¿Y no era natural que al fin llegaran los viejos a Marte, siguiendo los pasos de los ruidosos exploradores, de la gente sofisticada y aromática, de los viajeros profesionales y de los conferenciantes románticos en busca de nuevos temas?
Pues sí, los viejos secos y crujientes, los que se pasaban el tiempo escuchándose los corazones, tomándose el pulso y llevándose cucharadas de jarabe a la boca torcida, los que en noviembre iban en autobús a California y en abril embarcaban para Italia en tercera, las pasas de uva, las momias, llegaron al fin a Marte…