13
La limpieza
Harper observó detenidamente el estado en que había quedado la casa de Bernie, y trató de impedir que eso la abrumara. Puso los brazos en jarras y respiró hondo.
—En realidad no está tan mal —dijo Daniel al percibir su inquietud, en un intento de calmarla—. Más que nada, son cachivaches desparramados. Podemos colocarlos en su sitio. No hay problema.
—Sí, tienes razón. —Asintió con la cabeza para convencerse.
Daniel pasó por su lado con una caja llena de productos de limpieza que ella se había llevado de casa. —¿Quieres comenzar con la sala de estar? Parece un poco más fácil que la cocina.
La cocina no habría estado tan mal si las sirenas no hubieran vaciado la nevera. Al parecer, allí no había gran cosa, pero encontraron una jarra de leche que llevaba derramada en el suelo casi una semana junto con algunas verduras frescas que se habían empezado a pudrir con el calor.
—¿Por qué no te ocupas tú de la sala de estar? —sugirió Harper—. Yo me pondré con la cocina.
—Prefiero ayudarte —se ofreció Daniel—. Quiero decir, para eso he venido hoy aquí.
—Ya lo sé. —Ella le sonrió—. Pero ya me estás ayudando bastante. Creo que podré arreglármelas para fregar un poco de leche agria.
El padre de Harper había ido el día anterior a ver al abogado para firmar los papeles. Stanton se había encargado de reunirse con Brian el sábado, ya que apenas podía salir del trabajo los días laborables. La casa todavía no era de ellos, al menos no oficialmente, pero apenas faltaban unos trámites. Así pues, Harper pensó que limpiarla sería un buen principio. Le pediría ayuda a Daniel, puesto que necesitaba un barco para llegar a la isla y de todos modos habían quedado en ser amigos.
La policía había liberado el lugar del crimen unos días antes, pero todavía quedaba cinta amarilla pegada en la puerta y alrededor de los árboles donde habían encontrado el cuerpo. Por lo demás, aquel sitio no parecía haber sufrido muchas alteraciones desde la última vez que Harper lo viera. Se preguntó cuánto habría escarbado la policía, suponiendo que hubiera hecho algo.
Si habían tomado huellas digitales, Daniel y Álex tendrían que inventarse alguna historia. Había bastantes motivos para que las huellas de Gemma y de Harper estuvieran allí, ya que las dos habían estado muchas veces en casa de Bernie.
Pero tampoco le preocupaba demasiado. Álex, Daniel y ella habían pensado una coartada para esa noche, que ya le habían contado a la policía: estaban discutiendo con Gemma, y ella se escapó con Penn, Lexi y Thea.
A Álex y a Daniel se les podrían ocurrir con facilidad razones lógicas para estar en la casa de Bernie. Por ejemplo, que Álex hubiera ido alguna vez de visita con Gemma. Y Daniel podría haberle llevado a Bernie el pedido del almacén.
Las dos excusas funcionarían, y la policía, probablemente, seguiría persiguiendo los tres pares de huellas no identificadas de la cabaña. Harper albergaba serias dudas de que a las sirenas les hubiesen tomado las huellas digitales en alguna ocasión.
—¿Así que os mudáis aquí? —preguntó Daniel, sacando a Harper de sus pensamientos mientras fregaba la leche de las baldosas de la cocina.
—¿Qué? —Le devolvió la mirada, y lo vio juntando todos los libros de Bernie y poniéndolos en los estantes.
—Ahora que sois los dueños de este sitio, me preguntaba si os vais a mudar aquí —dijo Daniel—. Lo estamos limpiando por eso, ¿no?
—No, yo no me voy a mudar aquí.
Ya había quitado la leche del suelo, así que se incorporó y estrujó la bayeta en el fregadero.
—¿Y por qué no? —le preguntó Daniel—. Es un lugar muy agradable.
—Eso ya lo sé. Es sólo que… —Se le había soltado un mechón de pelo de la cola de caballo y se lo puso detrás de la oreja—. Pronto iré a la universidad. Y aunque no me fuera, este sitio me trae demasiados recuerdos.
—¿Demasiados recuerdos? —Daniel había terminado de colocar de nuevo todos los libros en el estante y siguió por enderezar la mesita de centro—. ¿La mayoría no son buenos recuerdos?
—Bueno, sí —dijo ella—. Pero esa última noche fue…
Ella agarró una bolsa de basura para no tener que hablar de la última vez que había estado allí, cuando vio el cadáver de Bernie y los horribles monstruos que las atacaron a ella y a su hermana.
—Entonces ¿qué vais a hacer con este lugar? —preguntó Daniel.
—No lo sé —respondió Harper mientras llenaba la bolsa con comida podrida y la basura que había desparramada por el suelo—. Venderlo, supongo.
—¿Venderlo? —preguntó Daniel, como si fuese absurdo—. ¿Por qué haríais eso? ¿Por qué no se iba a mudar aquí tu padre?
—No puede —respondió Harper—. Quiero decir, supongo que podría, pero él no puede vender su casa, ni tampoco se puede permitir el lujo de mantener dos casas, sobre todo en una isla como esta.
—¿Y por qué no puede vender su casa? —preguntó Daniel.
—La casa tiene unas… tres hipotecas —explicó Harper—. Hace nueve años, mi madre y yo sufrimos un accidente de coche y tuvimos que gastar un montón de dinero en cuidados médicos. Fue cosa de un camionero borracho, que no tenía ni dinero ni seguro, así que todos los gastos corrieron por cuenta de mi padre.
—Cielos. —Hizo una mueca—. Lo siento.
—No es culpa tuya. Así son las cosas.
Ya había llenado la bolsa de basura, así que se detuvo para inspeccionar la casa. No habían estado limpiando mucho tiempo, pero la casa ya tenía mucho mejor aspecto. Casi se parecía a como era cuando Bernie vivía allí.
—Me va a parecer muy extraño que otra persona viva aquí —dijo Harper, más para sí misma que para Daniel—. Quiero decir, esta es la isla de Bernie.
—Siempre será la isla de Bernie —le aseguró Daniel—. No importa quién viva aquí, siempre va a ser de Bernie.
Se pasaron el resto de la tarde limpiando el lugar lo mejor que pudieron. Si era cierto que Brian iba a vender la casa, tendrían que deshacerse de todas las posesiones de Bernie, pero Harper no quería hacerlo en aquel momento. Sólo quería limpiarlo.
Se estaba empezando a poner el sol cuando Harper se desplomó en el sillón y dio por terminada la tarea.
—Creo que hemos hecho un buen trabajo —dijo.
—¿Estás de broma? —preguntó Daniel, sonriéndole—. Hemos hecho un trabajo alucinante. Le has sacado un brillo a la bañera que estoy seguro que no tenía ni cuando la instalaron.
Harper se rio pero no discutió con él.
—Es que cuando hago algo, lo hago bien.
—Seguro que sí.
Daniel se sentó en el sofá junto a ella, más cerca de lo necesario, pero Harper no dijo nada. Había habido pequeños momentos como ese durante todo el día, y ella no sabía cómo reaccionar. Cuando él le alcanzaba algo, parecía prolongar el contacto un poquito más de lo necesario. Y cuando la ayudaba a levantar algo, extendía los brazos alrededor de ella, y casi la abrazaba al hacerlo.
Ella no dejaba de decirse a sí misma que él sólo estaba siendo amable. Cuando la tocaba como al descuido, eso no significaba nada; debían de ser figuraciones suyas. Pero de todos modos, cada vez que él la rozaba, ella se daba cuenta de que el corazón le latía un poco más rápido.
En unas cuantas ocasiones, tenía ganas de mirarlo y se quedaba un buen rato observándolo; sobre todo mientras estuvo limpiando el dormitorio.
Las sirenas habían puesto la cama patas arriba, destrozado la cabecera, y destruido totalmente el vestidor. Bernie no creía en el aire acondicionado, así que en aquella habitación hacía como unos cuarenta grados. Daniel se había quitado la camiseta mientras luchaba por levantar la madera rota, y la había tirado por una ventana abierta antes de llevar la madera a la pila de la leña para cortar algo que alimentara la chimenea.
Harper se había ofrecido a ayudarlo, pero Daniel había insistido en que lo tenía todo controlado. Ella había estado barriendo la sala de estar y se había descubierto a sí misma deteniéndose para mirarlo con mucha más frecuencia de lo que habría debido.
Todo eso tenía que ver su aspecto cuando se movía. La manera en que se le flexionaban los músculos de la espalda y los brazos cuando levantaba los muebles desmantelados. Y ese tatuaje, que al principio Harper había pensado que era señal de que Daniel no le convenía, ahora le parecía sumamente atractivo.
Era un árbol grueso y negro, y las raíces le crecían desde el elástico de sus calzoncillos, apenas visible por encima de los pantalones. El tronco crecía hacia arriba, sobre la columna vertebral, y luego se torcía hacia un lado, de modo que las ramas se extendían por el hombro y le bajaban por el brazo derecho.
Él ya la había sorprendido mirándolo una vez, y ella había bajado la vista al instante y se había sonrojado, pero él se había limitado a reírse de ella. Daniel le dijo que debería pensar en hacerse un tatuaje, y ella se puso a limpiar algo más lejos, para no seguir mirándolo embobada.
—Gracias por venir a ayudarme hoy —dijo Harper cuando terminaron y, por desgracia, él se puso otra vez la camiseta—. No todo el mundo querría pasarse el domingo limpiando una casa.
—No hay problema. —Estiró los brazos, de modo que tenía uno apoyado en el sofá, detrás de ella, pero sin rodearla exactamente—. Ya te dije que me encanta ayudar.
—Ya lo sé, pero te lo agradezco de verdad —dijo ella—. Necesitaba salir y hacer algo en vez de estar deprimida por Gemma, o estar preocupándome por ella, o hablando de ella con Álex o mi padre.
—Bueno, me alegro de haberte ayudado a mantener la mente alejada de ella. —La miró fijamente—. Y estaré más que contento de ayudarte a mantener la mente alejada de lo que sea, cuando quieras.
—Gracias. —Ella sonrió cuando él la miró, pero algo en su mirada le hizo perder la sonrisa.
Él había movido el brazo, y ahora ella podía sentir su mano en el hombro. La notaba fuerte y áspera sobre su piel, y él la sostenía, acercándola más hacia él, con sus ojos de color avellana fijos en los de ella. Ella se reclinó contra él y, justo cuando pensaba que la iba a besar, él habló.
—Tal vez debamos irnos antes de que anochezca —dijo.
—Pues sí —asintió Harper cuando le salió la voz.
Él se alejó de ella y se levantó, de forma un tanto abrupta, y se fue de allí. Harper se quedó conmocionada en el sofá.
—Voy a empezar a llevarme la basura al yate.
Daniel se alejó sin mirar atrás.
—Sí…, hum…, ya te ayudo.
Harper se puso de pie de un salto y lo siguió, pero él ya había juntado las bolsas cuando ella lo alcanzó.
Cuando se subieron al yate, él apenas le dirigió la palabra.