Día de perros

Se tardaba cuatro horas en lanzar el hechizo definitivo para crear la transmisión del perro, de modo que Lirael tuvo que esperar otra oportunidad en que la mayoría de las bibliotecarias estuviesen ausentes. Si la interrumpían durante la elaboración, el trabajo de los meses anteriores se iría al garete y la red de encantamientos del Gremio, unidos por delicadas conexiones, se desintegraría en sus marcas componentes en lugar de quedar unida por el hechizo definitivo.

La ocasión llegó antes de lo que Lirael esperaba, porque estaba claro que fuera lo que fuese que las Clarvis intentaban ver, continuaba negándoseles. Lirael oyó a otras bibliotecarias cuchichear algo acerca de las exigencias del observatorio, y estaba claro que la guardia de los nueve días volvía a aumentar de tamaño y comenzaba con noventa y ocho. Ahora, cada vez que se convocaba una nueva guardia más amplia, Lirael se fijaba bien en la hora de la convocatoria y a qué hora regresaban las Clarvis. Cuando entre el considerable número de voces discordantes que se alzaron en el salón de lectura, convocaron a las mil quinientas sesenta y ocho, calculó que dispondría al menos de seis horas. Tiempo suficiente para acabar de conformar la transmisión.

En su estudio, la estatuilla del perro seguía sentada en el escritorio y observaba con semblante benigno los preparativos de Lirael.

La muchacha le habló mientras cerraba la puerta con un hechizo: su grado de veteranía no le daba derecho a disponer de llave que atrancara la entrada.

—Ha llegado el momento, perrito —dijo alegremente acariciando el morro de piedra del perro con la punta del dedo.

Se sorprendió al oír su propia voz, no por la ronquera que aún persistía, sino porque le sonó extraña y desconocida. En ese momento cayó en la cuenta de que llevaba dos días sin pronunciar palabra. Las demás bibliotecarias ya se habían acostumbrado a sus silencios; en los últimos días no se había visto en la necesidad de entablar conversaciones que no pudiera despachar con un movimiento afirmativo o negativo de la cabeza o sencillamente cumpliendo al instante con la tarea que le encargaban. Guardaba la transmisión del perro a medio hacer debajo de su escritorio, envuelta en un trozo de tela. Lirael la sacó, le quitó la tela con cuidado, dejando al descubierto el marco que había construido para iniciar el hechizo. Lo acarició y notó el calorcillo de las marcas del Gremio que fluían perezosas por los retorcidos alambres de plata que formaban el armazón de un perro. Se trataba de un animal pequeño, de unos treinta centímetros de altura; el tamaño dependía de la cantidad de alambre de plata que Lirael podía conseguir sin despertar sospechas. Además, estaba convencida de que el envío pequeño sería algo más sensato que uno grande. Quería un amigo que le resultara cómodo, no un perro muy grande para ser un enviado guardián.

Además del armazón de alambre de plata, la silueta del perro tenía dos ojos hechos con botones de azabache y una nariz de fieltro negro, todos ellos elementos ya imbuidos de marcas del Gremio. También disponía de una cola confeccionada con pelo de perro trenzado que ella misma se había encargado de cortar sin ser vista a los canes visitantes que encontraba en el refectorio inferior. La cola ya estaba preparada con marcas del Gremio, marcas que definían en cierta medida cómo debía ser el animalito.

La última parte del hechizo exigía que se sumergiera en las cartas del Gremio y arrancara varios miles de marcas dejándolas fluir a través de su cuerpo para que de allí pasaran al armazón de alambre de plata. Marcas que describían un perro con pelos y señales, y marcas que le darían una apariencia de vida, aunque no vida real.

Cuando el hechizo estuviese terminado, el alambre de plata, los botones de azabache y el pelo de perro trenzado desaparecerían para ser reemplazados por un perrito del tamaño de un cachorro, un ser de carne hechizada. Tendría aspecto de perro hasta que una se acercara lo bastante para ver las marcas del Gremio que lo componían, pero no podría tocarlo. Cuando se tocaba a los enviados, era como hundir la mano en agua: la piel cedía al tacto y envolvía la mano de quien la tocaba haciéndole sentir el hormigueo y el calorcillo de las marcas del Gremio.

Lirael se sentó con las piernas cruzadas cerca del modelo de alambre de plata, comenzó a vaciar la mente inspirando despacio e hinchando el vientre para que el aire le llegase hasta el fondo de los pulmones.

Se disponía a sumergirse en las cartas del Gremio y a dar inicio al encantamiento, cuando vio por el rabillo del ojo el perrito de piedra sentado encima de su escritorio. Tenía un aspecto solitario, daba la impresión de sentirse excluido. Obedeciendo a un impulso, Lirael se levantó y cuando volvió a sentarse lo colocó sobre su regazo. La pequeña talla se inclinó un poco, pero permaneció erguida, mirando de frente la copia de alambre de plata que la reproducía.

Lirael inspiró unas cuantas veces más y volvió a comenzar. Había apuntado las marcas que necesitaba con los caracteres taquigráficos empleados por todas las magas para escribir las marcas del Gremio. Esos apuntes estaban junto a ella, en una pila ordenada. Comprobó que las primeras marcas fluían con facilidad y las siguientes acudían como si se eligiesen solas. Una tras otra, las marcas fueron abandonando la corriente del Gremio para meterse en su cabeza, salir a toda velocidad, entrar en el perro de alambre de plata y en forma de relámpago dorado.

A medida que las marcas iban surcando su cuerpo, Lirael se hundió más y más en un estado de trance que sólo le permitía percibir las cartas del Gremio y las marcas que la llenaban. El relámpago dorado se convirtió en un puente de luz que partía de sus manos abiertas y llegaba hasta los alambres de plata aumentando por momentos la intensidad de su brillo. Deslumbrada, Lirael cerró los ojos y se deslizó hacia la Frontera del sueño, la consciencia apenas despierta. Entre las marcas que le llenaban la mente, las imágenes se movían incesantes. Imágenes de perros, muchos perros, de todas las razas, colores y tamaños. Perros ladrando. Perros corriendo a buscar un palito. Perros que se negaban a correr. Cachorrillos que daban los primeros pasos vacilantes. Perros viejos que temblaban al incorporarse. Perros contentos. Perros tristes. Perros famélicos. Perros gordos, soñolientos.

Las imágenes siguieron apareciendo hasta que Lirael tuvo la sensación de que había alcanzado a ver a casi todos los perros que algún día habían sido. Las marcas del Gremio continuaban fluyendo por su mente con una fuerza arrolladora. Hacía rato que había perdido la noción de adonde debía llegar, de qué marcas seguían. La luz dorada era demasiado brillante para permitirle ver qué porción del envío estaba hecha.

Y las marcas seguían fluyendo. Lirael se dio cuenta de que no sólo no sabía hasta qué marca había llegado, sino que ni siquiera conocía las que le pasaban por la cabeza. Marcas extrañas, abstrusas, que salían de ella a raudales para entrar en el enviado. Marcas poderosas que sacudían su cuerpo al abandonarlo, expulsando de su mente cuanto encontraban a su paso.

Desesperada, Lirael intentó abrir los ojos para comprobar lo que hacían las marcas, pero el brillo era cegador y quemaba. Intentó ponerse de pie para dirigir el flujo de marcas hacia la pared o el techo. Sin embargo, su cuerpo parecía haber quedado desconectado del cerebro. Lo sentía todo, pero las piernas y los brazos no la obedecían, como si intentara despertar de un sueño.

Las marcas continuaron fluyendo hasta que a Lirael le llegó el terrible e inconfundible hedor de la magia libre y entonces supo que algo se había torcido de la peor manera posible.

Intentó gritar; de su boca no salió sonido alguno, sólo marcas del Gremio que abandonaban sus labios en dirección de la luz dorada. De la punta de sus dedos también partían al vuelo marcas del Gremio que flotaban delante de sus ojos haciéndole derramar lágrimas que al caer se transformaban en vapor.

De Lirael, de sus lágrimas y de su boca abierta en un grito emergieron más y más marcas. Eran como enjambres de brillantes mariposas que, en un vuelo interminable, cruzasen la cancela de un jardín. Pese a que miles y miles de marcas se lanzaron hacia el fulgor, el olor de la magia libre se intensificó y en el centro mismo del fulgor dorado se formó una luz blanca y crepitante, tan intensa, que penetró los párpados cerrados de Lirael hasta clavársele en los ojos rebosantes de lágrimas. Inmovilizada por el torrente de magia del Gremio, Lirael no pudo evitar que la luz blanca fuera cobrando fuerza y se impusiera al fulgor dorado de las marcas en movimiento. Supo que había llegado el fin. Ignoraba qué era lo que había hecho, pero era muchísimo peor que liberar un stilken, era tan grave que no alcanzaba a comprenderlo. Lo único que sabía era que las marcas que pasaban ahora a través de su cuerpo eran más antiguas y más poderosas que nada de lo que había visto en su vida. Aunque la magia libre que crecía ante ella le perdonara la vida, las marcas del Gremio la dejarían convertida en un montón de huesos chamuscados.

Cayó entonces en la cuenta de que no le dolía nada. Una de dos, o era presa de una conmoción y ya había empezado a morirse, o las marcas no le estaban haciendo daño. Cualquiera de ellas la habría dejado seca si hubiese intentado utilizarla normalmente. Sin embargo, varios cientos de marcas la habían traspasado en tropel y seguía vivita y coleando. ¿O no?

Asustada de la idea de no seguir con vida, Lirael concentró las pocas energías que le quedaban en la respiración y en ese mismo instante, el tremendo flujo de marcas se detuvo. Notó que la conexión con el Gremio se cortaba cuando la última marca saltó en dirección de la masa hirviente de luz blanca y dorada que había sido su perro de alambre de plata.

Recuperó el aliento con una fuerza tan inusitada que perdió el equilibrio y cayó de espaldas. En el último momento se aferró del borde del estante, que a punto estuvo de caérsele encima. Sin embargo, el estante aguantó firme en su sitio y ella consiguió volver a sentarse, dispuesta a utilizar el aire de los pulmones para gritar.

Aquel grito estaba destinado a morir antes de nacer. Allí donde la magia libre y las marcas del Gremio se habían enfrentado con sus fulgores destellantes y sus remolinos había un globo de la negrura más profunda que ocupaba el espacio donde estaban antes el perro de alambre y el escritorio. El asqueroso hedor de la magia libre había desaparecido, reemplazado por una especie de olor animal húmedo que Lirael no consiguió identificar.

Una estrella diminuta apareció sobre la negra superficie del globo, seguida de otra y otra más, hasta que dejó de ser negra para convertirse en una especie de cielo tachonado de estrellas. Lirael lo miró fijamente, cautivada por la multitud de astros. Se hicieron cada vez más brillantes hasta que la muchacha tuvo que parpadear.

En el instante en que cerró los ojos, el globo desapareció dejando un perro en su sitio. No se trataba del enviado del Gremio de un cachorro simpático y adorable, sino de un chucho negro y marrón que le llegaba hasta la cintura y parecía real como la vida misma, sobre todo por los dientes impresionantes. No tenía ninguna de las características de los enviados. La única pista de su origen mágico era el grueso collar que llevaba ceñido al cuello: en él nadaban infinidad de marcas del Gremio que Lirael no había visto nunca.

El perro era una representación exacta, en tamaño natural, de la estatuilla de piedra. Lirael observó primero al animal y luego se miró el regazo.

La estatuilla había desaparecido.

Levantó otra vez la vista. El perro seguía allí, rascándose la oreja con la pata trasera, concentradísimo, con los ojos entornados. Estaba calado hasta los huesos, como si hubiese estado nadando.

De repente, dejó de rascarse, se levantó, se sacudió produciendo una lluvia de agua sucia que cubrió a Lirael y mojó todo el estudio. Acto seguido, caminó con paso tranquilo hasta la muchacha, petrificada de miedo, y le lamió la cara con una lengua que pertenecía a un perro de verdad y no a una imitación fabricada con la magia del Gremio. Al no obtener respuesta alguna, el animal sonrió y anunció:

—Soy el Perro Canalla. O la Perra Canalla, si te pones detallista. ¿Cuándo me sacas a pasear?