8
La ingrata
Gemma se despertó cuando fuera todavía estaba oscuro, y apenas si pudo llegar al baño a tiempo. Se inclinó sobre la taza del váter para devolver lo poco que tenía en el estómago. Era viernes y llevaba unos días sin comer nada.
Una vez que terminó de vomitar, Gemma se apoyó contra las baldosas de la pared y trató de recuperar el aliento. La mente le daba vueltas, estaba mareada y le dolía la cabeza por la canción del mar.
Sentía la piel demasiado tirante. El sudor se le pegaba a la carne y se le secaba, pegajoso, lo que la hacía sentirse como si estuviera envuelta en plástico.
La mejor solución parecía una ducha. No eliminaría por completo su malestar, pero podría aliviarle un poco las náuseas.
Fuera estaba empezando a clarear, y una leve luz azul se colaba por la ventana del baño. Gemma decidió dejar la luz apagada, prefería estar medio a oscuras. Tal vez eso fuera lo menos molesto para su migraña.
Cuando abrió el grifo, dejó que corriera el agua fría sobre su piel, aunque aún estaba destemplada. Los sudores fríos hacían que siguiera temblando, pero pensó que el agua quizá le despejaría la cabeza.
De pie bajo la lluvia de la ducha, a Gemma le resultaba difícil no ponerse a cantar. No lo había hecho desde que, sin querer, su canto había atraído a Álex a su casa de Capri y ella había estado a punto de hacerle daño. Peor todavía, le había hecho más vulnerable al canto de las otras sirenas.
Así que, aunque la letra se le escapaba de la punta de la lengua hasta el punto de tener que morderse el labio para que no lo hiciera, Gemma no cantó. Tenía miedo de atraer sin querer a algún otro muchacho y meterlo en un lío.
Si Sawyer no estuviese viviendo allí con ellas, Gemma podría haber caído en la tentación de probar con una canción de cuna suave, o tararear para sí misma. Pero ya era malo de por sí que Penn y Lexi lo mangonearan. Gemma no quería controlarlo ella también.
Al menos, la ducha estaba ayudando. Su cuerpo ansiaba el agua como las plantas ansían la luz del sol. El agua del grifo no era exactamente la adecuada, en parte debido a los agentes químicos que se usan para tratarla, pero sobre todo porque no era agua salada del océano.
Por lo general, cuando se le mojaba la piel sentía un temblor en las piernas que indicaba que intentaban transformarse en cola. No hubo forma de que funcionara, o no del todo, porque sólo el océano inducía la transición.
En esa ocasión no sintió nada. Era como si su cuerpo ni siquiera tuviese las fuerzas suficientes para producir el cambio. Pero el dolor de cabeza se había aplacado, y eso era todo lo que necesitaba.
Gemma empezó a lavarse el pelo, y se sorprendió tarareando a pesar de sus intentos de no hacerlo. De todos modos, lo más probable era que el sonido del agua que corría ahogara su voz, así que decidió dejarse llevar.
Mientras se lavaba el pelo, algo se le enredó en los dedos. Sacó la mano para inspeccionarlo a la luz de la mañana, que se iba aclarando sin cesar.
Era un mechón completo de su propio cabello, y Gemma aulló espantada.
Levantó el brazo y se tiró del pelo. Sin ni siquiera intentar arrancarlo, se le salió otro mechón.
A pesar de que nunca se había considerado particularmente vanidosa, el ver cómo se le caía el cabello le causó una impresión terrible. No era tanto por el aspecto que iba a tener sino más bien porque asociaba la pérdida del cabello con las personas con enfermedades crónicas, como los pacientes de cáncer.
La cortina del baño se abrió de golpe, y Gemma se apresuró a cubrirse con los brazos para no quedar tan expuesta.
Penn estaba de pie al otro lado de la bañera, fulminando a Gemma con la mirada, el modo en que sólo Penn podía mirar. Era como si sus ojos negros cortaran a Gemma por la mitad.
Más allá de esa malévola mirada mortal, Penn tenía un aspecto espléndido para ser la primera hora de la mañana. Llevaba un camisón negro de seda que le llegaba hasta la mitad de los muslos, y el cabello moreno y lustroso le caía por la espalda.
—¡Penn! —gritó Gemma.
—Se te está cayendo tu mierda de pelo —dijo Penn, en un tono que iba de más que enfadada a bruja total.
—Sí. —Gemma se tragó su miedo y trató de aferrarse a la indignación—. Y también estoy desnuda. Así que sería genial si cerraras la cortina y me dejaras tener un poco de intimidad.
—Tienes que comer algo —dijo Penn sin hacerle caso.
—Ahora no voy a comer nada —dijo Gemma—. Estoy en la ducha.
Quería alargar el brazo y tirar de la cortina para cerrarla, pero eso la dejaría expuesta. Un brazo apenas le tapaba el pecho, mientras el otro intentaba esconder sus partes bajas.
—Muerta no me sirves de nada, Gemma —le advirtió Penn—. Si no comes algo pronto, te morirás. Y entonces me voy a enfurecer soberanamente. ¿Sabes lo que pasa cuando me enfurezco, Gemma?
La chica suspiró.
—No.
—Que me vengo de quien me enfurece. —Penn se inclinó hacia ella y bajó la voz—. Eso significa que voy a ir por ese estúpido chico que tanto te gusta, y también a por tu horrible hermana.
Gemma bajó la vista. El agua fría todavía le chorreaba por el cuerpo. Hizo acopio de todas sus fuerzas para no temblar.
Ella sólo pensaba en proteger a Harper y a Álex. Por eso se había ido, y por eso había aceptado algunas cosas. Aun así, había ciertas líneas que no estaba dispuesta a cruzar. Aunque eso significara arriesgar las vidas de las personas que más le importaban, Gemma no estaba segura de que pudiera hacerlo.
—No voy a matar a nadie —dijo Gemma por fin.
—Ni siquiera puedes atraer a alguien para matarlo. En este momento, pareces una Barbie zombi. —Penn hizo que Gemma se mirara en el espejo para ver su aspecto pálido y enfermizo, todavía con cabellos enredados entre los dedos—. Tienes que nadar.
—Yo no quier… —empezó Gemma, pero Penn la interrumpió.
—No ha sido una sugerencia. —Penn le sonrió con aire de suficiencia—. Ha sido una orden, Gemma, y, por lo que recuerdo, me prometiste que cumplirías todas mis órdenes.
Antes de que Gemma pudiera aceptar o no, Penn la sujetó del brazo y la arrastró fuera de la bañera. Tropezó con el borde y cayó al suelo, pero eso le dio la oportunidad de coger el camisón de tirantitos con el que dormía. Penn la soltó durante el tiempo suficiente para que Gemma se lo deslizara por la cabeza, y a continuación siguió tirándole del brazo.
—Hasta aquí hemos llegado —dijo Penn mientras la arrastraba fuera del baño.
Gemma echó un vistazo hacia el vestíbulo, y vio que todos habían salido para ver a qué se debía el alboroto. Lexi y Thea estaban de pie frente a la puerta del dormitorio. Sawyer parecía recién levantado, con el cabello revuelto de dormir.
—¿Necesitas ayuda, Penn? —preguntó el chico mientras Penn bajaba a Gemma por la escalera.
—¡Ahora no, Sawyer! —dijo Penn con brusquedad.
Él puso cara larga.
—Lo siento, nena.
—El problema es que he sido demasiado buena —dijo Penn, que reanudó su sermón contra Gemma—. Te dejé entrar en nuestro redil. Te di el don más fabuloso que jamás podrías pedir, y tú me lo tiras a la cara.
Gemma tropezó algunas veces. Los pies mojados patinaban sobre el suelo de mármol, pero Penn no aminoró la marcha en ningún momento. Si Gemma no se apresuraba, Penn era capaz de dislocarle el brazo.
Cuando lograron salir, a Gemma le resultó más difícil aún seguirle el ritmo. La puerta trasera daba directamente a la playa, y la arena hacía que le fuera casi imposible tenerse en pie.
Penn debía de haberse cansado de arrastrarla porque la tironeaba tan fuerte del brazo que Gemma tropezó y se cayó al suelo. Se sentó, pero no llegó a incorporarse.
—¡¿Qué pasa contigo?! —gritó Penn, lanzándole una mirada furiosa.
—¡Yo no pedí esto! —le replicó Gemma, que trataba de igualar la mirada furibunda de Penn.
—¡Ni yo tampoco! —gruñó Penn—. ¡Pero he hecho lo que buenamente he podido! ¿Por qué eres incapaz de hacer lo mismo?
—¿Cómo que has hecho lo que buenamente has podido? —le preguntó Gemma—. ¿Qué has hecho que sea tan fabuloso?
—¡No te atrevas a cuestionar mis elecciones! —Penn meneó la cabeza—. ¡No tienes ningún derecho! Y ¿sabes qué? No me importa lo que pienses, ni lo que quieras, ni si eres feliz. Eres una sirena y…
—¿Por qué no me dejáis ir y listo? —preguntó Gemma.
—¡No puedo dejarte ir! —gritó Penn—. Las sirenas tienen que permanecer juntas. Si una de nosotras abandona el grupo durante más de una semana, o algo así, nos morimos todas. Tienes que quedarte con nosotras. Como acordamos. Si te quieres deprimir, a mí plim. Pero no vas a morirte. ¡Hemos hecho un trato, y vas a hacer lo que yo diga!
Por mucho que Gemma odiase admitirlo, sabía que Penn tenía razón. Así que dejó escapar un hondo suspiro y levantó la vista hacia ella.
—De acuerdo. ¿Qué quieres que haga?
—Para empezar, métete en el mar y ponte a nadar antes de que te quedes sin cabello y se te empiece a caer la piel.
Penn señaló el agua que bañaba la playa.
Gemma no estaba segura de si Penn estaba exagerando o si la siguiente etapa de su deterioro consistiría realmente en que se le caería la piel. Pero no quería salir de dudas, y sabía a la perfección que presionar a Penn en ese momento no le convenía lo más mínimo.
Se levantó y caminó hacia el océano, cediendo a la canción que la había estado atormentando durante días. Las olas la revolcaron y cayó dentro de ellas.
Cuando vio que las piernas no se le transformaban, empezó a sufrir un ataque de pánico. El conocido cosquilleo de la transformación no llegaba. Las olas empezaron a empujarla mar adentro. Trató de nadar y luchar contra ellas, pero estaba demasiado débil. El agua la estaba venciendo, hundiéndola y, si no se transformaba pronto, se ahogaría.
Y entonces, cuando Gemma empezaba a creer que ya era demasiado tarde, ocurrió por fin. No fue tan suave ni tan agradable como de costumbre. Las piernas se le agitaron durante un buen rato antes de convertirse en una cola.
Inspiró hondo, agradecida de poder respirar otra vez, y después se alejó nadando.
Por un momento se evaporaron todas sus preocupaciones. Sentía viva la piel, que le cosquilleaba con la magia del agua. Hasta el cuero cabelludo le picaba, y se dio cuenta de que el cabello le estaba creciendo otra vez. El agua se llevó todos sus dolores y padecimientos.
Mientras nadaba, saliendo disparada por el océano como un delfín en pleno juego, Gemma pensó en escaparse. En irse nadando, sin más.
Podía dejar atrás todo aquello: Penn y las sirenas, y el asunto de la alimentación. Thea le había hablado del plan de Aggie de morir de ese modo, de nadar mar adentro y dejarse morir de hambre. Gemma podía hacer eso. Sin Gemma, las otras sirenas acabarían muriéndose, y todo aquello habría terminado para todos.
Pero después pensó en Álex y en Harper. En cuanto Penn se diera cuenta de lo que había hecho, de que había escapado, iría a buscarlos y los mataría.
Puede que Penn hubiera sido capaz de matar a su propia hermana, pero Gemma no podría. Ni siquiera podía soportar la idea de que le hicieran daño.
Salió a la superficie. El sol ya estaba totalmente por encima del horizonte. Estaba bastante lejos de la orilla, pero podía discernir la figura de Penn, de pie en la playa, viendo cómo nadaba.
Y en ese momento, Gemma comprendió al fin que Penn era una criatura totalmente distinta de ella. Incluso en los momentos en que Gemma había estado más enfadada que nunca con Harper, lo último con lo que habría soñado era con matarla. Ni a ella ni, a decir verdad, a ninguna otra persona.
Cabía la posibilidad de que Penn fuese malvada, pero ello no se debía al hecho de que fuese una sirena. Gemma haría lo que le dijeran, y sería una sirenita obediente, pero estaba decidida a no dejarse transformar en la misma clase de monstruo que Penn.