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—Venga ya, ¿adónde nos llevas, Eddie? —gritó King por encima del ruido de los motores mezclado con el de la tormenta.

Estaba atado de pies y manos con sedal, tumbado de costado en la cubierta junto al asiento del capitán. Sylvia iba sentada en el asiento de popa, atada del mismo modo, mientras Eddie guiaba la lancha de pie y el viento le alborotaba el pelo grueso y abundante.

—¿Qué más da? No es un viaje de ida y vuelta.

—Entonces ¿de qué sirve matarnos? Ya has logrado tus objetivos, has acabado con todos.

—No todos, viejo amigo. Por cierto, gané la apuesta.

—¿Qué apuesta?

—Cuando me atrapaste dijiste que se había acabado y yo dije que no.

—Felicidades.

Eddie cambió el rumbo hacia el este y cortó una ola enorme que sacudió la FasTech. King se golpeó la cabeza contra un borde de fibra de vidrio.

—¡Si no aminoras nos matarás antes de llegar! —gritó.

A modo de respuesta, Eddie aceleró un poco más.

—¡Eddie, por favor! —gimió Sylvia desde atrás.

—¡Cállate!

—Eddie… —comenzó a llorar de nuevo.

Eddie se volvió y disparó una bala que impactó a apenas dos centímetros de la oreja izquierda de Sylvia. Ella chilló y se arrojó a la cubierta.

Con un estruendo atronador, un rayo cayó sobre un árbol en un islote junto al cual pasaban a toda velocidad. El roble estalló en pedazos y la madera carbonizada salió despedida hacia el agua. El trueno subsiguiente fue ensordecedor.

King se desplazó lentamente. Atado de ese modo no podía enfrentarse a alguien como Eddie. Incluso en una pelea en igualdad de condiciones seguramente no podría con él. Miró a Sylvia. Seguía en el asiento trasero. A pesar del ruido, la oía sollozar. Se esforzó por ponerse de pie y, finalmente, lo consiguió. Deslizó la espalda por el lateral de la embarcación y llegó junto a Eddie.

Este le miró y sonrió.

—¿Te gustan las vistas desde aquí?

King miró en derredor. Conocía bien el lago, aunque como navegante experimentado sabía que las cosas se veían de otra manera en una oscuridad como aquella. Sin embargo, pasaron junto a un lugar que reconoció, un edificio de apartamentos de cinco pisos construido sobre un emplazamiento que se adentraba en uno de los principales canales del lago.

—¡Parece que vamos al este, hacia la presa! —gritó.

Rezó para que el móvil siguiera encendido. Si no lo estaba y Michelle trataba de llamarle no podría responder y, en cualquier caso, el sonido le delataría.

—¿Al este hacia la presa? —repitió con más fuerza.

—Conoces el lago —dijo Eddie, y tomó otro trago de cerveza, que parecía saborear hasta la última gota.

—Sé por qué los mataste, Eddie.

—No, no lo sabes.

—Lo averigüé. Tyler, Canney, Júnior, Sally. Y Hinson y Pembroke para despistarnos. Un tic fuera de lugar, ¿no? Un solo tic.

—No sabes una mierda.

—Tu padre era un tipo horrible, Eddie. Sé que te empujó a esto. Matabas por su culpa, por lo que le hizo a tu madre y a tu hermano.

Eddie le apuntó a la cabeza.

—Te he dicho que no tienes ni puta idea de por qué lo hice.

King se mordió el labio e intentó no perder la calma, algo nada fácil dadas las circunstancias.

—Vale, ¿por qué no me lo cuentas?

—¿Qué más da, Sean? Soy un psicópata, ¿no? Si no me electrocutan deberían encerrarme y tirar la llave. Probablemente dejen que alguien me raje mientras duermo en la celda. Así todos podrán respirar tranquilos. Se acabó Eddie. Genial, se acabó Eddie, y el mundo sigue girando. —Miró a King y rio—. Eh, por lo menos cuando tú mueras muchos te llorarán. Yo no tengo a nadie.

—¿Y Dorothea?

—Ya, claro.

—Remmy lo haría.

—¿Eso crees?

—¿Tú no?

Eddie negó con la cabeza.

—Olvidémoslo.

—Háblame de Steve Canney.

—¿Hay algo que contar?

—Eres un hombre honorable, Eddie. Deberías haber vivido hace ciento cincuenta años, así que concede a este condenado su última petición. Háblame.

Eddie sonrió.

—¡Qué demonios! Vale, allá vamos. Acababa de regresar de la universidad. Mis padres habían reñido. Savannah tenía unos dos años y papá ya se había cansado de ella. Sé que el muy cabrón había vuelto a las andadas. Le seguí y le vi con la mujer de Canney. Cuando tuvo el hijo fui al hospital y consulté los análisis de sangre. Roger Canney no era el padre, y yo sabía quién lo era.

—¿Es Savannah hija de Bobby y Remmy?

—Oh, sí. Creo que papá pensaba que mamá pediría el divorcio esa vez, pero de pronto se quedó embarazada. Para saber si el acto fue consensuado o no tendrás que preguntárselo a ella.

—¿Por qué no se divorciaron?

—¿La mujer de Bobby Battle dejándole? Un maniático del control no lo permitiría jamás. Habría sido un fracaso. Y el gran Bobby Battle nunca fracasaba. ¡Nunca!

—Remmy podría haberse divorciado si hubiera querido.

—Supongo que no quiso.

King se preguntó si debía formularle la siguiente pregunta, quizá no se le presentaría otra oportunidad como esa. También pensó que cuanto más le hiciera hablar, más tiempo seguirían con vida Sylvia y él. Quizá con un poco de suerte conseguiría convencerle de que no les matara.

—¿Por qué no mataste al niño, a Tommy Robinson?

—Supuse que inculparía a su padre y me facilitaría las cosas.

—Venga ya, no podías estar seguro de ello.

—Pues no tenía motivos para matarle. ¿Y qué? ¿Crees que porque no maté a ese niño soy un santo? Viste lo que le hice a Sally. ¿Qué me había hecho a mí, eh? Sin embargo le aplasté la cara. —Bajó la vista y aminoró un poco.

La tormenta arreciaba cada vez más e incluso a la FasTech le costaba surcar las embravecidas aguas. Fórmula construía algunas de las mejores lanchas del mundo, y King rezó para que la fibra de vidrio aguantase aquel ataque frontal. No obstante, bastaría un solo rayo para morir incinerados.

—¿Y Júnior?

—En ese caso me sentí muy jodido. La estúpida de Sally. ¿Por qué no salió en su defensa? Joder, Júnior me caía bien.

—No dejó que Sally dijese la verdad. No quería herir los sentimientos de su mujer.

—Ves, ya estamos. Lo mejor es decir siempre la verdad. Los dos estarían vivos si lo hubieran hecho. —Eddie sorbió la última gota de cerveza y lanzó la lata por la borda. Movió la cabeza varias veces para aflojar los músculos de la nuca—. Tú has matado, Sean.

—Sólo en defensa propia.

—Lo sé, no intentaba equipararnos. ¿Qué sentías justo antes de verlos morir y saber que lo habías hecho?

Al principio King creyó que Eddie le estaba restando importancia a eso, pero cuando vio que tenía la vista clavada en la oscuridad que tenían delante comprendió exactamente lo que le estaba preguntando.

—Sentía que una parte de mí moría con ellos.

—Supongo que en eso somos diferentes.

—¿Quieres decir que te gustaba?

—No; me refiero a que yo ya estaba muerto cuando comencé a matar. —Flexionó los brazos y sacudió la cabeza—. No siempre fui así. Nunca le hice daño a nadie ni a nada. No fui uno de esos que comienzan torturando animales y luego pasan a los humanos. La clase de gilipolleces en las que Chip Bailey insistía tanto.

—Nunca creí que fueras un vulgar asesino en serie.

—¿Ah, sí? —Sonrió—. Quería jugar en la Liga Nacional de Fútbol. Era lo bastante bueno, un buen jugador universitario, joder. Podría haber triunfado como jugador profesional. Bueno, puede que sí, puede que no. Fuerte como un toro, maquinaria de primera, y odiaba perder, no sabes cuánto lo odiaba, tío. Pero no pudo ser, el destino no lo quiso. Tienes razón, nací demasiado tarde. Habría encajado mejor en el siglo XIX. Joder, en este siglo sí que ando perdido.

—¿Cuándo descubriste la verdad sobre tu hermano?

Eddie miró a King y luego hacia atrás, donde Sylvia seguía en el asiento de popa.

—¿Por qué lo preguntas? —dijo volviendo a mirar a King.

—Creo que todo empezó entonces, por eso lo pregunto.

—Ah, ya, mi gran excusa, ¿no?

—La mayoría de los hombres en tu lugar suplicaría por tener una justificación, una defensa legal, algo para explicarlo.

—Supongo que no soy como la mayoría de los hombres.

Eddie soltó un poco el acelerador y la FasTech aminoró hasta los treinta nudos. Aunque seguía yendo rápido, al menos las hélices de la embarcación no emergían del agua cada cien metros.

—Cuando tenía diecinueve años —dijo Eddie sin dejar de mirar al frente como si intentase hacer un cálculo a ojo—. Ellos no sabían que lo había descubierto. Se limitaban a contarme mentiras sobre la muerte de mi hermano. Pero descubrí la verdad, vaya si la descubrí. No me darían gato por liebre. De ninguna manera.

—O sea, poco antes del simulacro de secuestro.

Eddie sonrió.

—No termino de creerme que ese secreto durase tantos años. Supongo que Chip se llevó una buena sorpresa.

—Por no decir algo peor.

King miró a Sylvia, pero ella se limitaba a observar las aguas oscuras, estremeciéndose con cada rayo y trueno. El lago estaba tan agitado que se le revolvía el estómago. Reprimió el impulso de hacer arcadas y dijo:

—¿Le planteaste la cuestión cara a cara a tu padre?

—¿Qué podía plantearle? Era el indomable Bobby Battle. Ese cabrón nunca podía equivocarse. Jamás admitió lo que le hizo a su propio hijo. Se folló a todas las putas de la zona, trajo la enfermedad a casa, mató a Bobby y le importó un pimiento. Eso no me sorprendió. Se la sudaba haber matado a alguien de su propia sangre. A mi hermano el cerebro le dejaba de funcionar, los ojos se le caían, los dientes se le pudrían. Durante los últimos años sufría constantemente, y lo digo en serio, constantemente. Era como si alguien hubiera arrojado aguarrás sobre un cuadro bonito. Yo sabía que Bobby estaba allí, pero era incapaz de verle. —Eddie parpadeó rápidamente—. Le veía consumirse día a día, tío. Cuando comenzó a enfermar de verdad pedí que lo llevaran al médico. ¡Maldita sea, ayudad a Bobby, ayudadle! ¡Por favor! Pero ni caso. Decían que yo era un niño, que no entendía nada. Lo entendía todo. Desde luego que sí, joder, pero ya era demasiado tarde para Bobby.

—He oído decir que tu hermano era una persona maravillosa, incluso a pesar del dolor y el sufrimiento.

A Eddie se le iluminó el semblante.

—Deberías haberle visto, Sean. Más bueno que el pan. Era todo lo que yo no era. Antes de que el cerebro empezara a darle problemas, era listo, tío, vaya si lo era. Me enseñó muchas cosas, me ayudó, cuidó de mí. Era mi hermano mayor. Habríamos hecho lo que fuera el uno por el otro. Y lo bien que nos lo pasábamos juntos. —King vio que las lágrimas le surcaban las mejillas—. Y entonces comenzó a empeorar cada vez más. Al final, mamá lo llevó a un especialista; nunca me contó lo que le había dicho, pero Bobby siguió empeorando. Murió cuatro días después de nuestro decimoctavo cumpleaños. Papá estaba en viaje de negocios. Mamá no quería entrar en la habitación. Sostuve a mi hermano entre los brazos, lo sostuve hasta que murió, y seguí sosteniéndole hasta que me obligaron a marcharme. —Hizo una pausa y añadió—: Bobby fue mi único amigo de verdad. Es la única persona que me quiso realmente.

—Dices que la reacción de tu padre no te sorprendió. ¿Te sorprendió en alguna ocasión? —preguntó King.

—¿Quieres saber lo que me sorprendió de verdad? ¿Quieres saberlo? —Eddie parecía un niño desesperado por compartir un secreto guardado durante mucho tiempo.

—Sí, quiero saberlo.

—Que mi madre, mi querida y gélida mamá, no movió un dedo por salvar a su hijo. Su maldito hijo. Bien, ¿cómo se entiende eso?

—No sé, Eddie. No sé por qué.

Eddie respiró hondo.

—Bienvenido al club. —Volvió a aminorar la marcha—. Bien, ya hemos llegado.

Mientras la lancha reducía la velocidad, King miró alrededor para ver si reconocía el lugar. Estaba muy oscuro y él se encontraba desorientado, pero había algo que le resultaba familiar.

Eddie extrajo un cuchillo de la bolsa impermeable y señaló a King, que retrocedió asustado.

—Eddie, sé que no quieres hacerlo. Podemos conseguir que te ayuden.

—Nadie puede ayudarme, Sean, pero te agradezco la oferta.

—¡Por favor, no lo hagas! —gritó Sylvia desde atrás.

Eddie la miró de hito en hito, sonrió de repente y le indicó que se acercara. Al ver que no se movía, sacó la pistola.

—La siguiente irá a la cabeza. Mueve el culo hasta aquí.

Ella avanzó cojeando y temblando de miedo. Eddie cortó el sedal que la ataba, la empujó escaleras abajo hacia la cabina de proa y cerró la puerta. Luego cortó limpiamente el sedal que ataba los pies de King.

—Ve a la borda, Sean. —Le presionó la pistola contra la espalda para que no dudara.

—¿Qué piensas hacer, Eddie?

—Volver al punto de partida, tío, al punto de partida. Sube a la borda y date la vuelta.

—¿Me dispararás aquí o cuando esté en el agua?

A modo de respuesta, Eddie sacó el cuchillo y le cortó las ligaduras de las manos, dejándole libre. King le miró con recelo.

—No lo pillo, Eddie.

—No seré yo quien te lo explique. —Con un movimiento repentino, Eddie lo golpeó con fuerza en el pecho. King cayó de cabeza al agua.

Eddie se precipitó hacia los mandos, aceleró y la FasTech salió disparada antes de que King tuviera tiempo de regresar a la superficie.

Cuando lo hizo vio que la FasTech daba la vuelta y regresaba hacia él. Comenzó a nadar con desesperación. ¿Por qué no le había matado el muy cabrón? ¿Por qué hacerlo con la lancha? A medida que la FasTech se le venía encima, King casi notaba que las grandes hélices lo hacían papilla y teñían el lago de rojo.

En el último instante la lancha viró y pasó junto a él.

—¡Gracias por preguntar por mi hermano! —le gritó Eddie—. ¡Eso te ha salvado la vida! ¡Que la disfrutes!

La lancha se alejó rugiendo, se convirtió rápidamente en una manchita y desapareció en la oscuridad.

—¡Sylvia, Sylvia! —gritó King, en vano.

Se volvió, miró alrededor y finalmente se dio cuenta de por qué le resultaba familiar aquel lugar. El muelle que veía era su propio muelle. ¡Estaban en su cala! Y allí estaba su lancha, en la rampa. Sin embargo, la FasTech ya había desaparecido. No les alcanzaría a tiempo.

Entonces comprendió lo que Eddie le había dicho. «El punto de partida. Vuelve al punto de partida», pensó.

Nadó hacia el muelle con todas sus fuerzas.