Jamie acechaba junto a la puerta del mayordomo, sin saber exactamente cómo abordar el tema. Ojalá Robert no tardase. Cuanto más tiempo pasara ahí, más probabilidades había de que lo viese alguien de su familia. No podía llevar a cabo su plan a menos que recuperase su pasaporte, y todos los habían entregado al subir al tren. Estaban a buen recaudo, listos para posibles inspecciones en cualquier frontera.
Gracias a Dios: Robert venía de camino por el pasillo. Sonrió al ver a Jamie.
—¿Puedo ayudarle en algo?
Jamie decidió ir al grano. Como si tal cosa.
—Esto…, sí, necesito que me devuelva el pasaporte.
Robert frunció el ceño.
—Me temo que los tiene todos el jefe de tren. Se los devolverán poco antes de llegar a Venecia.
—Pero será demasiado tarde. —No iba a tener más remedio que dar explicaciones—. Me bajo en Innsbruck. Tengo que volver a casa. Ha ocurrido algo.
—Oh. Bien, tendré que informar al jefe de tren. Hemos de llevar un control muy exhaustivo de quién va a bordo.
—Vale. Si pudiera devolvérmelo, sería estupendo. —Hizo una pausa—. Pero, esto… Le agradecería… que no se lo dijese a nadie. A nadie de mi familia.
Robert le miró.
—De acuerdo.
Jamie sonrió, incómodo.
—Es por mi madre. Está en casa. La historia de siempre. Está un poco… —Movió las manos con gesto neurótico—. Pero no quiero decírselo a mi padre y estropearle el viaje. Me voy a ir a escondidas. Voy a arreglar la situación.
—Entiendo. —Robert notó que el chaval estaba agobiado. Actuaba de la forma típica: trataba de aparentar naturalidad y despreocupación cuando en el fondo estaba muerto de miedo. Recordaba perfectamente esa sensación. Era propio de su edad—. ¿Hay algo de lo que quiera hablar?
Jamie levantó las manos.
—No, gracias. Todo va bien. Lo único que necesito es mi pasaporte.
—Vale. Deme media hora y vuelva a por él.
—Gracias.
Jamie se marchó por el pasillo. Robert lo observó. Se sentía incómodo por la conversación. Algo no encajaba.
Archie y Emmie estaban dando buena cuenta de su desayuno. Había macedonia de fruta fresca, cestitas con bollería, yogur cremoso, jarritas de té y café, todo ello servido en porcelana blanca sobre la mesa. Las persianas estaban subidas y, fuera, el paisaje montañoso cobraba espectacularidad a medida que el tren proseguía su marcha por Suiza; a lo lejos, las iglesias y los castillos asomaban entre las laderas cubiertas de árboles.
—Yo soy más de huevos con beicon —comentó Archie mientras examinaba con recelo una minúscula ensaimada con pasas.
—Para mí esto es el paraíso —le dijo Emmie—. Me conformo con encontrar leche en la nevera.
—O sea, ¿que no eres una mujer de tu casa? —Archie untó un panecillo con mantequilla.
—No tengo tiempo. La mayoría de los días me tiro de ocho a ocho en el taller. Luego tengo puestos en el mercado los fines de semana; debo levantarme al amanecer para llegar con tiempo y montarlos. Así que apenas cocino.
—Yo tampoco. Mi madre me obliga a comer. No se da por vencida hasta que no le mete la comida a la gente a cucharones.
—Tienes suerte.
—Debería estar como una mole, pero la granja me mantiene en forma. Y los perros.
—Ah, sí… ¿Border terriers? ¿No es eso lo que decía tu solicitud?
—No sé. No tengo ni idea de lo que escribió Jay.
Emmie sonrió.
—Hizo que parecieras maravilloso.
—Vaya por Dios. —Archie echó dos terrones de azúcar en su café—. Debes de estar muy decepcionada.
La respuesta de Emmie se hizo esperar unos instantes.
—No, no lo estoy —dijo por fin, y volvió la cabeza hacia la ventana—. ¡Mira! Estamos pasando por Saint Moritz. Siempre he querido ir allí. Suena tan glamuroso… Con todas esas estrellas de cine, abrigos de piel y paseos en trineo… No creo que llegue a ir nunca.
Estaba diciendo tonterías. Era consciente de ello. De modo que le dio un bocado a un cruasán de albaricoque. Al menos, con la boca llena dejaría de decir sandeces.
Sylvie, con el viejo pijama de Riley, estaba sentada con las piernas cruzadas en la litera de abajo, tomándose un café solo.
—Saint Moritz —dijo en tono soñador—. ¿Te acuerdas de aquella Navidad?
Riley miró por la ventana. Todavía quedaba nieve a esa altitud, aunque se estaba derritiendo poco a poco, dando paso a una exuberante hierba que pronto estaría salpicada de flores de primavera. Cómo no iba a acordarse. A Riley no le gustaba mucho la Navidad, pero aquella había sido una de sus favoritas, cuando Sylvie y él alquilaron una casa en la montaña. No siempre pasaban la Navidad juntos, pero le encantaba cuando lo hacían. Habían estado con un montón de amigos. A Riley no se le daba muy bien esquiar —le asustaba demasiado romperse una muñeca y fastidiar su trabajo como para relajarse lo suficiente y llegar a hacerlo bien—, pero Sylvie no le tenía miedo a nada. Llevaba esquiando desde los tres años.
Sin embargo, no alardeaba de ello. No como otro integrante de la pandilla, Roger Bardem, un hombre que era experto en todo y al que le encantaba que todo el mundo lo supiera. Se tiró toda la noche con la cantinela de su destreza con el esquí. Nadie sabía exactamente quién lo había invitado, y su falta de conciencia de sí mismo era tan absoluta que no tenía ni idea de que el resto de la casa deseaba que lo sepultara un alud.
Sylvie no pudo aguantar más.
—Mañana haremos una carrera, Roger, tú y yo. ¿Vale? —Sylvie lo miró desde el otro lado de la mesa—. El que pierda paga el almuerzo de todos.
Roger levantó la copa con aire de suficiencia.
—Hecho.
Riley se quedó petrificado de miedo por Sylvie, pero una vez lanzado el reto no había marcha atrás. Sería inútil convencerla de lo contrario. Ataviada con un mono blanco, gafas de sol negras de Courrèges y un gorro de piel blanco, estaba temerariamente convencida de que vencería a su adversario. Y le dio una paliza, bajando en picado por la ladera de nieve en polvo con tanto estilo y gracia como velocidad. Su intrépida Sylvie. Riley sabía que ganaría, y a pesar de ello se había atormentado imaginándose un final terrible: que se la llevarían en una camilla-trineo por una simple apuesta en la cena.
En el almuerzo, Sylvie se aseguró de que todo el mundo pidiese los vinos más caros. Disfrutó de lo lindo observando a Roger reconcomerse por dentro, pues su orgullo le impedía protestar tras haber calculado lo que le iba a costar. Poco antes de terminar la comida, Sylvie se alejó disimuladamente y pagó la cuenta. La idea era disfrutar viéndole pasar vergüenza, no haciéndole pagar.
Riley la quiso más que nunca por eso. Ahora ella se reía, al recordarlo.
—Roger Bardem, ¿te acuerdas de la cara que puso cuando pedimos Chassagne-Montrachet?
—Qué perversa —le dijo él.
—Era un grosero —se defendió ella—. Un grosero y un plomo. Le estuvo bien merecido.
Riley la miró.
—No cambies nunca.
Ella lo miró con gesto burlón, sosteniendo un cruasán en la mano.
—¿Por qué iba a cambiar? Sabes exactamente dónde te has metido.
—Sí —dijo él—. Ya lo creo.
Robert porfió con su conciencia durante media hora antes de decidir que, en realidad, lo correcto era tomar cartas en el asunto. Sospechaba que le acarrearía más problemas mantener en secreto el plan de Jamie que revelarlo.
Fue en busca del padre del chico. Se encontraba con su novia en el bar, tomando café y haciendo fotos al paisaje. Estaban pasando por la antigua ciudad fortificada de Bludenz y las pendientes eran cada vez más pronunciadas.
—Lamento muchísimo interrumpirles —dijo Robert—. Y no estoy seguro de si es oportuno que le cuente esto, pero su hijo tiene previsto apearse en Innsbruck. Me ha pedido que le devuelva el pasaporte.
Stephanie se quedó muda de asombro.
—¿Se refiere a Jamie?
—Sí. Me ha pedido que no se lo diga.
La expresión de Stephanie fue de absoluta consternación. Simon apenas torció el gesto.
—¿Se lo ha dado?
—La verdad es que no podía negarme.
—Bien, gracias por ponernos al corriente. —Simon bajó la vista hacia su cámara y continuó con los ajustes.
Robert se retiró con la duda de si había hecho lo correcto o no.
Stephanie miró a Simon.
—¿Qué vas a hacer?
Él se encogió de hombros.
—No podemos hacer nada.
—¿No vas a impedírselo?
—No puedo impedírselo. Tiene dieciocho años. Puede hacer lo que le dé la gana. —Siguió toqueteando la cámara—. Si fijo esto a 1/250…
—¡No puedes dejar que se marche por las buenas! ¿Es que te da igual?
Simon suspiró.
—Cómo me va a dar igual. Estoy muy disgustado porque esto haya acabado así. Pero el hecho de que intervenga no va a cambiar nada. De hecho, es probable que empeore las cosas. No quiero una escena a bordo del Orient Express. No, muchas gracias.
—Pero esto ha pasado precisamente porque has intervenido. Al decirle que no podía…
—¿Renunciar a la universidad para andar holgazaneando con sus colegas? —atajó Simon—. Ninguno de ellos, debo señalar, va a renunciar a una oportunidad como esta.
—¿De modo que ya está? ¿Ni siquiera vas a despedirte?
Simon volvió a suspirar.
—Por lo que a mí respecta, tengo todas las de perder. Haga lo que haga, saldrá mal. No puedo impedir que Jamie se marche. Quiere demostrar algo. Y no voy a dejarme manipular y echarme atrás. Y punto.
Stephanie se quedó de piedra. ¿Cómo podía ser tan insensible? Pobre Jamie; por supuesto que se estaba comportando como un niño, pero probablemente lo único que pretendía era que su padre interviniese y le parara los pies. ¿Qué podía hacer ella?
Se reclinó en la silla, sin fuerzas.
Al otro lado de la ventana se extendía un tortuoso trecho de vía que trazaba curvas cerradas, de modo que se veía la cabecera del tren serpenteando por delante.
—Espectacular —dijo Simon, y apretó el objetivo contra el cristal para disparar una sucesión de fotos.
A Stephanie se le secó la boca. ¿Cómo podía quedarse ahí sentado sin hacer nada? ¿Es que no veía que le estaba haciendo el juego a Tanya?
Había hecho falta una mujer para crear esta situación ponzoñosa. A lo mejor hacía falta que otra la arreglase. Para colmo, Simon, tan campante, ni se daba cuenta de que Jamie era el menor de sus problemas. Necesitaba a su familia a su alrededor, no fracturada.
Ella se puso de pie.
—Si no vas a hablar con él, lo haré yo.