La ascensión de una llama siniestra
Y se alzará una llama siniestra, y lo dispersará todo ante ella, provocando guerras sangrientas, magia descontrolada y carnicerías. Otro tranquilo entreacto antes de la llegada de los nuevos peligros del mes siguiente.
Caldrahan Mhelymbryn, estudioso de las cuestiones divinas
Reflexiones matutinas de un viajero tashlutano
Año de la Caída de la Luna
Hermano Pavoroso Darlakhan.
Sonaba bien. Quedaría bien con las marcas de los hierros candentes y las cicatrices de latigazos que le cruzaban los antebrazos. Se había esmerado con una pasta hecha de sangre y orina y pintura facial negra del templo para convertir aquellas marcas en oscuras protuberancias permanentes. Su disposición a ser marcado a fuego durante los rituales del templo no había pasado desapercibida.
El viento que soplaba del Shaar era caliente y seco aquella noche, y él había esperado poder disfrutar de una tranquila tarde de oración postrado sobre el frío suelo de piedra del sótano; pero la iniciada a la que había pagado para que lo azotara primero, en lugar de hacerlo se había presentado ante él para transmitirle en un ronco susurro una misión: por orden de la Hermana Pavorosa Klalaera, tenía que llevar inmediatamente una bandeja de comida y vino a las estancias más privadas de la Casa de la Noche Sagrada.
—Me siento emocionada por ti, Hermano Pavoroso —le había musitado la mujer al oído, antes de asestarle la habitual bofetada. Arrodillado, él le había arañado los tobillos con más entusiasmo aun del acostumbrado, mientras el corazón le latía con fuerza, lleno de excitación.
Ya le había parecido que la Señora Suprema de los Acólitos lo había estado mirando con bastante atención en las últimas dos semanas más o menos; ¿era ésta su oportunidad por fin?
En cuanto se quedó solo, se apresuró a ajustar a su alrededor el manto de fragmentos de cristal, introduciéndolo bien entre los muslos de modo que abriera heridas incluso antes de dar el primer paso, en lugar de andar con infinito cuidado para evitarlas, como hacían casi todos. A continuación levantó la bandeja, la sostuvo en alto, y dirigió una silenciosa plegaria a la diosa que todo lo ve.
«Oh, divina Shar, perdonad mi presunción, pero quisiera serviros como el oscuro viento nocturno, la negra cuchilla cortante, vuestro azote y ejecutor de confianza, no como una simple marioneta sujeta a los caprichos de Klalaera».
—Shar —musitó en voz alta, por si alguien espiaba desde detrás de los paneles y pensaba que se sentía amedrentado o soñaba despierto en lugar de orar. Levantó y bajó la bandeja a modo de saludo y se puso en marcha a buen paso por entre los pasillos mal iluminados del templo. El liso mármol negro resultaba frío bajo sus pies descalzos, y le hormigueaban las piernas en las zonas por las que resbalaban hilillos de sangre.
Anduvo recto y erguido, sin mirar nunca atrás a los novicios desnudos que se arrastraban tras él para lamer su sangre allí donde caía, y no dio señales de haber escuchado los gruñidos, sollozos y gritos ahogados que surgían de detrás de las puertas cerradas ante las que pasaba, mientras el ambicioso clero de la Casa realizaba sus propios sacrificios de dolor en honor de la divina Shar.
Escuchó el retumbo del solitario tambor mucho antes de llegar ante el portal interior, y su excitación creció hasta casi convertirse en un canturreo insoportable en su interior. Un alto ritual, no anunciado e inesperado, y del que él iba a formar parte.
Hermano Pavoroso Darlakhan. Oh, sí. Por fin disfrutaría de cierto poder. Iba camino de la grandeza.
Darlakhan rodeó la última columna y se acercó a la arcada, donde las dos sacerdotisas cruzaron sus afiladas espadas negras ante él y las deslizaron sobre su pecho en tanto él sostenía la bandeja sobre la cabeza para que no interfiriera. Aquella noche se volvieron hacia su persona, y Darlakhan se detuvo, tembloroso, para recibir su definitivo espaldarazo: las mujeres le permitieron contemplar cómo sacudían la sangre de la punta de su espada sobre la palma, y se la llevaban a la boca.
—Como Shar desee —musitó, agradecido; luego siguió adelante por el último pasadizo que conducía al portal interior, mientras el toque del tambor aumentaba de volumen ante él.
Le sorprendió encontrar el portal sin custodiar. Una cortina negra adornada con el Disco Negro colgaba en el arco del portal, comúnmente vacío. Darlakhan aminoró el paso unos instantes, preguntándose qué hacer; luego decidió que seguiría el procedimiento que se enseñaba a todos los acólitos, como si no sucediera nada fuera de lo corriente.
Se detuvo en el portal y, echando los codos hacia afuera para que los fragmentos se le clavaran una vez más —y para que no le molestaran mientras se arrodillaba—, cayó de rodillas y extendió la bandeja todo lo que daban de sí los brazos, para luego apoyar la frente sobre el frío mármol del umbral.
Unas manos veloces le arrebataron la bandeja, y otras lo decapitaron de un solo y bien asestado golpe.
Un brazo largo y grácil agarró la cabeza borboteante de sangre por los cabellos. Un cuerpo aceitado se estiró y arrojó la cabeza de Darlakhan en un brasero, sin hacer caso de las llamas que recorrieron veloces la piel cubierta de aceite.
—El último —murmuró alguien; el dolor daba una cierta tirantez a la voz.
—Entonces encontrad la paz, Hermana Pavorosa —dijo alguien más, tocándola con el negro Bastón Neutralizador que absorbía todo fuego. El tambor tronó una última vez y quedó silencioso; una mano de largas uñas hizo un gesto, y las negras llamas se elevaron atronadoras de una docena de braseros.
Cada brasero del círculo contenía una cabeza decapitada y ennegrecida, y cada lengua de negro fuego se elevaba en una retorcida columna para alimentar una negra esfera situada en lo alto.
El Aposento Sagrado de Shar, la estancia más venerada de la Casa de la Noche Sagrada, se encontraba realmente atestado. Todas las crueles y poderosas sacerdotisas mayores de Shar se hallaban allí reunidas con sus túnicas negras y moradas. Todas ellas chorreaban sangre por heridas abiertas, todas ellas tenían la mirada brillante y excitada, y toda su atención estaba fija ahora en la esfera que se alzaba enorme sobre sus cabezas, tan alta como seis hombres.
Algo hizo una breve aparición en el interior de la esfera: un brazo humano de piel blanca, delgado y femenino, que se cerraba inútilmente en el vacío. Luego se distinguió un codo y, de improviso, la cabeza y hombros de una mujer humana que se debatía débilmente. Todo lo que podía verse de ella estaba desnudo, y la mujer se debatía entre las llamas, aparentemente ciega, con la desesperación escrita claramente en el rostro; los ojos eran oscuros pozos desorbitados, y la boca se abría en un interminable y mudo grito.
Se produjo un murmullo de perplejidad y sorpresa entre las sacerdotisas reunidas, y la más alta de ellas, resplandeciente en su astado tocado negro y su manto de profundo tono morado, se adelantó y descargó con brutal violencia la larga tralla que sostenía sobre la espalda desnuda de un hombre arrodillado bajo la esfera. Gotas de sudor salieron despedidas por todas partes; el hombre estaba empapado y su cuerpo relucía.
—Explícate, Gran Hermano Pavoroso —ordenó la Dama Tenebrosa de la Casa, con voz tajante—. Se nos prometió por tu parte… y, en una comunicación, por la misma Llama de las Tinieblas… que nuestros esfuerzos nos traerían gran poder y oportunidades. Incluso si esta joven es alguna gran reina de Faerun, no veo poder ni oportunidades aquí excepto la sórdida hazaña de apoderarnos de un territorio y sus arcas. Explícate bien y con rapidez… y vivirás.
El sacerdote mayor de la Casa contempló la forcejeante figura de la esfera al tiempo que dejaba caer las manos a los costados; luego se desplomó de espaldas en el suelo, agotado. Por entre sus jadeos, las sacerdotisas distinguieron el brillante centelleo de su sonrisa.
—Es un éxito, Tenebrosa Señora —anunció cuando consiguió reunir el aliento necesario—. Esto es un avatar de la diosa Mystra, aunque con mucho menor poder que la mayoría de los que ella envía. No podemos dañarlo sin liberar magia demasiado violenta para que ni siquiera todos nosotros juntos podamos controlarla; pero, mientras lo mantengamos atrapado de este modo, podemos interceptar el Tejido cada vez que el avatar intente usarlo, y así obtener magia con la que dar poder a hechizos aprendidos, y conjurarlos, como hacen los hechiceros. Este avatar debe de haber quedado corrompido por sus flirteos con Bane… Hay aquí una debilidad permanente, creo.
—Ya habrá tiempo para tales reflexiones luego —intervino la Dama Tenebrosa Avroana con firmeza. Su voz seguía siendo fría y mordaz, pero la expresión ansiosa de su rostro y los golpes que se asestaba con el látigo en el muslo en lugar de hacerlo contra el rostro del Gran Hermano Narlkond traicionaban su nerviosismo y aprobación—. Háblame de esos hechizos. Nos sentamos y estudiamos como hacen los magos, y llenamos con ellos nuestras mentes… y luego ¿qué?
—Ningún poder fluirá al interior de estos esquemas memorizados hasta que nuestra cautiva que se encuentra ahí no intente tocar el Tejido —respondió el sacerdote mayor, rodando por el suelo para arrodillarse de cara a ella—, cosa que sucede cada pocas horas. El avatar parece incapaz de no intentarlo, ya que ésa es su naturaleza esencial, y…
—¿Cuánto tiempo podemos mantener esta situación? —le espetó Avroana, indicando la esfera con el látigo.
—Mientras dispongamos de entusiastas creyentes en la Madre Tenebrosa que nos provean con sus cabezas.
—Se ha convocado a muchos más aquí —repuso la Señora Tenebrosa, en tanto que sus labios dibujaban, por un breve instante, una sonrisa tan fría como el hielo glacial que sella una tumba norteña—. Se les ha dicho que organizamos una cruzada santa.
—Señora Tenebrosa —contestó el Gran Hermano Narlkond, con una leve sonrisa propia—, eso hacemos.
—Esto es lo que en lengua humana se denominaría el Árbol Atalaya —dijo el elfo de la luna, sentándose sobre una enorme hoja, que de inmediato se arrolló y dobló a su alrededor para formar un lecho que lo sostuvo como una mano suave y gigante.
Umbregard paseó la mirada con asombro por el panorama que se le ofrecía por entre las grandes ramas que se separaban en el punto donde ellos estaban, para elevarse todavía más en el frío aire.
—Por los dioses —exclamó—, ¡eso son nubes! ¡Estamos contemplando nubes a nuestros pies!
—Sólo la clase de nubes que flotan más bajas —explicó Quiebraestrella con una sonrisa—. Veo que no lo sabías. Sí, distintas clases de nubes flotan a niveles diferentes, lo mismo que los peces de los lagos eligen niveles en el agua que mejor les convengan.
—¿Peces…? —inquirió el mago humano; luego sonrió ampliamente y añadió—: No importa; nos estamos alejando de mis preguntas originales.
—¿Comprendes ahora cómo fue que los humanos estudiaron en Myth Drannor durante siglos —dijo él, devolviéndole la sonrisa—, y aun así algunos de ellos sólo consiguieron aprender un puñado de los hechizos que habían ido a buscar? A los mejores ni siquiera les importó.
—Cómo me habría gustado estar allí —dijo Umbregard, suspirando con ansia, al tiempo que meneaba la cabeza y se sentaba con cuidado sobre otra hoja. Ésta lo hizo caer rápidamente hasta su parte central (el mago sólo tuvo tiempo para lanzar el más breve de los murmullos de sorpresa) y se plegó a su alrededor, para dejarlo sentado en una posición derecha, cómodamente entronizado.
»Vaya —comentó, agradablemente sorprendido, en tanto que Quiebraestrella reía por lo bajo—. Agradable, muy agradable. —Contempló el asiento del elfo, que mantenía toda su viveza y frescura y seguía sujeto al gigantesco árbol de sombra al que tan laboriosamente habían ascendido por una escalera de caracol que había parecido interminable—. Supongo que no existe la posibilidad de obtener una silla como ésta en ninguna otra parte que no sea la Corte Elfa…
—Ninguna —repuso Quiebraestrella con una amplia sonrisa—, en absoluto. Lo siento.
—No pareces lamentarlo en absoluto —bufó Umbregard—. ¿Por qué tuvimos que sudar como locos para subir hasta aquí, un peldaño tras otro durante una eternidad? ¿Qué hay de malo en usar hechizos para volar?
—El árbol necesitaba conocerte —le explicó su anfitrión elfo—. De lo contrario, cuando te sentaste ahora mismo, probablemente te habría lanzado por los aires hacia esas nubes… y yo no habría tenido a ningún hechicero humano con el que charlar esta tarde.
Umbregard se estremeció ante la visión de sí mismo arrojado al aire, antes de iniciar el terrible y largo picado hasta el suelo…
—¡Aaah! —aulló, agitando las manos para dispersar aquella visión—. ¡Dioses! ¡Fuera, fuera! ¡Regresemos a nuestra conversación! Cuando comíamos… ¡ohh, esa jalea de árbol! ¿Cómo con…? No. Más tarde, ya preguntaré eso más tarde. Ahora quiero saber por qué dijiste, mientras comíamos, que Elminster corre tanto peligro ahora… y que al mismo tiempo está muy cerca de convertirse en un peligro mayor aun para todos nosotros. ¿Por qué?
Quiebraestrella echó una mirada por encima de kilómetros de verdor en dirección a la lejana línea de las montañas durante un instante antes de contestar:
—Cualquier mago humano que viva tantos años como este Elminster deja tras de sí a la mayoría de los enemigos humanos que se ha creado, pues éstos acaban muriendo en tanto que él permanece vivo. Su misma longevidad y poder lo convierte en un objetivo natural para aquellos miembros de todas las razas que deseen apoderarse de él, o arrebatarle sus poderes, o sus supuestas riquezas y objetos mágicos. Tales peligros acechan a todos los magos que hayan obtenido cierto éxito.
Umbregard asintió, y su anfitrión prosiguió:
—Es razonable suponer que un hechicero de mayor éxito atrae mayor atención, y por lo tanto adversarios más poderosos, ¿no?
Umbregard volvió a asentir y se inclinó hacia adelante, lleno de avidez.
—¿Me vas a hablar de algunos adversarios misteriosos a los que se está enfrentando Elminster ahora?
Quiebraestrella sonrió.
—¿Cómo los phaerimm, los malaugrym, e incluso tal vez los sharn? No.
—¿Los phaerr…? —El mago frunció el entrecejo.
—Si te hablo de ellos —indicó Quiebraestrella con una risa divertida—, dejarán de ser misteriosos, ¿no es así? Por si fuera poco, vivirías el resto de tus días atemorizado, y nadie te creerá cuando hables sobre ellos. Cada vez que los menciones aumentarán las posibilidades de que uno de ellos acabe por decidir que es necesario silenciarte… y de este modo poner un fin brutal a la vida de Umbregard. No, olvídalos. Es un buen ejercicio para los magos, olvidar y dejar pasar cosas que les interesan. Algunos jamás aprenden cómo hacerlo, y mueren mucho antes de lo que debieran.
Umbregard abrió la boca para decir algo, y volvió a cerrarla. Luego dijo casi con enojo:
—Bien pues, si no vamos a hablar de enemigos, ¿qué peligro especial acecha a Elminster?
Una menuda y bien arrollada hoja situada junto al codo de Quiebraestrella se abrió para mostrar dos cuencos de cristal llenos de lo que parecía agua. Le pasó uno de los cuencos al mago y ambos bebieron.
Era agua, y la más fría y cristalina que Umbregard había probado nunca. Mientras se deslizaba por todos los rincones de su cuerpo, se sintió de repente bien despierto y lleno de energía. Volvió la cabeza para comentar lo bien que se sentía pero, al clavar la mirada en los ojos de su compañero, vio la tristeza pintada en ellos y esperó a que el elfo de la luna contestara:
—Él mismo.
—¿Él mismo? —Por los dioses, ¿se había visto reducido a ser un eco? ¿Y era ésa la sexta tarde que pasaba en compañía de Quiebraestrella… o la séptima?
Sí; era como un niño pequeño invitado a la conversación de los adultos, que contemplaba por vez primera una visión más amplia y severa de Faerun. Con un repentino esfuerzo, Umbregard reprimió su lengua y se inclinó al frente para escuchar.
El elfo lo recompensó con una leve sonrisa y añadió:
—Con todos los amigos, amantes, enemigos, e incluso reinos de su juventud desaparecidos, Elminster se sentirá cada vez más solo y, como sucede con los humanos, solitario. Se aferrará a aquello que le queda; su poder y logros en el arte de la magia, y empezará a sentirse irritado por el trato que le ha robado su juventud, y todas las cosas que podría haber hecho, pero no hizo. En resumidas cuentas, empezará a sentirse descontento al servicio de Mystra.
—¡No! Tú mismo lo dijiste: el amor…
—Es la forma de actuar de los humanos —continuó Quiebraestrella con calma—, y la de todos nosotros, en diferentes momentos de nuestras vidas… Pero ahora soy yo quien se aparta del tema. En pocas palabras, Elminster se encontrará por vez primera en su papel de mago poderoso, listo para prestar atención a tentaciones.
—¿Tentaciones?
—Oportunidades para usar su poder como le parezca, sin las órdenes o restricciones decretadas por otros. El deseo de hacer aquello que desee, sin prestar atención a las consecuencias, sean éstas buenas o malas, aplastando a todo el que se alce contra él. Hacer todo aquello que se le haya pasado en algún momento por la mente, llevar a cabo todos sus caprichos.
—¿Y entonces?
—Y entonces, mientras se dedica a ello, todo ser vivo sobre el hermoso Toril deberá agazaparse y esconderse… pues ¿qué destino sufriría Umbregard, si a un Elminster de paso se le ocurre de repente que un puñado de las tripas de Umbregard pueden ser un buen juguete, o una agradable comida?
El elfo dejó que sus palabras flotaran en el vacío durante un tiempo, a la espera de que su acompañante hablara.
El hechicero humano no tardó demasiado en hacerlo.
—¿Me estás diciendo —inquirió en voz baja— que nosotros… yo o alguien, debe proponerse destruir a Elminster ahora, para salvar a todo Toril?
Quiebraestrella sacudió al cabeza casi fatigosamente.
—¿Por qué será que a los humanos les gusta tanto esa palabra? ¡Destruir! —Volvió a depositar su cuenco de agua en la hoja y repuso con una sonrisa—: Si tuvieras éxito, Umbregard el Poderoso; dime tú entonces: ¿quién protegería a Toril de ti?
«Si yo un Asesino al acecho fuera, querría una madriguera…»
—Dulce Mystra —murmuró Elminster, sonriendo a pesar suyo—, hagas lo que hagas, no permitas que jamás intente convertirme en bardo. —Dio otro paso a lo largo de la derrumbada pared de las ruinas, y el chirrido de sus botas sobre las húmedas hojas muertas resonó con inusitada fuerza en el espectral silencio del vacío bosque.
De algún modo sabía que aquel alcázar desmoronado tenía que estar ligado a lo que fuera que mataba a la gente y a las criaturas del bosque de los alrededores. Lo había sentido con toda claridad mientras seguía la carretera de la costa, llamándolo hacia allí, llamándolo…
Se detuvo y alzó la mirada para contemplar con fiereza las mohosas piedras. ¿Estaría acaso bajo el influjo de un hechizo, que lo arrastraba hasta ese lugar?
Sin duda habría percibido cualquier clase de atracción o sugestión…
De improviso, El dio media vuelta y regresó sobre sus pasos por el hundido puente, alejándose de las ruinas sin aflojar el ritmo. Volvió la cabeza una vez, sólo para asegurarse de que nada se abalanzaba sobre su espalda, pero todo parecía tan tranquilo como antes. Aun así, seguía sintiéndose vigilado.
Estudió los dentados restos de los muros durante un buen rato, pero nada se movió y nada pareció cambiar. Con un encogimiento de hombros, dio la vuelta otra vez y volvió a descender por el sendero.
No había ido muy lejos cuando lo vio por el rabillo del ojo —lo esperaba pero no era exactamente lo que había esperado—: una mujer que lo observaba por entre dos foscos. Dio una vuelta completa sobre sus talones, pero no vio a ningún humano que lo observara, ni a nadie que revoloteara de árbol en árbol o se agazapara en cualquier hondonada. Además, de haber existido tal movimiento, habría oído el crujido de las hojas secas.
Con una sonrisita, El regresó a la carretera y retomó su pausado andar de regreso a la carretera de la costa. Sospechaba que no tendría que aguardar mucho para volver a ver aquel rostro contemplándolo otra vez… pues eso era lo que había sido; no una figura vestida, sino una cabeza y un cuello. Incluso podía tratarse de un espectro flotante.
Si ella era el Asesino, eso explicaría la falta de huellas que seguir o de criaturas que los hombres del gran duque pudieran acorralar. La manera de matar incluso suge…
Ahí estaba otra vez, mirándolo con fijeza desde un árbol situado más adelante. Esta vez El no echó a correr al frente sino que se volvió despacio para mirar en todas las direcciones… y, tal y como había esperado, aquel rostro lo miró ahora desde un árbol situado a su espalda, de vuelta hacia las ruinas, justo el tiempo suficiente para que sus ojos se encontraran.
Sonrió despacio y regresó hacia el segundo árbol. Se encontraba a pocos pasos de él cuando un rostro fantasmal se volvió para mirarlo desde lo alto de un árbol situado mucho más cerca de las ruinas. Elminster le dedicó un efusivo saludo con la mano esta vez y permitió que lo condujeran de vuelta al edificio. Cuanto antes llegara al fondo de esto, más pronto podría marcharse de allí, antes de que oscureciera, y así poder continuar con la tarea principal que le había encomendado Mystra.
Se encaminó ahora hacia el otro lado de los muros, sólo para recorrer terreno nuevo, y se encontró mirando, por entre aberturas de la desmoronada construcción de piedra, a una enorme estancia que parecía tener muebles en su interior. Se acercó con sumo cuidado por entre una maraña de arbustos achaparrados y piedras caídas, para atisbar.
—¡Ahí! —gruñó una voz, ronca, y no muy lejana.
Mientras Elminster se agachaba y giraba en redondo, oyó el familiar zumbido de unas flechas que se acercaban, y la vida tras la que iban aquellos proyectiles era la suya.
Ilbryn Starym tiró de las riendas ante el sorprendido grito del centinela y alzó una mano vacía.
—Vengo en paz —empezó—, solo…
Para entonces las jabalinas silbaban ya hacia su persona, y hombres con espadas precipitadamente desenvainadas y el miedo y el asombro pintados en el rostro saltaban por entre los árboles desde todas las direcciones.
—¡Elfos! —rugió uno de ellos—. Os dije que eran elfos, desde un principio…
El elfo suspiró, arrojó al suelo la capa con la palabra que haría que toda la zona quedara a oscuras, e hizo retroceder a su resoplante cabalgadura a un lado. Su repentina sacudida le indicó que una de las jabalinas había dado en el blanco incluso antes de que el animal se alzara sobre los cuartos traseros, derribándolo de la silla, y fuera a estrellarse de costado contra el suelo… a pocos centímetros de Ilbryn. El elfo se alejó rodando más deprisa de lo que jamás había hecho nada en toda su vida, pero aun así una coz le dejó paralizada la cadera sana y sin duda también se la desgarró.
«¡Condenados humanos! —pensó—. Ni siquiera se puede cabalgar por los senderos del bosque sin que a uno le caigan encima aventureros idiotas tan arrogantes como para instalar sus campamentos justo en medio del camino».
Ilbryn se incorporó, se alejó dando traspiés hasta dar de bruces contra un árbol, y se apoyó en él. Los humanos daban vueltas a ciegas por el pequeño rincón de oscuridad que había creado, matándose unos a otros —¡estúpidos!—, gritando asustados, y en general destrozando su campamento y los árboles de sus inmediaciones. Si éstos eran los asesinos, eran más que ineptos… No, éstos debían de formar parte de una de las bandas de mercenarios. ¡Ja! ¡Creían que él era el Asesino!
Muy bien, entonces…
Envuelto en unas tinieblas a través de las cuales sólo él podía ver, Ilbryn contempló durante unos instantes la refriega mientras recuperaba el aliento y miraba en derredor, buscando magos o clérigos que pudieran poseer la inteligencia y el poder para poner fin a su conjuro. En cuanto lanzara otro, su falsa oscuridad caería como una capa arrojada al suelo, de modo que quería que su siguiente hechizo fuera muy bueno.
Dos de los miembros de esta ignorante banda de aventureros habían muerto ya a manos de sus compañeros, y, mientras el elfo observaba, un tercero lanzó un agónico alarido al ser ensartado por dos jabalinas. El más fuerte de sus asesinos lo empujó contra un árbol y lo dejó allí clavado vomitando sangre. El elfo meneó la cabeza con repugnancia y siguió observando… ¡Allí!
Aquel hombre junto a la tienda, inclinado sobre unos pergaminos. Ilbryn preparó su conjuro; luego recogió una piedra que estaba junto a su árbol, calculó el disparo con los ojos entrecerrados… y lanzó. La piedra rebotó en el puchero y derramó su contenido en la hoguera.
El hombre de los pergaminos giró la cabeza en redondo para averiguar qué había sucedido, y otros dos aventureros salieron a gran velocidad de entre los árboles, empleando la palabra humana preferida, «¿Qué?», entremezclada con innumerables juramentos.
Todo un grupito. ¡Ahora, antes de que todos volvieran a salir corriendo! Ilbryn se apuntaló contra el árbol y lanzó el hechizo tan silenciosamente como pudo pero con gran cuidado; un instante antes de finalizar, se oyó la advertencia del mago humano:
—¡Eh, quedaos todos… quietos! ¡Escuchad!
Los seis o siete aventureros detuvieron obedientes sus gritos y carreras y permanecieron inmóviles como estatuas, mientras la oscuridad desaparecía y unos fragmentos rotantes de metal surgían de la nada a la altura de sus cinturas y los partían en dos. Unos pocos incluso llegaron a ver al elfo de pie contra un árbol, sonriendo despectivo.
El mago agachado quedó decapitado, y su sangre se derramó por encima de todos sus pergaminos cuando cayó al frente sobre el polvo. Ilbryn no se molestó en observar a los caídos por más tiempo, y se dedicó a escuchar los sonidos producidos por los vivos. Al menos dos, y posiblemente cuatro, seguían agazapados a poca distancia.
Uno de ellos pasó justo por su lado, profiriendo alaridos de horror mientras penetraba a la carrera en el ensangrentado campamento. Por los árboles temblorosos, ¿es que todos los humanos eran así de estúpidos?
Estaba claro que lo eran; otros dos se unieron al primero, llorando y aullando. Ilbryn suspiró. No pasaría mucho tiempo antes de que incluso unos idiotas como éstos observaran la presencia de un elfo apoyado contra un árbol. Casi con pesar envió el conjuro explosivo que acabó con ellos.
Sus ecos resonaban todavía entre los árboles cuando escuchó el leve chirrido de una bota que hizo que girara en redondo… para encontrarse cara a cara con un solitario guerrero humano aterrado a tres pasos de distancia, que se acercaba a él con la espada alzada.
—¿Eres el Asesino? —inquirió el hombre, el rostro y los nudillos lívidos de terror.
—No —le respondió él, retrocediendo detrás del árbol.
El hombre vaciló pero enseguida reanudó su cauteloso avance.
—¿Por qué mataste a mis compañeros? —rugió, desenvainando una daga para disponer de dos armas defensivas.
Ilbryn dio otro paso atrás, manteniendo el árbol entre ambos, y se encogió de hombros.
—Cometisteis un error —repuso el elfo, cuando iniciaron la lenta vuelta en círculo alrededor del árbol, contemplándose mutuamente a los ojos.
»Cabalgaba por el sendero, en paz y sin intención de haceros daño, y vosotros me atacasteis: más de una docena contra uno. ¿Bandoleros? ¿Aventureros? No tenía tiempo de parlamentar o ver quiénes erais. Todo lo que pude hacer fue defenderme. Si lo hubierais pensado un poco antes de blandir las espadas, se podría haber evitado tanto derramamiento de sangre. —Sonrió burlón—. Deberíais tener más cuidado cuando andáis por el bosque. Estos sitios son peligrosos.
Eso desató la furia que esperaba; los humanos resultaban tan previsibles… El guerrero atacó con un rugido inarticulado, descargando furiosos mandobles. El elfo dejó que el árbol recibiera la mayor parte de los golpes y aguardo a que la hoja quedara atorada; luego se adelantó veloz para desviar a un lado la mano que empuñaba la daga con una de sus propias manos… y presionar la otra sobre el rostro del hombre. Entonces liberó el hechizo que acabaría con su vida.
La carne se fundió en medio de una humareda, y el hombre cayó de rodillas con un borboteo agónico. A juzgar por el gemido desesperado que emitió, el hombre era consciente de que se moría, incluso antes de empezar a arañar la carne que se desprendía de su rostro en un intento por conseguir llevar aire a sus pulmones.
—No es que me entristezca tener que mataros a todos —le informó el elfo con indiferencia—, ya que me habéis costado un buen caballo.
Ilbryn retrocedió y lanzó una mirada en derredor, por si otros aventureros supervivientes —o el mismo asesino, fuera éste quien fuera— se acercaban; pero no parecía existir tal peligro.
El guerrero emitió un último estertor, y yació inerte.
—Después de todo —le dijo Ilbryn—, éste es el Paraje Muerto, según me han dicho.
El elfo se alejó para recorrer el campamento por si hubiera algo que pudiera serle de utilidad. Al cabo de unos pocos pasos se detuvo y se inclinó de un modo bastante rígido para recoger una espada fina de buena calidad de entre las hojas pisoteadas.
—Por si acaso —explicó al cuerpo destrozado de su difunto propietario de mirada fija, cuyos dedos permanecerían extendidos para siempre hacia el arma que había dejado caer. Mientras utilizaba su propia espada para liberar la vaina del ensangrentado y enmarañado arnés, añadió casi divertido—: Al fin y al cabo, nunca se sabe cuándo hará falta una buena espada.