Hacia las ocho de aquella misma noche, Doug Layton estaba ante una mesa de blackjack en un casino de Atlantic City algo menos elegante que los demás. Mediante una rápida manipulación de fondos, había logrado reunir el dinero que necesitaba para cubrir la deuda que había acumulado durante su última visita, pero aun así su casino favorito se negó a admitirlo. Entre muchas de las personas de Atlantic City que lo conocían, Layton se estaba forjando una reputación de aprovechado.
Sin embargo, los tipos a quienes devolvió el dinero quisieron celebrarlo invitándolo a almorzar. En cierto modo, Doug había sentido alivio al ver el cariz que tomaban las cosas. Tarde o temprano los auditores habrían descubierto que estaba robando al Fideicomiso de la Familia Clausen, y, además, era más que probable que Jane Clausen se pusiera en contacto con Hubert March otra vez; puede que hasta lograra convencerlo de que acudiera a la policía. Prevenido como estaba, su plan consistía en largarse con el medio millón del que se había apoderado, antes de que fuera demasiado tarde. Ya tenía una reserva para un vuelo a Saint Thomas. Desde allí se las ingeniaría para llegar a una de las islas donde no había tratados de extradición con Estados Unidos. Era lo mismo que había hecho su padre, y nunca lo atraparon.
Medio millón era un buen comienzo para una nueva vida. Layton lo sabía y estaba decidido a abandonar el país con aquella suma.
—No puede irse de aquí sin probar suerte al menos una vez más —le dijo uno de sus nuevos amigos.
Doug Layton sopesó el reto; tuvo que reconocer que se sentía en racha.
—Bueno, quizá una mano de blackjack —dijo aceptando la oferta.
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No eran más de las nueve cuando salió del casino. Apenas consciente de cuanto lo rodeaba, caminó hasta la playa. No había forma de conseguir el dinero que ahora necesitaba, el dinero que debía a los tipos que habían vuelto a ponerlo entre la espada y la pared cuando la suerte lo había abandonado por última vez. Todo había terminado para él. Sabía lo que le esperaba: una acusación por desfalco, la cárcel, o algo peor.
Se quitó la chaqueta y puso el reloj y la cartera encima. Lo había leído en alguna parte, y parecía lo correcto.
Oyó el batir del oleaje. Un viento fuerte y frió soplaba desde el océano, y las olas eran altas. Temblaba, en mangas de camisa. Se preguntó cuánto tardaría en ahogarse y decidió que era mejor no saberlo, que era una de esas cosas que no se saben hasta que las haces. Entró en el agua con cautela y luego dio un paso más decidido.
Todo es culpa de Susan Chandler pensó, mientras el agua gélida le lamía los tobillos. Si se hubiese mantenido al margen, nadie se habría enterado y habría estado años al frente de la fundación…
Contuvo el aliento y siguió sumergiéndose hasta dejar de hacer pie. Una gran ola lo atrapó y luego otra, hasta que le faltó el aire, perdido en un mundo de frío y oscuridad golpeado por las olas. Procuró no ofrecer resistencia.
Maldijo a Susan Chandler en silencio. Ojalá te mueras, fue su último pensamiento consciente.