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—¿Es usted o se trata de una aparición? —Sentí su voz ronca como una amenaza.

—¡Don Felipe! —exclamé sin disimular mi sorpresa.

Al acercarme llegó a mi olfato el olor penetrante del habano que acababa de encender. Embozado en la capa y con el chambergo calado hasta las cejas ofrecía un perfil siniestro. No se cortó un pelo:

—También está usted de putas.

—No, don Felipe, mi presencia es circunstancial.

—Pues no sabe lo que se pierde. Las tetas de Afrodisia son las mejores de Madrid.

Su afirmación certificaba las palabras de Ignés. Ahora sabía que el nombre de la maña era Afrodisia y confirmaba los rumores que circulaban por el periódico acerca de las aficiones de nuestro director a los burdeles.

—Tengo alguna referencia, don Felipe.

—Si venía detrás, supongo que llevamos el mismo camino. ¿Me equivoco?

—Acierta usted de pleno.

No me atreví a decirle que lo había confundido con otra persona y echamos a andar hacia la plaza de las Descalzas. Tenía cierta sensación de fracaso.

—¿Ha terminado ya el artículo de Montpensier?

—Sólo queda la redacción final. —No era verdad, pero tampoco mentira.

—En ese caso, me gustaría tenerlo sobre mi mesa mañana a primera hora.

Acababa de cometer una estupidez, porque malditas las ganas que tenía de ponerme a emborronar cuartillas.

Llegamos a la calle de la Misericordia, donde estaba uno de los locales más pintorescos de Madrid: los Salones de Paúl. Era uno de los lugares preferidos por quienes llevaban una vida disoluta. Había salas de juego donde se apostaba fuerte, pequeños reservados para representaciones picantes, para llevar señoritas de la calle o para compartirlos con algunas de las que allí tenían aposento. Los precios eran prohibitivos; sin embargo, las mujeres del Paúl era fama que quitaban el hipo. También había salones de baile y, por lo que había oído decir, un local donde señoritas sobre un estrado se quitaban lentamente la ropa hasta quedar completamente desnudas al son de la música. Eran espectáculos clandestinos, pero las autoridades hacían la vista gorda, amparándose en la generosa ley de libertad promulgada por el gobierno. Don Felipe se detuvo en la puerta.

—¿Le apetece una partida? —me invitó por hacerme un cumplido.

—No, don Felipe. Mejor será que me retire si quiere tener mañana a primera hora el artículo sobre la mesa.

Me despedí sin atreverme a preguntarle por qué me había dicho que me olvidara de la crónica de la calle Carretas, después de haberla leído con tanta atención. No podía comprender que a un suceso como aquél apenas le hubiéramos dedicado un par de sueltos perdidos en un rincón.

Al llegar a la Puerta del Sol sonaron las campanadas de las once. A la entrada de la calle Carretas vi una aglomeración de gente. Señal de que algo había ocurrido.

—¿Qué ha pasado? —pregunté a un individuo que venía de allí.

—Los de la Partida de la Porra… ¡Se han atizado con otros de lo lindo!

Lo dijo con delectación morbosa.

Habían bautizado con el nombre de Partida de la Porra a un grupo de matones y corría el rumor de que gozaban de la benevolencia del Ministerio de la Gobernación. Sus objetivos preferidos eran los periódicos que criticaban al gobierno, sobre todo republicanos y carlistas. Habían protagonizado varios asaltos a las redacciones.

Desde el triunfo de la Gloriosa se podía ejercer la crítica, incluso la más feroz, sin las trabas de otro tiempo, cuando la censura y el secuestro de los periódicos desafectos al gobierno era práctica cotidiana. Aquella libertad, sin precedentes en el periodismo español, había permitido aflorar las publicaciones más diversas. Muchas tenían una vida efímera que no iba más allá de una veintena de números. Periódicos con tradición de años y una tirada de algunos miles de ejemplares como La Iberia eran harina de otro costal. Se decía que el responsable de la Partida de la Porra era Felipe Ducazcal, persona muy próxima al general Serrano, que ejercía funciones de regente del reino, mientras se encontraba rey. También se decía que Prim y Serrano habían tenido algunas diferencias a cuenta de la Partida de la Porra.

Me acerqué al grupo y vi en el suelo a dos damnificados que estaban siendo atendidos antes de llevarlos a un hospital para suturarles las heridas.

—¿Se sabe cómo ha empezado la trifulca? —pregunté a un grupo.

Uno de los sujetos se volvió al escuchar mi pregunta. Me miró de soslayo y frunció el ceño al reconocerme. Sin la menor consideración a los diez duros que le había pagado, me espetó:

—¡Tened cuidado, es un periodista!

—¿No te parecieron suficientes diez duros por un par de horas de conversación?

Segismundo Martínez soltó un salivazo que se estrelló a mis pies, dio media vuelta e hizo mutis por el foro. Uno de los presentes, soltando una risotada, me propuso:

—Por bastante menos le cuento lo que ha pasado con pelos y señales.

Yo también me marché, escamado ante la hostilidad del sereno. Cuando salí de su buhardilla no podía quejarse, yo había cumplido mi parte del trato. Además, nada de lo que me contó había visto la luz. ¿Qué secreto se escondía en aquel palacete que estaba a pocos pasos de donde me encontraba? Me encaminé hacia mi casa, dispuesto a dedicarle buena parte de la noche a redactar el artículo de Montpensier, pero mi cabeza estaba en otro sitio. Si yo tenía olfato periodístico, en el suceso de la calle Carretas había algo muy oscuro. No entendía que nuestro periódico hubiera pasado de puntillas sobre una historia a la que se podía sacar mucho partido e interesar a los lectores de La Iberia, ni comprendía la actitud de mi director. Y ahora me encontraba con el inexplicable rechazo de Segismundo Martínez.