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Cuando Jane Clausen salió de la consulta el martes por la tarde, Susan se quedó trabajando hasta casi las siete y llamó a Jed Geany.

—Hay un problema —anunció—. He llamado a Justin Wells para ver si le llevaba la cinta con la grabación del programa de ayer y niega haberla solicitado.

—¿Entonces por qué pidió que se la enviáramos en un sobre dirigido a su atención personal? —Repuso Geany—. Susan, sólo te digo una cosa: quienquiera que haya llamado estaba nervioso. Quizá Wells no quiere que nadie sepa que ha pedido la cinta. O quizá la quería por algo que ya no le importa. Tal vez tiene miedo de que se la cobremos. En realidad sólo pidió las llamadas de los oyentes. Creo que era la única parte del programa que le interesaba.

—La mujer que atropellaron ayer en Park Avenue es su esposa —dijo Susan.

—¿Ves lo que digo? El pobre tiene otras cosas en la cabeza.

—Seguramente tienes razón. Hasta mañana.

Colgó y se quedó sopesando la situación. Decidió que, de cualquier manera, iría a ver a Justin Wells, y que ahora volvería a escuchar la parte de las llamadas del público.

Sacó el casete del bolso, lo puso en el aparato, apretó el botón de avance rápido y al cabo de un rato empezó a escuchar las llamadas. Todas eran irrelevantes, salvo la de la mujer de voz grave y tensa que se había identificado como «Karen» y contó lo del anillo de turquesas.

Ésta tiene que ser la llamada que le interesa a Justin Wells, o quienquiera que sea, pensó. Pero había sido un día largo y en ese momento no se le ocurría por qué. Cogió el abrigo, apagó las luces, cerró la puerta de la consulta y se dirigió al ascensor por el pasillo.

Tendrían que poner un poco más de luz por aquí, pensó. La oficina de Nedda estaba a oscuras y el largo pasillo quedaba medio en penumbras. Apretó el paso.

Había sido una jornada agotadora y tuvo el impulso de coger un taxi. Sin embargo, desistió y echó a andar hacia su casa con cierta sensación de virtud. Se puso a pensar en la visita de Jane Clausen y en la inquietud que había expresado en relación a Douglas Layton. Era evidente que la señora Clausen estaba muy enferma. Susan se preguntó si eso influía en su percepción de Layton.

Era posible que el día anterior Layton hubiera tenido una cita imposible de anular, y que esa mañana estuviera esperando a que la señora Clausen acabara de hablar por teléfono para entrar en su despacho.

Pero… ¿Y la impresión de la señora Clausen de que había conocido a Regina y mentía? De pronto recordó el nombre de Chris Ryan, un agente retirado del FBI que había trabajado con ella en la fiscalía de Westchester y que ahora tenía su propia empresa de seguridad. Podía hacer una pequeña y discreta investigación sobre Layton. Decidió ponerse en contacto con la señora Clausen al día siguiente y sugerírselo.

Susan miró alrededor. Las callejuelas de Greenwich Village nunca dejaban de fascinarla. Le encantaba esa mezcla de calles tranquilas con casas adosadas de finales de siglo y avenidas transitadas que serpenteaban y cambiaban de dirección como los arroyos de las montañas.

De pronto se sorprendió tratando de encontrar la tienda de souvenirs que había mencionado esa oyente, Tiffany, en el programa de esa mañana. No había pensado mucho en la chica, que afirmaba tener un anillo de turquesas similar al descrito por Karen. Dijo que un novio se lo había comprado en Greenwich Village. Ojalá que me lo mande, rogó Susan, para compararlo con el que me dio la señora Clausen. Si eran idénticos y estaban hechos en la ciudad, podía ser el primer paso para resolver la desaparición de Regina.

*****

Era asombroso cómo una caminata en un día fresco despejaba el cerebro, pensó mientras al fin llegaba a su casa. Al entrar en el apartamento, siguió el mismo ritual que tenía pensado para la noche anterior. Eran las ocho. Se puso el caftán, fue a la nevera y sacó los ingredientes para la ensalada que había empezado a preparar antes de la inesperada llamada de Alex.

Sacó un paquete de pasta del armario y decidió que esa noche iba a quedarse en casa. Mientras se cocía la pasta y se descongelaba la salsa de tomate con albahaca en el microondas, encendió el ordenador para ver si tenía correo electrónico.

Tenía mensajes sin importancia, salvo un par de comentarios sobre lo interesante que había sido la visita del doctor Richards y sugerencias de que volviera a invitarlo al programa. Por impulso, decidió ver si tenía una página web, y la encontró.

Con creciente interés, se centró en la información personal: Doctor Donald J. Richards, nacido en Darien, Connecticut; criado en Manhattan; diplomado en Yale, médico y doctor en psicología clínica por Harvard; máster en criminología por la Universidad de Nueva York. Hijo del doctor Donald R. Richards (fallecido) y de Elizabeth Wallece Richards, de Tuxedo Park, Nueva York. Hijo único. Casado con Kathryn Carver (fallecida).

Después había una larga lista de artículos publicados, así como críticas del libro Mujeres desaparecidas. Susan siguió leyendo y encontró cierta información que le hizo levantar las cejas. Una breve biografía explicaba que el doctor Richards, en su época de estudiante, había pasado un año trabajando en un transatlántico de lujo como ayudante del director del crucero. Bajo el título «actividades recreativas», se mencionaba que con frecuencia hacía cruceros breves. El Gabrielle figuraba como su transatlántico favorito y se añadía que había conocido a su mujer a bordo de esa nave.

Susan clavó la mirada en la pantalla.

—Pero si es el barco en el que viajaba Regina Clausen cuando desapareció —dijo en voz alta.