Esa noche, después de apagar las luces, Raquel me susurró:
—En realidad, las cosas no han cambiado tanto.
Sabía por qué lo decía. Hacía tan solo una semana ella y yo éramos compañeras de cuarto en la Academia Medianoche. Ahora todo en nuestras vidas había cambiado pero seguíamos durmiendo en camas contiguas, si es que se les podía llamar camas.
Nos habían dado un cuarto que nada tenía que ver con lo que había visto hasta entonces. Por lo visto, cuando los ingenieros abandonaron este túnel también se dejaron algunos vagones viejos. El comando de la Cruz Negra los había reacondicionado para convertirlos en cabinas. Nuestras camas descansaban sobre viejos asientos y había barras de acero que iban del techo al suelo, como si estuviéramos en un centro de formación de strippers. Raquel y yo disponíamos de un tercio del vagón, con un tabique metálico para proporcionarnos privacidad a un lado y la pared posterior del vagón al otro.
—Echo de menos tus collages —dije. Las ventanillas del vagón habían sido blanqueadas pero eran sosas y frías—. Y mi telescopio. Y nuestros libros y nuestra ropa…
—Son solo cosas. —Raquel se apoyó sobre un codo. Tenía el pelo apuntando en todas direcciones, y si me hubiera sentido algo más animada probablemente me habría metido con ella—. Lo que importa es que por fin estamos haciendo algo importante. Los vampiros nos han jodido la vida, y los fantasmas… de esos no quiero ni hablar. Ahora podemos devolverles la pelota. El sacrificio merece la pena.
Sabía que no me atrevía a confiarle la verdad, pero quería que entendiera un poco lo que estaba sintiendo. Con un hilo de voz, dije:
—Mis padres cuidaron bien de mí.
Raquel no respondió. La había pillado desprevenida, y era evidente que no sabía qué pensar.
—Y Balthazar era amable conmigo. Con las dos. —Pensé que mis palabras podrían ayudar a convencerla.
En lugar de eso se incorporó bruscamente, impulsada por una rabia tan repentina que me dejó atónita.
—Escúchame bien, Bianca. No pretendo llegar a comprender por lo que has pasado. Creía que yo lo había tenido difícil, pero descubrir que las personas que pensabas que eran tus padres son en realidad vampiros… eso es mucho peor.
Tenía que dejar que siguiera creyendo eso, así que guardé silencio.
Siguió hablando.
—Te lavaron el cerebro, ¿vale? Los vas a estar disculpando mucho tiempo, pero lo cierto es que te jodieron la vida y que Balthazar les siguió el juego junto con todos los demás. Acéptalo de una vez. Espabila. Ya no somos unas crías. Descubrimos que hay una guerra y nuestro lugar está aquí, con los soldados.
Raquel hablaba con tal firmeza, con tal seguridad, que solo fui capaz de asentir en silencio.
—Bien —dijo. Cuando se acurrucó bajo la manta supuse que daba por zanjada la conversación. En cualquier caso, tampoco podía compartir con ella mucho más. Entonces, con voz muy queda añadió—: Un día de estos haré un collage para nosotras.
Sonreí y abracé la almohada.
—Algo bonito. A este lugar no le iría mal algo bonito.
—Yo estaba pensando en algo aterrador y perverso —replicó—. Ya veremos.
Durante las siguientes dos semanas, cada nuevo día parecía transcurrir de forma idéntica al anterior.
Por la mañana encendían las luces a una hora absurdamente temprana. Ignoraba qué hora era exactamente porque no teníamos reloj ni móvil, pero sabía, por las protestas de mi cuerpo, que era demasiado pronto para mí.
La gente se arreglaba superdeprisa. Apenas tenía tiempo de enjuagarme en la ducha. Eran duchas comunes —como en mi peor clase de gimnasia imaginable—, pero todo el mundo hacía sus cosas con tanta rapidez y eficiencia que casi no me daba tiempo de cohibirme. Inmediatamente después, nos poníamos nuestra ropa de deporte y nos dirigíamos a la zona de entrenamiento.
Y allí pasábamos nada menos que cuatro horas.
No todo el mundo, lógicamente, tenía que seguir el mismo programa. Los miembros de la Cruz Negra de Nueva York, cuyos nombres eran poco más que un soplido (ZackElenaReneeHawkinsAnjuliNathan), entrenaban por las mañanas y salían a patrullar cuando regresaban los del turno de noche. Tenían mapas de Nueva York con diferentes rutas marcadas. Siempre había alguien vigilando prácticamente cada barrio de la ciudad día y noche. Sabía que Lucas, Dana y el resto de nuestro grupo salían a veces con esas patrullas, pero Raquel y yo no. No, nosotras debíamos convertirnos en combatientes o morir en el intento.
A mí no me habría importado morir en el intento. Morir se me antojaba más fácil que intentar hacer una flexión de brazos, y no digamos las cinco que nos pedían.
—Vamos, Olivier. —Mi entrenadora de ese día, una pelirroja llamada Colleen, me tenía cogida por los pies mientras hacía abdominales—. Tienes que llegar a sesenta.
—¿Sesenta? —La cara me ardía y presentía que podía vomitar en cualquier momento. Iba por cuarenta—. No puedo.
—No podrás si no lo intentas. Sigue.
En efecto, al cabo de dos semanas ya podía hacer sesenta, aunque los diez últimos eran una verdadera tortura. Lamentablemente, todavía estaba lejos de marcar los seis cuadraditos que creía merecer.
Otras veces subíamos el muro de escalada, el cual era aterrador; vale, no era un precipicio, pero podías caer desde un metro y medio o dos, y seguro que eso dolía. O corríamos, no en círculos, porque no había circuito, sino por una larga pista construida sobre la vieja vía férrea. Esto se me daba mejor, porque me permitía concentrarme, dejar a un lado las preocupaciones y conectar con mi parte vampírica, con esa fuerza y ese poder sobrenaturales que se ocultaban en lo más hondo de mi ser. No corría demasiado deprisa porque no quería que se preguntaran cómo lo lograba, pero daba muestras de una gran resistencia, y eso normalmente bastaba para que mi entrenadora me dejara tranquila.
Ése lugar no era únicamente un centro de entrenamiento. Eso podría haberlo soportado. Las mañanas se destinaban al ejercicio y las tardes a otras cosas.
Por las tardes aprendíamos a matar vampiros.
—La estaca paraliza —explicó Eliza. Estaba en medio de una habitación que ellos llamaban la sala de sparring, pero que yo veía como la Zona Asesina. Raquel y yo estábamos sentadas cerca de la primera fila, con otras diez personas alrededor. Al parecer, los cazadores siempre estaban recibiendo esta clase de entrenamiento—. Eso lo sabéis todos. No obstante, son muchos los cazadores que han muerto porque creían que le habían clavado la estaca al vampiro cuando lo único que habían hecho era enfurecerlo. Dime, Bianca, ¿qué hicieron mal?
Me encogí con la esperanza de esquivar la pregunta. Mi táctica no funcionó. Eliza me miró fijamente y no me quedó más remedio que responder. Mi voz me sonó extraña.
—No… no traspasaron el corazón.
—Exacto. Si queréis llegar al corazón tenéis que conocer el ángulo correcto. Solo con que os desviéis un milímetro, el vampiro vivirá y vosotros estaréis muertos.
«Si acertaban, era el vampiro el que moría», pensé.
Yo ya no era la chica ingenua de dos años atrás, antes de que Lucas apareciera en mi vida. Ya no creía que todos los vampiros se abstenían de matar a humanos, como era el caso de mis padres y Balthazar. Después de conocer a Charity, y habiendo visto a la señora Bethany en acción, me vi obligada a aceptar que muchos vampiros eran mortíferos, incluso incontrolables. He aquí una de las razones de que hubiera decidido no cometer jamás ese primer asesinato y convertirme del todo en vampira.
Pero algunos vampiros no causaban ningún problema a los humanos. Muchos, de hecho. Lo único que deseaban era que los dejaran tranquilos.
Lucas lo sabía, y yo estaba convencida de que jamás lucharía con un vampiro con el que no hacía falta luchar. Las demás personas presentes en la sala creían que todos los vampiros eran malvados y estarían dispuestas a matarlos en el acto, sin preguntarles primero.
Eso no quería decir que los cazadores de la Cruz Negra no supieran nada sobre vampiros, porque sabían mucho, tanto que no dejaban de impresionarme. No solo estaban al corriente de la existencia de un santuario para vampiros en la Academia Medianoche, sino de otros tantos repartidos por todo el planeta. Sabían que éramos sensibles a las iglesias y demás lugares consagrados, fueran de la fe que fueran. Hasta conocían algunas cosas que muchos vampiros tachaban de leyenda, como que el agua bendita nos quemaba la piel. (La mayoría de los vampiros que eran rociados con agua bendita salían ilesos de la experiencia, pero únicamente porque la mayoría de los hombres santos no estaban comprometidos con su dios lo suficientemente para tener el poder de transformar el agua. La Cruz Negra había encontrado verdaderos creyentes que podían fabricar auténtica agua bendita, la cual abrasaba la piel de los vampiros como si fuera ácido).
Pero por cada dato correcto que poseía la Cruz Negra, había un dato erróneo. Creían que todos los vampiros eran malvados.
Creían que todos los vampiros pertenecían a violentas tribus merodeadoras; aunque tales tribus existían, eran poquísimos los vampiros que ingresaban en ellas. Creían que nuestra conciencia moría al morir nuestro cuerpo, por lo que la idea de matarnos no les inquietaba. Se me hacía muy extraño verlos practicar: clavar estacas en los muñecos desde ángulos diferentes, con diferentes llaves inmovilizadoras.
Pero más extraño se me hacía tener que clavarlas yo.
Trataba de imaginar que mi rival era Charity —que atacaba de nuevo a Lucas y yo era la única que podía detenerla— y así conseguía hundir la estaca hasta el corazón, con lo que me ganaba una nube de serrín y un aplauso de los demás cazadores. Eso, sin embargo, no lo hacía menos espeluznante.
La mejor parte del día era la noche, antes de que la patrulla nocturna partiera, porque era cuando aprendía a cargar y reparar armas y era el único rato que podía pasar con Lucas.
—Raquel y yo parecemos prisioneras —le susurré mientras me enseñaba a cargar una ballesta—. ¿Vosotros salís?
—Solo a patrullar. —Lucas me tendió la ballesta para que probara sola. Después de recorrer la habitación con la vista para comprobar que nadie escuchaba, me preguntó—: ¿Cómo llevas lo de… la comida?
—No me iría mal un buen bocado, la verdad, pero voy tirando.
—¿Cómo?
Suspiré.
—A veces nos dejan subir al tejado del aparcamiento en los ratos de descanso. La mayoría de los días consigo quedarme un par de minutos sola.
Lucas no lo pilló.
—¿Y?
—Solo te diré que Nueva York está plagada de palomas, y son bastante lentas. ¿Ya?
Hizo una mueca de asco, pero de una forma exagerada y burlona, y rompí a reír. La risa retumbó en el techo abovedado del túnel. La expresión de Lucas se suavizó.
—Por fin una sonrisa. ¡Dios, cómo echaba de menos verte sonreír!
—Yo te echo de menos a ti. —Coloqué mi mano sobre la suya, de manera que las dos quedaran flexionadas sobre la ballesta—. Te veo menos ahora que cuando teníamos prohibido estar juntos. ¿Cuánto tiempo más tendremos que aguantarlo?
—Estoy trabajando en ello, te lo prometo. No es fácil ahorrar dinero, pero he logrado reunir algo durante los últimos meses. No lo bastante para empezar de nuevo, pero me falta poco. Cuando haya pagado mi cuota y disponga de más tiempo libre, podré buscarme algún trabajillo en la ciudad. Cosas que se paguen en negro.
—¿Qué quieres decir con cosas que se paguen en negro?
—Son trabajos donde cobras menos que el salario mínimo, pero, en compensación, ni tú ni tu jefe lo declaráis.
Serían, entonces, trabajos duros. Trabajos sucios, como recoger cajas o basura. Detestaba que Lucas tuviera que hacer eso, pero me conmovía que estuviera dispuesto a hacerlo por nosotros.
—No me parece a mí que estéis practicando mucho —dijo Kate, dirigiéndose a nosotros.
—Danos un respiro, mamá —dijo Lucas—. Bianca y yo apenas tenemos ocasiones para hablar.
—Sé que es difícil. —La voz de Kate sonaba más dulce de lo que había oído nunca—. Tu padre y yo nos conocimos en el comando de Nueva Orleans. Allí eran tan estrictos que este lugar, a su lado, parece una feria. Lo veía cinco minutos al día, si es que llegaba a verlo.
Lucas guardaba silencio. Yo sabía que Kate no le hablaba mucho de su verdadero padre. Con un entusiasmo que a duras penas logró disimular, preguntó:
—¿Y salíais a veces a patrullar juntos?
—A veces. —Kate giró ligeramente sobre sus talones, poniéndose otra vez seria, y el momento se me antojó demasiado breve—. Eliza dice que progresas con rapidez, Bianca. Pronto podrás salir a patrullar con nosotros.
—¿En serio? —Lucas estaba encantado, pues finalmente dispondríamos de algunos minutos para estar solos. Quise alegrarme igual que él, ya que le echaba tanto de menos que la mayoría de las noches creía enloquecer, pero me asustaba la idea de unirme a una patrulla de cazadores de vampiros.
Kate no reparó en nuestras reacciones. Simplemente dijo:
—¿Qué tal mañana?
—Mañana —repitió Lucas.
Le abracé sin cerrar los ojos. Observé a los cazadores que estaban en la sala afilando sus cuchillos.
Lo cierto es que podría haberme escaqueado diciendo que me dolía la cabeza o la barriga, pero necesitaba sangre fresca y, sobre todo, necesitaba pasar un rato a solas con Lucas.
Eso significaba que debía dar comienzo a mi carrera como la primera vampira cazadora de vampiros del mundo.
Eliza dijo que nuestra primera salida sería un patrullaje típico, un lugar que todos los regulares conocían de memoria. Basándome en mis conocimientos sobre Nueva York, extraídos principalmente de las comedias románticas, no entendía por qué nos destinaban a esa zona.
—¿Vampiros en Central Park? ¿Donde la gente se pasea en carruaje?
Lucas esbozó una pequeña sonrisa.
—Es mucho más grande de lo que crees. Cuanto más al norte, más salvaje se vuelve.
Nos apeamos del vehículo —un autobús turístico readaptado— y nos repartimos por el parque. Era una noche estival calurosa pero agradable, con una suave brisa que agitaba el aire como si fuera un suspiro. Alcé la vista al cielo con la esperanza de ver las estrellas, pero las luces de la ciudad las eclipsaban por completo.
—Yo iré con Bianca —dijo Lucas cuando el grupo empezó a dispersarse.
Eduardo arrugó la frente.
—No utilicéis esto como excusa para perderos por el bosque.
Por una vez, Eliza y Eduardo estuvieron de acuerdo.
—¿Pensáis darnos problemas vosotros dos?
Lucas ardió de indignación.
—Estáis locos si creéis que distraería a Bianca mientras estamos en una zona de vampiros. Sería incapaz de ponerla en peligro.
Kate intervino.
—Dejad que vayan juntos. Bien, todo el mundo en marcha. Se está haciendo tarde.
Raquel me dijo adiós con la mano ilusionada mientras ella y Dana se adentraban en el parque en dirección sur. El resto del equipo también partió en esa dirección, pero Lucas y yo nos quedamos en la entrada del parque.
Permanecimos un rato en silencio, empleando nuestro agudizado oído para calcular lo lejos que se encontraban los demás. Cuando sentimos que estábamos realmente solos, nos miramos y la euforia me embargó. Estos eran los momentos por los que aguantaba, los momentos que hacían que el duro trabajo y la soledad merecieran la pena.
Lucas me abrazó y me besó en el cabello, la frente, los labios. Al aspirar su cálido olor tuve la sensación de que no estábamos en un parque, sino en medio de un gran bosque, que éramos los únicos seres del planeta. Abrí mi boca bajo la suya, buscando un beso profundo, pero Lucas se apartó.
—Oye, lo que les dije a Eduardo y Eliza iba en serio. Aquí no podemos permitirnos distraernos.
Frustrada, suspiré.
—¿Crees que algún día volveremos a «distraernos»?
—Caray, espero que sí.
Esbocé una pequeña sonrisa en los labios.
—Porque en estos momentos no me iría nada mal un poco de distracción.
Lucas me abrazó con fuerza y me miró de una forma sorprendente, como si fuera a devorarme en ese preciso instante. Sabía que corríamos un peligro auténtico, pero eso solo aumentaba mi excitación.
Con la voz ronca, dijo:
—Pronto. —Y me soltó con la mandíbula apretada, como si tuviera que obligarse a hacerlo.
Suspirando, retrocedí unos pasos. La euforia, sin embargo, era mayor que la decepción; aunque echaba muchísimo de menos estar a solas con Lucas, los dos nos habíamos visto obligados a practicar el autocontrol. Ver lo mucho que me deseaba ya era suficiente dicha.
Bueno, casi.
—¿Y cómo empezamos a buscar vampiros? —pregunté. Podía oír la presencia de otras personas en el parque, no muy lejos de nosotros, pero parecían pisadas normales. ¿Debíamos esperar un grito?
Lucas sacó una de sus estacas perezosamente y se limitó a darle vueltas con la mano.
—A este lugar acuden vampiros nuevos para cazar. La gente que viene al parque después de anochecer, sobre todo aquí arriba, lejos de los paseos en carruaje, el zoo y el circuito, lo hace por razones estúpidas.
—¿Estúpidas? ¿Qué quieres decir?
—Camellos, prostitutas, borrachos, y gente que pretende robarles. —Lucas se encogió de hombros—. A veces son casos más inocentes, como un sin techo buscando un lugar donde dormir o una pareja dando un paseo. O alguien que cree que el taxi le saldrá más barato si acorta por el parque. En cualquier caso, todos son presa fácil para los chupasangres.
Contemplé el círculo de edificios altos que rodeaban el parque; semejaba un círculo de luz suspendido sobre el filo de los árboles. Me costaba creer que pudiera haber vampiros al acecho en medio de tanto bullicio y actividad.
—¿Por qué solo vienen por aquí vampiros nuevos?
—Porque los vampiros veteranos saben que la Cruz Negra vigila la zona.
Tenía sentido.
—¿Por dónde empezamos?
—Seguiremos a los humanos. —Lucas echó a andar por la margen del parque, escudriñando el horizonte—. Les protegeremos. Estaremos pendientes de si algún zombi se interesa por ellos.
«Todos los vampiros que encontremos aquí estarán tratando de atacar a la gente», pensé incómoda. No tendría muchas oportunidades de alertar a vampiros inocentes, ni tampoco razones.
Lamentaba no haber hablado con mis padres de todo eso. Haber hablado con franqueza, en lugar de las medias verdades que nos habíamos dicho tantas veces. Sus mentiras todavía me dolían profundamente, pero ya no podía estar tan enfadada con ellos. Les echaba demasiado de menos.
Entonces se me ocurrió una idea, una idea repentina y, en mi opinión, brillante.
Abrí la boca para soltársela a Lucas; estaba segura de que la aprobaría. Pero sabía que lo que me disponía a proponerle iba contra las reglas. Mejor no obligar a Lucas a romper sus promesas. Asumiría yo sola la responsabilidad. Por suerte, tenía algo de dinero, no mucho, pero bastaría para lo que necesitaba hacer.
Despreocupadamente, dije:
—Tengo hambre.
—Ah, vale. —Lucas parecía inseguro—. Supongo que por aquí hay ardillas y otros animalillos.
—Sí. —Ciertamente necesitaba más sangre de la que había estado consumiendo, y la idea me hizo salivar. Pero no era tan importante como lo que en realidad tenía en mente—. Iré a pillar algo, si no te importa que te deje solo un minuto…
—Patrullaremos hasta las dos de la madrugada —dijo Lucas—. Tenemos permitido tomarnos pequeños descansos.
—Vuelvo enseguida.
Me puse de puntillas para besarle en la mejilla y partí. Una vez que hube desaparecido de su vista, salí del parque y me adentré en la ciudad. El tráfico denso —con sus bocinas y sirenas— me aturdía ligeramente, pero tenía una misión que cumplir. Al principio temí no encontrar lo que buscaba, pero Nueva York es una ciudad lo bastante grande para satisfacer todas las necesidades. En efecto, al cabo de dos manzanas divisé el letrero que andaba buscando: CIBERCAFÉ.
Una vez dentro entré en mi cuenta de correo. La decena de mensajes en negrita que aparecieron en la parte superior de la pantalla me sobresaltaron, y los nombres de los remitentes fueron como latigazos: Papá. Mamá. Vic. Balthazar. Ranulf, que al parecer había aprendido lo suficiente de la vida moderna para abrirse una cuenta de correo. Hasta Patrice, mi compañera de cuarto de segundo año que creía que solo pensaba en ella, me había escrito para ver cómo estaba.
Sabía que, si me ponía a leer esos correos, empezaría a llorar. En su lugar, abrí un mensaje nuevo que dirigí a mis padres a su cuenta de la Academia Medianoche, la única que tenían:
Mamá y papá:
Siento mucho haber tardado tanto en ponerme en contacto con vosotros. Ésta es la primera oportunidad que he tenido de deciros que estoy bien. Sé que mi repentina huida os tiene preocupados, pero os aseguro que no tenía otra opción.
¿Había tenido alguna otra opción? ¿Pude elegir alguna otra cosa? Ya no estaba segura.
Estoy con Lucas. La gente de la Cruz Negra no sabe la verdad sobre mí, así que por el momento estoy a salvo. Pronto nos marcharemos y viviremos por nuestra cuenta. Me quiere y cuidará de mí pase lo que pase.
Sé que las cosas entre nosotros estaban mal antes de que yo me marchara. Os pido perdón por la parte que me toca. Si pudiéramos hablar pronto —hablar de verdad, sin más mentiras ni secretos—, sería estupendo. Os echo mucho de menos, más de lo que jamás hubiera creído posible.
Ahora corría el riesgo de romper a llorar. Parpadeando violentamente, proseguí.
Decidles a Balthazar y Patrice que estoy bien. Volveré a escribiros pronto.
Os quiero.
No era, ni de lejos, todo lo que deseaba decirles, pero sabía que ése no era el momento de decirlo.
Parpadeando violentamente, pulsé «Enviar». Cuando salí del cibercafé quise correr junto a Lucas y echarme en sus brazos, pero decidí hacerme primero con dos palomas. En la oscuridad del parque nadie me vería.
«Además —pensé—, juegas con ventaja. Eres el único vampiro que sabe dónde se encuentran todos los cazadores». No me sirvió de gran consuelo.
La noche, sin embargo, transcurrió sin incidentes. Para nuestra frustración, constantemente aparecía algún cazador para comprobar qué tal nos iba a Lucas y a mí, por lo que apenas teníamos intimidad. Así y todo, finalmente había comido copiosamente, de modo que cuando emprendimos el regreso al cuartel general a las tres de la mañana, agotados pese a no haber visto un solo vampiro, estaba mucho más tranquila. Nada más entrar, nos comunicaron que la Cruz Negra estaba en estado de alerta.
—¿Volverán a confinarnos? —pregunté a Lucas.
—No, pero nos tendrán vigilados.
Me cogió de la mano y entramos en el túnel. Todo el mundo parecía despierto y las luces estaban encendidas. Los tenientes de guardia esa noche estaban hablando acaloradamente con Eliza, que no parecía contenta.
—¿Qué ocurre? —preguntó Raquel, jugando nerviosamente con la pulsera de cuero rojizo que siempre llevaba—. ¿Hemos hecho algo mal durante nuestra cacería?
—¿Durante nuestras cinco tediosas horas en el parque? No, presiento que el problema es otro. —Dana escudriñó la nerviosa multitud. Tenía una ballesta colgada al hombro y frotaba distraídamente la espalda de Raquel, tratando de tranquilizarla—. Me encantaría saber cuál.
Eliza oyó nuestros susurros y se volvió hacia nosotras. El tráfico de la calle sacudía ligeramente el techo y las luces se columpiaban, bañando de sombras y luces su arrugado rostro.
—Sospechamos que puede haber vampiros vigilando este lugar.
Raquel sonrió de oreja a oreja, como si eso fuera una buena noticia, como si no hubiera motivo para inquietarse.
—¿Cree que intentarán bajar hasta aquí para atacarnos?
—No se atreverán —respondió Eliza con un altivo movimiento de trenza—. Pero alguien podría estar vigilándonos.
«La señora Bethany», pensé con un escalofrío. Estaría lista para vengarse por el incendio de la Academia Medianoche en cuanto tuviera la oportunidad.
—¿Por qué lo cree?
—Hemos encontrado pájaros muertos cerca del edificio. Alguien los había matado. Al principio gastábamos la broma de que había una pasa de gripe, pero hoy Milos examinó los cadáveres y comprobó que habían sido desangrados. Tenemos un vampiro merodeando por aquí. Desde este momento vigilaremos el tejado y los alrededores hasta que lo atrapemos. Después le haremos algunas preguntas.
Lucas y yo nos miramos. Ningún vampiro estaba vigilando el cuartel general. Yo había dejado los pájaros. ¿Por qué no había puesto más cuidado a la hora de deshacerme de ellos? Lo había intentado, pero no había tenido muchas más opciones.
A partir de ahora mi suministro de sangre quedaba interrumpido, y eso significaba que nos quedaba poco tiempo para planificar nuestra huida.