A las once de la mañana del día siguiente, Vronski se dirigió a la estación de ferrocarril para recoger a su madre, que venía de San Petersburgo, y la primera persona con la que se topó al pie de la gran escalera fue Oblonski, cuya hermana llegaba en el mismo tren.
—¡Ah, excelencia! —gritó Oblonski—. ¿A quién vienes a buscar?
—A mi madre. Llega hoy de San Petersburgo —respondió Vronski con una sonrisa, como todos los que se encontraban con Oblonski.
A continuación se estrecharon la mano y subieron juntos la escalera.
—Te estuve esperando hasta las dos. ¿Adónde fuiste al salir de casa de los Scherbatski?
—A casa —contestó Vronski—. La verdad es que me sentía tan bien después de pasar allí la velada que no me apetecía ir a ninguna parte.
—Reconozco los caballos fogosos por la marca y a los jóvenes enamorados por los ojos —declamó Stepán Arkádevich, exactamente como había hecho con Levin.
Vronski sonrió y dio a entender que no lo negaba, pero se apresuró a cambiar de tema.
—¿Y a quién esperas tú? —preguntó.
—¿Yo? A una mujer maravillosa —dijo Oblonski.
—¡Vaya!
—Honni soit qui mal y pense![14] A mi hermana Anna.
—Ah, ¿la señora Karénina? —preguntó Vronski.
—Seguro que la conoces.
—Creo que sí. O no… La verdad es que no me acuerdo —dijo Vronski con aire distraído, imaginándose de un modo vago, al oír el nombre de Karénina, una persona aburrida y afectada.
—Pero a Alekséi Aleksándrovich, mi famoso cuñado, tienes que conocerlo. Todo el mundo lo conoce.
—He oído hablar de él y lo conozco de vista. Sé que es un hombre sabio, inteligente, fuera de lo común. Pero, ya sabes, no está… not in my line —dijo Vronski.
—Sí, es un hombre notable; algo conservador, pero excelente persona —observó Stepán Arkádevich—. Excelente persona.
—Bueno, pues mejor para él —dijo Vronski, sonriendo—. Ah, estás aquí —añadió, dirigiéndose al criado de su madre, un hombre alto y viejo, parado al lado de la puerta—. Acércate.
En los últimos tiempos Vronski había sucumbido de manera especial al encanto de Stepán Arkádevich, no sólo por lo agradable que era con todo el mundo, sino también porque en su imaginación lo asociaba con Kitty.
—Entonces, ¿organizamos el domingo una cena en honor de la diva? —le preguntó, sonriendo y cogiéndole del brazo.
—Desde luego. Voy a abrir una suscripción. Ah, por cierto, ¿conociste ayer a mi amigo Levin? —preguntó Stepán Arkádevich.
—Sí, pero se marchó muy pronto.
—Es un gran tipo —prosiguió Oblonski—. ¿No es verdad?
—No lo sé —respondió Vronski—. El caso es que todos los moscovitas, excepto el que está hablando ahora conmigo —añadió en broma—, tienen un comportamiento un poco brusco. Se enfadan y saltan a la menor, como si quisieran dar a entender algo…
—En eso tienes razón, es… —dijo Stepán Arkádevich con una alegre sonrisa.
—¿Llegará pronto el tren? —preguntó Vronski a un empleado.
—Ya está entrando —respondió éste.
No cabía duda de que el tren estaba a punto de hacer su aparición, como demostraban los preparativos que se observaban en la estación, las carreras de los mozos, la presencia de guardias y empleados, los grupos de personas que esperaban a los viajeros. A través del vapor helado se vislumbraba a algunos obreros con pellizas cortas y flexibles botas de fieltro, que atravesaban las vías en una curva. Se oyó a lo lejos el silbido de la locomotora y el ruido de una masa pesada en movimiento.
—No —dijo Stepán Arkádevich, que se moría de ganas de hablarle a Vronski de las intenciones de Levin con respecto a Kitty—. No has apreciado a Levin como se merece. Cierto que es un hombre muy nervioso y a veces desagradable, pero también sabe mostrarse encantador cuando quiere. Es honrado y franco, y tiene un corazón de oro. Pero ayer tenía razones particulares para sentirse lleno de felicidad o profundamente desdichado —prosiguió con una sonrisa significativa, olvidando por completo el sincero cariño que había sentido la víspera por su amigo, pues ahora sentía lo mismo por Vronski—. Sí, tenía razones particulares.
Vronski se detuvo y preguntó sin rodeos:
—¿Qué quieres decir? ¿Que ayer pidió la mano de tu belle soeur…?[15]
—Puede ser —dijo Stepán Arkádevich—. Ésa fue la impresión que me dio. Y si se marchó temprano y estaba de mal humor, no cabe duda de que… Lleva mucho tiempo enamorado y me da mucha pena.
—¡Vaya!… En cualquier caso, creo que Kitty puede aspirar a un partido mejor —dijo Vronski, enderezando el pecho y reanudando la marcha—. No obstante, no lo conozco —añadió—. ¡Sí, debe de ser una situación incómoda! Por eso la mayoría preferimos la compañía de chicas como Clara. Con ellas no puede haber otro fracaso que la falta de dinero; aquí, en cambio, te juegas tu dignidad. Ahí está el tren.
En efecto, se oyó a lo lejos un silbido. Al cabo de unos minutos el andén tembló y apareció la locomotora, expulsando nubes de humo que el frío arrastraba por el suelo, la biela de la rueda del medio subiendo y bajando a ritmo lento y regular, el maquinista arrebujado y cubierto de escarcha saludando a un lado y otro. De pronto el temblor del andén aumentó y detrás del ténder, que pasó aún más despacio, apareció el furgón de los equipajes, en el que iba un perro que no dejaba de ladrar. Por último, desfilaron los vagones de pasajeros, que se estremecían ligeramente antes de detenerse.
Un apuesto revisor bajó de un salto y tocó el silbato; a continuación empezaron a salir, uno a uno, los impacientes viajeros: un oficial de la guardia que iba muy erguido y miraba con aire severo a su alrededor; un comerciante ágil y sonriente, con una bolsa de viaje; un campesino con un saco al hombro.
Vronski, al lado de Oblonski, contemplaba los vagones y a los viajeros, olvidado por completo de su madre. Lo que acababa de oír a propósito de Kitty le había causado una mezcla de excitación y alegría. Sin darse cuenta, irguió el pecho, y sus ojos centellearon. Experimentaba un sentimiento de triunfo.
—La condesa Vronski viene en ese compartimento —dijo el apuesto revisor, acercándose a él.
Esas palabras le despertaron, le obligaron a pensar en su madre y en su encuentro inminente. En el fondo de su alma no la respetaba y, aunque no se diera cuenta, no sentía por ella ningún cariño. En cualquier caso, su educación y los usos del círculo en el que se movía no le permitían imaginarse otro comportamiento que el de un hijo sumiso y obediente en grado sumo. Pero, cuanto mayores eran sus muestras externas de obediencia y sumisión, menos la respetaba y la quería en su fuero interno.