Primer cuaderno

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Las cuestiones que al principio me planteé dejé de planteármelas. No se resolvieron por eso, pero al menos no las tuve a todas horas delante de los ojos. Miraba hacia otro lado, pensando que la vida es tan grande como el mundo, o más grande aún que el mundo. La desgracia —me repetía— proviene, o se agranda, de no estar pendiente más que de una carencia, de una desilusión, de una añoranza. Si un huerto no da lechugas, no hay que dejarlo yermo, sino sembrar otras hortalizas y encontrar en ellas una compensación.

Ramiro estaba considerado como el muchacho más guapo de Huesca. Ahora me parece que eso no es mucho decir; entonces me parecía suficiente. Era el hermano mayor de Adela, una chica de mi edad, fea y desangelada, con la barbilla hundida, la mandíbula superior en pico, unos dientes pequeños y afilados y unas encías pálidas que enseñaba al reírse, lo que no era frecuente por fortuna. Adela había sido compañera de clase mía en el instituto, y no guardaba de ella los mejores recuerdos. Quizá su fealdad la había transformado en resentida, acusica y empollona; a pesar de todo, nunca sacaba buenas notas. Laura, Felisa y yo éramos las que más la detestábamos: fue esa aversión común lo que desde el primer momento nos unió.

Ramiro había decidido no perder tiempo estudiando una carrera larga. Hizo unos cursos de empresariado mientras trabajaba ya en una sociedad de seguros que acababa de inaugurar una sucursal. Como en todas partes, allí empezó a pisar fuerte también. Lo conocíamos todas y, cuando nos lo cruzábamos en el ir y venir de los Porches de Galicia, antes o después del cine, cogidas las tres amigas del brazo como tres bobas, nos entraba una risa floja y cómplice que a él le hacía sonreír. Era alto y rubio, con los ojos claros. Oficialmente lo conocimos en la romería al Cerro de San Jorge. Iba vencido abril y hacía un día tan tibio que nos habíamos desabrochado las blusas. Las urracas revoloteaban entre los cipreses y los pinos de la ladera. Se oía, suavizado, el runrún de la ciudad y, desde la cima, se la veía dormida con la catedral al fondo. De cuando en cuando, se escuchaba el estridente grito de los pavones que semejaba descender del alto cielo azul. Laura, Felisa y yo organizábamos la merienda cuando se presentó Adela con Ramiro. Nos lo presentó de mala gana. Laura los invitó a merendar, y aceptaron. Lo primero que dijo fue:

—¿Sabíais que esta ermita fue un heroico baluarte en la defensa de Huesca cuando la guerra?

—Sí —contestó Laura—, está escrito en la puerta; pero para lo que sirvió…

Ya estudiábamos las tres en Zaragoza y empezábamos a tener nuestras propias ideas morales y políticas. Supongo que ninguna de ellas se ha cumplido. Una de las más tenaces era reaccionar frente a los matrimonios antiguos, esa cruz de las mujeres de nuestras familias que se limitaban a acatar al marido, organizar la casa y sobrevivir sin personalidad ninguna. Nosotras tres queríamos ser libres, trabajar en lo nuestro y tener opiniones. Laura y yo estudiábamos Letras, aunque ella derivaba hacia la Sicología, y Felisa, Farmacia. Sin darnos cuenta, las tres hacíamos compatible nuestro progresismo, que estimábamos muy avanzado, con la esperanza de un príncipe azul…

Ahora recuerdo —no sé si como fueron, o poniendo yo algo de mi posterior cosecha, tan escasa— las conversaciones que manteníamos las tres en nuestro diminuto piso de estudiantes. Más exacto sería decir que Felisa y yo escuchábamos a Laura. Ella, de tanto en tanto, nos largaba su rollo macabeo, como llamaba a repasar en alta voz sus temas. Las tres entonces íbamos a ser heroínas, a batirnos el cobre por nuestros semejantes, a levantar la bandera de la feminidad y de los logros de nuestro deprimido sexo.

—La debilidad del cachorro humano —comenzaba Laura mientras hacía el té— obliga a cuidarlo y adiestrarlo durante muchos años. Eso lo convierte en superior a los de otras especies, y hace que conserve la curiosidad y la capacidad de sorpresa propias de la infancia a lo largo de toda su vida. Tales virtudes son las que suscitan a los poetas y a los sabios, porque la poesía y la ciencia nacen de la perplejidad.

—Siendo así —interrumpía Felisa, que empezaba a comer la primera los bollos y las pastas, las niñas, que somos más débiles y más dependientes que los niños, nos transformaremos en mujeres más inteligentes que los hombres.

—Por lo menos, según la educación que nos han dado —intervenía yo—, habremos aprendido a gustar, a seducir, a engañar, a conocer el interior de los varones, a verlos venir y, por lo tanto, a dominarlos.

Laura, molesta, retomaba el hilo de su discurso:

—Las hembras de los mamíferos, primas hermanas nuestras…

—No lo dirás por mí: sólo he comido un bollo —la interrumpía Felisa.

—Esas hembras, repito, son, desde luego, más inteligentes que sus machos. Sencillamente porque luchan por su vida y la de sus crías más que ellos y porque saben a la perfección las tareas de la manada.

—Y, por si fuera poco —interrumpía de nuevo Felisa—, los machos se dedican a pelear por ellas. Que se jodan.

—En realidad —aclaraba Laura—, también se pelean por el alimento y por el territorio. Incluso, sin el pretexto del territorio, ni de las hembras, ni de la comida. Los machos se pelean, en general, por el poder.

—Qué desilusión —exclamábamos a un tiempo Felisa y yo.

—Un momento, un momento: las hembras sólo les conceden el derecho a cubrirlas. Se entregan al más fuerte y, una vez fecundadas, se retiran para dedicarse a ellas mismas y a sus camadas. Hasta hay ocasiones —se echaba a reír con picardía— en que mientras tres machos, ya talluditos, litigan sobre quién será el primero, son seleccionados los más jóvenes por el instinto de las hembras, que se entregan a ellos a espaldas de los luchadores… Sucede como a menudo con los hombres: el dominante es vencido por la alianza de los débiles, que imponen su orden nuevo y dejan con tres palmos de narices al macho ganador. Uno cuida la viña y otro se la vendimia. Lo importante para la Naturaleza es perdurar. Y para eso la maternidad es lo imprescindible.

—Bueno, pero a la maternidad se llega por… —comenzó Felisa.

—Cállate de una vez, que me cortas el hilo. Es curioso que, así como la maternidad enlaza a cada hembra con todas las demás, porque significa la solidaridad de la especie y una delegación de la Naturaleza, la paternidad es lo que individualiza al hombre, no sólo frente al resto de los machos de la zoología, sino frente al resto de los hombres. Nosotras, al ser madres, somos más animales; el hombre, al ser padre, es más humano. En los animales la paternidad no es decisiva: se acaba con la fecundación o muy poco después.

—¿Quieres decir que la mujer madre no es humana? —preguntaba yo con asombro.

—No quiero decir nada de eso, puesto que pare hombres. Lo que quiero decir es que, desde que el patriarcado destronó al matriarcado, la Humanidad se ha despegado tanto de su animalidad que nosotras hemos ido perdiendo primacía, poder e independencia. Antes los machos (cualquier macho, era igual) valían para lo que valían y adiós; ahora las mujeres nos vemos limitadas a cumplir el oficio de madres. Hay que ver qué timo el patriarcado. No sé si me entendéis: la repartición de los bienes originó la propiedad privada; la moralidad y el respeto a la familia originaron la prostitución; el nuevo orden machista originó la desigualdad y el desorden; la búsqueda de la fraternidad originó toda clase de diferencias; el establecimiento del derecho dio origen a las jerarquías; las religiones, a la culpa y a las penitencias; nuestras necesidades amorosas y el mantenimiento de la prole originaron el culto a la paternidad… A eso se llama salir el tiro por la culata. A nosotras ya no nos queda otro destino que la familia: somos hijas, esposas y madres nada más. En lugar de educar a las niñas para que deseen por su cuenta y riesgo, se las educa para que deseen sólo ser deseadas.

Felisa y yo nos rebelábamos abandonando las tazas de té.

—Contra eso hay que luchar —gritábamos puestas en pie.

—Es muy difícil. Ya perdimos esa lucha una vez… Claro, que hay que tener en cuenta lo que ha escrito la Beauvoir: hacerse la deseada es muy distinto de ser un objeto pasivo. Una amante no se está quieta nunca: se renueva. Debajo del aparente abandono femenino hay una auténtica promoción; si alguna es elegida es porque subrepticiamente eligió antes; el seductor es seducido de antemano, aunque no lo perciba. Ese juego de los instintos está a nuestro favor, pero hay cosas en contra. Por ejemplo, la materialidad misma de los sexos, de los sexos físicos. —Felisa y yo nos mirábamos al mismo tiempo ruborizadas y orgullosas de nuestro descaro—. El del varón es evidente, exterior, de uso fácil y limpio; en él coinciden la finalidad, la disposición y el deseo; o sea, la función ha creado visiblemente el órgano. Por el contrario, nuestro sexo está oculto (y aún lo ocultamos más, porque el pudor es, por lo visto, nuestra principal virtud); es mucho más complicado y, como mínimo, doble.

—¿Doble? —preguntábamos Felisa y yo en el colmo del asombro.

Sí, señoras: doble, no os hagáis de nuevas. Por su aspecto: el clítoris y la vagina; por su actitud: tan activa como pasiva; por su ubicuidad: en un sitio el orgasmo y en muchísimos la sexualidad…

—Así es mejor —replicaba Felisa, ya tranquila—. El hombre es más simplón: se gasta en cuanto goza. Mi novio…

—Cierto, pero eso no implica que lo nuestro sea una cosa simple. Simples son un pene y un escroto; lo nuestro es una expectativa, una llamada, un recipiente donde se deposita la simiente de la vida; más, donde se configura la vida, no metafórica, sino materialmente.

Aunque no hablásemos de ellos o lo hiciésemos en abstracto, la vocación de los niños que un día tendríamos entre los brazos se hallaba detrás de todos nuestros pensamientos. Dijéramos que nuestra independencia era el fin de la vida, o que nuestro trabajo iba a ocupárnosla entera, las tres escuchábamos sin querer las voces de los niños que, conscientemente o no, presuponíamos. Era lo que resumía Felisa al exclamar:

Ah, es que eso es mucho más trascendente que echar un polvo, hija.

—Y más largo y mucho más costoso.

—Yo no estoy descontenta de ser mujer —insistía Felisa—. Si un día quiero tener un pene, lo tendré.

—Por descontado, no faltaba más. Ya lo tienes, menuda eres tú. Pero, de momento, déjanos razonar. Porque de lo que hemos dicho…

—De lo que has dicho tú.

—De lo que he dicho se deduce una desventaja masculina. Una gran desventaja: ser hombre no es un don, es una conquista. No se reduce a tener el pene que tú dices; un hombre ha de probar su hombría: no sólo ante la mujer y ante los demás hombres, es decir, ante la sociedad, sino también ante él mismo. Sin embargo, las mujeres, nacemos ya mujeres; no tenemos que aprender a serlo.

—¿Cómo que no? —saltaba yo, que estaba siempre dándole a mi tema—. Nuestra sexualidad es reprimida y controlada hasta que llega nuestra hora, que no sabemos nunca cuál es, y también después. La educación que nos han impuesto los hombres nos ha vencido, Laura, convéncete; nos ha hecho objetos suyos.

—Ay, hija, de ninguna manera. Cómo se ve que sigues virgen. —Era Felisa, por supuesto—. ¿Por qué no vamos nosotras a conquistar igual que ellos, en competencia con ellos, como seres humanos que somos, dejando aparte la maternidad?

—Porque la maternidad no puede ser dejada aparte, o las que nos quedaríamos aparte seriamos nosotras —le gritaba Laura—. Mira, guapa, el trabajo del hombre, a lo largo de su vida, es transformar en fuerza su debilidad (en cualquier clase de fuerza), y la fuerza bruta en fuerza inteligente, o sea, en poder, y el poder, en imposición sobre los demás, o sea, en una ley. No la ley de la selva, que es anterior, sino otra racional, artificial, humana, que se opondrá con frecuencia a la primera, a la ley natural de supervivencia. Fíjate la distancia que hay desde la destrucción de los menos dotados a decir que los últimos serán los primeros o que has de amar al prójimo como a ti mismo.

—Eso ya es religión.

—La religión es la más humana de las leyes.

—No estoy segura. Yo creo que es la más beneficiosa para ciertos grupos —refunfuñaba Felisa.

—Toda ley es provechosa para quien la impone.

—Bueno, bien —intervine yo ante el temor de que se enredaran—. Pero, si ésa es la tarea del hombre, ¿cuál es la de la mujer a todo esto?

—Las físicas, las del cuerpo: la concepción, el parto, la crianza y todo lo que llevan consigo. Desde este punto de vista el hombre es un ocioso; cuanto hace, lo hace fuera de él mismo. Su trabajo es decorativo, como si dijéramos. La Naturaleza, sin él, se habría organizado de otra forma. Su actividad, aun siendo estrictamente humana, para la especie es superflua. Sería muy difícil convencerlo, pero así es.

—¿Y el arte? —preguntaba yo, que siempre me había sentido interesada por él.

—La creación quieres decir, supongo… He ahí un enigma sin resolver —respondía Laura, un poquito aficionada a lo teatral, y para la que cuanto ella ignoraba eran enigmas sin resolver—. El creador es como un ser bisexual. No porque tenga los dos sexos o los ejerza, sino porque se acumulan dentro de él. Tiene, como la mujer, el don de dar a luz su propio sentimiento a través de palabras o de colores o de formas; y tiene, también, como el hombre, una razón conquistadora que ordena y administra la belleza. Porque, a mi entender, todas las variedades imaginables de la creación se reducen a la bondad, la verdad o la belleza. El arte es lo que es; ni aspira a más, ni consigue más. Si alguien pretende hacer útil sus lágrimas; dejará de llorar…

Yo me acordaba de un día en que mi padre me había reñido y castigado no sabía ya por qué, y en que, llorando apoyada contra la pared del jardín en Panticosa, quise llenar de lágrimas una campanilla azul que corté de una enredadera. Así —pensaba— podrían ver junto todo mi llanto. Pero lo malo fue que dejé de llorar en cuanto me propuse llorar más y contabilizarlo. Laura seguía:

—Si alguien persigue una finalidad distinta de la de recrearse, la obra de arte será objeto de mercado y efímera por tanto. El artista es como un vehículo, un ser prestado a ideas que él no podría siquiera enumerar: un ebrio, y en la embriaguez no hay cálculo que valga. Por eso encuentro que crear se parece tanto a concebir y parir.

—Pero de todo lo que estás diciendo se deduce que la mujer es la Naturaleza, y el hombre la cultura. ¿No podrá la mujer crear también con algo que no sea su sexo? ¿No podremos nosotras hacer arte?

Te he advertido que el creador es bisexual. La creación está siempre al margen de la división de funciones entre machos y hembras.

—No te contradigas ahora, Laura —intervino Felisa—. Según tú, lo nuestro es parir.

—No sólo eso, cuidado. A veces el poder de parir pasa a un segundo término: la mujer puede animar a su hombre en su quehacer, puede engrandecerlo y darle la importancia que él ambiciona. Así será como un motor oculto de la Historia… Y además parir no basta nunca; el instinto no basta; está el amor: el amor al hombre que nos puso a parir —reíamos las tres a carcajadas— y al hijo que parimos y que nos representa.

—En definitiva —concluía Felisa— todo se reduce a un trueque: por su pene, su trabajo y su dinero, hemos de darle al hombre admiración, obediencia y respeto. Pues vaya un panorama.

—¿Y no hay manera de escabullirse de este callejón?

—Una veo yo a la larga: que nuestros hijos varones dejen de ser masculinos al modo que fueron nuestros abuelos, y que nuestras hijas dejen de ser frígidas y envidiosas de sus hermanos, y que se abstengan de sacrificarse por entero a un hombre, y no se confundan mirando su feminidad con ojos masculinos. De esto habría mucho que decir… Si no, la reciprocidad de los sexos seguirá siendo una utopía. Cada ser humano, hombre o mujer, ha de reconciliarse primero con su cuerpo, con la vida y la muerte de su cuerpo; de no hacerlo, jamás se reconciliará con otro ser humano, sea del otro o del mismo sexo. El hombre continuará sin ver en la mujer un igual y un colaborador; no verá más que una enemiga en potencia hacia la que le empuja el deseo, y de la que debe retirarse una vez satisfecho para ponerse a salvo. El hombre enamorado sabe que es vulnerable, tan débil como al principio: no ha hecho nada, no ha adelantado nada; está desguarnecido, enajenado (es decir, vendido), alterado (es decir, hecho otro), y ante esa circunstancia le sobreviene el miedo. Sólo una reacción de frialdad, de alejamiento, de simulación, o sea, de cinismo, le devolverá el sosiego; pero, en cambio, le arrebatará el amor… Ésa es la historia de muchos hombres y de bastantes mujeres: prefieren la potencia económica, el estatus social y el predicamento sobre los otros al amor, y de ahí que conviertan el amor, que es el único camino indefenso para salvarse, en un sentimiento de infelices e incultas mujeres.

—¿Cómo te va con tu novio, Laura? —preguntó Felisa mientras atacaba la última pasta.

—Como comprenderéis, nunca he hablado con él de nada de esto.

—Claro, claro, claro —concluyó Felisa con la boca llena—: una cosa es predicar y otra, dar trigo. Hoy me estremece pensar que haya pasado tanto tiempo desde entonces, aunque quizá quien haya pasado tanto haya sido yo, o me ha pasado a mí.

Sea como quiera, de aspecto, el príncipe azul era exactamente Ramiro Ayerbe. Aquella tarde junto a la ermita de San Jorge yo deduje que a Laura y a Felisa les gustaba a rabiar. Y que, si él hubiera manifestado una vacilación prolongada, habría hecho papilla nuestra amistad. Pero no fue así; su intención al acercarse a nosotras quedó clara en seguida: se había acercado por mí. Yo creo —ahora, desde lejos— que fue esa elección suya la que me movió, unos años después, a casarme con él: ¿cómo iba yo a despreciar a un hombre que les encantaba a las demás mujeres?

Respecto a él pude sentirme después decepcionada en ciertas cosas; pero su físico era aquél, y no engañaba. Y si en algo no cambió nunca fue en lo que yo consideraba —y él— su principal virtud: era simpático, con labia, con una bonita voz y unas manos espléndidas que movía lo necesario para resultar más convincente. Poco después de dejar de charlar con él, su interlocutor caía en la cuenta de que, desde el primer momento, el tema había sido él y lo que a él le interesaba, y que además el interlocutor se había sentido en la gloria contestando que sí o que no según el gusto de Ramiro, y agradecido porque le hubiera permitido opinar. Nunca dejó de sorprenderme tal instintiva habilidad, sobre todo cuando pude admirarla sin estar yo implicada; por ejemplo, cuando la ejercía para seducir a superiores y posibles clientes.

Si ahora mismo se me ocurriese preguntarme cuándo y cómo me declaró su amor Ramiro, no sabría responderme. Pienso que no se me declaró nunca. Fue, insensiblemente, dando por hecho que éramos novios. Y también mis amigas. Por más esfuerzos que hago, no recuerdo que un día les comentara: «Ya me lo ha dicho», a pesar de que había entre nosotras la mayor confianza, de que nos contábamos todo, y de que casi todo era ocasión para pasarlo bien.

Las veo ahora tal como eran… Cierro los ojos y las veo. Laura, la de más edad de las tres, aunque no mucha, era pelirroja. Su pelo encendido y su cutis transparente, rosáceo, delicado y pecoso, le daban un aire entre extranjero e infantil que ella explotaba. Felisa tenía una nariz descaradísima —muy chata, digo—, una cara redonda y una terrible propensión a engordar. Ya por entonces probaba todos los adelgazantes que veía anunciados en las revistas de farmacia, y creo que eso fue la causa de que se estropeara el estómago. «Padezco del estómago y soy gorda: una contradicción», decía riéndose. Era, de las tres, la de mejor humor; por ella sentía una especial inclinación, pese a que mi respeto era mayor por Laura, mejor preparada y mucho más sensata. Las dos se casaron el mismo año: una en mayo y la otra en octubre, recién terminadas las licenciaturas. Sus maridos, compañeros de universidad, se habían instalado un año antes en Huesca, a instancias de ellas. Marcelo, el de Laura, era abogado laboralista; Arturo, el de Felisa, pediatra. Ellas no tuvieron obstáculos para instalarse; sus familias eran acomodadas, y no hicieron más que cumplir lo que más o menos tenían proyectado: Laura abrió una librería en una calle céntrica, no lejos del mejor hotel; Felisa, una farmacia en un barrio nuevo de gente adinerada. Mi trayectoria, como era de esperar, fue muy distinta.

Mi padre —a mi madre apenas si llegué a conocerla— había perdido su fortuna, que nunca fue muy grande, hacía tiempo. Bastante esfuerzo hizo con pagarme los estudios fuera de la ciudad. Una vez concluidos, yo sentía remordimientos por seguir viviendo a su costa. Me angustiaba no encontrar un trabajo que respondiera a mi preparación. Di clases de literatura en un colegio de monjas; pero sólo duré allí un trimestre: supongo que me encontraron demasiado moderna, puede que subversiva. Mi padre procuraba animarme:

—Vente a la cerería conmigo. Yo necesito ya a alguien que me ayude.

Pero no era verdad; en la cerería, que había abierto cuando su familia se quedó sin dinero, cada vez entraba menos gente, y yo no pintaba nada en ella mano sobre mano.

—Me siento torpe. Me es imprescindible tener una persona en casa —insistía mi padre, con la intención de que yo me sintiera provechosa y no me desmoralizara.

—Gracias, pero no es cierto. He estado cinco años fuera, y tú te las arreglabas estupendamente sin mí.

Mi hermano Agustín había entrado también en los seguros, y vivía con su novia. Trabajaba a las órdenes de Ramiro; aunque Ramiro no mandaba mucho todavía.

—Este Ayerbe tiene porvenir —decían todos—; mucho porvenir. Llegará donde quiera.

Quizá era él quien lo sugería y los demás se contentaban con repetirlo sin caer en la cuenta. Ramiro fue siempre tomado como muchacho modelo: el ídolo de las madres con niñas casaderas y también de las niñas casaderas. De ahí que yo me reprochara tantas veces mi frialdad con él, y alguna —he de decirlo— le reprochara sin palabras su frialdad conmigo. La atribuía a su religiosidad: era muy devoto; iba a misa todas las mañanas y me empujaba a ir a mí, y cada tarde hacía una visita a alguna iglesia antes de reunirse conmigo o antes de que yo lo recogiera a la puerta de la que me indicara. En alguna ocasión me besó, pero sólo en los labios, y, cuando nos despedíamos, en las mejillas. A menudo cogía mi mano entre las suyas y hablaba de sus cosas, hasta que subrepticiamente yo retiraba mi mano, que se me estaba quedando dormida, sin que él lo percibiera.

Después de un año de buscar un puesto de trabajo en vano, aburrida y humillada, un anochecer de sábado, a la salida de misa en San Lorenzo —era noviembre y hacía ya frío—, Ramiro me preguntó, con una naturalidad tan grande que parecía fingida, que por qué no nos casábamos. Yo tenía los ojos en el suelo, que estaba lleno de hojas; con una mano contenía mi falda que el aire levantaba. Por la tarde estuvimos, mientras el sol ardía en la copa oxidada de los castaños, en la rosaleda del parque, donde los novios solían apartarse para estar juntos debajo de las rosas que ahora no había, y yo me preguntaba para qué Ramiro y yo estábamos allí… Levanté los ojos del suelo, le miré a los suyos, y le dije también con naturalidad:

—Tienes razón, ¿por qué no nos casamos de una vez?

No me embargaba la menor emoción, y me lo eché en cara dentro de mí, porque todo coincidía en hacerle creer que estaba enamorada. O por lo menos, todos los de alrededor, con sus palabras y con sus actitudes.

Las bodas, más cuanto más convencionales, son siempre un poco cursis. Ninguna resiste la prueba pasados unos años. Es muy difícil resultar normal cuando se va disfrazada y se anda y se gesticula de una manera totalmente insólita. Ramiro había organizado la boda más convencional del mundo. No quiso que fuese en San Lorenzo, porque allí se casaba demasiada gente y él quería que fuese algo distinto. No quiso que fuese en San Pedro el Viejo, que era mi parroquia, porque allí se casaban los intelectuales y los avanzados, con cuyas ideas él no comulgaba.

Eligió la catedral, porque —eso decía— le proporcionaba una sensación de solidez y de fastuosidad que subrayaría la importancia de la ceremonia. En el fondo, la sensación que le proporcionaba era la de haber llegado ya donde aspiraba ciega y seguramente a llegar.

Pisando el atrio, antes de que empezaran los primeros acordes de la marcha nupcial, yo recordé, sin saber la razón, la pila del agua bendita de San Lorenzo, plana, con sus once hoyitos alineados en curva y uno más en cada extremo, donde el agua se refugiaba y en los que yo, de niña, en brazos de mi padre, me mojaba casi enteras las manos. Y recordé el claustro de San Pedro el Viejo, tan severo y tan proporcionado, en el que sólo se hundía lo añadido siglos después… Cuando alcé la mirada ya se oía el órgano. Vi el hirviente y aparatoso retablo de alabastro. Avanzaba entre los arcos apuntados igual que en un teatro; por mucho que hurgaba dentro de mí, no sentía devoción ni exaltación. Me atraía el pasado, no el presente. Al mirar a la izquierda porque una señora alzó la enano para saludar, vi la santa Lucía de mármol blanco, y tropecé de pronto con la niña que fui como si se me hubiese puesto delante, sobre la alfombra, en el pasillo. La niña de aquellas navidades en que mi padre me llevó a un pueblo de Somontano, no lejos de Barbastro, donde había de entregar cirios y velas para la fiesta de la santa, y oí a las otras niñas, coloradas y felices, que cantaban por el aguinaldo…

Santa Lucía bendita
nos viene a visitar,
con los ojos en el plato
pidiendo la caridad.

Ángeles somos,
del cielo venimos,
chullas y huevos pedimos…

¿Qué había sido de aquellas pequeñas que vociferaban de puerta en puerta? Ahora yo estaba allí, casándome, sin diferenciar unas de otras las enrevesadas historias del retablo. Me esforcé en concentrarme y en desechar cuanto no formara parte de la ceremonia. Por fin me encontré frente a Ramiro y pensé: «Qué guapo está». Por su expresión imaginé que él había pensado igual de mí.

Mi traje —regalo suyo y a su gusto— era para mi un poquito demasiado impresionante. Lo que con él Ramiro había querido era sin duda impresionar y lo consiguió; excesivos perifollos y arrequives y una cola excesiva. En lo único que me hice fuerte fue en el tocado porque no quería parecer esa tarde una mujer distinta; vestida de rara, pase, pero yo misma.

Nos casó el padre Alonso, que era confesor de mi marido y que sólo nos llevaba unos pocos años. En el discursito le dio la manía de hablar de cheques y de compararlo todo con efectos bancarios. Vino a decir que el matrimonio es como un talón en blanco; pueden escribirse en él cantidades fabulosas, pero nada se hará efectivo sin la firma del titular de la cuenta, que sólo es Dios.

—Este cheque de hoy —añadió— tiene esa firma por anticipado. El número de ceros lo aumentarán Desi y Ramiro a medida que lo vayan necesitando, porque vendrán los hijos que son la flor y el fruto del matrimonio, y también al ritmo que se pongan para todo cada vez más de acuerdo, porque desde hoy son dos in caro una, en una sola carne.

Yo pensaba que, al fin y al cabo, el padre Alonso era el presidente del Monte de Piedad y que esas alegorías económicas no le eran tan ajenas.

Todos los invitados se hacían lenguas de la buena pareja que formábamos y de lo fantástica que se nos presentaba la vida en común. Los jefes de Ramiro vinieron acompañados de sus mujeres, protocolarias y muy vestidas, y mis amigas, más o menos embarazadas, con sus maridos. Se notaba la admiración en la mayor parte de las caras, y la envidia en algunas: en la de mi cuñada Adela, por ejemplo. Mi padre, que fue el padrino, se echó a llorar en medio de la velación. Me incliné hacia él, a pesar de que la madre de Ramiro, de madrina, me dio un codazo reconviniéndome. A través del novio le oí decir:

—Si tu madre te viera…

Le tiré un beso con la mano, con lo que conseguí que llorara aún más fuerte. Al siguiente día, en el diario, el cronista de sucesos escribió que nos habíamos casado «con la enhorabuena de los ángeles y con el aplauso de los ruiseñores». No tardé en comprender que se había equivocado.

Escucho la llave. Es Yamam que llega. Por fin. Bendito sea.

Llevo varios días preguntándome por qué me lancé a escribir este cuaderno. Me vienen a la cabeza multitud de razones, pero ninguna de ellas es válida. Antes (iba a escribir en mi otra vida) leía muchos libros; leía sin ton ni son. Con ello entretenía mi aburrimiento y procuraba distraer mis penas, hasta el punto de negarme a mí misma que las tuviese. Aquí no tengo libros, ni ganas de leer, ni tampoco penas: soy feliz. Podría sugerirme que escribo para llenar las larguísimas horas —o se me hacen larguísimas— en que estoy sola; pero yo sé que no me encuentro sola: a solas, puede —muchas mujeres en este país lo están—, pero sola, no. Tampoco creo que la verdadera razón sea ejercitarme en un idioma que acaso —y no me lo cuestiono— empieza a olvidárseme. Sí sé que no hablo, ni deseo hablar nunca aquí, otro idioma que el mío y con la persona que ahora lo hablo.

Lo cierto es que, con esta letra deformada por haber tomado tantos apuntes y tan de prisa en la universidad, no escribo para nada en concreto; no escribo para nadie, ni para mí siquiera. No intentan estas páginas, que no se dirigen a ningunas manos ni en particular ni en general, que nadie me ame más, ni que alguien me perdone, si es que necesito perdón, ni que un imposible lector me comprenda. No trato de poner en claro mis sentimientos, ni los sucesos que a ellos me llevaron, para conocerme mejor yo misma. Lo que escribo no me compensa de nada; no suple pérdida ninguna; no multiplica, por expresarla y dejar constancia de ella, ninguna ganancia; no procura, a conciencia o sin consciencia, sublimar ningún estado de ánimo. Sencillamente no sé por qué escribo, si es que el escribir necesita un porqué… O quizá sí. Quizá escribo para sentirme materialmente más acompañada cuando él no está. Y quizá porque, para el que ama, proclamar que ama, aunque sólo sea ante él mismo, es una satisfacción tan grande casi como la del amor. Un amor del que no nos sintamos orgullosos y que escondamos entre silencios y reproches, apenas si es amor, y en todo caso quedará sin ecos y reducido, por lo tanto, a su anécdota. Para mí el amor es, como decía de la gracia de Dios el cura que nos daba religión en el instituto,diffusivum sui (no sé si se escribirá así), algo que tiene vocación de expandirse lo mismo que un sonido, que un olor o una luz. Por eso se me ocurre que a lo mejor este cuaderno será como un devocionario dedicado a él (a Yamam digo, que es para mí el amor), como una agenda en que su nombre llene todas mis ocupaciones de cada día cuando no está él presente. Porque cuando lo está, él es mi agenda.

De todas formas, sé que estas páginas carecen no sólo de destinatario, sino de destino, al contrario que yo. O acaso me engaño (me propongo dejar expresas aquí todas mis dudas) y secretamente espero que un día él las leerá. Sin embargo, eso sucedería contra mi voluntad; al menos contra mi voluntad de hoy, que es la que me mueve a escribirlas.

La desnuda sinceridad con que planeo reflejarme en este papel no muy bueno que he comprado en una papelería infantil, y el propósito de no ocultar y de no ocultarme nada, no los he tenido siempre. Recuerdo que, a los dos días de regresar de mi viaje de novios, yendo a la librería de Laura, me topé con el padre Alonso. Fue en la plaza del Gobierno. Estaban en flor los castaños y una brisa templada movía los fuertes plátanos. Nos hallábamos no lejos de la fuentecita pública de hierro, ahora seca, junto a la que yo me detenía, durante todo el bachillerato, en la vuelta a casa desde el instituto. En su pequeña pila se quedaban heladas las primeras aguas de lluvia… El sacerdote me preguntó qué tal me iba. Le había dado la mano, y él se quedó un momento con ella entre las suyas: Me miraba con mucha atención esperando mi respuesta. Durante unos segundos no supe qué decirle. Oculté mis ojos en la fuente, ya oxidada e inútil. Él insistió:

—¿Va todo bien?

En un instante decidí —bueno, no sé si lo decidí entonces o lo había hecho ya— no decir nunca la verdad. Ni a él, ni a mis amigas, ni a nadie. Ni a mí misma. Apunté una sonrisa.

—Sí; muy bien —le contesté.

—No podía ser de otra manera —comentó él.

—No; no podía —dije volviendo los ojos a la fuente.

Entre varias posibilidades, habíamos resuelto a tientas Ramiro y yo pasar nuestra luna de miel en el Caribe. Empezaríamos por Colombia, para llegar hasta donde llegara el presupuesto. Su entusiasmo me contagiaba. Nuestra primera etapa era Madrid, donde debíamos dejar el coche (a Ramiro le encantaba conducir: «Me da fuerza y confianza; me tranquiliza») y tomar el avión hacia Bogotá. Pero salimos demasiado tarde, y estábamos cansados de la ceremonia, de la fiesta y de los preparativos. Ramiro sugirió pasar la noche de bodas —recuerdo que él dijo simplemente la noche— en el Monasterio de Piedra. Dentro del coche yo iba cogida de su brazo y con la cabeza sobre su hombro.

—¿Te dejo conducir bien?

—Hasta hoy no conocía esta manera. Hacerlo al alimón es mucho más sabroso de lo que suponía.

Sin dejar de mirar al frente, me besaba de refilón, y yo posaba mi mano sobre la suya en el volante. Cuando llegamos a Nuévalos eran más de las doce. Yo recordé en lo oscuro, al fondo, la arcada casi italiana de una casa cuya pared era de un azul gris; desde que la vi por primera vez me había encantado. La noche era muy tibia. En el monasterio todo estaba en sombras. Delante de la entrada me estremecí al ver un árbol colosal, callado, seco y frío. Me refugié en Ramiro y, a pesar de ello, tropecé al bajar las anchas escaleras.

Me viene con claridad a la memoria el ruido de nuestras pisadas en una galería de altas bóvedas góticas que da a un patio tenebroso. Íbamos con las cinturas enlazadas; nuestros pasos resonaban juntos; detrás se oían otros, más breves y pesados, volví la cabeza y vi a un mozo que llevaba parte de nuestro equipaje.

—Desde hoy usaremos los dos las mismas maletas —dijo Ramiro, y me pasó un brazo por los hombros.

En el patio, si es que lo era, se oía el aire pasar y repasar entre los árboles.

Yo salí del baño con ese camisón y ese salto de cama, tan historiados como innecesarios, que llevan en su ajuar las recién casadas. Al ponérmelos, el satén me produjo un escalofrío.

—Estás preciosa así.

Me hizo dar una vuelta completa y me abrazó. Yo sabía lo que iba a suceder a continuación, pero estaba tranquila: confiaba en Ramiro.

—Vuelvo en seguida —dijo, y entró a su vez en el cuarto de baño.

Yo vacilaba entre esperarlo de pie, fingiendo hacer algo o buscar algo en el neceser, o esperarlo sentada fumando un cigarrillo, o echada ya en la cama. Cada una de esas posiciones denotaba una postura interior y casi una forma de ser. Me pareció más lógica y directa la última: dejé el salto de cama sobre un sillón y me introduje entre las sábanas. Estaban frías y un poco húmedas. Sentí un nuevo estremecimiento. «No pasa nada, tonta», me dije en alta voz. Pensé en mi madre, y me pregunté por qué pensaba en ella. Me habría gustado que estuviera cerca. «Probablemente lo está». O que estuvieran en una habitación próxima Laura y Felisa. «Niñerías y sandeces. Detrás de aquella puerta está tu marido. Dentro de un minuto se abrirá y saldrá él, te estrechará entre sus brazos y te poseerá. Al principio quizá te duela un poco, pero sabes de sobra cuánta literatura se le echa a estas cosas». Deseaba a Ramiro; deseaba estrechar también su cuerpo; verlo desnudo, y que él me desnudara. «Qué alegría más grande: el deber coincide por fin con el deseo».

En efecto, se abrió la puerta del baño. Ramiro no apagó la luz de dentro; lo vi contra ella; no se había puesto nada.

—¿Quieres apagar desde ahí las demás luces?

Obedecí. Ramiro se había quedado inmóvil. Yo veía su espléndida silueta, con las piernas entreabiertas y una mano ligeramente levantada. Le tendí los brazos. Se acercó. Se sentó en la cama. Nos abrazamos con dulzura y sin prisas. Luego él echó hacia los pies de la cama la ropa que me cubría. Con delicadeza, desató los lazos de los hombros de mi camisón y, sosteniéndome, lo sacó por abajo. Yo pensé que, habría sido más fácil sacármelo por la cabeza, pero lo pensé muy confusamente. Nuestras bocas no se despegaban una de otra. Me acariciaba las espaldas, las nalgas, los muslos. Yo acariciaba sus espaldas, que me parecían más anchas que nunca, sus nalgas y sus muslos. Mis pechos se rozaban contra su pecho, y él se inclinó para besármelos. Las brumas del deseo no me dejaban ver ninguna realidad —tampoco quería verla yo—, ni medir el tiempo que pasaba… Sin saber bien la causa, quizá por percibir una distracción suya, como si hubiese hecho un mínimo e intempestivo aparte, me separé de él y abrí los ojos. Ramiro me estaba mirando. Sonreía con una sonrisa infantil y avergonzada, como la de un niño sorprendido en una travesura.

—Te quiero tanto que no soy capaz de demostrártelo. Pero no te preocupes: pasará. ¿Tú me quieres? —Me acariciaba el pelo.

—Sabes muy bien que si. Ahora quiero ser tuya. Ven ya —dije casi en su oído.

—Eso querría, pero… Nunca me había ocurrido antes. Será que estoy cansado.

Sólo entonces entendí lo que insinuaba. Podía haberle preguntado qué otras veces y con quién había hecho el amor, no obstante preferí decirle:

—No me importa. De verdad. Bésame.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que fue quedándose dormido. Yo fingí que dormía mucho antes; incluso sospeché que él lo fingía también. Habíamos olvidado correr las cortinas. Una luz que se hacía más y más nacarada entró por la alta ventana que daba a un claustro muy extenso. El cuarto entero tomaba un aire fantasmal. Yo oía la respiración acompasada de Ramiro. Pensé de nuevo en mi madre, y me dormí sobre ese pensamiento. Era como si tuviese apoyada mi frente en sus rodillas y ella me cantara, lejos y dentro de mí a un tiempo, una nana vulgar.

Duérmete, niña mía,
que viene el coco
y se come a las niñas
que duermen poco.

Era abril, pero en Cartagena de Indias hacía mucho calor. Vivíamos en un hotel grande, pintado de rosa y con ventanas verdes. Nuestra habitación daba a un corredor descubierto desde el que se veía un jardín con una vegetación admirable. Los esbeltos árboles desconocidos tenían hojas acharoladas de un verde intenso; las flores se amontonaban unas sobre otras con sus colores imprevisibles. Unos loros y unas guacamayas garrían desde sus perchas o desde las ramas de los árboles floridos. El hotel estaba cerca del mar, pero sólo un par de veces bajamos a la playa, demasiado llena de vendedores, de bañistas, de puestos, de carritos. Nos conformábamos con bajar a la piscina. Tendidos en las hamacas, entre breves chapuzones y vagas frases, entrelazadas las manos hasta que el sudor las ponía resbaladizas, pasaban sin sentir las horas perezosas y perfumadas. Al atardecer íbamos en taxi a la vieja ciudad; bebíamos unas copas sobre las murallas; visitábamos de pasada alguna iglesia o algún patio colonial. Una mañana fuimos hasta el santuario de la Popa. Allí nos hicimos una fotografía con un ay, el perezoso, un animal lentísimo, que me pareció un niño enfermo y ofendido. Me entraron ganas de llorar al verlo posar en brazos de unos y otros turistas, alquilado por un hombre renegrido y tuerto.

Ramiro me compraba en cualquier sitio flores de nombres que en España significan otra cosa, y yo preguntaba el de algún árbol especialmente hermoso. Ahora recuerdo los árboles, pero no los nombres que les daban. Salvo uno, que se llama lluvia de oro.

Un día, muy temprano, salimos hacia las islas del Rosario en un barquito frágil. Nos acompañaban otras parejas, algunas de ellas mayores y con niños. Una, de casi ancianos ya, nos miraba con ternura adivinando que éramos recién casados.

—¿Tú crees que se nos nota tanto?

—¿Me lo notas tú a mí? —me respondió Ramiro.

Tenía en los ojos una gran tristeza. Yo apoyé mi cabeza sobre su hombro y lo besé en el cuello. Pasamos calor, pero fue un día hermoso. Vimos pájaros exóticos, pelícanos grises (comprendí que se llamaran pelícanos), aguas a las que las diferentes clases de corales teñían de matices prodigiosos; un acuario con peces indecibles, con grandes tortugas y pequeños tiburones. Vimos animales que semejaban vegetales, y plantas que semejaban animales. Comimos mal e incómodos, pero animados y unidos más que nunca, en una especie de cabaña pirata. Ramiro nadó hasta una roca próxima, y desde ella me arrojaba besos. Estuvimos toda la siesta con las manos cogidas; sudábamos, pero daba lo mismo. En el viaje de vuelta, entre manglares que se movían al paso del barco como una pradera sacudida por un terremoto, Ramiro y yo nos mirábamos con tanta intensidad que el mundo se redujo a nosotros. Yo sentía su mano resbalar, con una suavidad extrema, por el lóbulo de mi oreja, por mi nuca, por mi brazo, y la sentía también en mi corazón. Hasta entonces no había sabido lo que era el deseo. En ese momento se acumulaban, dentro de mí, los deseos de todas las noches anteriores tan decepcionados. Algo se fundía en mi interior y me dejaba, entornados los ojos, sin respiración y luego me obligaba a respirar honda y repentinamente…

Aquel anochecer Ramiro me hizo suya por fin. Pero lo que sentí no fue comparable a lo que había sentido en el barco de regreso.

En las noches siguientes volvió a ser todo como en las primeras. Salvo que Ramiro había dejado de lamentarse y pedirme perdón. Los dos aceptamos la situación como normal, aunque en lo más hondo de mí una voz me decía que no lo era. Nunca hablábamos de eso, y cuando Ramiro conseguía entrar en mí, resultaba tan precipitado y angustioso que yo empecé a preferir que no lo hiciese. Incluso acabé por desear que aquel viaje de novios concluyera. Esperaba que, en Huesca, las cosas y los amigos que teníamos en común aminorarían la temible sensación de soledad que, en mitad de la noche sobre todo, yo no podía impedir que me embargara.

—¿Va todo bien? —me preguntó el padre Alonso.

Yo sonreí lo que pude, con los ojos sobre la fuentecita de hierro de la plaza y contesté:

—Muy bien.

—No podía ser de otra manera.

—No; no podía —le dije.

Aquel primer verano lo pasamos en Huesca: ya habíamos tenido bastantes gastos con la boda.

—Eso es lo mejor —nos decía la gente—: juntitos, solos en el nido como dos tórtolos. Ya tendréis tiempo de volar afuera.

El piso donde vivíamos era céntrico y suficiente; sin embargo Ramiro aspiraba a otro mucho mejor. Le había echado el ojo a una casa en construcción, cuyos planos me enseñó con orgullo, como si fuera ya nuestra, una noche. Los extendió sobre la mesa del comedor apartando los restos de la cena. Un dormitorio principal, dos de huéspedes, tres baños y uno para invitados, y un enorme salón.

—Recibiremos mucho. Para prosperar hay que hacer mucha vida social. Los ascensos se cuecen siempre fuera de la oficina…

—¿Y los niños? —pregunté con un hilo de voz.

—¿Qué niños?

—Los que tengan que venir.

—Ah —se echó a reír—, ésos ya traerán un pan debajo del brazo. No hay que adelantar los acontecimientos. Nos llevábamos bien. Era atento conmigo. Estaba hasta demasiado pendiente de mí, como si, siendo ya marido y mujer, quedara entre nosotros todavía una zona de nadie que él hubiera de conquistar con amabilidades.

Mis amigas se habían marchado, con sus maridos, a pasar el mes de vacaciones a Sicilia.

—Les habría salido más barato irse a Andalucía, que en el fondo es igual que esa isla —dijo Ramiro.

Yo, con el miedo de quedarme demasiado tiempo sola en el piso me ofrecí a hacerme cargo de la librería de Laura, que había proyectado cerrarla en agosto. Tenía un dependiente de dieciocho o veinte años, bastante torpe, y que se perdía continuamente sin saber por dónde. Como entraban muy pocos compradores, se me iban las mañanas y las tardes leyendo un libro detrás de otro al lado del ventilador. Las oficinas de Ramiro estaban cerca, y él, a eso de las doce, me recogía y tomábamos juntos un café.

—La casada más bonita de Huesca —decían sus amigos a voces, y él me estrechaba la cintura con un gesto de amo que le caía bien.

Al cerrar, me recogía de nuevo. Nos acercábamos a casa; nos cambiábamos, y cenábamos en cualquier sitio con conocidos suyos con los que había quedado, o con los compañeros que quedaban en Huesca y sus mujeres, si es que no se habían ido.

Yo, sin confesármelo, me encontraba extraña; no acababa de digerir mi estado de casada. Anhelaba y me molestaba a la vez quedarme a solas con Ramiro. Hacia la medianoche volvíamos hacia nuestro piso.

—Hasta mañana, cariño. —Me besaba ligeramente, ya juntos en la cama—. ¿Vas a leer todavía más? ¿Tienes bastante luz? Ten cuidado, amor mío. Te vas a dejar los ojos en los libros; esos ojos tan lindos…

Me besaba, también con ligereza, los párpados. Se daba media vuelta.

—Que descanses —le decía yo.

Los sábados, como si se tratase de una obligación previamente aceptada, tras unos larguísimos preparativos (que, de no tener tan claro su final, sería lo que más hubiese agradecido) y tras un costoso esfuerzo que le hacia sudar, Ramiro entraba en mí. Yo procuraba retenerlo, sentirlo; pero se me notaba —yo me notaba, al menos— la buena voluntad. En ningún momento ni él ni yo perdíamos la cabeza, quizá porque los dos la teníamos puesta donde no debíamos. Luego, sin dedicar una sola palabra a lo que acabábamos, más o menos juntos, de hacer, Ramiro se dormía o lo intentaba, y yo fumaba un silencioso cigarrillo que encendía en el baño nada más quitarme el sudor con una ducha. Poca gente recordaba unas temperaturas tan altas como las del verano aquel.

A mediados de mes, una mañana, telefoneó Laura para enterarse de cómo iban las cosas.

—¿Hay novedades ya?

—No; viene bastante poca gente.

—Si digo de lo tuyo.

—¿De lo mío?

—Mujer, que si esperas ya al niño.

—Qué prisas. Claro que no. —Fingí una risa—. La única novedad es que Adela, mi cuñada, se casa con aquel viudo de Lérida que trabaja en el Gobierno Civil. ¿Sabes quién te digo?

—Pero si es muy mayor y tiene cuatro o cinco hijos.

—Mejor; así le dan a la pobre Adela todo el trabajo hecho.

—Todo, no. ¿Por qué crees que se casa el viudo?

Según me contó, las dos parejas lo pasaban bien y no cesaban de encargar niños.

Adela se casó en septiembre, muy poco después de que volvieran Laura y Felisa. Los cinco niños del viudo fueron a la boda tan formalitos y tan poco alegres que me produjeron una pena terrible. Me apeteció sentarme con ellos en una mesa para seis. El mayor tenía doce años. Eran unos chiquillos agraciados y despiertos. Nos divertimos bastante; comimos mucho dulce; nos reímos de la gente pesada. Yo bailé con Suso, el de los doce años, y con Paco, uno de diez. Una niña de siete, Marta, de pelo largo y liso, me dijo al oído:

—Deberías ser tú la que se casara con papá.

Me eché a reír.

—No se te ocurra decir eso a nadie. Tenéis que querer mucho a Adela, porque es buenísima y se va a ocupar muchísimo de vosotros. Es igual que si vuestra madre la hubiera nombrado para sustituirla.

Unos meses después, Adela me dijo a la salida de un funeral:

—Hacéis divinamente no teniendo niños. Así estaréis vosotros mucho más unidos y más libres para lo que queráis y para ir donde os plazca. Mi marido es un pelmazo que no tiene ojos más que para los suyos.

Sentí un ramalazo de ira, y pensé: «Así te verá menos, y eso saldrás ganando». Y es que la pobre Adela se había puesto más fea aún: descuidada, más gorda, peor vestida y hecha una verdadera facha.

Laura y Felisa se deshacían en elogios de Sicilia. Lo habían visto todo, todo fue perfecto y habían sido muy felices. Sus maridos estaban enamoradísimos y no veían más que por sus ojos. Total, el destino les había recompensado por su intrepidez de ir tan embarazadas a un viaje semejante. La una esperaba dar a luz a fin de año, y la otra, a mediados de enero. Hicimos el pacto de que, cada verano, las tres con nuestros hombres nos dedicaríamos al turismo.

Yo reía como ellas, bromeaba como ellas; había sido también feliz «en mi pisito que puso Maple, segundo piso ascensor», y también mi marido me adoraba y le gustaba yo y él me gustaba a mí más cada día.

—Y aun dos veces cada día —añadí exagerando no poco.

Quizá —pensaba entre mí— lo que a mí me pasa les pasa a todas las mujeres. ¿No actúo yo como estas dos delante de ellas? Pues a ellas les sucederá con sus maridos igualito que a mí con el mío. ¿O es que ha desaparecido la confianza que teníamos antes para chachareárnoslo todo? Hay cosas que se dan por supuestas, que son como son y santas pascuas; ni se mencionan. A nadie se le ocurre, a mediodía, hacerle a un amigo la confidencia de que para él es mediodía. Cuando salimos con los tres maridos —Marcelo, Arturo y Ramiro—, las tres obramos de la misma manera: nos colgamos de su brazo, nos hacemos timitos insolentes, nos arrullamos, aludimos, veladamente o no, a nuestras relaciones más íntimas…

Pero ¿y el amor? ¿Dónde estaba el amor? «Ya vendrá, ya vendrá…» Nadie nos había dicho que el matrimonio era esto. O, por lo menos, nosotras estábamos de acuerdo en que no nos resignaríamos a que fuera esto… ¿Es que no existe otra cosa que la cama? «Claro que sí —concluía yo mis razonamientos—: está el trabajo de Ramiro y sus aspiraciones, estarán los niños, que me darán tanta lata y han de quitarme el tiempo de pensar en estas tonterías…» Pero la dicha que yo había imaginado, ¿dónde está? No lo que los curas denominan el deleite carnal, ya ni siquiera me refería a eso, sino a una cierta realización, a tener la certeza de que algo que va a complementarnos ha sucedido, trascendental y para siempre… «Es pronto aún para sacar consecuencias. Espero que no sea siempre así…» No; no esperes; lánzate tú; no esperes que nadie te cumpla, que nadie te realice: eso será como antes, como siempre, cosa tuya… Pero entonces… «Ya irás viendo las cosas más claras; es pronto todavía…» Sin embargo, esta impresión de fracaso, de vacío, esta impresión de haberme equivocado… «Ramiro es bueno; es guapo y es simpático. Todo el mundo está al tanto. Nadie me creería si yo gritara que no es un marido ejemplar, y no voy a gritarlo…» Pero, por lo menos, me gustaría saber cómo son los maridos de mis amigas. Para comparar; para tener un punto de referencia: el viudo, Arturo, Marcelo. Arturo mira a veces de una manera… y se le pone una sonrisa así, un poco torcida… No; no sé cómo son, ni lo quiero saber. Si ellas no me hablan claro, ¿por qué he de hacerlo yo? O a lo mejor es que a ellas les va bien de verdad, ¿quién sabe? No creo que me convenga a mí sacar esta conversación.

La implacable monotonía en que me iba a perder se desplomó en seguida sobre mí. Ramiro y yo íbamos a misa de ocho y media o de nueve; comulgábamos juntos, como un ejemplo vivo para todos, aunque yo me cuestionara cada día su necesidad; estaba sola en casa hasta que él venía a comer; me quedaba sola de nuevo esperando cenar con las mismas caras de siempre y las mismas bromas de siempre, frente a frente con Ramiro; al final de cada jornada me hacía una cruz en la frente —«Que tengas buenos sueños»— antes de darme un beso fraternal. En dos o tres ocasiones insinuó que debería confesarme con el padre Alonso; pero yo había resuelto no tener un confesor fijo, no por ocultar la verdad —entre otras razones porque yo la verdad no sabía cuál era—, sino por no verme obligada a soportar preguntas íntimas que procuraba no plantearme ni yo misma y a las que ni yo misma habría podido responder.

Las chicas, Laura y Felisa, estaban ya con sus tripas demasiado pesadas para andar zascandileando. Nos veíamos menos: algunos sábados a la hora de la cena, o a la salida de misa de doce los domingos, antes de ir juntas a la confitería. Y en la confitería nos hacíamos la ilusión de que el tiempo no había transcurrido en los últimos quince años. Una noche nos reunimos para celebrar que a Ramiro lo habían ascendido a jefe de zona.

—No te quejarás —me dijeron—. Y es que un casado inspira más confianza que un soltero.

Me dio por cavilar si se habría casado conmigo sólo por eso. Observaba a mi alrededor una oquedad, como si alguien me hubiese metido en un fanal transparente. Tenía la impresión de seguir soltera… «Bien, y entonces, ¿de qué te quejas?» Yo me replicaba: «A la soledad de quien está soltero le queda siempre la esperanza, a la soledad de quien está acompañado sólo le queda la desesperación». «Exageraciones —me replicaba a mí misma, porque era conmigo con quien más dialogaba—: siempre te ha gustado exagerar…» Y vuelta a la rutina. Y vuelta a desear que llegase la Navidad para esperar que algo cambiara; o a acompañar a Laura a sus clases de parto sin dolor, para estar preparada cuando llegase mi ocasión, que no llegaba; o a visitar de cuando en cuando la cerería de mi padre… Comprendiendo él que algo me sucedía, para distraerme me enseñó a hacer velas, cosa que yo no había consentido nunca antes, porque me inspiraba el temor de un seguro de soltería, y me imaginaba con cuarenta o cincuenta años, sola, vendiendo velas detrás de aquel mostrador de madera sobada y oscura. Aprendí —mal— en unos cuantos días. Me había propuesto regalar velas por Navidad a todos los amigos.

—Papá, quiero que me enseñes a hacer velas rizadas, velas torneadas de distintos colores, y aquellas campanitas de cera que subías a casa en cuanto me daban las vacaciones de Navidad en el instituto.

—A tus órdenes, mi sargenta. ¿En cuánto tiempo quieres aprender? ¿O será mejor mandarme que las haga yo? Más limpio desde luego.

Me había presentado en la cerería con un gran mandilón para no mancharme. Mi padre se reía de mí, pero yo barruntaba su emoción, la tocaba casi. «Me habría gustado tanto que tú fueras mi sucesora», me decía a veces.

—Empecemos con las lecciones teóricas. Ésta es la paila donde se hace el caldo; de ella se saca con estos cucharones que parecen cazos con mango largo. Éste es el noque, que se llena de caldo y se mete en este depósito, rodeado de agua al baño María para mantenerlo a la temperatura conveniente.

—¿Y esto qué es? —le interrumpí yo, que estaba mirando como siempre donde no debía.

—Si no vamos por orden, no aprenderás jamás. Eso es para hacer lamparillas de iglesia. Es lo más fácil, pero ahora no se llevan; los curas prefieren las eléctricas. Cada plancha de ésas tiene cien orificios. Se llenan de caldo…

—Pero ¿de qué caldo, papá? ¿De caldo del cocido?

—Un poco de respeto, Desi. De cera líquida. Aunque de cera no tiene mucho. Encima se coloca la mecha y este hierrito de cuatro patas. Luego se refrigera todo con agua fría para que solidifique, y, al destaparlo, salen las lamparillas invertidas.

—Qué facilito.

—Sí; todo es fácil antes de ponerse a hacerlo… Sigamos donde estábamos. Este armazón heptagonal, que quiere decir que tiene siete lados…

—Es lo único que he entendido hasta ahora.

—Este armazón es el arillo o tiovivo. Como ves, está pendiente del techo y es giratorio. Por cada lado tiene una tablilla con veinte arandelas de las que se cuelgan las mechas, que se tensan con este contrapeso cilíndrico de hierro. A cada mecha se le dan dos o tres baños de cera en el noque. Después se hace girar el arillo, y se bañan las mechas de la tablilla siguiente mientras se va enfriando la cera de las anteriores. Y así hasta la séptima tablilla. Puedes simultanear hasta ciento cuarenta velas. Luego vuelve la primera tablilla y se le dan más baños. Y vuelta a girar, hasta que las velas alcancen el grosor que quieras.

—¿Y estas placas de hierro con agujeros de aquí abajo?

—Son las terrajas. Bajan y suben. Sus orificios, que se corresponden con las mechas de las tablillas de arriba, sirven para uniformar a todo lo largo el grosor que desees. Sin las terrajas no se podría decir recto como una vela, ¿me comprendes?

—Te comprendo. ¿Entramos en materia?

Mi padre soltó el trapo a reír. Despacito al principio, y luego a carcajadas cada vez mayores. Cuando pudo hablar, me explicó:

—Todo lo que te he dicho no sirve para nada. Lo que manda es la experiencia. Por ejemplo, cuando la vela tiene cierto diámetro, que no sabría decirte cuál es exactamente, se corre la cera caso de no enfriarse hasta el grado oportuno. Hay que tener paciencia; hay que esperar que se refresque; si no, no agarrarán los baños posteriores. Si la cera está bien fría, la vela toma más cuerpo; si no lo está tanto, menos. Ahí está el quid de la cuestión… Y si hay corrientes de aire, cosa que aquí es frecuentísima (así estoy yo de acatarrado siempre), es necesario tomar precauciones, o la mecha oscilará y se irá el caldo para un lado y se correrá la vela… Pero nada de esto puede enseñarse: se aprende sólo con el tiempo y la constancia.

—Bueno, vamos, ¿en dónde está la cera?

Vuelta a las risas de mi padre; batía palmas como un niño pequeño.

—La cera es contraproducente, hija: es, como decís vosotros, un rollo. Esta cera no es cera; se usa la parafina. De menos graduación para las lamparillas, y de más, para las velas y los cirios. En otros tiempos la Iglesia exigía el sesenta por ciento de cera; pero, incluso entonces, los curas buscaban lo más barato y pedían velas más bajas en cera. Y ahora, por fin, apenas si usan velas.

—¿Y esta cera tan dura?

—No es cera, es carnaúva. Déjala ahí. Es casi como de cristal. Para fundirla, lo he de hacer con parafina fuerte, o, si no, a fuego directo… Pero nada de esto se emplea ya. Ni de esto, ni de nada. Creo que soy el único cerero de la provincia. Cuando me muera, como no me deje hechos yo mis ciriales, no tendré luz de vela en mi velorio.

Estoy viéndolo ahora, con sus cejas pobladas («Déjame que te las recorte. Tienes unos pelos que te llegan a media frente». «No me da la gana». «Pues voy a peinártelas por lo menos y a ponerte un poquito de laca». «Te guardarás de tocármelas como de mearte en la cama.»), con sus manos tan hábiles, con su cuerpo casi quebradizo y lleno de amor y de alborozo, porque yo —la universitaria y la lista de la casa— consentía en meterme con él en la trastienda para oírlo hablar de su oficio y aprenderlo.

—Mírame hacer esta vela rizada. Pero ponte cómoda para que no te entren las prisas, porque las prisas lo estropean todo… ¿Estás ya? Encendemos la vela de esta palmatoria. Con su llama vamos calentando la vela que queremos rizar. No muchísimo, ¿eh?, y sólo por la zona sobre la que trabajaremos. ¿Me sigues? ¿Ves esta tenacilla? Con ella se pellizca la cera. Así, ¿lo ves?, y queda un saliente muy fino y estriadito, vertical u horizontal, como tú quieras… Otro al lado. Y otro, ¿ves? Y otro. Prueba tú ahora… No; aguarda. Hay que darle agua de jabón a la tenacilla para que no se embace; si no, se formará un engrudo horroroso y se pegará todo. Despacio. Despacito… Ya lo has estropeado. Volvamos a empezar con otra vela.

—Es que esto es imposible. Qué trabajera, Dios.

—No hay nada imposible. ¿No lo hago yo con mis manazas? Lo sé, yo llevo años, y tú tres cuartos de hora. Lo imposible es hacerlo en tres cuartos de hora.

—¿Y las campanitas?

—Eso es lo más sencillo. Se cogen estos moldes de madera…

—Pero si son macizos.

—Es que las campanitas no se moldean por dentro, sino por fuera de ellos… Se meten primero los moldes en agua con jabón, y luego en el caldo coloreado ya, dos o tres veces. Después se echan en agua fría, y se desprenden los moldes de la cera.

—Sí, sí, sencillito… Hay que saber darles los baños; hay que saber si se les dan dos o tres; hay que saber dejarlas pariguales por todos sitios; hay que saber separarlas para que no se rompan… Yo no voy a poder hacerlo nunca.

—No me gusta que digas tonterías. Ya lo creo que podrás. Vamos a divertirnos muchísimo los dos juntos. Y tus amigos tendrán las velas más bonitas del mundo. En el centro de cada una pondremos cuatro o cinco campanitas y, en los extremos, otras más pequeñas. Con este moldecico las haremos. Rojas y moradas y de un verde muy claro, ¿te parece?

—Claro que me parece, pero yo no he venido a que lo hagas tú. Quiero hacerlo yo sola.

—Y tú serás quien lo haga; pero a mí me enseñaron, y yo te enseñaré… Mira, lo más elemental son las velas torneadas que decías. Aquí está este molde de bronce con bisagras, que lo mandé hacer yo. Se abre por arriba, ¿ves?, por la mitad, y se deja caer. Ahora se colocan las mechas, que se tensan con esta palanquita; vuelve a cerrarse, y se echa por estos agujeros el caldo. Luego se pone a enfriar tranquilamente… Para quitar el rastro de las junturas del molde se le dan un par de baños, y se tiñen, con estas anilinas a la grasa, del color que tú elijas. Al final, las terminaremos con un barniz que es un secreto mío. Lo hago con goma de sandáraca y alcohol de noventa y seis grados. Se da en frío. Es lo último que se hace, y proporciona un lustre muy bonito.

Era como un rey que va a abdicar del trono y le entrega al heredero sus prodigiosos poderes. Me enternecí.

—Ten paciencia conmigo.

—La que tiene que tener paciencia conmigo y con las velas eres tú, hija.

—¿Por qué no me muestras los moldes de escayola con que me hacías las velas de animales cuando era chiquitica?

Me llevó a un rincón. Tenía la cara de un niño en la noche de Reyes, y un dedo sobre los labios. En una estantería baja, amontonados, yacían los pequeños moldes de los que salieron velas maravillosas. Junto a ellos, los de los exvotos: brazos, gargantas, niños, manos, pechos, piernas… Un montón de milagros asombrosos. Tomé en mis manos los moldes, toscos por fuera, y amarrados con guitas. Con un rotulador había escrito mi padre: perro, gato, hipopótamo, jirafa…

—Desde que te fuiste a estudiar, no he vuelto a usarlos.

Los besé sin abrirlos. Miré a mi padre como quien comparte un secreto: también yo me llevé un dedo a los labios. Nos abrazamos. Mi padre había menguado tanto que ya era sólo de mi estatura. Mis ojos quedaban cerca de sus orejas.

—También quiero que me dejes cortarte esos pelazos que te salen de ahí; parecen matorrales.

—Cuando hayas aprendido a hacer todo tipo de velas, veremos si te dejo. Antes, de ninguna manera.

Mis amigos tuvieron ese año, en efecto, las velas más preciosas de este mundo. Pero lo cierto es que no las hice yo; sólo serví para estropear alguna que otra y para cortarle a mi padre los pelos de las orejas.

Aquella Navidad estuvo en Huesca Pablo Acosta. Había heredado de sus padres una casa en Sallent de Gállego; aunque vivía en Madrid, pasaba en ella alguna temporada. Me lo encontré por la mañana. Yo iba cruzando el parque —hacia un frío horrible y una niebla espesísima— y él estaba corriendo por allí con un chándal verde y morado. La alfombra de hojas era muy alta. Con la visión y el ruido amortiguados, Pablo tropezó conmigo, sin reconocerme, a la altura del quiosco de la música, donde algunos domingos, en nuestra adolescencia, habíamos escuchado a la banda militar. «No saben tocar más que El sitio de Zaragoza», decía Pablo, que era aficionado a la música clásica… Me pareció no haber visto aquel quiosco desde entonces hasta ese mismo día, y descubrí que era ochavado, no redondo, y estaba sostenido por parejas de columnas esbeltas. (Sí; pero ¿cuántas, Dios mío? No lo sé; hoy no lo sé. Quizá ocho pares, quizá diez).

El día anterior, nada más llegar, Pablo me había telefoneado. Quedamos en que vendría a casa una tarde —la siguiente, a ser posible— a tomar una copa. Al verlo en medio de aquel frío helador se me pusieron en pie los veranos de la infancia. Por aquellos años, tan lejos ya como si no hubieran existido, aún teníamos nosotros la casa de Panticosa, que hubo que vender más tarde para pagar mis estudios entre otras muchas cosas. Era Casa Magín, no lejos de la iglesia grandona y gris, con sus dos pisos de campanas. Sobre la puerta, con jambas de mármol también gris, alardeaba el escudo sostenido por dos ángeles sin alas. («Si no tienen alas, ¿por qué sabes que son ángeles?», me reprochaba Pablo). Tenía un pequeño huerto con una tapia de anchas piedras llenas de verdín y de zarzas. Por las tardes, en verano, yo escuchaba el tañido de las esquilas y el rumor del agua que subía desde el río. Acostumbraba hablar con Dick, mi pastor samoyedo, en voz muy baja para no quebrantar el silencio. Me impresionaban los elevados montes, sobre cuyos picos más altos nevaba muy pronto, y no conseguí nunca adaptarme a ellos y verlos como amigos, porque me hacían sentir, bajo su custodia, más insignificante y desvalida aún de lo que era.

La casa de Pablo en Sallent de Gállego —Casa Boria la llamaban— tenía delante —y lo tiene, supongo— un compás con rosales que su madre cuidaba —eso sí que ya no— como a las niñas de sus ojos. Se subía hasta la casa, tampoco lejos de la iglesia, por calles en zigzag y con aceras escalonadas para salvar los tremendos desniveles. Su portada («Es más antigua que la tuya», me hacía rabiar Pablo) tenía una fecha grabada: 1817. Cuando llegábamos mi hermano y yo, el viejísimo mastín Bordón («Tu perro sí que es más antiguo que el mío», le respondía yo) fingía incorporarse y movía un poquitín el rabo en prueba de reconocimiento; a veces hasta lanzaba un ladridillo para avisar a los de dentro. El pobre Bordón no tardó en morirse; lo enterramos allí mismo al pie de los rosales.

Durante las vacaciones, algunas tardes íbamos Agustín y yo en bicicleta en busca de Pablo; otras, cuando habíamos dispuesto subir al balneario, venía Pablo por nosotros. En el camino a Sallent, dejábamos atrás El Pueyo y Escarrilla, tan chiquito; atravesábamos el túnel de Escarra, en el que nos caían gotas gruesas y gélidas que me asustaban, y el embalse de Lanuza, con su pueblito abandonado a la orilla. Por fin llegábamos a Sallent, que ya habíamos visto desde arriba mucho antes, y nos animaba verlo y nos sentíamos cansados y contentos. La madre de Pablo nos llamaba los tres mosqueteros («Gente menuda, menuda gente», decía, mientras nosotros pateábamos en las escaleras y en los suelos enteramente de madera de la casa), y nos daba unas meriendas riquísimas, que nos sabían mucho mejor que las del ama Marina, la vieja criada que siguió con nosotros después de morirse mi madre.

Me acuerdo de un fin de semana largo, a principios de un noviembre (creo que fue la última vez que estuvimos juntos en Panticosa; yo ya era una mujercita casi bachillera), en que subimos Pablo y yo solos al balneario. El lago estaba rebosante de agua de los neveros; aún lo veía enorme —luego ya no— y sin color ninguno propio, sino de los colores que reflejaba: verde, granate, negro. Me acuerdo del estruendo permanente y ensordecedor de las aguas y de lo melancólico y deshabitado que estaba todo: el balneario, las casas, los hoteles. Yo me entristecí, Pablo, para reavivarme, me decía:

—Qué deterioro, Desi, qué deterioro. Mira: «Se prohíbe merendar en los paseos», y no hay ni meriendas ni paseos; «Se prohíbe pisar los macizos», y no hay macizos; «Bar Aurelio - abierto», y es mentira.

Desde que llegamos, un gato blanco y negro no muy grande maullaba detrás de nosotros («Tiene hambre y está solo», dijo Pablo), como un mendiguito o como un cicerone desocupado, sin dejar de seguirnos. Entre los maullidos del gato, la humedad, el pavoroso silencio que envolvía el estrépito del agua y el atardecer, empezó a entrarme miedo, y me apretaba contra Pablo. Pero Pablo, de vez en cuando, lanzaba un grito para asustarme más y que me apretara más contra él. Nunca hasta esa tarde me había dado cuenta tan claramente de que Pablo era un chico y yo una chica. Me llevé el gato a casa. Sólo estuvo unos días; cuando comió lo suficiente, se fue y no volvió más.

Pablo es ahora altísimo. Muy moreno, con una cara tan española que parece un anuncio de turismo: alargada, de nariz aquilina, pómulos marcados, barbilla partida e, inesperadamente, una boca de labios gruesos. Me abrazó con alegría en el parque y me besó las dos mejillas. Me las dejó mojadas de sudor a pesar de la temperatura. Recordé otra cosa: cuando me hacía rabiar tirándome de las trenzas o poniéndome cigarrones en el bolsillo de mi delantal; yo lloraba de impotencia rabiosa y él reía. Y ahora allí estaba, jadeando, sonriente, crujiéndose los dedos de las manos más nobles que yo he visto en mi vida. «Es un alto cargo de la policía», me había dicho Adela, que siempre estuvo enamorada de él. «Y tan alto», pensaba yo mirando su estatura.

—No pude venir a tu boda porque estaba haciendo el tonto en Nicaragua.

—¿Y cuándo vas a casarte tú, so sinvergüenza? Tendrás novia por lo menos, digo yo.

—Cuatro o cinco —me contestó y cambió de tema—. Esta tarde te llevaré un regalo; estaré en ascuas hasta que te lo entregue. Vaya un viajecito que me ha dado. Y sabe Dios lo que ahora estará haciendo en el hotel.

—Pero ¿qué regalo tan malísimo es ése?

—Ya lo verás.

Nos despedimos, besándonos de nuevo, hasta la tarde. A los diez o doce metros me volví para verlo correr. Estaba aún parado mirándome. Me saludó con la gran mano en alto, como un indio.

Por la tarde fue a casa con un traje de franela gris que le sentaba muy bien. Atado con una correíta verde llevaba un perrillo.

—¡Un salchicha! —dije.

—No exactamente: un primo suyo, es un téckel. Tiene un buen pedigrí, pero no le sirve de nada: es un cochino. —Me alargó la correa—. Tómalo, es tu regalo. De pequeña siempre andabas detrás de un perro al que pudieras llevar en brazos… Éste será un buen amigo de tus niños. Yo no concibo a un niño sin un perro a su lado… La pena es que tendrás que educarlo tú, bajarlo a la calle tú para que haga sus cosas y pasearlo tú.

Yo lo había cogido encantada, y el perrillo me lamía la nariz, los ojos, las orejas, como si hubiese hecho el descubrimiento más extraordinario de su vida. Me senté y lo dejé en el suelo. Él saltó sobre mí y se acurrucó en mi regazo soltando un suspirillo. Pablo, en jarras, sonreía satisfecho. Ramiro trajo unos vasos, el hielo, las bebidas; el perrillo se bajó y fue a olisquearlo: se dio luego una vuelta por el cuarto, y se agachó para hacer un pipí mínimo.

—Será cerdo… Acaba de hacer otro en el portal —dijo Pablo.

El perrillo lo miraba con la cabeza torcida y unas lunitas blancas en los ojos.

—Hay que darle con un periódico en el culete para que se acostumbre a ser limpio.

—Hay que darle con su propio pedigrí —dijo Pablo alargándome un pliego de papel.

El perrillo saltó otra vez encima de mí como quien ratifica una posesión.

—Qué trajín —comentó Ramiro mientras preparaba las copas.

—Es verdad —dije yo—: ése será tu nombre. Te llamarás Trajín.

Le acaricié la cabeza y, como si hubiese entendido, levantó la carita, me miró, se arregostó entre mis piernas y se dispuso a dormir con el cuello apoyado sobre sus dos manos dobladas.

Fue Trajín quien vino a aliviarme la monotonía y a llenarme una parte del creciente vacío que sentía.

Laura dio a luz el día de Reyes. Yo me había vuelto a hacer cargo, durante el mes de diciembre, de su librería. El trabajo, por ser época de fiestas y regalos, resultó bastante agotador, aunque aparte del muchacho inútil de siempre, tenía para auxiliarme a una chica eventual. El día siete de enero fuimos Felisa, ya en las últimas, y yo a la clínica. Llevábamos flores y bombones, de los que Felisa hizo el gasto nada más abrir la caja. El niño era tan moreno que parecía un disparate que lo hubiese parido Laura. Si con un corcho quemado —cosa que propuso su madre— le hubiéramos pintado un bigote, seria igual que Marcelo; su padre podía estar tranquilo.

—Sí; para tener hijos de otros estoy yo. Bastante tengo con el mastuerzo de Marcelo: ahora estará desaforado, después de casi un mes a dieta… Por lo menos a dieta de lo que a él le gusta. Casi temo volver a casa. Menos mal que el niño servirá de parapeto; con él tendré disculpa para negarme cuando esté desganada.

—¿Es que ya no te gusta Marcelo? —le pregunté.

Se incorporó sobre las almohadas, se acomodó bien en ellas, encendió un cigarrillo nada recomendable, hizo el ademán de ajustarse unas gafas imaginarias, y Felisa y yo nos echamos a reír deduciendo que nos iba a soltar uno de sus discursos.

—Escucha, Desi, hijita: lo que le interesa al matrimonio (me niego a decirte lo que me interesa a mí) es un terreno llano donde los niños no puedan despeñarse. El matrimonio está proyectado para eso, no para los momentos de éxtasis —Laura ponía los ojos en blanco de una manera muy cómica—, que son cada vez menos y más cortos. Dice Marcelo que el matrimonio es el máximo de tentaciones unido al máximo de facilidades para satisfacerlas. No es buena esa definición; no hay tantas tentaciones: la repetición y la rutina acaban con todo… Habría que tener tiempo y resistencia para inventar nuevas posturas, nuevos procedimientos, besos y caricias nuevos; pero la confianza y el aquí te cojo aquí te mato lo impiden. Y que se llega a la cama cansada y no apetece acometer proezas. De vez en cuando, quizá si; muy de vez en cuando: con alguna excitación extra, con bastante alcohol o qué sé yo…

»Y que conste, que fuera del matrimonio (o de la pareja, vamos) los contactos son apresurados, inquietos, no se entrega una de verdad, y eso repercute en el placer. Tú, Desi, que llegaste al altar virgen de capirote, no lo sabrás, pero te lo digo yo: los actos extramuros son más atractivos, pero menos gloriosos en el fondo. Porque, en contraposición a lo que te decía antes, el matrimonio permite ahondar y conocerse y corresponder, cosa que la novedad y la impaciencia excluyen… Y es que los cuerpos también son una asignatura: hay que estudiarlos, aprenderlos, asesorarlos… Una se licencia y después se doctora. Ni que decir tiene que los hombres llegan más adiestrados: las aventuras anteriores nos benefician a nosotras, que somos las que recogemos la cosecha. Yo, a las mujeres que se quejan de cuernos retrospectivos, las llamo idiotas; gracias a tales cuernos lo pasan ellas bien.

»En líneas generales, en esto del matrimonio lo esencial es no temerle a nada: lanzarse a tumba abierta y, si no sale bien, resolver el planchazo con una broma oportuna. Porque el erotismo dentro del matrimonio (y soy una intrépida hablando así) es como el de una casa de putas que está al lado de una iglesia y tiene que mantener severa y digna la fachada. Pero ¿qué pasa dentro? Con las patas por alto, sin la menor vergüenza, los dos cónyuges follan… Ésa es la única posible transgresión. Y casi imaginaria. Cuanto más terremoto y más tomate, más seriedad por fuera; esa contradicción organiza un compincheo entre los dos que, a la hora de la verdad, funciona de película. Es como si fuésemos actores que, durante un par de horas están en escena y ante el público, pero luego, en su camarín, ya solos, sin las estrecheces del papel, se dedican a hacer de las suyas.

»Lo que pasa es que hay que enseñarse a dar pares y nones: fingir hastío, dolores de cabeza, poner cara de susto oyendo un chiste verde que sabes muy bien que pone al rojo a tu marido… Hay que hacer alusiones y provocaciones, guiños y compadreos durante el día, delante de la gente, cuando él no pueda meterte mano, y se le engorde así, aplazándolo, el deseo y todo lo demás… Y hay que inventarse, a cualquier precio, modos de transgredir. Qué palabra, hijas mías: la más grande de todas, porque sin transgresión no hay erotismo ni Cristo que lo fundó. La Iglesia se lo ha cargado todo: quemó a las brujas, pero dejó vivir a las putillas más pobres para que personificaran al mal y dieran a la vez asco. Y, sobre todo, santificó el matrimonio, con lo cual nos hizo la puñeta: a ver quién le hinca el diente a un sacramento. Ya nadie conserva la imprescindible idea de pecado… Sin embargo, gracias a Dios, algo se nos quedó dentro y tardaremos mucho en expulsarlo: bendito sea el demonio. A él tendremos que recurrir a menudo. Yo recurro con la coprolalia… Qué burras sois, ¿no sabéis lo que es? Hablar guarradas… Tenemos que echar mano de algo que nos permita creer que estamos traspasando los límites burgueses y saliéndonos de la regla. (Está bien, digamos de la norma para que no haya confusiones). Yo le digo a mi marido cosas tan finas como éstas: «Me gusta tu polla, cabrón. Cuánto me gusta… Ay, no te vengas tanto, que me vas a matar… Así, hijo de la gran puta», y otras por el estilo. Supongo que vosotras actuaréis igual, ¿qué le vamos a hacer? En definitiva, más cómodo y más práctico es eso que irte a echar un polvo con tu marido a una pensión, o a las afueras dentro del coche para poner sal y pimienta al guiso.

»De todas formas, qué difícil es conservar a un marido, y que el marido te conserve a ti, con la misma ilusión y el mismo frenesí de la primera noche. El ser humano tiende a joderlo todo menos a su cónyuge: qué aburrido es el desgraciado. Yo creo que, si llegan los niños, es precisamente para distraernos y que no nos hagamos mala sangre. Anda, que no es lista ni nada la madre Naturaleza…

Las risotadas de Felisa denunciaban que ella pensaba y obraba igual que Laura. Me abrumó asegurarme de que sus vidas eran incomparablemente más divertidas que la mía. No obstante, de boca para fuera, yo me reí tanto como Felisa.

Era mayo y habíamos ido a Madrid a un congreso internacional sobre seguros. Viajábamos en coche no sólo por el capricho de Ramiro, sino por el mío, que quise llevarme a Trajín; para mí había empezado a transformarse en la representación de mi hogar y en mi compañerillo. «Te estás volviendo un poco maniática», me decía con frecuencia Ramiro. Desde hacía una o dos semanas, Trajín había cogido la costumbre de sentarse sobre sus ancas y ponerse de pie —no encuentro otra manera de decirlo— con las dos manitas colgando. Como nos reíamos, él repetía sin cesar la gracia.

—Voy a llevarte a un circo, pequeñajo.

—Parece un monaguillo —decía Ramiro, tan eclesiástico como siempre.

—Le haré un trajecito de negro veneciano y le pondré una bandeja delante para que las visitas dejen sus tarjetas.

Estaba precioso. El largo rabo que tenía de cachorro se le había poblado; le había crecido muchísimo, y muy suave, el pelo de las orejas, de la garganta, de las patas, del lomo; lo tenía de color fuego con puntas negras y ondulado. Por la calle llamaba la atención y conseguía de mí cuanto se proponía.

—Lo tienes muy mimado —insistía Ramiro con ocasión y sin ella.

—No, si te parece voy a tener un perro para darle palizas.

Así que decidí llevármelo a Madrid.

Allí hicimos amistad —yo aún no los conocía— con el principal accionista de la compañía de Ramiro y con su mujer, que eran de nuestra edad poco más o menos. Se trataba de un matrimonio agradable, ligeramente distante con los demás, pero al que yo caí muy bien. Tenían tres niños: dos rubios y uno moreno, los tres muy guapos. Al presentarme al marido, que se llama Fermín, el mío dijo:

—Desi, mi mujer.

—¿De dónde viene Desi? —me preguntó.

Iba a contestar yo, pero se me adelantó Ramiro.

—De Désirée —dijo sin vacilar.

Yo lo miré; él recogió imperturbable mi mirada. Entendí que Desideria le parecía demasiado pueblerino para Madrid y para sus superiores. Me daba igual: también me resigné, con una sonrisa, a llamarme Désirée, mucho más refinado.

—Qué bonito nombre —comentó Julia, la esposa.

Mientras duraban las sesiones del congreso, ella me acompañaba a hacer compras o a ver escaparates, y a los toros un día. Yo, cuando me era posible, sacaba a Trajín para que conociera Madrid.

—Aquí naciste tú. Tú eres madrileño. Mira qué bonito es tu pueblo.

Y si se quedaba en el hotel, le dejaba unas zapatillas mías junto a la cama y un camisón encima, para que se durmiera con mi olor y tuviese la certeza de mi vuelta.

Al concluir una de las sesiones, me di de manos a boca en el local del congreso con Pablo Acosta.

—Pero ¿qué haces tú aquí?

Al fin y al cabo soy de la Interpol, y en estas reuniones siempre hay alguna pista que seguir —me respondió riendo y encendiendo una pipa—. ¿Es que te ha sacado a pasear Trajín? —añadió haciéndole carantoñas, porque el perrillo lo había reconocido—. Está muy guapo. Claro, que tiene a quien parecerse… ¿Y ese niño que va a ser su amiguito?

—De momento tendrá que conformarse conmigo.

—Pues date prisa porque, como se acostumbre a acapararte, sentirá luego pelusa.

Pablo siempre me producía el efecto, al verlo, aunque hubiera pasado mucho tiempo, de haberlo visto hacia sólo unas horas. Con él se reanudaba no sólo la amistad, sino la conversación, de la forma más rápida y sencilla. Tenía esa virtud.

—¿Quieres que te lleve a algún sitio en Madrid?

De repente, sin pensarlo, dije sorprendiéndome a mí misma:

—Sí; quiero que nos lleves al zoo a Trajín y a mí.

—A Trajín quizá no lo dejen entrar; pero a ti, si enseño mi carné, puede que sí.

—Muy gracioso. No creo que te haga falta enseñar nada, porque vas a tu casa.

Fuimos a la tarde siguiente. Ya ante la puerta, el perrillo clavaba las patas en el suelo negándose a avanzar, asustado por el olor. El portero nos advirtió que no podía pasar y que seria un riesgo inútil. Trajín se quedó satisfechísimo dentro del coche. Pablo y yo paseábamos, entre jaulas y niños, sin orden ni concierto. Parecía que los dos nos hubiésemos quitado muchos años cuando nos asombrábamos a la vez que los pequeños ante las jirafas, o nos entusiasmábamos con las cabras monteses, o yo me amparaba en sus brazos ante la mirada fija de un león. Pablo me conducía con una mano sobre mi hombro y yo me sentía protegida y alegre. «Si Ramiro fuera como Pablo», me dije; pero luego pensé que no era eso lo que quería decirme: uno y otro no eran incompatibles; entre Pablo y yo había un sentimiento fraternal y constante. De pronto vi un letrero con una flecha: «Macaco cangrejero - animal peligroso».

—Vamos a verlo —dije llena de curiosidad.

El macaco y su hembra vivían en una jaula equivalente a una pequeña habitación. La hembra iba y venta desatentada sin cesar, como una mujer hacendosa un sábado en su casa. Subía y bajaba, y, cuando se cruzaba con su macho, él intentaba trincarla con un propósito demasiado evidente. Ella, sin molestarse, le hacía cara, le enseñaba los dientes y continuaba su marcha insensata. El macaco, indiferente a los continuos desprecios, se tomaba el pene con dos dedos, se lo frotaba unos segundos y ¡hala! La verdad es que, en su aspecto, no había nada extraordinario: bajito, peludo, semejante a las monas y de un color corriente dentro de su especie. Lo imprevisible eran sus órganos sexuales: los testículos tenían un bellísimo color turquesa y se mostraban turgentes y aterciopelados, con ese halo luminoso y difuso que tienen en el árbol ciertas frutas, y el pene era pequeño y de color quisquilla. En el escaso tiempo —escasez muy justificada— que estuvimos delante de la jaula, el juego del macaco y la macaca se repitió tantas veces que ya no tuve más remedio que declarar:

—Ahora comprendo por qué es un animal peligroso. Cualquier hombre se sentiría humillado ante tan espectacular sobreabundancia.

Pablo, apretándome el brazo, soltó una carcajada.

Por la noche, mientras nos empolvábamos las narices en el aseo de señoras del restaurante donde cenábamos, sin entrar en más explicaciones, le comenté a Julia mi intención de consultar a un ginecólogo. Le dije que empezaba a estar alarmada por no quedarme encinta. Ella se reía.

—¿Por qué tanta prisa? ¿No estáis mejor como estáis?

—Puede; pero yo quiero asegurarme de que no estoy incapacitada para tener hijos. Los niños son lo que más ilusión me hace del mundo.

—Nosotros tenemos un amigo íntimo que es un tocólogo espléndido. Si tanto te preocupa, mañana lo llamo y nos vamos a verlo.

Tres días más tarde cuando almorzábamos en casa de Julia y Fermín, el médico, que sabía que me encontraba allí, me telefoneó.

—Estás perfectamente. Eres una mujer de libro. A pocas he visto en mi vida tan normales y tan dotadas para la maternidad como tú. —Y añadió un poco en broma—: Si no tienes hijos, puedes estar convencida de que no es por ti. De modo que no pierdas la esperanza; es cuestión de insistir.

Le di las gracias y colgué el teléfono. Pero tardé unos minutos en atreverme a volver al comedor. Me recosté contra la pared; el mundo se me estaba cayendo encima. Se conoce que dejé de respirar; de repente sentí que me asfixiaba y aspiré hondo y suspiré. Junto al teléfono había un espejo; me miré en él y vi que había palidecido. Era muy confuso lo que experimentaba, no lo puedo explicar. Me habían estafado; algo o alguien me había hecho objeto de un timo espantoso; en algún juego cuyas reglas ignoraba, me había jugado la vida y la había perdido… «Tan pronto, tan pronto…» Abrí el bolso que me traje sin darme cuenta, me di un poco de color en la cara y regresé al salón. Julia me buscó los ojos.

—¿Quién era? —me preguntó Ramiro.

—Mi hermano, desde Huesca. Dejé dicho en el hotel que veníamos aquí.

—¿Va todo bien?

—Sí, sí —le contesté mirando a Julia—. Todo va bien. Todo está normal.

El sol se está poniendo. Cuanto veo es gris plomo, menos un desgarro rosa en el Oeste. El gris de la ciudad es más oscuro. Sobre las nubes que cubren el sol, desflecadas, hay un gris plata que azalea hacia el Este. La línea del horizonte es muy precisa: en él se juntan las curvas del caserío, los ángulos, los minaretes. Las primeras luces eléctricas rompen la uniformidad gris. Se va la luz del sol. Yamam tarda. No quiero escribir más.

Durante los meses que siguieron traté de adaptarme a mi desgracia; pero no podía impedir mirar con recelo a Ramiro, culparlo de ella. Y, sin embargo, estaba claro que de él dependía todo; debería entregarme a él apasionadamente, procurar que me penetrara y me tuviera el mayor número de veces posible. Él comenzó a mirarme con recelo también; no decía nada, pero, por algún gesto de desagrado, comprendí que me encontraba ávida e insaciable. ¿Cómo explicarle por qué sin ofenderlo, sin aclararle que no era su cuerpo lo que me interesaba, sino lo que tenía que darme precisamente él para hacerme fecunda?

Sucedió en el segundo aniversario de nuestra boda. Habíamos invitado a cenar a unos cuantos amigos. Concluida la cena fui a mi dormitorio, donde los habíamos dejado entre almohadones, a buscar al hijo de Laura y al de Felisa, y volví al salón con uno en cada brazo y Trajín dando saltos a mi alrededor para alcanzarlos. Los niños sonreían, a medio despertar, al ruido de mi voz, al ruido del perrillo, al ruido de la vida.

—Qué madraza eres, hija —dijo Felisa con la boca llena—. Con lo que te gustan los niños (más que a mí, desde luego), ¿por qué no os decidís a tener uno de una puñetera vez?

Me pareció una ocasión pintiparada. No dudé ni un segundo en responder.

—Yo no puedo tenerlos. Me lo dijo un tocólogo que consulté en Madrid. Ya es hora de que todos lo sepáis. Con mi cuñada Adela allí, estaría esa misma noche enterada Huesca entera. Se hizo un silencio tenso, que yo corté hablándoles a los dos pequeños con esa voz tan tonta y tan artificial que ponemos para dirigirnos a un bebé.

Una vez que se fueron los invitados, Ramiro, que había participado desde mi intervención muy poco en la charla (charla que se reanudó con las frases previsibles: «Eso nunca se sabe. Pues sí que no hay ahora medios para tener hijos: demasiados», «ya verás como acabas harta de hijos», etcétera), se acercó a mí, me levantó la barbilla, me obligó a mirarlo y dijo con cierta solemnidad:

—Lo del médico, ¿es verdad?

—Sí.

—Primero, no te desanimes: Dios está por encima de los médicos. Y segundo, si sucediese lo peor, yo no te reprocharía nada. Me basta contigo para ser feliz. ¿Me oyes?

—Sí; te oigo.

—Tenemos muchas cosas en común, muchas cosas por las que trabajar juntos, muchas que conseguir. Y muchas ilusiones compartidas. Sin ir más lejos (y la coincidencia es como un milagro), me han ofrecido la representación para toda la comunidad autónoma. No te dije nada antes porque estoy tratando de conseguir la residencia en Huesca, que sé que a ti te gusta; pero creo que será cosa hecha. —Me acarició la mejilla—. ¿Estás contenta?

—Muy contenta. Enhorabuena. Tú te mereces todo, Ramiro. Enhorabuena.

Se me saltaron las lágrimas. Estaba muriéndome por dentro de desolación y de ganas de gritar. Cuánto pesa un secreto… Pero Ramiro, aunque estaba engañado, había sido tan cariñoso que no podía dejar de serlo yo con él. Además, ¿quién habría dicho que no era suya la razón?

Me hizo el amor aquella noche mucho mejor que nunca. Entre sus brazos yo pensaba —no podía evitarlo, pero con cuánto afán habría querido dejar de pensar— que a lo mejor todo tenía remedio. Debajo de Ramiro, pero distante de él, yo imaginaba a Trajín, de pie, mirando con curiosidad a una cosita sonrosada que se movía dentro de una cuna y que pedía su almuerzo a grito herido.

No; no hubo remedio. Ramiro, convencido de que era inútil intentarlo —y, por descontado, atribuyéndome la falta a mi—, se puso en manos de la Divina Providencia. Después de misa, pedíamos los dos, con las nuestras cogidas, «el bien de la descendencia». Pero la verdad es que él lo procuraba cada vez con menos convicción y menos ímpetu, hasta que casi dejó de intentarlo. Supongo que se le antojaba lascivia y lujuria hacer el amor sin la posibilidad de la procreación. Yo lo encontré lógico en él, y me fui metiendo más y más dentro de mí misma. Por fin, le pedí que me consintiera dormir con Trajín en uno de los dormitorios de huéspedes mientras no los tuviéramos. Opuso una moderada y convencional resistencia; pero aquella misma noche Trajín —que antes dormía en la cocina— y yo nos acostamos en la misma cama. No dejó de ser un descanso. Ya empezaba a estar harta de ficciones, aunque las mayores no habían aún comenzado.

El ama Marina, que todavía vivía con mi padre aunque frisaba en los ochenta años, intentó por todos los procedimientos a su alcance que se resolviese nuestro problema. Me llevaba borrajas para que las comiese, porque aseguraba que tienen poder fecundante. Yo pensaba entre mí que se las tendría que dar a Ramiro, pero me las comía, porque siempre me han gustado. Un día, a la hora de la siesta, se presentó con una garrafa llena de agua de siete fuentes distintas —según ella era el mejor medio de conseguir la fertilidad—, todas acreditadas: la de Aínsa, la de Puyerruego, la de Montanny, tan milagrosa, la de San Benito de Luzán, la de Santa Elena de Biescas, la de San Elías de Valcarce y la de San Blas de Villanueva de Sigena. Yo bebí hasta el último sorbo sin éxito. Y, por si era poco, en la noche de San Juan, volví a beber agua de nueve barrancos que el ama Marina había logrado, con mucha tarea suya y muchos favores ajenos, reunir.

Aquel verano no fue caluroso. Durante él estuve muy a menudo con mis amigas y sus hijos, porque no habían salido de viaje ese año dada la edad de las criaturas. En el mes de septiembre, cuando ya empezaban a dorarse las ramas de los árboles de nuestra calle, yo las veía desde el balcón una mañana. Estaba limpiando la casa: bueno, la casa no, todo eso que no se le ocurre limpiar nunca al servicio: los marcos de los cuadros, los libros, los suaves cercos de los vasos en las mesas de cuero. Iba de una habitación a otra seguida de Trajín, con un pañuelo liado a la cabeza y otro en la mano.

—¿Por qué no te quedas quieto en un sitio? Vienes detrás de mí como si fueras un perro. Déjame, hombre, estoy trabajando.

Me miró sin levantar la cabeza, vi sus lunitas blancas debajo de los ojos, y me eché a reír. Luego me puse en cuclillas a su altura.

—¿Sabes lo que vamos a hacer? Vamos a ir a buscar un trabajo para no pasar todo el tiempo haciendo el ridículo. Un trabajo al que pueda llevarte. Y tu trabajo va a consistir en ser bueno y en estarte quietecito. —Trajín me lamía la cara—. No, descuida; no te voy a dejar aquí solo esperando: vendrás conmigo y todo el mundo te querrá mucho. Pero me tienes que prometer que no te harás pipí, ni enredarás, ni distraerás a los compañeros si es que no nos dan un despacho para nosotros solos, que no creo.

Cuando llegó a comer Ramiro se lo comuniqué sin rodeos. Necesitaba trabajar; necesitaba sentirme útil y llenar mis horas. Buscaría algo que me permitiese acompañarlo en sus viajes y tener a Trajín.

—Muy difícil va a ser —comentó.

—Tampoco aspiro a ser jefa de Estado, ni a cobrar un sueldazo. Una cosa modesta.

—Escúchame bien, Desi: tú ya estás haciendo tu trabajo. Me ayudas más de lo que puedes imaginar. Mis ascensos se deben a ti tanto como a mí. Sabes recibir espléndidamente; eres encantadora; quedas como los ángeles con todo el mundo; mis jefes te adoran, y sus mujeres no digamos. Fermín me ha llamado esta mañana y se ha deshecho en elogios a ti. Dice que ya te querría él como su relaciones públicas y que qué envidia me tiene porque dispongo de ti… Así que ya lo ves.

—Ramiro, hijo mío, tú no necesitas relaciones públicas; tú eres el mejor con muchísima diferencia.

Nos reímos los dos, apoyados uno en otro, y por fin obtuve su permiso y la promesa de que me ayudaría a encontrar un trabajo.

Pero no fue él quién lo encontró, lo encontré yo. Y por casualidad. Había tenido que ir al instituto donde estudié el bachillerato para que me dieran un certificado, o para que lo pidieran desde su secretaría a la facultad de Zaragoza a ver si les hacían un poco más de caso que a mí. Lo necesitaba para hacer uso de él al ofrecerme en cualquier sitio. La secretaria del instituto, una mujer de pelo blanco cuidadosamente peinado, me miró sorprendida.

—Pero qué coincidencia: la semana pasada se ha casado la chica que me ayudaba aquí. Si quieres aceptar el puesto, no necesitas pedir ese certificado.

—¿Podría traer a mi perro? Es de tamaño pequeño y está educadísimo —mentí.

—¿Escribe bien a máquina?

—No, se atropella; pero tiene, en cambio, don de gentes para tratar con los alumnos.

—Entonces, aceptado, tráetelo, siempre que no sea preciso darle de alta en la Seguridad Social.

Desde el primer segundo tuve claro que me iba a llevar bien con aquella señora.

Era una oficina con mucha luz y alegre; el suelo, de parqué, aliviaba la gelidez de los pasillos. Estaba siempre llena de muchachos muy jóvenes que planteaban problemas insolubles que podían resolverse con cinco minutos de atención. Me ponían de continuo ante los ojos mis tiempos en aquel instituto destartalado e irremediable, al pie de aquellas mismas ventanillas, tratando de impedir que se colaran delante de mí los listillos de turno, y llena también de problemas insolubles. Los archivos los teníamos al lado, y en ellos la joya de la casa: el expediente de don Santiago Ramón y Cajal, cuyo nombre ostentaba el instituto. Debo confesar que yo nunca lo vi.

Llegaba cada mañana con Trajín, al que se le alegraba el trotecillo en cuanto veía la puerta principal. Atravesábamos el vestíbulo, con su solado de mármol rojo, sus altos zócalos de otro mármol entre rosa y gris, y su escalera, que de niña me pareció grandiosa y ahora me parecía petulante. Torcíamos a la izquierda, y tomábamos el ancho corredor, cuyos ventanales daban al patio, y cuya solería de baldosas blancas y grises tanto me gustaba para correr patinando en esos años en que siempre se está a punto de llegar tarde a cualquier sitio. Al oír retumbar los ecos de las voces y las carreras de los nuevos niños, me trasladaba de época, de deseos y de esperanzas.

Recién pasada la Purísima, asistí a un reparto de premios en el salón de actos. No debí de hacerlo: me decepcionó de tal forma que tuve que salirme. Yo había representado allí un auto sacramental de Calderón; hice de La Tierra, uno de los Cuatro Elementos de La vida es sueño. Aquel lugar y aquel escenario que encontraba celestiales eran un espanto; las diez columnas que había considerado tan valiosas como las del Partenón las veía ahora toscas, excesivas y sin gracia. El salón olía a humedad y a abandono, y pensé mientras salía cuánto redimimos los lugares de nuestra infancia, con la inconsciente intención de redimirla a ella y seguir siempre considerándola un deslumbrante paraíso del que un día fuimos expulsados. Porque perder un paraíso es menos insoportable que no haberlo tenido.

La verdad es que en el instituto ganaba una miseria, pero tampoco el trabajo era matador —el período de matrículas había pasado ya—; por el contrario, me rejuvenecía y me remozaba. Por otra parte, con el pretexto del horario, dejé de ir a las misas de Ramiro: eso salí también ganando. Acudía sin desayunarme al instituto y me desayunaba con Elisa, la secretaria: solterona, bienhumorada y amante de los gatos, que sentía muchísimo no poder llevarse los suyos a la oficina, y que transigía con Trajín «porque tiene cosas de gato: es soboncete y egoísta. Quien quiera saber lo que es un perro faldero que venga aquí y lo vea».

Una mañana Trajín desapareció. Lo busqué por todas partes, hasta en los lugares más inverosímiles. El alboroto que oí dentro de un aula, no lejos de la secretaría, me indicó por fin dónde estaba. Los chicos lo llamaban por su nombre, jugaban al toro con él, aprovechaban la novedad para subirse encima de los bancos. El profesor, que era el de Historia, reclamaba inútilmente silencio y atención. En cuanto abrí la puerta, Trajín, meneando el rabo con una absoluta falta de remordimientos, vino hacia mí y me siguió fuera. A mediodía me visitó el catedrático de Historia, que tanto me entusiasmaba cuando fui alumna suya. ¿Cuántos años hará ya de aquello? Diecisiete o más. Pues, en contra de lo que era de esperar, ya que el tiempo había nivelado nuestras edades, lo vi convertido en un viejo. Elisa me había dicho que seguía soltero.

—Perdone usted lo de esta mañana, don Mariano. —No dudé en piropearlo—: Está usted más joven que cuando yo galopaba por esos tránsitos.

—Todavía sigues galopando por ellos. Quiero decir que eres la misma: la prueba es que estás aquí; pero ahora lo haces acompañada por ese endemoniado perro… Siempre se vuelve a los sitios a los que se pertenece: es lo único que he aprendido de la Historia. Por eso se afirma que los criminales vuelven al lugar de su crimen.

—¿Tan mala estudiante fui que me compara usted con los criminales?

Miraba por encima de mí, como si viese acercarse a alguien a mis espaldas…

—Eras una chiquilla prodigiosa. Tenías los ojos tan abiertos que con ellos podías devorar el mundo. Nunca he conocido a nadie (y son muchos años dando clases) de quien me importase menos que supiese o no supiese una lección. Tú estabas por encima de los textos.

Se reía, y sus ojos continuaban mirando detrás de mí.

—Quizá lo que usted notaba es que me enamoré perdidamente del profesor de Historia.

—No; no de mí. Estabas enamorada de todo simplemente. La vida era un regalo que acababan de hacerte; no sabias cómo disfrutarlo mejor. Las reglas que te daban para usarla no te satisfacían… En mí viste a alguien un poquito rebelde y nada más. Fue esa similitud la que te atrajo.

—¿Luego usted lo notó? —Él inclinó la cabeza como para mirar a alguien de menor estatura—. ¿Yo era rebelde, don Mariano? —Él reiteró el movimiento de cabeza.

Y lo sigues siendo, aunque no lo parezca. Yo, en cambio, si lo fui un día, no lo soy ya. Pero tú lo serás hasta el final… A la edad en que te conocí hay muchos que en apariencia se rebelan; los que tenemos costumbre de tratar a adolescentes sabemos que son muy escasos los que persisten. La mayoría son unos simples egoístas maleducados.

—Pues aquí me tiene usted a mí con un rígido horario, una oficina y un perro. Dígame si cabe menos rebeldía.

—Desi, Desi Oliván, ¿verdad?: hay ocasiones inesperadas en que, para que el corazón ascienda más de prisa, se hace necesario tirar el lastre, los horarios y hasta los perros por la borda… Si se te presenta una ocasión así, tíralo todo: no lo dudes. Yo lo dudé, y mira en lo que he terminado.

Se alejó casi arrastrando los pies por el pasillo de losas grises y blancas.

También conseguí que Ramiro no me fuera a buscar al final de la mañana. Yo volvía a casa, a paso ligero en el invierno y despacio cuando lució de nuevo el sol, pasados ya los santos capotudos: san Antón, san Fabián y san Vicente, que menean con sus capas el aire y se llevan la niebla. Trajín, insensible al clima, olisqueaba todo, marcaba un territorio sin fronteras, se entretenía con cosas increíbles. Yo, procurando no chocar con la gente a la que ni veía, reflexionaba con cierta vaguedad, e iba comprendiendo que la forma de dicha que había soñado, y para la que quizá me preparé toda la vida, no la iba a tener nunca. Pero, no obstante, como no me había muerto, tenía que vivir, y era preferible vivir lo mejor posible y desde luego sin herirme yo misma. Acaso lo que a mí me sucedía le sucede a casi todas las mujeres: todas, seguramente, echan de menos algo con que soñaron… Yo tenía que llenar una ausencia que ahora disminuía de tamaño. Sin darme cuenta ni proponérmelo empecé a ser más cariñosa con Ramiro: le cepillaba las hombreras al salir; le gastaba bromas por el pelo que se dejaba en peines y cepillos; lo calibraba imparcialmente si lo veía por la calle, y seguía juzgándolo esbelto y atractivo más que el resto de los hombres. Llegó un día en que me sorprendí riendo a carcajadas de no me acuerdo qué salida suya.

—Estás abandonando tu discurso interior, Ramiro; estás siendo simpático: te preocupan las cosas de los otros.

A él le molestaba bastante eso del discurso interior. Yo no aludía a él desde antes de casarnos:

—Tú tienes una idea dentro de tu cabeza, que te afecta a ti solo y hablas sólo de ella. Si alguien te interrumpe para referirse a otra cosa, tú urbanamente lo permites y pones cara de atender; pero, apenas se descuida el interlocutor, tú vuelves a tu tema en el punto exacto en el que lo dejaste. Y esa táctica puedes emplearla de veinte a treinta veces cada día. Estoy segurísima de que no te enteras en absoluto de lo que te ha hablado nadie. Y yo menos que nadie.

—No digas tonterías —me replicaba él—. Si mi profesión consiste precisamente en escuchar las latas de los demás.

—O en hacer que las escuchas. Tú, con tu discurso interior tienes de sobra.

El discurso interior de Ramiro, para mi desgracia, había marcado los limites de mi vida.

A Laura y a Felisa apenas las veía. Nos separábamos casi sin sentirlo; dentro del reducido mundo de Huesca —«que mira hacia el poniente, no hacia el levante», como solía decir Marcelo—, pertenecíamos a sectores distintos: quizá más sus maridos que nosotras; pero ellas tenían por añadidura sus obligaciones maternales. (Las dos me habían prometido nombrarme madrina de sus segundos vástagos). De vez en cuando se acercaban por la secretaría. A mí me punzaba un incierto dolor al verlas con el cochecito a las dos, o a una de ellas: charlábamos un rato, fumábamos un pitillo y luego se iban a su mundo. Sin embargo habíamos hecho un serio pacto: el próximo verano viajaríamos juntas, con nuestros respectivos, a un lugar resplandeciente.

—Yo no quiero países nórdicos —les decía—. Yo no quiero Suizas. Todo eso lo tenemos aquí y más bonito. Yo quiero un país exótico, donde nos puedan ocurrir aventuras tremendas.

Salvo en lo de las violaciones, ellas estaban enteramente de acuerdo. En mis frecuentes ratos libres, yo consultaba atlas del instituto; meditaba pros y contras; hacía hasta cálculos económicos, y me enteraba de las temperaturas y de las fechas mejores, que nunca coincidían ni con julio ni con agosto. Cuando les comuniqué el resultado de mis investigaciones, las dos soltaron sendas carcajadas.

—Hija, Desi —se reía Felisa—, en mi vida he visto a nadie más convencional. Después de dos meses de estudio, creí que se te habría ocurrido un país nuevo, de esos que se inauguran cada día en África. Para elegir Egipto no hacía falta más que mirar un poco para atrás: todo viene de allí…

—Todo, no —me defendía yo—. También están Grecia y Siria y Marruecos…

—No le hagas caso, Desi —intervino Laura—. Nosotras ya lo habíamos tratado: antes que nada, Egipto. Las tres de acuerdo. Ahora sólo nos queda convencer a esos petardos de maridos.

Los convencimos. Marcelo fue el encargado de la organización. Entre él y la agencia de turismo lograron que hiciéramos un viaje bastante deficiente; pero, dado nuestro afán por pasarlo bien y nuestra avidez de espongiarios, no lo recordamos después sino con gusto. Por lo menos, yo. Marcelo y Ramiro nos dieron la tabarra con sus tomavistas: tenían el convencimiento de que lo que no se llevasen grabado ni lo habían disfrutado ni existía. Felisa y Arturo, en cambio, se habían hecho con una guía muy detallada y la leían escrupulosamente ante los monumentos, que en realidad apenas si miraban. Les bastaba comprobar que eran sin duda aquellos a los que aludía su libro; leían el texto, y buscaban a continuación el siguiente. Laura y yo éramos incansables.

Al principio, aún sin facturar los equipajes en el aeropuerto, estuvimos de acuerdo en que nuestros compañeros de viaje eran gente de tres al cuarto, tristes oficinistas y sus anónimas mujeres incultas.

—Eso mismo estarán opinando ellos de nosotros —nos advirtió Laura—. Y ya que vamos a pasar juntos por fuerza tres semanas, más prudente será poner al mal tiempo, si es de veras malo, buena cara.

Después descubrimos, en efecto, que los oficinistas y sus mujeres eran, por lo general, personas sencillas, movidas por la curiosidad o por el interés de aprender, que preguntaban sin complejos lo que no entendían y que a veces ponían a nuestra guía —una muchacha fina, preparadita, pero que, sacada de su retahíla, se convertía en una gallina desplumada— en verdaderos bretes.

Entre nuestros acompañantes había algunos muy peculiares. Por ejemplo, una señora mayor, que viajaba con su hija y con su yerno, que se echó a protestar ya en el aeropuerto, y a la que Egipto le caía como un tiro aun sin verlo.

—Es gente sucia, sin higiene: negros, ¿qué les vas a pedir?

Porque ella quería haber ido a Italia para ver el Moisés de Miguel Ángel; en su casa tenía un álbum de reproducciones y, según su confesión, lo adoraba. Laura insistía en que el Moisés que la señora quería ver era la cunita en que Miguel Ángel había sido criado.

Venían también tres hermanas solteras, de edades un poquito avanzadas, que se llevaban entre sí admirablemente bien, tenían mucho sentido del humor, y eran afectuosas y educadas. Vivían en una capital de provincia no muy distinta a Huesca, y eran huérfanas de un médico conocido que les había dejado su nombre y muy poco dinero. Con ellas solía salir un periodista medio ciego, famoso en la dictadura, que tomaba nota del precio de todo para incluirlo en las crónicas que enviaba a un periódico de pequeña tirada. Quien hacía la guerra por su cuenta era una gorda, con andares de oca y pies muy delicados, que se perdió en el Jan el-Halili por comprar baratijas y tambores para todas sus amistades. Ese barrio, como leía Felisa, era de origen y trazado fatimí, y a pesar de ser tan laberíntico, se construyó calcándolo de las ciudades romanas, con su cardo y su decumano como calle principal y transversal, pero con abundantísimas y enloquecedoras afluencias y diversificaciones.

—Un buen ejemplo de sincretismo —concluía.

Lo cual no nos sirvió para encontrar a la gorda. Costó Dios y ayuda y una hora larga, y fueron las tres hermanas, estratégicamente distribuidas, las que lo consiguieron.

Mientras los otros cuatro se daban a sus vicios, Laura y yo contemplábamos los atardeceres sobre el Nilo. Las esbeltas siluetas de los remeros de las falucas, con su elegante pantalón negro ajustado a las piernas, se destacaban contra el cielo y se reflejaban en el agua. Yo sentía un extraño tirón que me atraía y vinculaba a aquellos seres de ojos profundos y brillantes y de gruesas pestañas: a aquellas mujeres colosales, que avanzaban por las aceras como bulldozers, ante las que tenías que apartarte salvo que quisieras morir apisonada: a aquellos niños sonrientes y pedigüeños y a aquellos baladíes, venidos de no se sabe dónde a curarse a El Cairo o a perderse definitivamente en él. Rodeada del caos de la ciudad, yo percibía el latido de su intimidad entre mis manos como el corazoncillo de un pájaro que, después de recorrer el cielo, hubiese caído sin saber cómo en mi poder.

Esa misma impresión de grandeza y humildad fue la que me produjo también, en el museo, el sarcófago de Ramsés II. Nadie habría dicho que, en aquel túmulo extraño —cubierto con un terciopelo azul oscuro y sin lustre, sobre el cual habían cosido tres lotos de tela amarilla, uno de ellos sin flor, ceñido por un alambre con sellos de plomo para impedir que alguien lo levantase, y situado en una encrucijada de pasillos—, descansase la infinitud del faraón. Si Laura y yo lo supimos, fue porque nos lo indicó un escritor español que visitaba el museo con uno de los directores. Se trata de un escritor al que yo admiro, y al verlo me sobrevino un insuperable deseo de saludarlo. En Egipto tenía en común con él la nacionalidad, y esa coincidencia me autorizó a acercarme. Él contemplaba aquel túmulo, y le decía algo al que luego nos presentó como su secretario, mientras tomaba unas notas en un pequeño libro. Yo le interrumpí, pidiéndole perdón, para saludarlo, y él, como si nos conociéramos de antemano, me dijo:

—Aquí, en este cruce, entre armarios vacíos, yace Ramsés II. Por lo visto, fue a una exposición sobre él y su megalomanía en París; allí lo descontaminaron y lo desinfectaron en el Instituto Pasteur. Y ya de retorno, lo pusieron provisionalmente donde está; no lo han vuelto a mover. Qué terribles son las provisionalidades de las gentes del Sur, nosotros incluidos. Después de esto, amigas mías, ¿qué vanidad cabe?

Se despidió de nosotras y continuamos la visita por diferentes itinerarios. Laura también admira a ese escritor; pero yo creo que, como dueña de una librería, lo admira más por lo que vende que por lo que escribe. Ella lo negaría, por supuesto.

Las pirámides de Guiza sobrecogieron a Ramiro, pero por lo contrario de lo que era de esperar: le parecieron mucho más pequeñas de lo que se imaginaba. Felisa, con su guía en la mano, afirmó que la televisión estaba acabando con «el placer de los viajes», porque en ella, aislado y bien fotografiado, todo parece mayor, más imponente y más limpio. Dos días después, Laura decía de la gran pirámide:

—Como ya no nos cuesta esfuerzo verla, apenas si la vemos. Cuando algo se incorpora a la costumbre (y somos para eso muy rápidos) se transforma en una fotografía. Hemos venido por ella, y ahí está: por fin nuestra. Pero ¿de verdad es nuestra? Tiene más de cuatro mil años, que la han puesto escarpada y leprosa, y la han transformado en un monumento a la inutilidad. No sirve para nada de aquello para lo que fue construida, salvo que fuese construida como un desafío o un espectáculo. Nada sabemos de ella… O sea, que es todo menos nuestra. Lo único que podemos hacer es mirarla; nunca la entenderemos.

En Sakara (me acuerdo, de pronto, de unos ruidosos arrullos de palomas sobre la pirámide escalonada) nos montamos en camello, naturalmente para que Marcelo y Ramiro nos grabasen con sus tomavistas. Felisa, cada vez más gorda, se resbaló de su camello muy despacio, y se dio en la arena una buena culada, entre las risas de los camelleros, de la gorda de Jan el-Halili y hasta de las tres huérfanas.

—Podía haberme roto el cóccix —dijo muy enfadada, y no nos dirigió la palabra en el resto de la mañana.

Al día siguiente, que era domingo, Ramiro preguntó en el hotel dónde podía oír misa y, sin hacerle mucho caso, lo mandaron —nos mandaron, porque yo fui con él— a una iglesia copta, situada en una calle estrechísima y precedida por un jardincito. En ella, por supuesto, no había misas, pero Ramiro se conformó con rezar de rodillas y asistir a una extraña ceremonia con muchos cantos y muchísimo incienso.

—Los coptos conservan mejor que nosotros, en sus lugares de oración, el espacio místico que eleva con más velocidad el alma hacia Dios.

Cuando se enteró de que en aquel mismo sitio fue donde, según la tradición, habitó la Sagrada Familia en su huida a Egipto, tomó con su cámara hasta las telarañas del último rincón. Para él fue lo mejor del viaje.

Fuimos en un vuelo, que llamaban doméstico y a mí me parecía sin domesticar, hasta la primera catarata del Nilo para subir en barco desde allí hasta Luxor. Arturo y Felisa coincidían conyugalmente en que la mugre era insoportable y en que quizá cogiéramos lo que no teníamos. Cuidaban sus comidas; espantaban sin cesar las moscas; se precavían contra las infecciones, y vivían en una continua sospecha. Acabaron por no salir del barco, donde estaban encantados, y por localizar y reconocer los templos desde él, tras consultar su guía, mientras nosotros bajábamos a la ribera.

Los amaneceres y los anocheceres sobre el agua, y las orillas llenas de una vegetación hermosa y cimbreante, me ratificaban en mi amor por una tierra a la que veía como una reconciliación para mí, o como un reencuentro. (Ahora creo que fue una premonición).

De noche, bajo las claras estrellas, cuando el calor disminuía, nos sentábamos los seis en nuestras hamacas sobre cubierta, un poco aparte de los otros, y charlábamos con una recuperada complicidad. La tercera noche hablábamos sobre el amor, antes de que Laura y Felisa, a las que el viaje servia como un eficaz afrodisíaco, se retirasen a hacerlo en sus camarotes con sus maridos. A ellos se habían insinuado antes con los pies descalzos y con un descaro que Ramiro encontró lamentable, y que yo envidié y a la vez me divirtió muchísimo. Laura había propuesto un juego: teníamos que averiguar quién era el amante y quién el amado no sólo de nuestras tres parejas, sino de las que venían en el viaje y de otras que todos conociéramos. Según ella, nacemos con el papel de amante o de amado repartido, y ése es el que representaremos durante nuestra vida entera.

—No quiero decir que unos estén todo el día salidos, pegando saltos como las monas, y otros, imperturbables, boca arriba. Claro que el amado es un poco amante, y el amante, algo correspondido; pero la actitud previa y esencial la tiene cada uno señalada. En cada relación amorosa hay, en último término, un devoto y un dios, un amo y un esclavo; hay quien rompe a hablar y hay quien responde. Para opinar, habremos de tener en cuenta lo que sabemos y lo que intuimos: el primer golpe de vista es importante.

Pensamos un ratito y comenzamos a votar. No me acuerdo de cuál fue el resultado en otras parejas. Sé que yo detuve un momento la votación con una duda.

—¿Y si la pareja es de dos amantes, o de dos amados?

—Eso es difícil que se dé —respondió Laura—; pero, en cualquier caso, una pareja de amantes es violenta, echa chispas y es improbable que dure mucho tiempo; en cuanto aparezca un amado, uno de los amantes se irá con él. La vida de una pareja de amados puede ser larga, en cambio, porque los dos son acomodaticios —hizo una mueca de desdén—; pero será bastante sinsorga y más bien sosa.

El escrutinio fue, según Laura, muy desfavorable para ella: salió como amada, con Marcelo como amante. Felisa fue designada amante, y Arturo, que se quejaba de la votación, amado. En cuanto a mi pareja, cuyo diagnóstico yo esperaba sobre ascuas, se calificó a Ramiro de amado y a mí, de amante.

—Este jueguecito es una frivolidad —dijo Ramiro.

Por qué nadie querrá que se le considere amado, me preguntaba yo. Después que se levantó la velada, me quedé en cubierta, cara al anchísimo cielo, idéntico al que tantos amantes y amados habían visto y ven. Ramiro pretextó el madrugón del día siguiente para despedirse, y me puse a pensar sobre ese grave dilema del amor. El amante tiene mejor prensa: es el que más sufre; el que más pierde; en el tapete verde se juega entero contra unos cuantos duros: ganar unos duros a costa de la vida no es ganar. Es el agente, el provocador, el generoso… ¿Y si fuese también el exigente, el que, cuando se abre la apuesta, sólo aspira a los duros que el otro arriesga, y, una vez ganados, quiere más, más, y más? ¿Y si, en un momento dado, el amante tuviese suficiente consigo mismo? El amado es el pretexto del amor, su motivo; ya está en marcha el sentimiento, ya él no es imprescindible: bastan sus huellas. El dolor, el recuerdo, el temblor del recuerdo; él ya fue usado. El amante no necesita pruebas; le sobra con su amor, con su amor propio de amante. El amante llega, inviste y reviste al amado con prendas que él trae: mantos, bordados, oros, velas, como a un paso de virgen andaluza. Cuando aquello se acaba, recoge sus riquezas y va en busca de otra imagen que enjoyar, que dorar, que adorar… El amante —razonaba yo— se repone a sí mismo, porque saca la fuerza de sí mismo. El amado, que la recibe del otro, la pierde si el otro se va, pierde su identidad, se deteriora su fe en el mundo y en las promesas infinitas. El amado es irremisible, porque es el reflejo de una luz, porque depende. ¿Quién es, por tanto, el dios, y quién el idólatra? ¿Quién el verdugo y quién la víctima? Me hacia perder el sueño un tema que, al fin y al cabo, a mí no me afectaba. No me afectaba entonces.

Antes de abandonar el barco, donde pasamos fondeados un par de noches, nos ofrecieron una fiesta de despedida. Aconsejaban asistir disfrazados de egipcios y ponían a nuestra disposición maquillajes y ropas. Ramiro estaba guapísimo, a pesar de haber ganado unos kilos desde que nos casamos, vestido de algo confuso; con la piel morena y el pelo rubio encarnaba el vistoso resultado de un buen mestizaje. Admirándolo, yo pensaba que Egipto, para nosotros, había sido demasiado casto. Quizá opinaba lo mismo una especie de Cleopatra, que creía esconderse bajo un gran antifaz, y que no era otra que la gorda de Jan el-Halili. Coqueteó con Ramiro durante toda la noche, insinuándosele y ofreciéndosele, a pesar de que él me utilizó constantemente como escudo protector. Felisa y Laura, que parecían dos coristas de Aida, se dedicaron a asediar, por juego, a dos muchachos que no habían consentido unirse nunca a los otros participantes del grupo, y que resultaron ser una pareja homosexual que se llevaba de maravilla, y de la que me habría gustado saber —porque por sus físicos no resultaba evidente— cuál era el amante y cuál el amado.

A la otra mañana, mientras aguardábamos el avión en el minúsculo y desaseado aeropuerto, le dio a Laura por hablarnos del discurso de Aristófanes en El banquete de Platón. La culpa fue de Ramiro. Tomábamos un pésimo café cuando él con un gesto de asco que atribuimos al brebaje comentó:

—Qué repugnancia me inspira esa gentuza homosexual. Les tengo un odio físico.

Los dos muchachos, sin molestar a nadie, entretenían la espera paseando del brazo.

Laura, que se disponía a mojar un dudoso dulce en el café grisáceo, se detuvo y dijo:

—Pues está muy claro, hijo. Cuando amaneció el mundo, los sexos de los seres humanos eran tres: hombres, mujeres y andróginos; los andróginos eran hombre y mujer a un tiempo. Entonces los humanos tenían forma esférica, como si fueran dos de los de ahora unidos por el pecho, con la espalda y los costados en redondo y con cuatro brazos, cuatro piernas y dos caras. Los dos sexos, idénticos salvo en el caso de los andróginos, estaban situados en las partes exteriores de la esfera. Pero esas criaturas no se portaron bien, y los dioses decidieron castigarlas disminuyendo su vigor. Las partieron por el eje, en el estricto sentido: de aquel hombre salieron dos hombres de hoy; de aquella mujer, dos mujeres, y del andrógino, una mujer y un hombre. Zeus y Apolo tuvieron que realizar unas complicadas operaciones de cirugía plástica para reducir lo que sobraba: crearon el ombligo como un corcusido que recogiera la piel, y le dieron la vuelta a la cabeza. Pero, al quedarse aquella naturaleza cortada en dos, se abrazaba una mitad a la otra y se morían de hambre y de inactividad al no querer hacer nada por separado. Esto obligó a Zeus a compadecerse, y trasladó desde la espalda las cositas de cada cual a donde hoy las vemos, aunque apenas nos dejan verlas. Desde ese punto y hora, cada mitad busca con gozo su mitad complementaria; igual que dos medias naranjas. En consecuencia, los que eran andróginos, buscan el sexo diferente; pero los que eran sólo un hombre, es decir, más hombres que los otros, y los que eran sólo una mujer, es decir, más mujeres, buscan la mitad del mismo sexo que les falta. O sea, Ramiro, que yo no me atrevería a descalificar, por no ser hombres o por no ser suficientemente mujeres, a quienes lo que les pasa es que son distintos de ti precisamente por lo contrario… Además tú, que eres tan católico, deberlas ser más comprensivo. Creo recordar que en el Evangelio se dice que son muchas las moradas de la casa del Padre. El Padre no va a ser menos que Zeus.

Habíamos terminado de desayunarnos, si aquello era un desayuno, y estaban a punto de llamarnos a gritos para embarcar, cuando Ramiro concluyó:

—Eso lo habrá dicho Platón, o quien sea, desde su paganismo. Pero por la Iglesia está condenado ese vicio nefando. Y, aunque no lo estuviese, por mucho que tú lo justifiques, a mí me seguiría dando mucho asco.

Yo lo miré asombrada.

Este fin de semana los niños están tristes: se lo noto en la cara. El niño, que es bastante rubio y blanco de piel, me observa cuando cree que no lo miro yo. A través de un espejo que hay enfrente del sofá, lo veo pendiente de mí. Cuando lo llamo, baja los ojos y finge jugar con un pequeño camión. La niña, más morena, abraza a su muñeca como si no tuviese en este mundo otra cosa más que ella. Me dan pena. Me he sentado en el suelo y los he llamado junto a mí. Su español es muy cortito, pero he intentado contarles un cuento, precisamente de Las mil y una noches, devolviéndoles así algo que es más suyo que mío. Noto que no me atienden y que sus ojos se dirigen a la puerta del apartamento. Esperan a su padre. Me gustaría poder decirles hasta qué punto yo también. Supongo que yo no significo nada para ellos, o quizá peor: personifican en mí la causa de sus pequeños pesares —¿por qué pequeños?— de hijos de padres separados. También me gustaría decirles hasta qué punto ellos significaron, y significan aún, una desgarradora llaga para, mí; decirles qué feliz sería yo si ellos no existieran. (Lo mismo que con su desvío me están diciendo ellos). Pero hoy los veo muy tristes. La tristeza de los niños provoca en mí una tremenda desolación… Tomo a la niña y la aprieto contra mí como ella aprieta a su muñeca. No sé qué hacer para distraerlos. Sentados los tres sobre el precioso kilim de color burdeos, nos sentimos juntos y solos. Ni ellos a mí, ni yo a ellos, nos habríamos conocido sin Yamam. Él es nuestra única comunicación: no en vano Yamam quiere decir el único.

Qué larga se está haciendo la tarde. Me asomo a la ventana apaisada del salón y veo el aparcamiento no demasiado lleno hoy sábado.

—Aquí hubo un jardín —me dijo Yamam el primer día.

¿Quién iba a pensar que mi paisaje cotidiano de esta ciudad tan soñada, tan llena de un aura de majestad y misterio, la más codiciada de todas las ciudades de la Historia, sería un aparcamiento? Sonrío, ya que no puedo hacer otra cosa. Abro la ventana, subo a los niños en dos sillas y nos ponemos a seleccionar coches, a preferirlos, a cambiarlos. Con el ruido del exterior no hemos oído abrirse la puerta. Llega Yamam y nos abraza a los tres.

Fue precisamente por la terrible prolongación de las horas desocupadas por lo que decidí trabajar en Huesca, y por lo que pronto tendré que decidirlo aquí.

El aburrimiento de aquella ciudad y el de la secretaría del instituto (que tenía sus altos y sus bajos, sus tensiones y sus dificultades, pero sólo si se miraba de cerca y día por día) hicieron que el año siguiente al viaje a Egipto se pasase muy rápido. Cuando llegaron de nuevo las vacaciones de verano me cogieron desprevenida. Parece que el aburrimiento extiende el tiempo como si fuera de goma y lo hace insoportable. Pero sólo si se le soporta mientras transcurre; una vez transcurrido, como nada trascendental sucedió, se funden uno y otro y otro aburrimiento, y producen una pieza única, a la manera de un patchwork, en la que nos envolvemos sin distinguir los pedazos, y allá van idénticos los días como las semanas y los meses.

Lo más destacado que ocurrió en aquel curso fue que Trajín ejerció por primera vez sus funciones sexuales. Una niña del piso de abajo de la casa nueva, entusiasmada con el perrillo, había conseguido que sus padres le regalasen una téckel. El pretexto para ello fue una larga gripe que degeneró en un leve trastorno pulmonar. Como hubo de hacer reposo y dar luego grandes paseos por la montaña, se encaprichó con tener una pequeña camarada. Al segundo celo de la perrilla, el padre, lleno de excesivas precauciones, me preguntó en la escalera si yo tendría inconveniente en cruzar a Berta (tal era el nombre de la téckel, no de la niña) con Trajín. Subió Berta, rubia y con cara de pícara, y antes de que su dueño y yo nos hubiésemos tomado el primer café, quedó enganchada con Trajín, del que me sentí de repente tan orgullosa como si fuese mi hijo. Quizá temía, no sé por qué —o sí lo sé— que hiciésemos los dos el ridículo. La pequeña Berta tuvo cuatro cachorros tan graciosos que yo iba desde el instituto, a media mañana, para disfrutar de ellos y para que Trajín fuese conociendo a su prole. Pero Trajín olía a los cachorros con total indiferencia. A los dos meses, escogí un machito —al que tenía derecho— y se lo di a mi padre. Yo suponía que cada vez se encontraba más solo en la cerería y en su casa, y cada vez menos necesario. Quizá una vida diminuta, tan subordinada a la suya, al requerir su compañía, le diese compañía. Como el cachorro había salido a la madre, y era rubio, mi padre le puso, con cierta grandilocuencia, Toisón.

Desde Semana Santa proyectamos el viaje del verano las tres parejas juntas. Resolvimos casi de común acuerdo, a pesar de las protestas de los higienistas, ir a Siria. A mí me atraía Alepo desde que leí en el bachillerato el Otelo, que habla de un turco de allí mientras se degüella. Y Damasco fue una de las ciudades veneradas de mi niñez… Era como si el destino, en anillos concéntricos, estuviese atrayéndome hasta donde él me aguardaba sentado. Por parte de mi madre tengo sangre andaluza; quizá era ella la que me empujaba, o quizá fuese, la mía propia anticipándose: la sangre sabe mucho más de lo que nos creemos, pero sólo en contadas ocasiones nos dejamos llevar por sus impulsos.

Para mí Siria fue un gran deslumbramiento. En la secretaría, tan pacífica de ordinario, había leído mucho sobre su historia. Desde un extremo del Mediterráneo volábamos al otro extremo. Desde una tierra que es el rabo sin desollar de Europa y que tiene tanto de África, volábamos (para mí sería un ensayo general) a otra tierra, también al borde de Europa y en el dintel de Asia. De nuestras mezquitas transformadas en catedrales volábamos a sus catedrales transformadas en mezquitas. De nuestro amontonamiento de culturas, al suyo. Un médico sirio, compañero de Arturo en la universidad, hablándonos de su país, nos dijo:

—Agradezco la devolución que nos vais a hacer de nuestra visita. Los sirios venimos aquí hoy para aprender de nuestros abuelos españoles.

Lo cierto es que ellos son los abuelos de todos: allí está la cuna del hombre, cuando aún Babel no había diversificado las lenguas y las razas. Allí están las primeras ciudades del mundo; el honor de ser la primera se lo disputan Hama, Damasco y Alepo: las tres son sirias.

En Hama, sobre cuyo solar se han sucedido docenas de ciudades, me hicieron llorar las crujientes norias que juegan con la luz y el agua del Oronte. Fue en un atardecer color de rosa: el mugido del agua tenía ese color y la luz del poniente se escuchaba. La colina de Alepo, la Gris, donde acampó Abraham, estaba formada por los escombros de las civilizaciones mucho más antiguas aún que él en ese sitio. Y Damasco, versátil e invariable, viva como la vida, más adaptable a ella que Roma y que Bizancio (al escribir Bizancio me ha temblado la mano), es la constante superviviente de sí misma…

Casi todo eso es lo que yo había leído. Hoy, en el primitivo cementerio de Alepo, hay un campo de fútbol; dentro de su gloriosa ciudadela se hace teatro; frente al lienzo de la muralla de Damasco por donde se descolgó san Pablo, recuperado ya de su ceguera, hay un parque de atracciones… A pesar de todo, por debajo, todo queda. Un día en que el sol calentaba de manera especial, visitamos Ugarit: entre sus ruinas duermen tres mil quinientos años; de allí salió el primer alfabeto del mundo. Laura compró su reproducción en una tiendecita: una especie de dedo índice de arcilla con treinta menudos signos grabados. Laura, la librera, con aquella reproducción entre sus manos, se echó a llorar.

—No seas tonta —le decía Marcelo—. Mira ahora por lo que le da… Si lo sé, no venimos.

A Ramiro lo que le emocionó fue ver la columna sobre la que san Simeón del desierto, el Estilita, ese cochino, vivió cuarenta y dos años arrojando inmundicias a sus semejantes. Se halla entre templos en una de las numerosas ciudades muertas.

—Todo esto —murmuraba— es como hacer unos ejercicios espirituales. Como leer el Kempis: todo pasa «como las nubes, como las aves, como las sombras».

Lo decía tan ampulosamente como si estuviera recitando a Amado Nervo. Mientras, yo pensaba en aquellos titanes que habían construido sus edificios para la eternidad. Porque nada —ni el amor, ni las guerras, ni la vida—, iban a ser nunca distintos de los suyos… Y nada quedaba de lo que hicieron más que el asombro. Cómo Ramiro no se daba cuenta de que los dioses habían pasado y se habían ido, unos detrás de otros, sin dejar más rastro que aquello que en su nombre habían hecho los humanos: unos humanos tan efímeros como ellos, pero no más.

Eso seguía, pensando cuando nos levantamos antes del amanecer en Palmira, para ver los primeros rayos del sol acariciando las esbeltas y doradas ruinas dentro de aquel oasis. El gran templo de Bal, las torres funerarias, las tumbas, los palacios caídos, las calles, el mercado, el foro, el teatro, el desierto acechando alrededor… ¿Qué quedaba de todo? El sol y el viento. Los seres humanos —me decía yo sin comentarlo con Ramiro— inventaron a sus dioses, y les dieron unos nombres y unos cultos. Todos los dioses, en definitiva, fueron sólo un dios: la sed de sus adoradores frente a la sed de sus enemigos. Porque el hombre, no los dioses, es el peor enemigo del hombre; para protegerse de él mismo los inventan.

Yo notaba algo decisivamente fraternal en aquel viaje. Como si los árabes andaluces murmuraran dentro de mis venas incomprensibles oraciones. Nada muere del todo; el olvido no existe. Creí entonces, y hoy lo sigo creyendo, que estamos hechos de lo que en apariencia olvidamos… Antes de acostarme me miraba en el espejo del baño en los hoteles, y me interrogaba: ¿de dónde vienen estos ojos oscuros, este pliegue tan singular de los párpados, esta boca tan voraz, este pelo negrísimo, este furor por seguir viva a pesar de todos los pesares? Comprendía a la reina Zenobia de Palmira, la sentía más imperecedera que las derrocadas columnas de su casa, más viva que yo misma. Y entonces, mirándome a los ojos, confiaba. «Queda tiempo aún —me repetía en voz muy baja—: espera». De alguna forma, tenía razón Ramiro: también para mí aquel viaje fue provechoso como unos ejercicios espirituales.

Nunca he podido comer sola: se me hace un nudo en el estómago. Cuando en Huesca no tenía más remedio que hacerlo, ponía de cuando en cuando una docena de huevos a cocer; llegada la hora, comía un huevo duro y un yogur, y de pie, para no darme cuenta que estaba comiendo. Jamás me ha gustado aprovechar que tenemos un agujero en la cara para echarme por él cosas con tenedores, cucharas y vasos. Si no tengo enfrente a alguien con quien hablar o a quien atender, no como. Trajín y yo comíamos en un minuto, cada cual su pitanza; al acabar, él, de pie también, rebañaba con la lengua mi tarro de yogur. Aquí me pasa igual… Peor, porque no está Trajín. Cuando estoy sola lo echo mucho de menos. A él y a Yamam; pero mi perrillo no vendrá. Yamam, aunque tarda siempre, aunque siempre viene después de la esperanza, cuando ya se ha acabado mi paciencia acaba por llegar. Ahora, por ejemplo.

Ramiro, mi marido, al que ya me unía una aceptable amistad, empezó a perder pelo y ganar peso. Su esplendor de unos años atrás se volvió un tanto opaco. Quien lo conocía después aún le tomaba por un tipo magnífico; pero los que lo vimos en su punto culminante, si girábamos la cabeza y recordábamos lo que fue, no dejábamos de sentirnos consternados. Como Laura dijo una noche:

—Las personas que tienen un cuerpo modelo son las que, si se descuidaran, serían gordas. El secreto de la belleza es la medida justa de las formas, no estar delgados como espátulas, y para que las formas sean bonitas han de embridarse; en cuanto se desbocan aparece la deformidad.

—Si lo dices por mí —comentó Felisa, que siempre se daba por aludida—, te lo agradezco. Pero es una observación que me llega demasiado tarde. —Suspiró—. De todos modos, gracias por recordarme que no hace tanto estuve como un tren.

Aunque Ramiro se había anticipado, hay una edad en que los hombres aspiran al placer de la comida y al de estar rodeados de ciertos lujos, más o menos asequibles. Acaso a falta de otros placeres, Ramiro se entregó a ésos. Se preocupaba en serio de que la casa estuviese bien puesta, de que hubiera flores —sobre todo cuando teníamos invitados—, de que la comida fuese exquisita y los vinos, bien seleccionados por él.

—El único consuelo que nos queda, en esta civilización tan rácana que nos ha tocado, es la calidad de vida.

A veces todo aquello resultaba un poco chocante para los que nos conocían de tiempo atrás. A Ramiro lo acusaban de esnob. Yo no le recriminaba esa actitud; siempre he creído que cada cual debe hacer, sin daño para nadie, lo que le apetezca en cada instante.

Fue por entonces cuando se compró aquel coche. Era bastante llamativo: por la marca, por el tamaño, y por un color plata que lo hacía único en Huesca y muy visible. «He visto a tu marido en la plaza López Allúe». O «Ramiro estaba delante del hotel». Y qué hará allí, me preguntaba. Hasta que caía en que era el coche lo que veía la gente. La verdad es que a mí no me agradaba estar tan localizada en una ciudad como Huesca, donde ya es de antemano difícil desmarcarse; pero no me opuse —ni siquiera se me ocurrió— al capricho de Ramiro.

Lo peor del coche es que podía ponerse a una velocidad endiablada. Yo sé lo que es ese transporte —en la acepción real y en la alegórica— de la velocidad. Lo he sentido con Ramiro algunas tardes en que salíamos de la ciudad camino del parque de Ordesa o de la frontera, o llegábamos a Zaragoza en media hora escasa, dejando atrás, vistas y no vistas, las canteras de Almudévar, con la excusa de una película o de una merienda o de una visita. Yo siempre le rogaba que no corriera tanto: sin embargo, en el fondo me gustaba correr tanto como a él.

A todo esto Felisa me había venido hablando —hasta la pesadez— de una echadora de cartas asturiana, llamada Celina, a la que ella consultaba en algunas circunstancias. Como no teníamos muchas distracciones, me pareció divertido que me adivinaran el porvenir. No es que yo crea en videncias, pero tampoco dejo de creer; admito la posibilidad de que alguien sea capaz de asomarse por un resquicio al futuro, o de que tenga más poderes que el resto, o que las cartas u otro cualquier procedimiento sean vehículos por los que se transmitan determinadas advertencias. Felisa me condujo a la casa. Cuando Celina me hizo una seña para que entrara en el sanctu sanctorum, se quedó en el saloncito —que era bastante cursi y lleno de piel falsa y macasares— esperándome.

La cartomántica era una mujercita limpia, menuda, con el pelo blanco muy atusado, la tez sonrosada y un traje negro con algunos brillos y cuello y puños de color marfil. La habitación donde iba a hacerme la lectura era muy pequeña también: cabían una mesa camilla, dos silloncitos y poco más. A un lado, sobre una repisa, un Corazón de Jesús y dos velas encendidas; sobre la mesa, un tapete circular de macramé y una pantalla. Hablamos unos minutos. Me preguntó si era de Huesca, si creía en las cartas, si toda mi familia era aragonesa… Después, producida la impresión de sensatez y de llaneza que pretendía, apagó la luz del techo y dejó la de la pantallita que alumbraba la mesa. Entonces vi mejor sus manos, muy pálidas, gordezuelas, con venas azuladas y uñas pulcras y con un esmalte transparente. Llevaba en la derecha un anillo con un rubí cuadrado. Sacó la baraja envuelta en una seda morada; quitó el tapete, y cubrió la mesa con otra seda igual. Me mandó barajar; recogió el mazo de cartas y lo igualó con dos golpes muy sabios.

—Corte con la mano izquierda. —Lo hice—. Toque los dos montones.

Después distribuyó en varios montoncillos las cartas y fue descubriendo la primera de cada montón.

—Permítame decírselo, señorita (o mejor, señora, ¿no?): usted no es muy feliz. Pero no va a pasar mucho tiempo sin que esta situación cambie… Hay en su vida un hombre rubio y otro moreno. Créamelo; eso se dice siempre, pero en su caso está clarísimo: a mí misma me desconcierta verlo tan claro… Y hay, o habrá, una mujer cercana a usted que no le profese mucho afecto… Veo viajes. En uno de ellos aparece el hombre moreno. Al rubio le sucede algo —es como si fuese en otro viaje—, y hay un peligro, pero lo supera. Bueno, hay en realidad dos peligros: el físico lo supera; el otro, esta carta me dice que no —tenía en la mano un cinco de espadas—, porque esta carta es de él, no de usted… El as de bastos marca una nueva etapa en su vida: aquí está. Usted va a tener muchas satisfacciones; va a parecerle mentira lo que ahora está viviendo… Ésta —levantaba con desgana una sota de copas— no me gusta mucho. Tiene que tener cuidado con la vida a la que se lanza… acompañada —subrayó la palabra—. ¿No tiene usted hijos? Yo estoy leyendo aquí que los tendrá. No me gusta esta carta —insistió tocando con un dedo la sota—. Económicamente, mucha suerte, viene un tiempo buenísimo. Y la salud, espléndida. —Levantaba cartas con solemnidad—. Otro as —era el de espadas—. Su vida no es de términos medios, señora. Va usted a conocer los extremos de todo —me miraba a los ojos—: esperemos que sea para bien. Pero usted va, casi sin mirar, hasta las últimas consecuencias: qué valiente. Ve usted, el as salió invertido: eso querrá decir que tendrá descendencia.

—¿Tardará mucho?

—¿El hijo? Esta carta me dice que no. Sin embargo, debo decirle que yo no calculo con mucha precisión el tiempo. Lo mismo que puedo garantizarle que sucederá lo que le digo, no puedo predecir si tardará un año o acaso un poco más… El rey de oros asegura que el parto es feliz. Vamos a olvidar este nueve de bastos…

—¿Por qué?

—Porque no siempre las cartas casan bien unas con otras. Son como las personas: en ciertas condiciones, se contradicen… ¿Tiene alguna pregunta concreta que hacerme? —sin esperar mi respuesta añadió—: Baraje usted de nuevo.

—¿Me puede ampliar algo sobre el hombre moreno? —pregunté, mientras repetía la primera operación. Celina descubrió y sostuvo en la mano un caballo de copas:

—Lo conoce en un viaje. Influirá en su vida, vaya si influirá. No es de aquí, creo. —Levantó un siete de oros—. Es positivo para usted, por de pronto, en el aspecto económico. —Una sota de bastos—. Me permito advertirle que se trata de una persona muy especial, señora: muy especial y definitivo. Al menos, para usted. —Un ocho de copas—. ¿Me atrevo? Sí; me atrevo a decir que tendrá amores con él. Seguro. —Bajó la voz—. ¿Otra vez el as de espadas, y ahora? Amores, sí… Hasta el final. Hasta el final. —Me miró con curiosidad. En sus ojos había una chispa como de admiración. Sonrió—. Quizá hemos hecho esperar demasiado a doña Felisa —concluyó, amontonando las cartas antes de levantarse.

El 21 de marzo, el mismo día en que comenzaba la primavera, me telefonearon desde el hospital: Ramiro había tenido un accidente de consideración. El coche estaba destrozado, a la izquierda de la carretera, a la altura de las canteras de Almudévar, y unos convecinos que venían detrás lo reconocieron y avisaron a una ambulancia. Salí, dejando a Trajín en mi dormitorio. Todavía no había empezado a anochecer.

En el hospital me recibió Arturo, a quien unos compañeros le habían dado la noticia.

—Está en muy buenas manos. La recuperación será larga, porque tiene un golpe en la columna vertebral. No te asustes por la herida de la cara; eso es lo de menos: la cirugía plástica hace hoy milagros y lo resolverá… Y no te hagas mala sangre, querida Desi, que tienes marido para rato.

Entré en la UVI. Ramiro seguía sin conocimiento; tenía cerrado el único ojo que se le veía. Las vendas le ocultaban la cabeza y me pareció que yacía sobre un lecho de escayola. Le cogí la mano; estaba llena de arañazos. Daba la impresión de que no le quedaba parte sana en el cuerpo.

—¿Puedo estarme aquí?

—Es mejor que salga usted, señora. Aquí no podrá hacer nada. Cuando vuelva en sí la llamaremos. En el pasillo me esperaban Laura y Felisa. Felisa me abrazó y se echó a llorar. Laura la reprendió.

—Eres tonta. Desi va a creer que Ramiro está peor de lo que está. —Me acarició la cara—. He hablado con Zurita, que es el traumatólogo de la residencia, y me ha tranquilizado. Tenía una operación, por eso no está aquí; pero me encargó que te transmitiera su absoluta confianza en que todo irá bien. La cosa podría haber sido mucho peor.

—Los médicos dicen siempre lo mismo.

—Y siempre tienen razón.

Era de madrugada cuando salió del coma. Continuaba lleno de tubos, de sueros, de apósitos, pero me habló.

—No pasa nada, Desi. No sé cómo fue. Era una recta…

—Deja eso ahora. Descansa. No tienes que hacer más que recuperarte. En medio de todo, hemos tenido suerte.

Dejé mi trabajo en el instituto. Hablé seriamente con Trajín, que no se acostumbraba a quedarse solo. Acabé por llevarlo con mi padre, aunque al viejo le fastidiaba, porque el sinvergüenza enseñaba a su hijo toda clase de trapacerías y perfidias. Yo me pasaba el tiempo junto a la cama de Ramiro. Fueron días largos, en que no estaba en realidad en ningún sitio.

Por fin, me autorizaron a llevármelo a casa. Él, que no había estado mal nunca, era un pésimo enfermo: malhumorado, chinchoso y quejica. Sólo cuando venían sus jefes a verlo desde fuera se ponía encantador y se hacía el resignado. También con el padre Alonso que, desde el primer momento, se ocupó de atenderlo —sólo espiritualmente, claro— y de que escuchase por televisión la misa del domingo. A mí, con su voz suavona, me recomendaba paciencia.

—A Ramiro debería usted recomendársela. Es el paciente más impaciente que yo he visto en mi vida.

Se instaló en el cuarto una carpa articulada para que yo pudiera incorporarlo sin que se moviera. Las semanas y los meses transcurrieron pesados como siglos. Y se sobrentiende que aquel verano no realizamos nuestro viaje anual. Laura y Felisa se solidarizaron en parte con mi inmovilidad, y decidieron pasar sus vacaciones en Cádiz, mitad en la sierra, mitad en las playas. Regresaron contando maravillas.

—Nos debían obligar a conocer nuestro país antes de salir fuera de él —le decían a todo el mundo.

Yo, para dejar más espacio a médicos y curas (curas en todos los sentidos), me llevé a mi habitación todas mis cosas: la ropa, los libros, los recuerdos de antes de casarme… Se convirtió en una habitación de soltera, y allí hacía mi vida cuando Ramiro descansaba. Me transformé en una sacrificada enfermera que utilizaba para recuperarse (también en todos los sentidos: en el del reposo y en el del reencuentro) sus cortas horas libres. Si Ramiro se quedaba dormido, yo, con un dedo en los labios para advertirle a Trajín —otra vez en casa— que no hiciera ruido, salía de puntillas de su cuarto y me iba al mío, que era mi reino y mi refugio. Sólo con entrar en él me sentía mejor.

No hubiese cambiado por nada esas horas o esos instantes de soledad, en que fantaseaba como una niña que aún no hubiera empezado la ardua carrera de la vida; en que inventaba personajes y soñaba despierta, apoyada en los libros que leía con más glotonería que nunca. Me busqué una mecedora y no es que me traspusiera con su balanceo, sino que me introducía en un país secreto, mío en exclusiva, que no había intuido hasta entonces, y que valoraba más cuanto menos —y a ratos perdidos— podía disfrutarlo. Con Trajín a mis pies, adujado y dormido, me movía adelante y atrás, ya el libro en las manos ya en la falda, ya la cabeza inclinada sobre el libro ya sobre el respaldo, un poco fuera de mí y un poco dentro, hasta que Trajín oía —o presentía— algo en la habitación vecina, y yo me levantaba para volver al tajo.

El oído de Trajín tenía más de vaticinio que de otra cosa. Con frecuencia, cuando llegaba al cuarto de Ramiro empezaba a despertarse, y él creía que no me había movido de su cabecera.

—Deberías salir. Deberías recibir a tus amigas. Te estás marchitando aquí, a mis pies.

Eso opinaban todos:

—Desi se está portando con una abnegación insuperable.

El mismo padre Alonso me dijo dándome golpecitos en la mano:

—Eres una santa. Una santita. Te pongo de ejemplo a mis penitentes.

Todos ignoraban que, desde la época de mi adolescencia, nunca me había sentido más satisfecha y más cumplida. Como un gusano de seda dentro de su capullo en vísperas de su misteriosa liberación.

Es verdad que, de pronto, sin la menor noción del porqué, me sobrevenían momentos de desánimo y ganas de echarlo a rodar todo. Momentos en que consideraba que nada merecía la pena, y que mi vida era tan dispersa como las cuentas de un collar cuyo hilo se ha roto. Entonces volvían a abrumarme las cuestiones que parecían para siempre rechazadas. Entonces se levantaban mis sentimientos más elementales y más femeninos: la certidumbre de que alguien me echaba a faltar y me estaba buscando con pasión —no sabía quién, ni dónde, pero no era Ramiro—, que era urgente que apareciese yo, mientras en aquella casa mortuoria se deshojaba y perdía un tiempo irremediable; el hondo deseo de saberme deseada, de ver en unos ojos brillar la ansiosa codicia del varón, esa codicia que te toca como si fuese una mano; la urgencia de abandonar, en unos hombros fuertes, mi carga de desgracia y de soledad…

Había recibido una carta de Pablo Acosta. Enterado del accidente de Ramiro, me escribía desde Norteamérica, donde estaba por razones de su profesión, quitándole importancia y dándome ánimos. Me mandaba besos para Trajín, «que es mi representante al lado tuyo, y estoy segurísimo de que se porta contigo tan bien, por lo menos, como querría poder portarme yo».

Cuando Ramiro mejoró y pudo levantarse, yo cogía a menudo a Trajín y nos dábamos largos paseos por las calles a la ventura. Hasta el extremo de que casi siempre tenía que preguntar a un transeúnte por dónde volver a casa. Las calles estaban mojadas por la lluvia y veía reflejarse las luces como clavos ardientes, o veía el sol dentellear a ocaso, con luces anaranjadas, en los cristales de las fachadas que daban a Oeste. Sentí como nunca la fascinación de la calle; la libertad de andar sola junto a trotecillo de Trajín, seducido por esta nueva vida: la sensación de anonimato por los barrios desconocidos, interrumpida a veces por alguien que me saludaba, o por alguien que comentaba —supongo— mi locura de andar y andar sin propósito alguno.

Unas veces, a tuntún, me dirigía a las zonas llamadas residenciales, que siempre había entrevisto desde el coche. Otras, a los barrios más humildes. Descendía, por ejemplo, a la Porteta de San Vicente, mirando bien el pavimento para no desnucarme, y desde la ya inexistente muralla, cruzado el río, me dirigía al barrio del Perpetuo Socorro, donde nunca había estado, y paseaba allí por sus anchas aceras desgarbadas. O visitaba a mi padre en la cerería, y nos entreteníamos viendo entretenerse uno con otro los dos perros, hasta que escuchaba las campanas del cercano monasterio de la Asunción. O recorría mis itinerarios infantiles predilectos: los que zigzaguean por las callecitas que suben y bajan alrededor de la catedral: Doña Petronila, Doña Sancha, Alfonso de Aragón… Allí vivían ya casi sólo gitanos, y ladraban muchos perros al paso de Trajín. Siempre me encantó ver los plátanos en ángulo de la placita de los Fueros, y la de Lizana, con sus seis acacias y su farola también triangular, a la que bajaba por Pedro IV para salir por la cale de Sancho Abarca a la antigua plaza del mercado…

Qué curioso que ahora, al recordarlo, es cuando caigo en la cuenta de lo que hacía, de mis estados de ánimo de entonces, o de mis depresiones y de sus consecuencias. Durante aquellos meses no analicé; tuve que conformarme con ir viviendo como me dejaban y con defenderme lo mejor que podía. Y aprendí en los libros —más por la deducción que por la lectura— dos verdades: cuántos hombres han escrito sobre el alma de la mujer sin entenderla, y que en mis circunstancias se halla la mayoría de ellas. Todas las que lo están giran los ojos en torno suyo por si encuentran la dádiva del amor. Lo hacen sin advertir que lo hacen. Si son vulgares, caen en manos de unos y de otros; si son —me arriesgo a decirlo— como yo era, son ellas mismas las que se lanzan a amar con enardecimiento, con una entrega y con una exigencia que sólo puede explicar su descompuesta suerte anterior. Éstas apenas necesitan una disculpa para ponerse en pie y avanzar hacia lo que entienden que es su destino: una disculpa que cualquier hombre puede suministrarles.

Yo sabía qué peligrosos eran tal estado y tales circunstancias para mí. Por eso, cuando los demás me alababan, yo sonreía en silencio, y acabé por alejarme de ellos adentrándome en mí misma. Sólo un fragmento de mi vida consideraba que era bastante parecido al que estaba pasando: cuando me sobrevino por primera vez la menstruación, y yo asumí —sola, entre mi padre y mi hermano, sin ninguna amiga intima todavía— la certeza horrorosa de un riesgo, y recurría a mi madre recién muerta y no recibía ninguna claridad. Entonces, como en esta segunda ocasión, me supe aislada, indefensa y fuerte a la vez, generosa y egoísta, y algo en mí —una voz que di en pensar que era la de mi madre— me instaba: «Vive, tú vive. La principal obligación que tiene cualquier ser vivo es ésa. No consientas que nadie te lo impida».

Ramiro, por fin, pudo retornar a su trabajo. Usó, durante unos meses, un bastón para darse seguridad. Había perdido aún más de su atractivo, y ahora definitivamente. Me pareció, al verlo de pie, muy desmejorado. Las bolsas en los ojos, las mejillas surcadas por arrugas, la gran cicatriz que le cruzaba el rostro y un leve redondeamiento de las caderas me sorprendieron a la brusca luz del exterior. Mientras estuvo en casa, en el escenario cotidiano y aliado, no lo noté.

El primer día que salió fue para oír, rodeado de los amigos más próximos a quienes habíamos invitado, una misa de acción de gracias que celebró el padre Alonso en San Pedro el Viejo. Era a principios del otoño, una mañana límpida. Todavía flotaba por el aire la tibia bocanada que el verano concede antes de despedirse. Yo llevaba a mi marido del brazo, y me pareció que acompañaba a un hombre muy mayor, al que me unían hondos lazos de afecto, pero con el que nunca había vivido un amor reciproco.

Esto era así, tenía que aceptarlo; no valla la pena darle más vueltas al asunto.