Jesús es la divinidad convirtiéndose en nosotros, cuyo fin es llegar a ser él mismo.
El honor de Dios es el respeto y la fe en los atributos y virtudes impartidas entre los hombres, destacando a los mejores. Quien calumnia o atenta contra un gran hombre, ofende gravemente a Dios: Porque él es Dios.
BLAKE
Amanece lentamente sobre el fiordo y los primeros destellos plateados empiezan a recorrer sin prisa las delgadas nervaduras de la cúpula de cristal de cuarzo y plomo. En estos últimos años, pocas veces me doy cuenta de que se ha encendido el piloto rojo, y la enfermera me sorprende siempre absorto contemplando el espectáculo de esta hora mágica en que el lecho difuso de brumas grises va dejando lentamente paso al de las aguas tranquilas y silenciosas, permitiéndome extraviar la mirada, durante esos preciosos minutos en que estoy solo, entre los innumerables matices de la extraordinaria profundidad del paisaje. La enfermera me preguntará, como todos los días, si tengo especial interés en permanecer junto al cristal, y esperará los dos o tres minutos de rigor, durante los que me esforzaré en encontrar nuevos argumentos para hacerla participar de la maravilla de aquella naturaleza preservada milagrosamente, terminando por convencerme una vez más de la inutilidad de este intento y dejando, sin oponer la más mínima resistencia, que conduzca otra vez la cabina hacia el panel de control frente al que volverá a sentarse el doctor Quorz. Mi vista se fija, abrumada, en los carriles, sobre los que una red de células fotoeléctricas controlan el deslizamiento de la cabina-silla quirúrgica que tan eficientemente ha llegado a sustituir a mi esqueleto. Mi esqueleto… «Posición sentado con las manos en donde deberían existir las rodillas, es la que consideramos más idónea para la fijación de los terminales nutricios y las ondas de excreción que deben injertarse directamente en la base de los ligamientos para que la eliminación de tóxicos sea lo más efectiva posible…». Eso es lo que dijo hace más de un siglo el doctor Björnstrand, en aquella primera época en que empezaron a sospechar que el fenómeno se les escapaba de las manos por el sólo hecho de habérselo arrancado a la naturaleza, y comenzaron a elucubrar, a mortificarse, y a construir todo este aparato inútil y superfluo con el que han estado jugando hasta ahora. En aquella época me creyeron, hablaban mi mismo lenguaje, y hasta puedo estar seguro de que las directrices básicas de los primeros tratamientos las elaboraron gracias a mis propias teorías e ilustrándose en aquellos experimentos de salón que iniciamos en Lovaina antes de…
La curva larga y amplia de los carriles son las huellas plateadas de lo que constituye hoy mi mundo, reducido al espacio de veintitrés metros que separa el panel de control situado en el fondo de la cámara radiactiva, de la base de la cúpula de cristal que domina el fiordo. Un mundo que se recorre en seis minutos, un paisaje al fondo, una profundidad que puede observarse después de dejar atrás veintitrés metros de plomo salpicado de pilotos de germanio y altavoces por un lado, y por otro la pantalla de vanadio transparente a través de la cual me es permitido el contacto con esta singular civilización nórdica que no tardará en desaparecer, también eclipsada por su afán enfermizo de supervivencia. Y para poder desplazarme en este reducido espacio dispongo del suficiente movimiento en el índice de la mano derecha que me permite pulsar los contactos de avance y retroceso de este féretro vertical construido sobre lo que quedó de mi cuerpo. El resto del sistema nervioso se reduce a la transmisión rudimentaria de impulsos eléctricos procedentes del exterior, destinados a mantener la alimentación celular y controlar la eliminación de los productos residuales del sucinto metabolismo.
La estación estival termina, así que dentro de unos días volverán a sumergirme en el estado de letargo hibernal durante el cual la conservación de los tejidos vivos necesita mucho menor caudal de energía, regenerándose casi de forma más natural y espontánea. Cinco meses de ausencia, cinco meses que pasarán sin que el mundo exterior tenga realidad para mí, y despertaré con renovadas fuerzas y deseos de beber en los acontecimientos que no he presenciado. Aunque este deseo se deba más probablemente a la mayor acumulación de energía, ácidos ribonucleicos, en el tejido vivo que a un propio interés intelectual, ya que cada día o cada época que pasa no es más que un oscurecerse, un eclipsarse paulatino y progresivo del último resto de nuestra atormentada especie. Por lo tanto, la palabra interés no puede aplicarse en este caso. Un mundo reducido, un espacio quirúrgico, dormir latente durante el cual el flujo de radioisótopos es mínimo. Recordar el fiordo nevado hace muchos, muchísimos años. En otra existencia… Es lógico que la enfermera no pueda comprenderlo. Esos argumentos que trato de hilvanar cuando me pregunta si deseo permanecer junto a la «ventana» me los estoy dirigiendo más a mí que a ella, tratando de convencerme día a día… Convencer… Convencer… Dormir… Contemplar el crepúsculo, el lento e implacable oscurecimiento de la civilización. El atardecer en el fiordo… Yo era estudiante todavía. La escuela de Copenhague. Los materiales radiactivos procedentes de la luna. Europa… ¡Cuidado! Esto puede ser peligroso. Recordar produce tensiones e irritaciones en el sistema autónomo del cerebelo que pueden provocar una crisis no prevista por el ordenador… Está prohibido El doctor me aconseja no recordar eso…
—El doctor Mog tiene una visita. ¿Desea el doctor Mog recibir —suena el altavoz— al señor Irko Raaginen?
¡Raaginen! Santo Dios, muchacho… Hace tantos años de nuestra entrevista… Luego vive todavía. Debe ser un anciano… Sí…
—Sí, hágale pasar, por favor.
La emoción que me embarga es extraordinaria. He de contenerme cuanto pueda, o de lo contrario volverá a sonar alta frecuencia de adrenalina y se pondrán en marcha los circuitos de emergencia del centro de control. Y quién sabe cuándo podré reanudar la visita… Raaginen. ¡Qué alegría!
Sale la enfermera en busca del visitante. Al cabo de unos minutos se enciende la luz de la antecámara, alguien está acondicionando su traje de inmersión en la atmósfera de isótopos radiactivos. Debe de ser él, sin duda; el único vínculo que me une a esta civilización… Se abre la gran puerta de plomo y aparecen dos figuras. Diría… Me parecía más alto entonces. No puedo verle bien todavía, pero sin lugar a dudas contrastaba enormemente con la estatura de las enfermeras que han pasado por aquí…
¡Santo cielo, cómo ha envejecido! Es un rastro de aquel valiente y sagaz periodista que se atrevió a hacer sus confidencias al monstruo. Escasos cabellos blancos en las sienes, delgado, demacrado, los pómulos hundidos y grandes bolsas bajo unos ojos terriblemente tristes y acabados. Es la muerte, es la propia imagen de la muerte…
—¡Raaginen! —digo antes incluso de que llegue a tomar asiento frente al micrófono—. Raaginen, qué alegría volver a verle…
La emoción me corta las palabras y una intensa comezón recorre la base del cerebelo, peligrosamente. ¡Por todos los dioses! Debo contenerme… De pie, levanta la vista hacia mí y sus ojos configuran una expresión difícil de describir. Ya no hay emoción ni miedo en su rostro, ni sorpresa; ni siquiera la sombra de algún lejano reproche. Es la máscara del agotamiento. La enfermera lo acomoda en el sillón. Ojala pudiera abrazarle…
Lo que me temía está a punto de suceder. Ha sonado la alarma de preaviso. La enfermera corre a los cuadros de control; en el registro sismográmico la plumilla ha descrito un pequeño pico. Con los dedos temblorosos la enfermera da más volumen al amplificador de señal, pero la perturbación no se reproduce.
—Tranquilícese, señorita, ya ha pasado. Sólo ha sido un momento —digo. Suena el altavoz:
—Atención, atención sala del doctor Mog. Atención. Alarma de alta concentración de adrenalina. Respondan.
Temblorosamente, la enfermera coge el micrófono:
—Vuelve a estar bajo control… El analizador ha regresado a la tasa normal de adrenalina. Volveré a informar.
Raaginen apenas se ha inmutado. Está ahora sentado, postrado, mirándome sin expresión. Cuando vuelve la enfermera acepta el micrófono de manos de ésta, distraídamente, como un objeto extraño, algo que está ahí entre sus dedos sin que tenga la más remota idea de por qué. Casi para sí, comienza a hablar con la voz de falsete de un anciano centenario:
—He venido… He venido a traerle las cintas… Le traigo las cintas para que se distraiga. He pensado que debe de estar usted muy aburrido aquí. A nosotros ya no nos hacen falta. Las hemos escuchado millones de veces. He pensado que le gustaría tenerlas como recuerdo de nuestra entrevista. Le dejo un aparato muy sencillo que usted podrá manejar cuando guste. Las cintas ya están montadas en él. Hemos oído esas cintas millones de veces. A nosotros ya no nos hacen falta… Eso… Eso no nos puede ocurrir a nosotros. No vamos a desaparecer. En nuestros mares sigue habiendo agua… No vamos a desaparecer. Así es que ya no nos hacen falta las cintas, pero se lo agradecemos muchísimo…
No ha podido terminar de hablar. Ha sonado la alarma de emergencia y el control de la sala ha pasado automáticamente al centro de ordenadores interrumpiendo totalmente toda comunicación y apagando la luz de la sala de visitas. Frente a mí, una enorme pantalla opaca. No he podido evitarlo esta vez, ha sido demasiado. Ha dicho que en sus mares «sigue» habiendo agua y eso les tranquiliza. Creen que están por encima de ese pasado y de ese miedo. No han comprendido nada, nada en absoluto. Es terrible, ¡santo cielo! Una vez más la generación del cataclismo no se puede comunicar con los supervivientes, por más tecnología y horas de reflexión que se empleen. Lo han intentado todo, han recurrido a todos los medios que tenían a su alcance, se lo he explicado miles de veces, han grabado millares de cintas. Todo inútil, completamente inútil. Siguen buscando la guerra atómica, la destrucción del hombre por el hombre, y no han entendido nada en absoluto, no han entendido que el hombre no puede destruir al hombre. Han vuelto a caer en ese gran absurdo. No han entendido nada del astro, del fuego que desciende del cielo y que es más poderoso que cualquier guerra atómica. De todo mi relato lo único que les ha llegado con algo de intensidad debe de haber sido la visión de la guerra, de ese submarino que dicen que explotó cerca de Chipre. Eso es lo único que pueden entender y sólo es un ínfimo aspecto de la verdad. ¿Qué pasó? ¿Quién lo sabe? ¿Quién se acuerda de los detalles? Pero los detalles no tienen importancia. El ciclo ha de cerrarse implacablemente. Que hubiera alguien en la expedición que se llamara como Edgar Alan Poe, o como sir Walter Raleigh, o como Fletcher-Christian, no tiene la más mínima importancia. Sólo son nombres al azar de entre los millones de nombres, y sería demasiado fácil de hablar de reencarnación, un eufemismo demasiado simplista para expresar con palabras una verdad mucho más amplia…
Por lo visto, han entrado en la sala los doctores de guardia. A través de la pantalla opaca sólo puedo distinguir sombras que cruzan rápidamente en todas direcciones. Lentamente va restableciéndose el control. Dentro de unos minutos me hablarán para comprobar si vivo todavía, si los circuitos de emergencia han funcionado extrayendo de las células y de los tejidos la sobredosis de adrenalina producida por esta fuerte emoción. Sí, han funcionado los circuitos de emergencia. La tecnología está a salvo, implacable, pétrea, pero terriblemente fría e inútil, estática e incapaz de comprender una verdad de los hiperestados de la conciencia… Inútil… Van a destruirse a pesar de toda la tecnología, se va a cerrar un nuevo ciclo para la humanidad por su incapacidad de alejarse de esta mortal sencillez y apego a lo puramente tangible, a las limitaciones del cuerpo, a su obstinado racionalismo.
La divinidad… El misterio superior vuelve a guardar su enigma celosamente. Tal vez por el hecho de que si la revelación llegara a todos dejaría de ser revelación. Si la divinidad no fuera acompañada de destrucción, dejaría de ser divinidad. Se oyen, sin embargo, unas palabras pronunciadas con voz cansada, pero solemne…
En el principio era el Verbo,
y el Verbo era Dios,
y el Verbo estaba con Dios.