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En Barrtor, al este del río Boros, la 111.ª y la 112.ª Compañía de Ultramarines están acantonadas en ciudades prefabricadas situadas en las zonas limítrofes del bosque. En cuanto Vared, el comandante del Undécimo Capítulo, diera la orden, se subirían a los Rhinos, a los Rhinos modificados de casco largo, y a los Land Raiders y cruzarían el terreno hasta Puerto Numinus para comenzar el embarque.
Ekritus acababa de reemplazar a Briende como capitán de la 111.ª. El antiguo capitán había caído en Emex. Había sido una pérdida muy dura para la compañía. Ekritus es un gran capitán en ciernes. Desea una buena batalla, una batalla que forje de nuevo a la compañía para que vuelva a ser lo que era y demostrar a sus guerreros que es un sustituto digno de su apreciado Briende.
—Jamás he visto a nadie tan ansioso por entrar en combate —comenta Phrastorex, el capitán de la 112.ª—. ¿Y tú, Anchise?
—Tampoco, señor —le responde el sargento Anchise.
Caminan para reunirse con Ekritus en el terraplén que se extiende bajo los árboles. Forma una plataforma de observación natural. Se puede ver toda la llanura aluvial, los campamentos de las compañías de los Portadores de la Palabra que han aterrizado en el planeta la noche anterior, las ciudades compuestas por tiendas de campaña del ejército y los prados llenos de titanes. Las máquinas de guerra están desactivadas, esperando, de pie y formando filas semejantes a gigantescos árboles metálicos. Una columna de blindados y de piezas de artillería remolcadas por vehículos cruza retumbante la autovía que discurre bajo ellos. Los cazas interceptores centellean al efectuar un vuelo bajo. El aire está cargado de una neblina azul.
Ekritus les sonríe. Phrastorex es un veterano, un guerrero ya mayor. Ekritus es consciente de que Vared le ha encargado a Phrastorex que acepte la tarea de actuar como mentor durante la transición en el mando. Una compañía es una organización de gran tamaño, y nadie se puede poner al mando de algo así a la ligera.
—Sé que nadie debería tener prisa por lanzarse a la guerra —declara Ekritus—. Lo sé, lo sé. Ya he leído a Machulius y a Antaxus, a Von Klowswitts…
—Espero que también a Guilliman —comenta Phrastorex.
—Sí, creo que he oído hablar de él —responde Ekritus.
Los dos se echan a reír. Hasta Anchise, que se encuentra en posición de firmes, frunce los labios para ocultar una sonrisa.
—Necesito proporcionar un objetivo a mis guerreros. Una amenaza práctica, nada de misiones teóricas. No puedo dar demasiadas arengas inspiradoras antes de que simplemente necesiten que yo les dirija en persona dando ejemplo.
Phrastorex suelta un suspiro.
—Te compadezco. Recuerdo el día en el que acepté la vara de mando después de que muriera Nectus. Necesitaba profundamente ese primer combate para iniciar a mis guerreros. Demonios, lo necesitaba mucho. Necesitaba unirlos a mí frente a un enemigo, no que se unieran frente a mí como si yo fuera un enemigo.
Ekritus hace un gesto de asentimiento.
—¿No es cierto, sargento?
Anchise duda un momento.
—Es completamente correcto, señor. La teoría es sólida y sensata. La concentración del combate hace que los guerreros se olviden de otros asuntos. Es un modo excelente de crear una unión con el nuevo comandante. Les proporciona a todos una experiencia que pueden compartir. Por supuesto, en el caso específico del capitán Phrastorex, jamás ha sido capaz de crear un lazo de unión con nosotros o de demostrar su valía.
Los tres se echan a reír a carcajadas.
—Me hubiera gustado que se tratara de una operación más directa —comenta Ekritus—. La escala de esta movilización es ridícula. Sólo las tareas logísticas ya son suficientes para ralentizarlo todo.
—Me han dicho que partiremos esta noche —le informa Phrastorex—. Mañana como muy tarde. Y luego, ¿qué? Dos semanas de viaje en la nave a acabarás hasta las cejas de sangre de orko.
—Espero que sea pronto —responde Ekritus—. Estoy impaciente, porque aquí no va a pasar nada de nada.