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TTD 07,52

Mientras el presidente Bandin estaba en el baño, en su propio baño privado, alguien llamó a la puerta. Segundos después salió con la toalla en las manos y los ojos echando fuego. Allí estaba Bannerman, palidísimo, casi tembloroso. Eso ya fue bastante para detener a Bandin, que nunca en la vida había creído ver en esas condiciones a aquella cara de piedra. Súbitamente representaba la edad que tenía, e incluso más.

La noticia fue transmitida en pocas palabras.

—Dios mío —fue lo único que Bandin pudo decir, en un áspero susurro.

Ni siquiera tenía conciencia de estar hablando. Se dejó caer contra la puerta del baño, con la toalla entre las manos.

—Dios mío, ¡oh, Dios mío!

Corrieron los segundos, los minutos, casi una hora entera antes de conocer detalles sobre lo ocurrido. El coronel O'Brian, el silencioso testigo de Kapustin Yar, supo que algo había salido muy mal simultáneamente con quienes ocupaban los puestos de control. Tenía ante él los mismos datos, idéntica información. Con los puños apretados, tensos, observó el vacilante encendido; después, el funcionamiento que nadie podía interrumpir… y el cambio en la órbita. Era imposible valorar con rapidez ese nuevo recorrido. Tuvo conciencia del pánico creciente, de la histeria oculta en las voces de quienes anunciaban a gritos las dificultades. En los meses siguientes tendría oportunidad de verificarlo a través de muchos interrogatorios secretos. Por entonces sólo podía esperar.

Al llegar los datos el ordenador reveló una órbita. Era increíble. Las voces se apagaron lentamente, cesó todo ruido. La órbita fue trazada en la pantalla. El cambio, el giro, el descenso, la aceleración. Cada uno vio mentalmente el peligro inconcebible lanzado hacia ellos, y contempló, minutos después de la tragedia, el último vuelo del propulsor central de la Prometeo I. Cada uno de ellos lo vio todo hasta el momento completamente incomprensible en que la órbita, el sendero del propulsor en el espacio, llegó a su fin.

El ordenador, que había estado imprimiendo largas columnas de cifras, proporcionó la última información y quedó en silencio. Simultáneamente cesó la cháchara de la máquina impresora. El silencio fue absoluto.

—¡Envíe eso! —ordenó O'Brian.

El mismo se sorprendió ante la rudeza de su voz. Silverstein, cogido por sorpresa, levantó la vista. No sabía una palabra de ruso y menos aún de tecnología espacial; en consecuencia, no tenía la menor idea de lo que estaba ocurriendo.

—Prioridad absoluta —indicó el coronel—. ¡Absoluta! Para el presidente. Desperfecto cuerpo central. Aparentemente chocó Tierra sitio desconocido.

Trazó unos garabatos en el papel que tenía ante sí y efectuó unos rápidos cálculos.

—Primera estimación zona cincuenta y dos grados latitud norte longitud cero.

—¿Dónde queda eso, coronel? —preguntó el sargento, a medida que iba comprendiendo un poco.

—¿Longitud cero? En Greenwich, Inglaterra.

Ambos se miraron como para compartir aquel horror. Conocían bien Gran Bretaña y sabían que estaba densamente poblada. Silverstein transmitió lentamente la información que el superior acababa de proporcionarle, pero supo que eso era sólo el esquema de la tragedia. Cuando ya no quedó nada por informar, transmitió una petición de datos con respecto al punto de impacto, a responder con urgencia.

El análisis de órbita fue enviado directamente desde Kapustin Yar a la Casa Blanca, seguido por la órbita trazada en Houston según las estaciones que seguían el vuelo. Por último, Houston suministró sus propias cifras y las soviéticas al ordenador, para obtener un dato aproximado sobre el punto de impacto, con diferencia probable de hasta medio kilómetro.

En vez de llevar la información provisional al presidente, el titular de la Oficina de Informaciones de la Casa Blanca foto copió un mapa de la parte meridional de Inglaterra y dibujó un círculo rojo sobre el lugar indicado. Finalmente puso el mapa y las cifras definitivas en un maletín de cuero y corrió hacia e ascensor. Dado que era muy conocido y que ya circulaban rumores sobre lo acontecido, los guardias de la sala de conferencias abrieron la puerta al verle llegar.

Allí estaba casi todo el gabinete, convocado a toda prisa. Todas las miradas se dirigieron hacia él. El presidente le tendió la mano para recibir los papeles y miró al grupo en silencio hasta que la puerta se hubo cerrado. Después, lentamente, levantó la cabeza; los dedos le temblaban imperceptiblemente.

—Por lo que se ve aquí, parecería que el cohete cayó en medio del campo. Hay mucho campo en Inglaterra.

Pero su tono hueco no convenció a nadie, ni siquiera a él mismo. Pasó el mapa al general Bannerman. El viejo militar sacó del bolsillo los anteojos enmarcados en oro, olvidando que jamás los usaba en público, y se los puso para estudiar el gráfico.

—Parece campo, sí. Pero hay una carretera que pasa directamente por aquí. La conozco y sé que es muy transitada. Y aquí hay un nombre, aunque no se lee bien. Parece decir Gottenham New Town.

—Cottenham New Town —corrigió el doctor Schlochter con su voz más escolástica; el secretario de Estado, a diferencia de los demás, parecía muy poco conmovido por los acontecimientos—. Es uno de los más logrados intentos británicos por trasladar la industria ligera a las zonas más necesitadas de desarrollo. Como ustedes recordarán, estuve en la ceremonia de inauguración con el ministro de Trabajo.

Nadie lo recordaba ni se esforzaba en hacerlo. El presidente se volvió hacia Charley Dragoni, que estaba sentado en su mesa de secretario con el auricular del teléfono pegado al oído.

—¿Y? —preguntó en voz alta.

—El personal de su despacho está tratando de llamar a Whitehall y a nuestra Embajada en Londres, señor presidente. No saben más que nosotros, pero nos informarán en cuanto tengan noticias. Yo me he comunicado con el palacio. El primer ministro está ocupado en este momento con los informes, pero ya está informado de esta llamada… A ver, perdón… ¿Sí?

Todos aguardaron en silencio mientras Dragoni escuchaba el mensaje.

—Sí, gracias; le informaré.

Y levantó la vista hacia el presidente.

—El primer ministro se pondrá en contacto con usted dentro de unos minutos, señor, en cuanto haya terminado de hablar con el Kremlin.

—¿Se sabe qué magnitud puede tener ese impacto? —preguntó el doctor Schlochter—. Tal vez estamos haciendo una montaña de un grano de arena. Todos los días hay accidentes de aviación que se olvidan en menos de veinticuatro horas.

Pero Bannerman tenía varias cifras garabateadas en una hoja de papel; sus palabras llenaron el silencio siguiente:

—De Kapustin Yar informan que aún quedaba en el propulsor un veinte por ciento de combustible. Eso, más el peso total del proyectil, nos da una masa superior a los quinientos mil kilos. En este caso la velocidad tiene mucho que ver. A noventa kilómetros por hora haría un gran agujero en la tierra y nada más. Pero Houston informa que, aun reducida la velocidad por la fricción de la atmósfera, ha de haber alcanzado por lo menos los seis mil metros por segundo, lo que equivale a veintiún mil kilómetros por hora. Más o menos la mitad del poder explosivo que representa una bomba atómica.

—Señor presidente, el primer ministro —anunció Dragoni.

Bandín levantó el auricular del aparato que tenía junto al codo.

—Sí, estoy esperando. Sí. Señor primer ministro, el presidente Bandin al habla. Estoy tan atónito como usted por este espantoso accidente. Esperamos, rogamos porque no haya costado muchas vidas. Sí, lo siento. Dice usted que… ¿cuánto?… Sí, comprendo. Dios Santo, esto es terrible. No tengo palabras para… Toda la ayuda que podamos… Claro que comprendo. Aunque no somos responsables de esta tragedia, como usted sabe, nos sentimos responsables en la medida en que se trata de un proyecto conjunto. Claro que el cohete era soviético, pero haremos todo lo que esté en nuestra mano en este momento tan angustioso. Sí, gracias Adiós.

Bandin colgó suavemente el auricular y miró a su alrededor; todos esperaban en absoluto silencio.

—Lo peor —dijo—. Ese maldito cohete cayó precisamente sobre esa ciudad, esa Cottenham de la que ustedes hablaban. La borró del mapa como si se tratara de un misil. Naturalmente todavía no hay cifras definitivas, pero el primer ministro estima que hubo por lo menos veintiuna mil víctimas… Y eso contando sólo a los habitantes de la ciudad; además, hubo accidentes en todas las carreteras cercanas. Incendios. Ha declarado alarma nacional y movilizado tropas, ambulancias, brigadas de incendio, todo lo que ha podido.

—Podríamos ofrecer la ayuda de los cuerpos de ejército con base en Gran Bretaña —sugirió Schlochter.

—No —replicó Dillwater con mucha firmeza—. Yo aconsejaría que el personal norteamericano se mantuviera dentro de las bases. Los británicos tienen suficiente mano de obra para arreglarse solos. Por más que el cohete sea soviético, estamos metidos en esto hasta las narices, y no creo que los nuestros gocen allá de mucha popularidad, al menos por un tiempo.

—Apoyo esa idea —dijo Bannerman—. Si usted está de acuerdo, señor presidente, daré una orden para que las cosas se hagan así.

—Sí, probablemente usted está en lo cierto, dadas las circunstancias.

Bannerman cogió el teléfono en tanto el presidente agregaba:

—Pero ¿qué otra cosa podemos hacer? Tiene que haber algo.

No hubo respuesta entre los miembros de su Gabinete.

—¿Qué efecto tendrá esto sobre el proyecto Prometeo?

—No debemos permitir que sufra el menor retraso —respondió Dillwater—. Tenemos otros propulsores para reemplazar al que quedó destrozado, de modo que el proyecto puede continuar. Eso sí; es indispensable que este desastre no se repita.

—Ojalá. Tal vez podamos salir de ésta, pero no de otra situación por el estilo. Y no hace falta decirles cuántas cosas dependen de este proyecto. El prestigio nacional, el golpe económico contra los árabes… y la próxima elección. Si Prometeo queda en la nada y el pueblo no ve ningún beneficio en lo que se ha gastado hasta ahora, el año que viene habrá alguien del otro partido en esta silla. Quiero hablar con Polyarni en cuanto sea posible. ¿Y qué pasa con la Prometeo? Con este lío nos olvidamos de ella.

—No, señor presidente —respondió Dillwater—. Están preparando el motor para el encendido; pronto estará en funcionamiento. Le mantendremos informado. Pero no alcanzarán la órbita final por lo menos hasta dentro de cuarenta y ocho horas. Sólo entonces comenzará el montaje del generador.

—Mejor así. Pónganme con Polyarni. Quiero saber qué piensa el Kremlin de todo esto. En esta ocasión sí que debemos mantenernos unidos.