Prólogo

La tierra entera va a perecer, un diluvio

está por venir sobre toda la tierra y todo

lo que se encuentre sobre ella perecerá

Versión etíope del libro de Enoch 10,2.

La multitud de un millar de máscaras avanzaba portando antorchas.

La plaza a la que daban la basílica y el palacio estaba iluminada como si fuera pleno día y los fuegos artificiales hacían que las dos lunas aparecieran borrosas.

—¡Bárbaros terranos! —escupió Astharoshe con fuerza.

El viento de la laguna traía el alboroto de la plaza hasta la callejuela oscura en la que se encontraba.

Estudiando la documentación, pensaba que se había hecho una idea general de lo que eran los Carnavales de Venecia, pero la realidad superaba en mucho lo que había imaginado. Le costaba entender la mentalidad de los terranos, que eran capaces de estar de fiesta de aquella manera durante más de diez días seguidos.

—Mira que citarme aquí… ¿Hasta cuándo piensa tenerme esperando?

Al contrario que en su país, donde el día empezaba a la puesta de sol, allí la jornada comenzaba y terminaba a medianoche. La torre gigantesca del reloj anunciaba el inicio de un nuevo día.

Sin embargo, no había ninguna señal de la persona con quien se había citado. Astharoshe se estiró el cuello del abrigo de piel y se quitó las gafas.

¿Era mejor que se pusiera a perseguir a su objetivo ella sola?

Estaba esperando a un… ¿agente, le llamaban?… que se suponía que era el más eficaz que tenían por allí. Total, seguro que no era más que un terrano débil y estúpido. Le habría ido mejor si lo hubiera hecho sola. Al fin y al cabo, era la persona que más sabía sobre el objetivo. Entonces…

—No, no, no…

Astharoshe levantó la cabeza, alejando de sí aquellos tentadores pensamientos.

Por fin, alguno de aquellos fanáticos decía algo comprensible. Si se retiraba en ese momento, sólo conseguiría herir los sentimientos de los que estaban allí.

—Por ahora, hay que capturar al objetivo y marcharse de esta casa de locos… ¿Eh?

Astharoshe aguzó los oídos para escuchar las voces que resonaban en el canal.

Era como si dos mujeres y cuatro hombres, probablemente gondoleros, estuvieran discutiendo. Por lo que podía entender de la jerga que hablaban los hombres, les estaban exigiendo a las mujeres que pagaran con favores sexuales la parte que les faltaba de dinero.

No tenía ni idea de dónde se apareaban los terranos, pero si iban a hacerlo allí mismo sería un problema. Durante unos momentos, pensó seriamente si ir a mandarles que se fueran a otra parte.

—Perdonad que os moleste, pero… —resonó una voz despreocupada en el fondo del callejón—. ¿Voy bien para la plaza de San Marcos?

Era un joven alto.

Bajo la desordenada cabellera gris, las gafas redondas de culo de botella brillaban con el reflejo de las dos lunas. Iba vestido con un pobre hábito negro y una capa raída. Era el típico cura itinerante.

—¡Es que Venecia parece un laberinto! ¿Estáis de fiesta? Qué bonito es el carnaval… La verdad es que yo…

—Padre, ya ve que estamos ocupados —dijo un enorme gondolero barbudo, jugueteando con el grueso remo—. ¿Por qué no pregunta en algún otro sitio?

—Eh, pero…

—¡Padre, ayuda!

Las mujeres, gritando, corrieron hacia el sacerdote, que retrocedió, sorprendido. Hundiendo la cara en su hombro, se lamentaron con lágrimas en los ojos.

—¡Ayudadnos! Estos hombres quieren forzarnos a…

—¡No digas gilipolleces! ¡Si sois vosotras que no queréis soltar la pasta!

—A ver…

Al ver el terror en la cara de las mujeres, se dio cuenta de que se había metido en un campo de batalla. El sacerdote parpadeó.

—No es bueno pelearse —dijo—. Lo dice el Señor: «Guárdate de la ira…». ¿Eh?

Echándose hacia adelante, el cura esquivó el remo, que cortó el aire con un sonido funesto. Empezó a retroceder sin cambiar de posición. Parecía un animal que se hubiera equivocado de camino en el transcurso de la evolución.

—¡Qué susto! Eso se avisa… Pero ¿qué…?

—¡Cállate y date el piro, cura de mierda! ¿Quién te ha pedido que vengas con tus malditos sermones?

—¿Malditos…? ¡Ay, Señor!, ten piedad de estos hijos de los hombres de poca fe… ¡Ah, sí! Señoras, ahora es el momento de escapar… ¿Eh?

No había ni rastro ya de las mujeres. En la calle que daba a la plaza, el bajo de un vestido de colores flotó un instante y desapareció en la esquina.

—¡Jajaja! Bueeeno. Si mi sacrificio tiene que servir para salvar la virtud de dos mujeres, supongo que es un buen trato. La verdad es que no me importa. Es decir, no me importa que… ¡Ji, ji! Pero ¿qué…?

Mientras reía tristemente con voz seca, alguien apareció a espaldas del sacerdote. Al girarse, se encontró con un grupo de miradas asesinas.

—A ver…, vamos a tranquilizarnos. El señor dice: «Sufriéndoos los unos a los otros, y perdonándonos los unos a los otros…».

—Matadlo.

El estruendo de los bramidos de la ira se mezcló con los gritos de dolor.

—Ma…, matar a un sacerdote conlleva una maldición muy grande. Calmaos. Vamos a respirar todos profundamente… ¡Qué alguien me ayude!

«Éste está acabado…».

Dando un suspiro, Astharoshe se puso de pie.

No tenía por qué entrometerse, pero no tendría la conciencia tranquila si dejaba que lo mataran ante sus propios ojos. Además, la espera la había puesto de mal humor.

—…

Echó a correr en silencio y dio un pequeño salto. Tenía en las piernas una potencia decenas de veces superior a la de los terranos. Propulsándose desde las paredes a derecha e izquierda, tomó velocidad y aterrizó en medio del grupo de hombres.

—¿¡!?

Cuando quiso darse cuenta de lo que tenía encima, el barbudo ya había recibido un puñetazo en la cabeza y estaba arrastrándose por el suelo. El golpe había sido bastante controlado, pero era posible que le hubiera fracturado el cráneo.

—¿Eh?

El resto de los hombres se quedó perplejo.

Ante ellos había aparecido una mujer increíblemente bella, bañada por una suave luz de las lunas.

Era una mujer muy alta. Llevaba un abrigo negro de más de metro ochenta que le llegaba hasta los tobillos. Tenía la melena blanca. Excepto por un mechón del color se la sangre a la altura de la frente, toda la cabellera estaba descolorida como el marfil. Sin embargo, por la juventud del rostro y los ojos ambarinos, parecía que acababa de salir de la adolescencia.

—¿Quién…?

—Apartaos.

Astharoshe apartó al sacerdote de un golpe y se giró hacia los hombres. Justo cuando el cura empezó a gritar desde el canal al que le había tirado, Astharoshe pegó una patada al suelo y con un salto…

No habrían pasado más que unos segundos. En la calle yacían una decena de hombres con la cabeza partida.

—¡Hmmm!, vaya poca cosa, los terranos —resopló Astharoshe, mirando cómo el líquido empezaba a secarse sobre el pavimento.

Eran los típicos que atacan en grupo a alguien más débil. El hecho de que fueran físicamente similares a ella acentuaba todavía más su bajeza moral. Y pensar que gente así insultaba a los methuselah llamándolos «vampiros»…

—Disculpad… —dijo una voz miserable que hizo volver a Astharoshe en sí—. ¿Haríais el favor de ayudarme? Es que no llego con la mano.

—…

¡Ah, claro, era él!

Era pesado liarse en asuntos de terranos, pero si se le moría allí de un ataque al corazón o algo así, sería peor. Astharoshe tendió la mano hábilmente.

—Agarraos aquí.

—Gracias. Por cierto, ¿no seréis por casualidad del Imperio? ¿Sois Astharoshe Asran, vizcondesa de Odessa, marquesa de Kiev e inspectora del Imperio de la Humanidad Verdadera?

—¿Qué…?

A Astharoshe se le endureció el rostro como si la hubiera golpeado un rayo.

Sólo su contacto tenía aquella información. ¿Quería decir eso que el cura…?

«Un momento. No es posible. No puede ser que…».

Un presentimiento horrible recorrió la corteza cerebral de la aristócrata e hizo que se estremeciera.

Su contacto, la agencia Ax liderada por la cardenal Caterina Sforza, le había prometido un agente eficaz. Por mucho que los terranos fueran estúpidos e inestables, que le hubiera tocado ese cura…

Mirando a Astharoshe, que aún estaba estupefacta, el sacerdote dibujó una sonrisa que daba miedo.

—¡Ah!, pues sí. Qué bien. Me temía que ya os hubierais marchado. Soy Abel. Abel Nightroad. Me envía la duquesa de Milán para apoyaros en las tareas de investigación en Venecia. Es un placer.

¿Estaría aún a tiempo de soltarle la mano y volverse corriendo a casa?

Astharoshe dudó seriamente qué hacer…