FRENTE a la pulcritud juvenil y pobre de Núñez, Vilaseca exhibía una provocadora imagen de marginación. Cabellos largos despeinados, bigote y barbas irregulares, una cazadora ex militar sin duda reliquia de algún héroe de Sierra Maestra, pantalones tejanos diríase que previamente arrastrados por un vertedero de basuras y luego planchados con una apisonadora, un macuto caqui de recluta de la posguerra y botas de soldado oscurecidas sagazmente con grasa de caballo flaco. Llegó a la cita con una muchacha esbelta como un bambú, manos de mimbre, cabello castaño peinado a lo afro, dos tetas que pedían excusas por su poquedad bajo una camiseta robada de algún Museo de la Esclavitud en el Mundo Antiguo.
—Donde comen dos, comen tres. Y el que invita a dos puede invitar a tres.
—¿Quién invita?
—Usted. Por descontado. Yo no. Llevo doscientas pesetas en el macuto y me han de durar hasta mañana. A cambio compartirá usted la mesa con dos celebridades. Yo y esta señorita: Ana Marx. No tiene nada que ver ni con Marx ni con los hermanos Marx. Le puse el nombre hace tres meses. Nombre artístico. Es una musa cinematográfica.
—Estás loco… loco…
Decía la muchacha con un asco pequeñísimo en la punta de la naricilla arrugada.
—Elija usted restaurante, ¿cómo ha dicho que se llama? Carvalho. Colóquese a mi lado. Convengamos que el norte está allí, el sur se va por esa calle y luego el este y el oeste. Al norte, detrás de la iglesia de Santa María del Mar, tenemos El Borne, el restaurante de otro director de cine. Self-Service de unas cazuelas bastante buenas con guisos franceses y quesos ídem. Bastante bueno. Al sur un tascorro gallego, detrás de ese pórtico. Ya sabe usted lo que nos espera, y a estas horas está lleno. Andando un poco más, al este El Raim, cocina del país, casera, buena. Pocas mesas. Al oeste acaban de inaugurar…
—Conozco el barrio y el paño.
—Entonces usted dirá.
—El Raim estará lleno. Vamos a El Borne.
Es cosa suya. Luego no se queje a la hora de pagar.
Le guiñó el ojo y se puso a caminar ante él con un brazo sobre los hombros altos y puntiagudos de la muchacha.
—Estás loco… loco… loco.
Vilaseca llevaba el mismo disfraz que Stanley Kubrick diez o quince años antes, en la época en que rodaba Odisea del espacio. Incluso tenían cierto parecido físico.
—Yo la pintaría de color lila y dentro pondría un zoco árabe.
Dijo señalando la iglesia. La rodearon y se abrió la perspectiva del Paseo del Borne, como un capricho de calle ancha y arbolada en el contexto del viejo barrio medieval lleno de callejas gremiales umbrías.
—Pobre Jaumá.
Y sus párpados cayeron como si fueran tapaderas de ataúd.
—Me ha sugerido un argumento cinematográfico. Escuche. Un alto ejecutivo obsesionado por el mito de Gauguin decide dejar a la familia y el trabajo y marcharse a Tahití. El título podría ser Gauguin 2 o Tahití. Coge el metro en una hora punta y llega a una barriada obrera. Imita los modos de vida de los tahitianos. Se junta con una chica de fábrica, una canaca del cinturón industrial barcelonés. Nadie le conoce. Se siente feliz inicialmente pero hay una serie de barreras mentales de clase que no puede superar. Llega la infelicidad propia y ajena. Él ha introducido la insatisfacción como un virus desconocido por los tahitianos. Para no causar más desgracias a los demás ni a sí mismo, se suicida. Ana hará de joven obrera.
Le aparta el brazo de sobre los hombros, la aleja como para verla con perspectiva.
—No crea. Ya sé que parece lo que es: la hija de un ricachón que ha sido concejal del Ayuntamiento. Pero en cine da muy bien para papeles críticos. Usted seguro que podría hacer de asesino. Una especie de Richard Widmark a la española. Saque un poco los hombros, por favor. Así. Ponga las palmas de las manos hacia afuera. Así. Camine un poco. Vamos. No se envare. Los españoles parecemos hechos de cemento rápido. No tenemos soltura corporal. Somos como volúmenes incapacitados de establecer una relación con el espacio y modificarlo mediante el movimiento. Si quiere, el papel es suyo.
—¿Qué papel?
—El de asesino de Jaumá.
—¿No se suicidaba?
—Caben las dos posibilidades.
De detrás de la barra llegaron algunos saludos para Vilaseca y en su seguimiento Carvalho subió por una estrecha escalera de caracol hacia el altillo de dos piezas que era todo el territorio del restaurante. Sobre un aparador se insinuaban varias cazuelas de inmejorables contenidos y una bandeja llena de arroz indio cocido. Colocó Vilaseca el macuto sobre una mesa en señal de toma de posesión e invitó a Carvalho a seguirle hacia el aparador. Sobre un plato desplazado de una pila, Vilaseca situó una tonelada de arroz y civet de liebre. Eligió Carvalho lo mismo y cuando ambos llegaron a la mesa, derrengada sobre una silla la muchacha contemplaba con angustia la isla de su plato sólo habitada por una cucharadita de arroz y algunas briznas de goulash.
—No tengo nada de hambre… pero es que nada.
—No come otra cosa durante todo el día. Para desayunar, para comer, para cenar. Sólo come ese comentario: No tengo nada de hambre, pero es que nada.
Había asomado en Vilaseca una extraña intransigencia paternal ante la hija inapetente y la chica se rebeló.
—Pues soy yo la que como con mi boca. Y como lo que quiero.
—Luego vas por ahí. Limando las paredes con las manos. Pero no porque imite a Monica Vitti, no. Porque se cae de debilidad. Oiga, está buenísimo. ¿A qué vino invita? No hablemos más. Elijo yo. Murrieta tinto.
—¿Qué relación mantenía usted con Jaumá?
Con la boca llena de civet y arroz, Vilaseca se puso a gesticular violentamente sin decir nada. Cuando el bolo digestivo inició su caída en el esófago, aclaró:
—Paternal. Relaciones paternales. Él me reñía como si yo fuera un niño. Tienes que ser un hombre de provecho, Vilaseca. Bueno. No con estas palabras. Yo le irritaba. Mi total disponibilidad. Mi total libertad le irritaba porque las envidiaba.
—Me da asco la comida.
Dijo la chica contemplando los platos como si estuvieran llenos de inmundicias.
—Vete a tomar el fresco por ahí. No se puede comer junto a una inapetente. Da mala suerte. Anda, vete ya por ahí.
Salió la chica enfurruñada y con toda la dignidad de un mutis preñado de despecho.
—Una mal criada. Pero tiene un gran temperamento y da mucho ante la cámara. Es muy sexy. Usted la ve así y dice: no tiene nada. Pues si tiene. Y esas dos tetitas que parecen dos ensaimadas mallorquinas, desnudas y en la película, tienen el encanto de las tetas de la Olimpia de Manet. En cuanto consiga dinero me pongo a rodar y esta chica sube, sube. No a la manera burguesa. No quiero hacer de ella una estrella. Quiero producir perchas nuevas para un cine nuevo, al servicio de nuestro tiempo.
—¿Veía usted a Jaumá con frecuencia?
—Últimamente no mucho. No soporto el paternalismo. No se lo aguanto a mi padre, se lo iba a aguantar a él. Estaba nervioso. Últimamente le vi más crispado. Más crítico. Más envidioso. Se comía a estas chicas con las que yo voy. Con los ojos. Son chicas para navegar y él vivía fatalmente varado y cada vez más angustiado.