de agua potable, pero nos estamos alimentando a base de cafeína y azúcar. Nos sería muy útil contar con un mapa detallado de la zona, aunque lograr encontrarlo puede resultar fatal. Esta mañana, a primera hora, cuando empezaba a brillar el sol entre la niebla, he oído como una gran cantidad de seres caminaban por la calle que hay ante el transbordador. Se desplazaban juntos por alguna razón. Parecía que el mismo ruido que ellos provocaban los atraía. No he podido ver a todo el grupo, pero he calculado que debían de ser unos centenares.
John y yo hemos escogido el mejor bote de entre los que acercamos a nuestra zona hace unos días. He comprobado el tanque de combustible y he visto que estaba en tres cuartos. He ido a comprobar si la bomba de combustible que hay en el puerto todavía funcionaba. He entrado en las oficinas, para localizar los interruptores de funcionamiento. El interruptor de la bomba 2 estaba encendido.
Me he acercado a la bomba para usar la 2 para repostar el bote. Nada; aunque la bomba funciona, no salía combustible. Debieron de secarlo cuando el mundo se fue a la mierda. He vuelto al interior de la oficina para poner en línea la bomba número 1. He presionado la boquilla de la manguera, que ha bombeado unos cuantos segundos antes de que no saliese nada de combustible… Ha surgido un arco iris de gasolina que ha caído sobre la superficie del agua. En otra época, eso me habría costado una buena multa. Con unos cuantos bombeos, he acabado de llenar el depósito. He encontrado un par de bidones de plástico en el puerto, los he llenado y los he atado al interior de la lancha.
John ha vuelto al interior, ha cogido mi fusil y ha apuntado hacia la orilla mientras yo trabajaba. Seguimos sin tener ni idea de si los muertos serán capaces de cruzar el agua. Ayer, cuando escuchábamos las últimas emisiones radiofónicas de música de la humanidad, encontramos una caja de metal con llaves al lado de la oficina de administración. Todos los barcos tienen un número de registro pegado en el lateral del casco con cinta adhesiva reflectante, así que no nos ha costado mucho encontrar la llave. He encontrado la que pone «Shamrock 220», y he salido para intentar ponerlo en marcha.
El extremo final de la lancha se había deslizado, y ahora estaba frente la puerta de la oficina cuando yo he salido. El nombre del bote estaba pintado en la parte trasera en forma de semicírculo. Se llamaba Bahama Mama. He saltado a popa, me he dirigido al timón y he colocado la llave. John seguía sentado en el muelle, con sus entrenados ojos centrados en las hileras de hoteles y en la calle. He colocado la palanca de marchas en posición de encendido y he girado la llave. Al segundo intento se ha puesto en marcha sin ningún problema; lo he dejado ronronear durante cinco minutos.
Me he sentado y le he dedicado una sonrisa a John, celebrando la suerte que hemos tenido. He vuelto a girar la llave a la posición de apagado, y cuando el motor se ha callado hemos descubierto el ruido que había estado cubriendo. Unos estremecedores gemidos, como los gritos en un estadio de fútbol, resonaban en todos los edificios de la playa. Desde el interior del puerto oíamos la respuesta de Annabelle. Estaba totalmente histérica a causa de aquel ruido incesante, y a mí se me erizaron todos los pelillos de la nuca. Ahora que sabemos que el motor funciona, ha llegado el momento de trazar un plan para reunir víveres. Saldremos por la mañana.
22 de febrero.
04:40 h.
A medida que pasó el día de ayer, la costa se convirtió en la zona de reunión de al menos cincuenta de aquellos seres, que suplicaban por nuestra carne. Hay algo en ellos que no cuadra. Ahora la cantidad se ha visto reducida a apenas veinte. Bahama Mama & Co. Parte en busca de víveres.