A Pestsov le gustaba llevar los argumentos hasta sus últimas consecuencias y no se quedó satisfecho con las palabras de Serguéi Ivánovich, tanto más cuanto consideraba errado su punto de vista.
—Al referirme a la densidad de población —prosiguió durante la sopa, dirigiéndose a Alekséi Aleksándrovich—, quería hacer hincapié en que hay que tener en cuenta ciertas ideas fundamentales, no sólo los principios.
—A mí me parece que es lo mismo —repuso Alekséi Aleksándrovich sin apresurarse, casi con indolencia—. En mi opinión, sólo un pueblo que tiene un grado más alto de desarrollo puede influir en otro…
—Ésa es la cuestión —resonó la voz de bajo de Pestsov, que siempre tenía prisa por hablar y parecía poner el alma entera en cada comentario—. Pero ¿en qué consiste ese grado más alto de desarrollo? ¿A qué pueblo debemos conceder ese galardón, a los franceses, a los ingleses o a los alemanes? ¿Cuál de ellos va a nacionalizar a los otros? Vemos que las regiones del Rin se han afrancesado, y no es que los alemanes sean inferiores —gritó—. ¡Aquí hay que tener en cuenta otra ley!
—Yo creo que la influencia siempre ha de venir de la verdadera cultura —dijo Alekséi Aleksándrovich, enarcando un tanto las cejas.
—Pero ¿en qué debemos reconocer las señales de la verdadera cultura? —preguntó Pestsov.
—Supongo que esas señales son conocidas —dijo Alekséi Aleksándrovich.
—¿De verdad son conocidas? —intervino Serguéi Ivánovich con una sonrisa sutil—. Hoy día suele admitirse que la verdadera cultura sólo puede ser estrictamente clásica, pero vemos enconadas disputas en uno y otro lado, y no puede negarse que el campo contrario tiene sólidos argumentos en su favor.
—Es usted partidario de los clásicos, Serguéi Ivánovich. ¿Quiere un poco de vino tinto? —preguntó Stepán Arkádevich.
—No estoy expresando mi opinión sobre una u otra cultura —replicó Serguéi Ivánovich con una sonrisa condescendiente, como si estuviera hablando con un niño, al tiempo que le alargaba la copa—. Lo único que digo es que ambas partes disponen de argumentos sólidos —prosiguió, dirigiéndose a Alekséi Aleksándrovich—. He recibido una educación clásica, pero en la cuestión que nos ocupa no sé qué partido tomar. No veo argumentos concluyentes para anteponer los estudios clásicos a los modernos.
—Las ciencias naturales tienen no menos importancia pedagógica y formativa —apuntó Pestsov—. Ahí tiene usted la astronomía, la botánica o la zoología, con sus sistemas de leyes generales.
—No estoy de acuerdo —replicó Alekséi Aleksándrovich—. Me parece justo reconocer que el mismo proceso de estudiar las formas de las lenguas contribuye en gran medida al desarrollo espiritual. Además, no puede negarse que la influencia de los escritores clásicos es ante todo moral, mientras que, por desgracia, el estudio de las ciencias naturales va unido a unas doctrinas nocivas y falsas que constituyen la plaga de nuestra época.
Serguéi Ivánovich se disponía a intervenir, pero Pestsov le interrumpió. Con su voz de bajo profundo y una notable vehemencia se puso a explicar por qué tal apreciación le parecía equivocada. Serguéi Ivánovich esperó pacientemente su turno, convencido de que había encontrado un argumento irrebatible.
—Pero —dijo con una sonrisa sutil, dirigiéndose a Karenin— convendrá usted conmigo en que resulta difícil apreciar en su justa medida las virtudes y los inconvenientes de ambas ramas del saber y que la cuestión de cuál es preferible no se habría resuelto de modo tan rápido y definitivo si la educación clásica no hubiera contado con la ventaja a la que usted acaba de referirse: su influencia moral, disons le mot[9], o antinihilista.
—No cabe duda.
—De no haber sido porque la enseñanza clásica cuenta con la ventaja de la influencia antinihilista, nos lo habríamos pensado un poco más, habríamos sopesado los argumentos de ambas partes —prosiguió Serguéi Ivánovich con una delicada sonrisa—, habríamos dado libre curso a una y otra tendencia. Pero ahora sabemos que esas píldoras de educación clásica constituyen un antídoto contra el nihilismo y se las recetamos sin vacilar a nuestros enfermos… ¿Qué pasaría si no tuvieran esa propiedad curativa? —concluyó, con otra pizca de sal ática.
Todos se rieron de las píldoras de Serguéi Ivánovich, pero a quien más gracia le hizo el comentario fue a Turovtsin, que estalló en carcajadas alegres y ruidosas, muy satisfecho de ese nuevo giro de la conversación, que llevaba esperando desde el principio.
Stepán Arkádevich no se había equivocado al invitar a Pestsov. En su presencia una conversación seria no decaía en ningún momento. En cuanto Serguéi Ivánovich dio por finalizada su intervención con esa broma, Pestsov sacó a colación un tema nuevo.
—Ni siquiera podemos suponer que el gobierno persiga ese objetivo —dijo—. Como es natural, al gobierno sólo le guían consideraciones de orden general y no se preocupa de la influencia que puedan tener las medidas adoptadas. Por ejemplo, la cuestión de la educación femenina debería considerarse perniciosa, pero el gobierno abre escuelas y universidades para mujeres.
Y al punto la conversación pasó a ocuparse del tema de la educación femenina.
Alekséi Aleksándrovich expresó el parecer de que la educación femenina solía confundirse con la cuestión de la libertad de la mujer, y que sólo por eso podía considerarse perjudicial.
—Pues yo soy de la opinión de que esos dos problemas están íntimamente unidos —objetó Pestsov—. Es un círculo vicioso. La mujer está privada de derechos porque carece de educación, y su falta de educación proviene de que está privada de derechos. No debemos olvidar que el sometimiento de la mujer es tan abrumador como antiguo. Por eso, a menudo perdemos de vista el abismo que nos separa de ellas.
—Ha hablado usted de derechos —dijo Serguéi Ivánovich, que había estado esperando a que Pestsov se callara—. Derecho a desempeñar las funciones de jurado, de vocal, de presidente de tribunal, de funcionario, de parlamentario…
—Desde luego.
—Pero, en caso de que las mujeres pudieran ocupar excepcionalmente esos cargos, creo que sería más correcto hablar de deberes, no de derechos. Cualquiera convendrá conmigo en que, al desempeñar las funciones de jurado, vocal o telegrafista, sentimos que estamos cumpliendo con una obligación. Por eso sería más justo decir que las mujeres están buscando deberes, algo que me parece completamente legítimo. Es imposible no simpatizar con esa aspiración suya de participar en las tareas comunes de los hombres.
—Tiene usted toda la razón —afirmó Alekséi Aleksándrovich—. La cuestión, supongo, consiste en determinar hasta qué punto están capacitadas para cumplir con esas obligaciones.
—Seguramente serán muy capaces —intervino Stepán Arkádevich— cuando la instrucción sea más generalizada. Como vemos…
—¿Y el proverbio? —preguntó el príncipe, que llevaba ya un buen rato escuchando la conversación, con sus ojillos brillantes y burlones—. Puedo decirlo delante de mis hijas: «Cabellos largos y…».
—¡Lo mismo se pensaba de los negros antes de la emancipación! —replicó con enfado Pestsov.
—Lo único que me parece raro es que las mujeres busquen nuevas obligaciones —dijo Serguéi Ivánovich— cuando vemos que los hombres, por desgracia, procuran eludirlas.
—Las obligaciones llevan aparejadas derechos. Poder, dinero y honores: eso es lo que buscan las mujeres —dijo Pestsov.
—Sería como si yo reclamara el derecho a ser nodriza y me ofendiera porque me lo negaran, mientras a las mujeres les pagan por ello —dijo el viejo príncipe.
Turovtsin estalló en una estruendosa carcajada, y Serguéi Ivánovich lamentó no haber hecho él ese comentario. Hasta Alekséi Aleksándrovich sonrió.
—Sí, pero un hombre no puede amamantar —dijo Pestsov—, mientras que una mujer…
—Pues un inglés amamantó a su hijo a bordo de un barco —replicó el viejo príncipe, permitiéndose ese tono desenfadado delante de sus hijas.
—Habrá tantas mujeres funcionarias como ingleses de ese tipo —dijo esta vez Serguéi Ivánovich.
—Sí, pero ¿qué puede hacer una muchacha que no tiene familia? —intervino Stepán Arkádevich, acordándose de Chíbisova, a la que tenía siempre presente, simpatizando con Pestsov y respaldando su opinión.
—Si analizara a fondo la historia de esas muchachas, descubriría que son ellas quienes abandonan su propio hogar o el de su hermana, donde podrían haberse ocupado de alguna actividad propia de su sexo —dijo inopinadamente y con aire irritado Daria Aleksándrovna, adivinando, sin duda, en qué clase de muchachas estaba pensando su marido.
—Pero ¡nosotros defendemos un principio, un ideal! —exclamó Pestsov con su sonora voz de bajo—. Las mujeres aspiran a la educación, quieren tener derecho a ser independientes. Les oprime y les agobia la conciencia de que es imposible conseguirlo.
—Y a mí me oprime y me agobia que no me contraten como nodriza en un hospicio —insistió el viejo príncipe, para gran regocijo de Turovtsin, a quien se le cayó la gruesa punta de un espárrago en la salsa, presa de un ataque de risa.