Abro los ojos sobresaltada, con el corazón acelerado y empapada en sudor. Desde la cama, contemplo las hojas de parra del papel de la pared de mi cuarto que trepan serpenteantes hacia el techo. ¿Qué me ha despertado? ¿Qué ha sido eso? Me levanto de la cama y escucho. No puede ser una llamada de Madre, era un sonido demasiado agudo. Ha sido un chillido, como si estuvieran partiendo a alguien por la mitad.
Me siento y me llevo la mano al corazón, que sigue latiendo con fuerza. Nada está saliendo según lo planeado. La gente ha descubierto que la ciudad del libro es Jackson. No puedo creer que me olvidara de lo lenta que es Hilly leyendo. Seguro que anda mintiéndole a todo el mundo, diciéndoles que va más avanzada con la lectura de lo que en realidad está. Las cosas se empiezan a escapar de nuestro control. Han despedido a una criada llamada Annabelle y las mujeres blancas de la ciudad han comenzado a murmurar sobre Aibileen, Louvenia y Dios sabe quién más. Lo más irónico de todo esto es que espero impaciente a que Hilly se pronuncie sobre el libro, cuando debo de ser la única persona en esta ciudad a la que le importa un pimiento lo que piense esa mujer.
¿Terminará el libro convirtiéndose en un terrible error?
Inspiro e intento pensar en el futuro, no en el presente. Hace un mes, envié quince currículum a Dallas, Memphis, Birmingham y otras cinco ciudades, entre las que se encontraba también Nueva York. Miss Stein me dijo que la podía incluir como referencia, lo cual constituye, con toda seguridad, el único dato relevante del currículum: una recomendación de una editora. Además detallé los trabajos que realicé el año pasado:
Columnista de la sección del hogar del periódico The Jackson Journal.
Editora del boletín de la Liga de Damas de Jackson.
Autora de Criadas y señoras, un controvertido libro sobre las relaciones entre las empleadas del hogar de color y sus jefas blancas. Publicado por Harper & Row.
Por supuesto quité lo del libro, aunque lo puse al principio sólo por el placer de verlo escrito en mi currículum. De todos modos, aunque me ofrezcan trabajo en una gran ciudad, no puedo abandonar a Aibileen en medio de este embrollo, ahora que las cosas se están poniendo feas.
Pero ¡Dios!, necesito salir de Misisipi. Quitando a mis padres, no me queda nada aquí. No tengo amigas, ni un trabajo interesante, ni tengo a Stuart. Sin embargo, no estoy dispuesta a escapar a cualquier sitio. Cuando envié mi currículum a los periódicos The New York Post, The New York Times, Harper's Magazine y The New Yorker Magazine, volví a sentir esa ilusión de mi época universitaria por vivir en Nueva York. Ni Dallas, ni Memphis… ¡Toda escritora que se precie tiene que vivir en la Gran Manzana! Pero, de momento, nadie me ha contestado. ¿Y si nunca salgo de aquí? ¿Y si me quedo atrapada para siempre en esta ciudad?
Me tumbo y contemplo los primeros rayos de sol que asoman por la ventana. Me entra un escalofrío al darme cuenta de que ese grito de terror que me despertó era mío.
Busco, por los pasillos de la farmacia Brent, la crema hidratante Lustre y el jabón Vinolia que me ha encargado Madre mientras el farmacéutico, el señor Roberts, prepara su medicina. Madre dice que ya no necesita tomar el medicamento y que el mejor remedio contra el cáncer es tener una hija como yo, que no pisa la peluquería y que se pone vestidos que enseñan la rodilla hasta en domingo. Afirma que no se puede morir, porque, de lo contrario, sólo Dios sabe lo mal que iba a acabar yo.
Me alegra que Madre esté mejor. Si mi compromiso de quince segundos con Stuart despertó sus ganas de vivir, el hecho de que vuelva a estar soltera le ha dado más energías si cabe. Se disgustó mucho a raíz de nuestra ruptura, pero se ha recuperado magníficamente. Llegó incluso a concertarme una cita con un apuesto primo lejano de treinta y cinco años, guapo y, a todas luces, homosexual. No entiendo cómo Madre no lo notó. Cuando, terminada la cena, él se marchó, comenté: «Madre, este chico es… —me contuve y añadí, palmeándole el hombro—: …muy simpático, pero me ha dicho que no soy su tipo».
Tengo prisa por salir de la farmacia antes de que entre alguien. Debería estar ya acostumbrada al aislamiento al que me somete la gente, pero no lo consigo. Echo de menos a mis amigas. No a Hilly, por supuesto, pero a veces sí que añoro un poco a Elizabeth, la dulce Elizabeth de los tiempos del instituto. La soledad se me hizo más dura cuando terminamos el libro y tuve que dejar de visitar a Aibileen. Decidimos que era un riesgo innecesario. Nuestras charlas en su casa son de las cosas que más extraño.
Cada cierto tiempo hablo con Aibileen por teléfono, pero no es lo mismo que estar con ella en persona. «Por favor —pienso mientras me cuenta lo que está pasando en la ciudad—, por favor, que esto termine bien». Pero, hasta ahora, no sabemos nada. Sólo que las mujeres de Jackson chismorrean y se toman nuestro libro como si fuera un juego, intentando descubrir quién es quién, mientras Hilly acusa a las personas equivocadas. Yo prometí a las criadas que no las descubrirían, y me siento responsable de lo que está pasando.
Suena la campanilla de encima de la puerta de la farmacia. Levanto los ojos y veo a Elizabeth y a Lou Anne Templeton. Les doy la espalda y me oculto en el pasillo de las cremas, esperando que no se percaten de mi presencia. Las observo a través de las estanterías y veo que se acercan al pasillo de alimentación agarradas del brazo como colegialas. Lou Anne, como siempre, viste manga larga a pesar del calor del verano y luce su sempiterna sonrisa. Me pregunto si sabrá que sale en el libro.
Elizabeth lleva el flequillo abombado y el resto del cabello cubierto con el pañuelo amarillo que le regalé cuando cumplió veinticinco años. Me quedo un minuto inmóvil, mientras digiero este extraño sentimiento de observarlas sabiendo todo lo que sé sobre ellas. Elizabeth ha llegado al capítulo diez, me dijo Aibileen anoche, y todavía no tiene ni la menor idea de que el libro que está leyendo trata sobre ella y sus amigas.
—¿Miss Skeeter? —me llama el señor Roberts desde la rebotica, detrás de la caja registradora—. La medicina de su madre ya está lista.
Me dirijo al mostrador y tengo que pasar por la sección de alimentación, justo delante de Elizabeth y Lou Anne. Las dos me dan la espalda, pero por el espejo de la pared puedo comprobar que me siguen con la mirada. Al cruzarse sus ojos con los míos, bajan la vista al suelo.
Pago el medicamento y los potingues de Madre y me dirijo a la salida. Intento escapar por el otro lado de la tienda, pero Lou Anne Templeton aparece por detrás del pasillo de los peines.
—Skeeter —me dice—, ¿tienes un minuto?
Parpadeo sorprendida. Hace ocho meses que nadie me pide ni un minuto ni un segundo de mi tiempo.
—Esto… Pues claro —respondo con cautela.
Lou Anne mira a la calle y veo que Elizabeth entra en su coche con un batido en la mano. Lou Anne se acerca a mí, entre los champúes y los acondicionadores para el pelo.
—¿Qué tal está tu madre? Espero que siga bien.
Su sonrisa no es tan radiante como de costumbre. Se estira las largas mangas de su vestido, aunque el sudor resbala por su frente.
—Está algo mejor, parece que remite un poco…
—Me alegro.
Nos quedamos como dos tontas, mirándonos a los ojos sin saber qué decir. Lou Anne aspira profundamente y por fin dice:
—Sé que hace mucho que no hablamos… —comenta, y, bajando la voz, añade—: Pero creo que deberías saber lo que anda contando Hilly por ahí. Dice que tú escribiste ese libro… el de las criadas.
—Pues yo he oído que es anónimo… —respondo con prontitud.
No estoy segura de si quiero fingir que lo he leído, aunque todo el mundo en la ciudad lo está haciendo. En las tres librerías del centro se ha agotado y en la biblioteca tiene una lista de espera de dos meses.
Levanta la palma de la mano, haciéndome un gesto para que no diga más.
—Mira, no quiero saber si es cierto o no lo que dice Hilly. No me importa en absoluto. Lo que ocurre es que Hilly… —Se acerca más a mí y susurra—: Hilly Holbrook me llamó ayer y me pidió que despidiera a Louvenia, mi criada.
Su mandíbula se tensa y mueve la cabeza. Contengo la respiración mientras pienso: «Por favor, no me digas que la has echado».
—Skeeter, Louvenia… —prosigue Lou Anne, y me mira fijamente a los ojos—, …Louvenia es la única razón por la que me levanto de la cama muchos días.
Permanezco en silencio. Puede que sea una trampa urdida por Hilly.
—Supongo que debes de pensar que no soy más que una tontita, una mujer corta de entendederas que siempre está de acuerdo con todo lo que dice Hilly. —Asoman lágrimas a sus ojos y le tiemblan los labios—. Los médicos me quieren enviar a Memphis para… un tratamiento de choque. —Se cubre el rostro con la mano, pero una lágrima se cuela entre sus dedos—. Por… por lo de la depresión y por… por lo de los intentos…
Miro sus brazos y me pregunto si será eso lo que pretende ocultar con la manga larga. Espero no estar en lo cierto, pero me estremezco sólo de pensarlo.
—Henry me dice que o mejoro o adiós, muy buenas.
Alza la mano en un gesto de despedida e intenta sonreír, pero no tarda en volver a derrumbarse y la tristeza se apodera de nuevo de su rostro.
—Skeeter, Louvenia es la persona más valiente que conozco. A pesar de todos los problemas que tiene, siempre encuentra tiempo para sentarse a mi lado a escuchar los míos. Me ayuda a soportar mis penas. Cuando leí las cosas tan bonitas que escribió sobre mí porque la ayudé cuando lo del accidente de su nieto… Nunca me he sentido tan agradecida en la vida. Hacía meses que no me sentía tan bien.
No sé qué decir. Es el único comentario bueno que he oído del libro, y me gustaría que me dijera más cosas así. Pero estoy preocupada, porque resulta evidente que lo sabe todo.
—No sé si fuiste tú la que escribió ese libro, pero si los rumores que anda contando Hilly son ciertos, sólo quiero que sepas que no pienso despedir nunca a Louvenia. Le dije que me lo pensaría, pero si Hilly Holbrook vuelve a mencionar este tema, le diré a la cara que se merece la tarta que se comió y más.
—¿Qué te hace pensar que… la de la tarta es Hilly?
Nuestra protección, nuestro seguro de vida, se perderá si se descubre el secreto de la tarta.
—Puede que sea ella, o puede que no, pero es lo que comenta la gente —murmura Lou Anne, moviendo la cabeza—. Esta mañana, Hilly me llamó para decirme que piensa que la ciudad del libro no es Jackson. Quién sabe por qué.
Contengo el aliento y pienso: «Gracias a Dios».
—Bueno, Henry no tardará en volver a casa. Tengo que irme.
Se sube el asa del bolso al hombro y endereza la espalda. Como quien se pone una máscara, esboza su habitual sonrisa.
Se dirige a la puerta, pero antes de salir se vuelve para mirarme y me dice:
—Ah, otra cosa. No pienso votar a Hilly Holbrook para presidenta de la Liga de Damas en las elecciones de enero. Y, ya puestos, en ninguna otra votación.
Dicho esto, sale por la puerta y hace tintinear la campanilla.
Me quedo un buen rato mirando a la calle. Ha empezado a caer una fina lluvia que empaña los cristales de los coches y hace brillar el asfalto. Observo cómo Lou Anne se aleja por el aparcamiento, y pienso que son tantas las cosas que ignoramos de las personas… Me pregunto si habría podido hacer un poco más fácil la vida de esta mujer si lo hubiera intentado. Podría haberla tratado un poco mejor. ¿Acaso no es ése el objetivo del libro?, ¿que las mujeres nos demos cuenta de que somos personas y que hay pocas cosas que nos diferencien las unas de las otras? Al menos, no tantas como pensamos.
Lou Anne comprendió el objetivo del libro antes incluso de leerlo. En este caso, era yo la que estaba cegada por mis prejuicios.
Por la tarde llamo cuatro veces a casa de Aibileen, pero su teléfono comunica. Cuelgo el aparato y me quedo un rato sentada en la despensa, contemplando los tarros de mermelada de higos que elaboró Constantine antes de que se muriese la higuera que teníamos en el jardín. Aibileen me contó que todas las criadas de la ciudad no paran de hablar del libro y de lo que está pasando. Cada noche recibe seis o siete largas llamadas.
Suspiro. Es miércoles; mañana me toca entregar la columna de Miss Myrna que escribí hace ya tres semanas. Como no tengo nada más que hacer, he adelantado dos docenas de artículos. No tengo nada más en lo que ocuparme, excepto rumiar mis preocupaciones.
A veces, cuando me aburro, no puedo evitar pensar en cómo sería mi vida si no hubiera escrito este libro. Esta tarde, estaría jugando al bridge; mañana, iría a la reunión de la Liga de Damas y tomaría notas para el boletín; luego, el viernes, Stuart me llevaría a cenar y volveríamos tarde a casa; el sábado, me levantaría cansada para ir a jugar al tenis… Cansada, sonriente y… frustrada.
Frustrada porque, durante la partida de bridge, Hilly llamaría ladrona a su criada y yo tendría que escucharla y callar; frustrada porque vería a Elizabeth pellizcando con saña el brazo de su hija y yo apartaría la vista como si no me diese cuenta; frustrada porque estaría prometida a Stuart y ya no podría llevar vestidos cortos ni el pelo largo, ni se me ocurriría hacer algo tan arriesgado como escribir un libro sobre criadas de color, temiendo que mi novio no lo aprobase. No voy a mentirme y hacerme ilusiones pensando que he conseguido cambiar la mentalidad de gente como Hilly y Elizabeth con el libro, pero, por lo menos, ahora no tengo que fingir que estoy de acuerdo con sus opiniones.
Abandono la viciada despensa con un sentimiento de pánico. Me calzo mis sandalias guaraches masculinas y salgo al calor de la noche. La luna está llena y hay bastante claridad. Esta tarde me olvidé de comprobar el buzón, y soy la única persona en esta casa que lo hace. Lo abro y encuentro una solitaria carta. El sobre lleva el membrete de Harper & Row, así que supongo que será de Miss Stein. Me sorprende que me escriba a esta dirección, porque le pedí que me enviara todos los contratos del libro a un apartado de correos, por si acaso. Aquí fuera no hay suficiente luz para leer, así que me guardo el sobre en el bolsillo trasero de mis tejanos.
En lugar de volver a casa por el camino, acorto por el jardín, sintiendo el suave contacto del césped bajo mis pies mientras sorteo las peras maduras que han caído del peral. Ya ha llegado septiembre y aquí sigo, todavía. Incluso Stuart se ha marchado de la ciudad. En un artículo que publicó el periódico local hace unas semanas sobre el senador, se decía que su hijo Stuart había trasladado su empresa a Nueva Orleans para poder pasar más tiempo en las plataformas petrolíferas del Golfo de México.
Escucho un ruido de gravilla. No puedo ver el vehículo que se acerca porque, por alguna razón, lleva las luces apagadas.
La observo mientras aparca su Oldsmobile ante la casa y apaga el motor. Se queda en el interior del coche. La luz del porche está encendida, amarillenta y parpadeante, rodeada de insectos nocturnos. Se inclina sobre el volante, como intentando adivinar quién está en casa. ¿Qué diablos quiere? La contemplo durante unos segundos, y luego pienso: «Abórdala tú primero. Ve a hablar con ella antes de que haga lo que tiene planeado, sea lo que sea».
Me acerco lentamente por el jardín. Ella enciende un cigarrillo y tira la cerilla al suelo por la ventanilla.
Me aproximo a su coche por detrás, de modo que no pueda verme.
—¿Esperas a alguien? —le digo al llegar a la altura de la ventanilla.
Hilly pega un respingo y tira el cigarrillo a la gravilla. Sale del coche y cierra de un portazo. Alejándose de mí, me dice:
—No te acerques ni un centímetro más.
Permanezco donde estoy y la miro. ¿Quién no se la quedaría mirando? Su cabello oscuro está completamente revuelto. Un mechón se le ha erizado y lo tiene levantado como la cresta de un gallo. Lleva la blusa por fuera del pantalón. Los botones están a punto de reventar de lo gorda que se ha puesto. Desde luego ha ganado peso. Además, le ha salido un herpes rojo y con pústulas en la comisura de los labios. No había visto a Hilly con una de esas cosas desde que Johnny la dejó cuando íbamos a la universidad.
Me mira de arriba abajo y me pregunta:
—¿Qué pasa? ¿Te has convertido en una especie de hippie? Dios, tu pobre madre tiene que estar tan avergonzada de ti.
—Hilly, ¿a qué has venido?
—A decirte que he llamado a mi abogado, Hibbie Goodman, que resulta que es el mayor experto en casos de calumnia y difamación de todo Misisipi. Estás metida en un buen lío, señorita. Vas a ir a la cárcel, ¿lo sabías?
—No puedes probar nada, Hilly.
Ya hablé de esto con el departamento legal de Harper & Row. Fuimos muy cuidadosos a la hora de no dejar evidencias sobre la autoría del libro.
—Estoy totalmente segura de que tú lo escribiste, porque no hay otra mujer en la ciudad tan rastrera como para relacionarse con las negras de ese modo.
Es desconcertante que alguna vez esta mujer y yo hayamos podido ser amigas. Pienso en entrar en casa y cerrarle la puerta en las narices, pero lleva un sobre en la mano que me pone muy nerviosa.
—Sé que la gente no para de hablar de ello, Hilly, y que circulan por ahí muchos rumores…
—Esas habladurías no me molestan. Todo el mundo sabe que el libro no habla de Jackson. Tu mente enfermiza se inventó una ciudad. Además, sé quién te ayudó.
Se me tensa la mandíbula. Está claro que sabe lo de Minny y Louvenia. Ya lo suponía. Pero ¿sabrá algo sobre Aibileen o las demás?
Hilly blande el sobre ante mí, y lo arruga.
—He venido para contarle a tu madre lo que has hecho.
—¿Vas a chivarte a mi mamá? —me burlo.
Pero lo cierto es que Madre no sabe nada de esta historia, y prefiero que siga sin saberlo. Le haría daño y sentiría vergüenza de mí… Observo el sobre. Además, podría empeorar su estado.
—¡Ahora mismo pienso hacerlo!
Hilly sube los peldaños del porche con la barbilla muy alta.
La sigo a todo correr hasta la puerta. Hilly la abre y entra como si estuviera en su casa.
—Hilly, no te he invitado a pasar —digo, y la agarro del brazo—. ¡Sal ahora…!
En ese momento, Madre aparece en el recibidor y suelto el brazo de Hilly.
—¡Vaya, pero si es Hilly! —dice Madre. Lleva puesto el albornoz y se apoya temblorosa en su bastón—. Querida, hace mucho que no te veíamos por aquí.
Hilly la mira con cara de pasmo. No sé quién estará más sorprendida por el aspecto de la otra, si mi madre o Hilly. El espeso cabello castaño de mi madre es ahora blanco como la nieve, y muy fino. Para alguien que lleve tiempo sin verla, la delgada mano que tiembla en el bastón le resultará esquelética. Pero lo peor de todo es que Madre no se ha puesto la dentadura entera, sólo la parte de arriba, lo cual le deja unos profundos y cadavéricos agujeros en las mejillas.
—Miss Phelan, yo… esto… he venido para…
—Hilly, ¿te encuentras bien? Tienes un aspecto horrible —comenta Madre.
—Es que… no tuve tiempo de arreglarme antes de… —se excusa Hilly, mordiéndose el labio.
—Hilly, querida, un marido joven como el tuyo no puede volver a casa y encontrarla a una así. Mira tu pelo. Y eso… —Madre frunce el ceño, fijándose en el herpes—, eso que te ha salido no resulta nada atractivo.
No aparto los ojos del sobre que lleva Hilly en la mano. Madre nos apunta a las dos con su delgado dedo índice y dice:
—Mañana mismo pienso llamar a la peluquería para que os den cita a las dos.
—Miss Phelan, yo no…
—No hace falta que me des las gracias —la interrumpe Madre—. Es lo menos que puedo hacer por ti, ahora que no tienes a tu pobre madre para aconsejarte. Y, si me disculpáis, me voy a la cama. —Se dirige cojeando hacia su habitación—. Y no os quedéis levantadas hasta muy tarde, jovencitas —añade, antes de entrar en su dormitorio.
Hilly se queda paralizada un segundo, con la boca medio abierta. Por fin, se dirige a la puerta, la abre con violencia y sale. Todavía lleva el sobre en la mano.
—Estás metida en un buen lío, Skeeter —me escupe como si me diera un puñetazo—. Tú y esas negras amigas tuyas.
—¿De qué estás hablando, Hilly? —le pregunto—. No tienes ni idea de lo que dices.
—¿Ah, no? ¿Y esa Louvenia? ¿Qué me dices de ella? Pero ya me he encargado de ella, Lou Anne lo hará por mí.
El mechón levantado de su pelo se balancea cuando mueve la cabeza.
—Y le puedes decir a esa Aibileen que la próxima vez que quiera escribir sobre mi querida amiga Elizabeth… —exclama, mostrando una cruel sonrisa—, ¿te acuerdas de Elizabeth, Skeeter? La que te invitó a su boda.
Arrugo la nariz. Al oírle pronunciar el nombre de Aibileen siento deseos de darle un tortazo.
—Puedes decirle que tendría que haber sido algo más lista y no haber descrito en el libro la raja en forma de ele de la mesa del comedor de la pobre Elizabeth.
Se me detiene el corazón. ¡La maldita raja! ¿Cómo pude ser tan idiota de dejarlo pasar?
—Y no pienses que me olvido de Minny Jackson. Tengo un plan especial reservado para esa negra.
—Ten cuidado, Hilly —mascullo entre dientes—, no vayas a ponerte en evidencia delante de todo el mundo.
Mi voz suena tranquila y confiada, aunque en mi interior estoy temblando preguntándome cuál será ese plan del que habla.
—¡Yo no me comí esa tarta! —grita con los ojos saliéndosele de las órbitas. Se da la vuelta y corre hacia su coche. Abre violentamente la puerta y añade—: Diles a esas negras que se anden con ojo. Más les vale estar preparadas para lo que les espera.
Con la mano temblorosa, marco el número de Aibileen. Me llevo el auricular a la despensa y cierro la puerta. En la otra mano, tengo la carta de Harper & Row. Aunque parece que sea bien entrada la noche, apenas son las ocho y media.
Cuando contesta, suelto apresuradamente:
—Hilly ha venido a mi casa. Lo sabe todo.
—¿Miss Hilly? ¿Qué sabe?
Escucho la voz de Minny de fondo preguntando: «¿Hilly? ¿Qué pasa con esa bruja?».
—Minny… Está aquí conmigo —dice Aibileen.
—Bien, porque esto también le concierne a ella —digo, aunque desearía que Aibileen se lo contara más tarde, sin estar yo al teléfono.
Le explico cómo Hilly se presentó aquí y entró en mi casa, haciendo pausas para esperar a que Aibileen se lo repita todo, palabra por palabra, a Minny. Escucharlo en la voz de Aibileen hace que me resulte todavía más doloroso.
Aibileen, al aparato, suspira.
—Así que Hilly lo ha descubierto todo por culpa de esa raja en la mesa del comedor de Elizabeth… —comento.
—¡Leches! Maldita raja. No me pueo creé que haya sío tan tonta de ponerla en mi historia.
—Es culpa mía, Aibileen. Tenía que haberme dado cuenta al pasar a máquina el capítulo y quitarlo. No sabes cuánto lo siento.
—¿Piensa que Miss Hilly le va a contá a Miss Leefolt que he escrito sobre ella?
—¡No pué decírselo! —grita Minny—. Eso sería admití que el libro habla de Jackson.
Me doy cuenta de lo bueno que era el plan de Minny.
—Estoy de acuerdo con Minny —digo—. Creo que Hilly está aterrorizada, Aibileen. No sabe muy bien qué hacer. Dijo que iba a chivarse a mi madre. ¿Te lo puedes creer?
Ahora que se me ha pasado la conmoción de la visita de Hilly, casi me da la risa al recordarlo. Es lo que menos debería preocuparme. Si Madre ha sobrevivido a la ruptura de mi noviazgo, podrá soportar saber que he escrito un libro sobre criadas de color. Si lo descubre, ya me ocuparé de ello cuando llegue el momento.
—Supongo que no podemos hacé na más que esperá —dice Aibileen, pero su voz suena nerviosa.
Puede que no sea el mejor momento para contarle la otra noticia que tengo, pero no soy capaz de guardármelo por más tiempo.
—Hoy me… me ha llegado una carta de Harper & Row —le digo—. Al principio, pensé que sería de Miss Stein, pero no.
—¿De quién era?
—Es una oferta de empleo en la revista Harper's de Nueva York. Como… ayudante de corrector. Estoy segura de que Miss Stein me la ha conseguido.
—¡Qué bien! —exclama Aibileen, y luego la oigo decir a sus espaldas—: ¡Minny, a Miss Skeeter le han ofrecío un trabajo en Nueva Yó!
—Aibileen, no puedo aceptarlo. Sólo quería contártelo. No…
No quiero decirlo, pero la realidad es que no tengo a nadie más con quien compartir esta noticia. Por lo menos, agradezco poder contárselo a Aibileen.
—¿Qué es eso de que no pué aceptarlo? ¡Pero si es lo que estaba esperando! ¡El trabajo de sus sueños!
—No puedo marcharme ahora que las cosas se están poniendo mal. No voy a dejaros a vosotras solas con todo este lío.
—Mire, las cosas malas van a pasá esté usté aquí o no.
¡Dios! Al oír sus palabras, me entran unas ganas terribles de echarme a llorar. Suelto un gemido.
—Entiéndame, quiero decí que todavía no sabemos lo que va a pasá. Miss Skeeter, tiene que aceptá ese trabajo.
La verdad es que no sé qué hacer. Una parte de mí piensa que no debería habérselo contado a Aibileen porque estaba claro que me iba a decir que me marchase. Pero tenía que compartirlo con alguien. Escucho cómo le susurra a Minny: «Dice que no lo va a aceptá».
—Miss Skeeter —dice de nuevo Aibileen al aparato—, no pretendo echá sal en su hería, pero… no merece la pena que siga en Jackson. No le quedan amigas en esta ciudá y su mamita de usté ya está mejó…
Escucho palabras apagadas y forcejeos al otro lado de la línea. De repente, es Minny la que está al teléfono, y me dice:
—Óigame, Miss Skeeter. Yo voy a cuidá de Aibileen, y ella de mí. Pero a usté no le quedan en esta ciudá más que enemigas en la Liga de Damas y una mamá que va a hacé que termine dándose a la bebida. Ya no hay na que la ate a este lugá. Nunca volverá a tené un novio en esta ciudá, y eso tol mundo lo sabe. Así que más le vale mover su culo blanco y que se vaya a Nueva Yó, ¡pero ya!
Minny cuelga el teléfono y me quedo contemplando el auricular en una mano y la carta en la otra. «¿Podré? ¿Seré capaz de hacerlo?», pienso, considerándolo en serio por primera vez.
Sé que Minny tiene razón, y Aibileen también. No me queda nada en esta ciudad más que mis padres, pero, si me quedo con ellos, acabaré matándolos a disgustos. Sin embargo…
Me apoyo en las estanterías de la despensa y cierro los ojos. ¡Me marcho! ¡Me voy a Nueva York!