ENTRADA 38
Coño. Las últimas veinticuatro horas han sido un desastre. Cuando piensas que nada más puede joderse, la realidad va y te pilla por los huevos con una nueva sorpresa.
Por si ya no tenía suficientes (¡¡Y enormes!!) problemas con ese grupo de cosas que están aporreando inmisericorde mi puerta desde hace un par de días, ahora se me abren nuevos frentes. En primer lugar, y como consecuencia del fallo eléctrico generalizado, Internet ha dejado de existir. Kaputt. Se acabó. Mi blog está muerto, como toda la red. El pantallazo blanco del Explorer es lo único que veo cuando trato de acceder a la Web. Es lógico, supongo. Los servidores están caídos y las compañías que facilitan el acceso a la red hace ya días que han dejado de dar servicio. El que la mía haya aguantado hasta hoy se me antoja un milagro. Resulta increíble ver hasta que punto dependemos de la corriente eléctrica para todo… Hemos vuelto al siglo XIX con todas sus consecuencias y no sé si estaré preparado para ello.
Voy a seguir haciendo anotaciones en el diario. Necesito escribir lo que veo y lo que siento. Necesito exponer mis pensamientos sobre algo en blanco, si no quiero volverme loco en un par de meses. Este diario es mi interlocutor, la única cosa en la que confío plenamente en estos momentos. Si en algún momento la jodo de verdad, por lo menos aquí quedará constancia de como viví estos terribles días. Vaya mierda de consuelo, amigo.
Cuando me armé del suficiente valor volví a salir al pequeño patio de entrada. Abrí la puerta con todo el sigilo del que fui capaz y asomé la nariz. El cadáver del soldado seguía tirado donde lo dejé, junto a la parte interior del portalón. Desde este lado, el ruido producido por esas cosas es ensordecedor. Apoyé la mano en la chapa de acero y pude sentir la vibración producida por los golpes. Creo, que de alguna manera, saben que estoy a este lado, y la imposibilidad de poder cogerme les resulta inmensamente frustrante.
Me senté en uno de los escalones de entrada y encendí un cigarrillo mientras contemplaba el cadáver. Era la primera vez que podía observar a una de esas cosas detenidamente y de cerca. Empieza a oler realmente mal. El proceso de putrefacción y rigor mortis que deberían sufrir todas los engendros de ahí fuera parece estar como ralentizado, pero una vez que mueren «de verdad» parece avanzar a su ritmo normal. Un líquido pegajoso ha estado fluyendo desde el agujero del cráneo del soldado, por donde entró el virote, y ahora es un coagulo solidificado en el suelo de gres. No creo que esa mancha salga en la vida, aunque supongo que eso ya no importa una mierda. El color de su piel es amarillento, cerúleo y su sistema sanguíneo se dibuja en la piel como un delicado encaje. En conjunto, junto con las terribles heridas de su cara, presenta un aspecto espantoso.
Armándome de resolución, me he puesto unos guantes de látex del botiquín y he cogido la pistolera. Dentro había una pistola, negra, engrasada, pesada. Pone Glock en un lateral, y un número de serie de ocho cifras. Creo que está cargada, pero lamentablemente es la primera vez en mi vida que tengo un chisme de estos en las manos. He de estudiarla con más cuidado, pero ahora me siento mucho mejor. Estoy armado, de verdad. Sé que es más psicológico que otra cosa, pero la sensación de seguridad es maravillosa.
En los bolsillos del cinturón he encontrado dos cargadores más, que parecen corresponderse a la munición de la pistola. Tienen quince proyectiles cada uno, así que suponiendo que la pistola esté cargada tengo la friolera de 45 balas. Otra cosa es que sea capaz de disparar alguna sin atravesarme un pie. Ya lo veremos.
Además de la munición de la pistola he encontrado varios cargadores de lo que parece ser munición de rifle de asalto. Dos de ellos están vacíos, y aún huelen a pólvora. El pobre diablo que yace a mis pies tuvo tiempo de disparar al menos dos cargadores completos de su arma reglamentaria, de la que, por supuesto, no hay ni rastro. Cuando esas cosas le cogieron supongo que, sencillamente, la soltó. A saber donde está ahora.
La mochila ha resultado un tesoro. En su interior he encontrado un saco de dormir, un capote militar estupendo, con el camuflaje estampado del Ejercito de Tierra Español, una brújula, un mapa con diversas situaciones señaladas (supongo que posiciones de la línea defensiva que contuvo a esas cosas durante la evacuación, ahora ya abandonadas), tabaco, un botiquín de primeros auxilios con tres ampollas de morfina y lo mejor de todo, varias de las raciones de emergencia del Ejército. Son unas latas estupendas. Tienen un depósito lleno de una sustancia reactiva en su parte inferior. Si se les añade agua, generan un intenso calor y así puedes comer caliente sin necesidad de encender fuego o una cocina. Supongo que me vendrán de coña cuando tenga que salir de aquí. Porque cada vez es más evidente que tendré que moverme, tarde o temprano.
Quedarme aquí solo conducirá a que esas cosas acaben entrando o yo me muera de hambre. El único problema es como salir de aquí. Y a donde coño ir, por supuesto.
Rebuscando en uno de los bolsillos inferiores me he encontrado una cartera, y ahí se me ha jodido el día. Es la de este chaval. Se llamaba Arturo Besada, tenía tan solo 22 años y era de un pueblo a tan solo treinta kilómetros de aquí. Tenía dentro fotos de una chica (¿Su novia?), y un perro precioso. A este chaval le han robado la vida. A este crío le he metido tres palmos de acero en la cabeza para poder sobrevivir. Joder, me pongo enfermo solo de pensarlo.
Con esfuerzo, y algunas arcadas, he retirado el virote de su cabeza. Lo he metido en agua hirviendo en una tartera, en la cocina y lo he dejado ahí durante unas seis horas. Me ha costado media línea de acumuladores de energía hacer hervir el agua tanto tiempo, pero creo que eso matará cualquier bicho que pudiese tener el proyectil. Lo he devuelto a la vaina, junto a los demás. Ahora tengo cuatro virotes. Los otros dos los puedo ver perfectamente desde mi ventana, uno abandonado al lado del osito y el otro clavado en Cadera Rota. Podrían estar tranquilamente en la Luna. Es imposible llegar hasta ellos.
Ahora, no sé que coño hacer con el cadáver. No se me ocurre como lanzarlo por encima de la tapia sin que esos cabrones me vean. De momento lo he envuelto en un plástico. Ya se me ocurrirá algo. Un problema más…
Por si no fuera suficiente mi vecino, Miguel, está en un estado de excitabilidad sumo. Sospecho que se está metiendo algo. He cometido el error de contarle mi aventura con el soldado y ahora cree que podemos ser capaces de abrirnos camino a sangre y fuego por la ciudad, hasta su puto barco. No sé cómo explicarle que la realidad es distinta. Yo me he jugado la vida para avanzar tan solo media calle y cargarme a dos de esas cosas. Cruzar media ciudad con MILES de esos monstruos sueltos es una tarea distinta. Tendríamos que planearla con sumo cuidado y no salir disparados, con un gramo de coca corriendo por las venas, sin saber qué podemos encontrarnos al doblar una esquina.
Se ha fijado en mi traje de neopreno y ahora va vestido con una especie de mono de mecánico. Tiene un aspecto bastante idiota con él puesto. Sospecho que este tipo va a hacer alguna estupidez como no nos pongamos en marcha dentro de poco. Tengo que pensar. Rápido.