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Dan Cox había sido educado en algunas de las mejores escuelas del país. Había tenido éxito prácticamente en todo lo que se había propuesto. Como presidente, estaba tan versado en asuntos de política internacional como en cuestiones domésticas. No había muchos agujeros en su coraza intelectual. Pese a todo lo cual, quienes conocían bien al presidente y a su esposa habrían coincidido —al menos, en privado— en que Jane Cox era más inteligente que su marido. O como mínimo, más astuta.

Mientras Jane sobrevolaba las tierras de Alabama en un helicóptero, demostró hasta qué punto era válida esta opinión. El plan de Dan Cox no iba a funcionar, concluyó enseguida. Toda esta historia no podía tergiversarse o achacarse al terrorismo. Había cosas que ignoraban y que necesitaban saber para poder decidir con conocimiento de causa qué camino seguir.

Miró por la ventanilla y vio el gran caserón a sus pies. Había estado mirando todo el rato, de hecho. Y esta era la primera casa que habían pasado. Era muy probable, pensó, que el dueño de esa hacienda fuese dueño también de la casita donde habían estado a punto de morir. La señaló con el dedo.

—¿De quién es esa hacienda?

Un joven agente miró por la ventanilla.

—No lo sé, señora.

Eso también lo había orquestado Jane sutilmente, sin que se notara: Larry Foster y Chuck Waters iban con su marido en el otro aparato. Ella había impedido asimismo que el veterano Aaron Betack subiera a su helicóptero. Le había bastado con una mirada fulminante para que el tipo corriera a refugiarse al Marine One. Y lo mismo había hecho con el agente Waters. El equipo de seguridad que viajaba con ella era relativamente joven. Los dos miembros de la Brigada de Rescate de Rehenes eran meros comparsas. Y ella sabía cómo manejarlos.

—Quiero ir a esa casa.

—¿Señora? —dijo el agente, desconcertado.

—Dígale al piloto que aterrice delante.

—Pero mis órdenes…

—Acabo de pasar una experiencia espantosa. Poco me ha faltado para morir. No me siento muy bien y quiero bajarme del helicóptero antes de empezar a vomitar. ¿Está claro? Porque, de lo contrario, me encargaré de contárselo al presidente en cuanto lleguemos a Washington. Y estoy segura de que él sí sabrá dejárselo claro a sus superiores.

Los miembros de la brigada se miraron unos a otros en silencio y permanecieron emboscados tras sus enormes ametralladoras. Los demás agentes situados en torno a la primera dama clavaron la vista en el suelo, sin atreverse a mirarla a los ojos.

El agente que iba a su lado le dijo al piloto:

—Walt, llévanos a esa casa.

El helicóptero aterrizó al cabo de un minuto. Jane se bajó del aparato y caminó resueltamente hacia Atlee.

El joven agente se le adelantó corriendo.

—Señora, ¿puedo preguntarle adónde va?

—Voy a entrar ahí para beber agua y echarme un rato. ¿Algún problema?

—No, señora, desde luego que no, pero permítame que registre primero el lugar.

Ella le dirigió una mirada desdeñosa.

—¿Acaso cree que hay criminales o terroristas escondidos en esa vieja casa?

—Nosotros hemos de cumplir ciertos protocolos, señora. Déjeme estudiar el terreno.

Jane se limitó a pasar de largo sin replicar, obligando al equipo de agentes y a los francotiradores de la brigada a adelantarse corriendo para crear alrededor de ella una improvisada burbuja de protección.

Se abrió la puerta y apareció Ruth Ann con un delantal. Al ver quién había llamado al timbre, se quedó boquiabierta.

—¿Sería tan amable de ofrecerme un poco de agua y un lugar donde echarme, señora…? —dijo Jane.

Tras unos instantes, la mujer logró articular palabra:

—Me llamo Ruth Ann. Pase, pase usted, señora. Haga el favor de pasar; voy a buscarle el agua.

Después de llevarle un vaso de agua, Ruth Ann se dispuso a retirarse, pero Jane le indicó con un gesto que se quedara en el pequeño salón de la entrada.

Ruth Ann se sentó frente a ella. Se la veía nerviosísima, prácticamente al borde del desmayo.

Jane le dijo al jefe de seguridad.

—¿Puede esperar en el vestíbulo? Me da la impresión de que está poniendo muy nerviosa a nuestra amiga.

—Señora —empezó el agente, dispuesto a protestar.

—Gracias —dijo ella, dándole la espalda.

En cuanto el agente se retiró al vestíbulo, Jane preguntó:

—¿Vive aquí sola?

—No, señora. Vivo con mi hijo. Y con el señor Sam. Esta casa es suya.

—¿Sam?

—Sam Quarry.

—Me suena su nombre. Tiene una hija, ¿verdad? Tippi.

—Sí, señora. Ella no está aquí ahora mismo. No sé dónde puede estar. —Ruth Ann parecía con ganas de salir corriendo, pero permanecía inmóvil en su sitio, alisándose el delantal con sus dedos manchados y callosos.

—¿Ha recibido alguna visita últimamente?

Ruth Ann bajó la vista.

—Yo… eh…

Jane se echó hacia delante y le puso con delicadeza la mano en su hombro huesudo.

—No he venido por casualidad, Ruth Ann. Estoy informada, ¿sabe? Sé muchas cosas sobre Sam. He venido para tratar de ayudarle. A él y también a usted. Y a su hijo. ¿Está aquí?

Ruth Ann meneó la cabeza.

—Se fue con esa gente.

—¿Qué gente?

—Un hombre y una mujer.

—¿Los conocía?

—No, se han presentado aquí a primera hora.

—¿Cómo?, ¿ha dejado que su hijo se fuera con unos completos desconocidos?

—Yo… Él quería ir con ellos. Son del Gobierno, como la policía. Y Gabriel ha dicho que quería ir a echarle una mano al señor Sam. Pero si el señor Sam ha hecho algo malo, yo no sé nada. Y Gabriel tampoco.

Una lágrima cayó sobre el delantal andrajoso.

—No lo dudo, Ruth Ann. No lo dudo. Así que esa gente se ha presentado aquí. ¿Le han dicho cómo se llamaban?

—Él ha dicho su nombre… King, eso es. King.

—¿Alto, apuesto? ¿La mujer también alta y morena?

—¿Los conoce?

—Son amigos míos, de hecho. ¿Qué querían?

—Estaban buscando a su sobrina, señora. Yo les he dicho que no sabía nada. Y le juro por Dios que es así.

Jane dijo con tono tranquilizador:

—Claro que usted no sabía nada. La creo.

—Y después Gabriel se ha empeñado en mostrarles esa habitación.

—¿Qué habitación?

—Una del sótano. El señor Sam tenía cosas allí. Cosas en las paredes. Fotografías, notas, qué sé yo. Estaba también la foto de su sobrina. Gabriel me la mostró. Una niña preciosa.

—¿Y King y su compañera han entrado en esa habitación?

—Ah, sí. Han pasado allí mucho rato. Estaban muy excitados.

—¿Me la puede enseñar a mí?

—¿Señora?

Jane se puso de pie.

—Me encantaría verla.

Bajaron al sótano; Jane, sin hacer ningún caso de las protestas del equipo de seguridad. Llegaron a la habitación. La puerta no estaba cerrada. El jefe del equipo insistió en comprobar que no había nadie acechando en su interior.

—Solo voy a permitirle que la registre —dijo ella con aspereza—. Pero no encienda la luz siquiera. Y salga de inmediato.

Bastaron unos segundos para comprobar que la habitación estaba vacía.

Jane se volvió hacia Ruth Ann.

—¿Le importa si entro sola?

—Adelante, señora. No quiero volver a entrar ahí.

Jane entró, cerró la puerta, encendió la luz y miró a su alrededor.

Empezó por un extremo y siguió minuciosamente todo el recorrido hasta el otro extremo. Con cada foto, con cada nota, con cada nombre, fecha y descripción, le venían a la memoria recuerdos espantosos.

«Él me violó, papá», leyó en la pared, cuando volvió al principio de la historia reflejada en aquellas paredes. Colocó una silla en el centro de la habitación, se sentó y siguió contemplando aquella historia. Su historia.

Abrió los archivadores, pero la mayoría estaban vacíos.

Solo se descompuso una vez, cuando vio la fotografía de Willa mirándola desde lo alto. Jane no había sido del todo sincera con su marido respecto a Willa. Si había querido que la niña se quedara en la familia era porque Willa sería siempre un secreto con el que podría dominar a Dan Cox. Su esposo era un buen hombre en gran parte, aunque con un punto imprevisible. Estaba convencida de que llegaría un momento en su matrimonio, una vez que hubieran dejado la Casa Blanca, en el que un instrumento de presión semejante habría de serle muy útil. La sola idea de que el presidente de Estados Unidos fuera menos poderoso que su esposa le había resultado embriagadora. No obstante, con los años había llegado a querer a Willa y a preocuparse por ella. Quería recuperarla.

No podía por menos que admirar la destreza y la tenacidad de Sam Quarry. Aquello era una hazaña asombrosa. Después de lo ocurrido hoy, naturalmente, habría una investigación. Lo cual era un problema, pero no insuperable.

La racha de suerte de su marido proseguiría, después de todo. Jane sabía lo que debía hacer. Y de acuerdo con su espíritu práctico, se dispuso a hacerlo metódicamente. Una vez más, tenía que recoger los platos rotos. Solo una vez más.

Su marido no sería recordado de esta manera. Contempló las paredes. Él había cambiado. No se merecía esto.

«Ni yo tampoco».

Cuando te habías abierto paso con uñas y dientes hasta los niveles que los Cox habían alcanzado, perdías todo sentido de la individualidad. Ya no eras él o ella. Eras nosotros.

Cinco minutos después salió y cerró la puerta.

Se dirigió al jefe de seguridad.

—Quiero regresar al D. C. de inmediato. —Se volvió hacia Ruth Ann—. Gracias por su hospitalidad.

—Sí, señora. Gracias, señora.

—Y todo saldrá bien. No se preocupe.

Subieron rápidamente la escalera y salieron de Atlee.

El helicóptero se elevó unos segundos más tarde. Puso rumbo al noroeste y el piloto aceleró. Pronto se perdieron de vista.

Ruth Ann cerró la puerta principal y volvió a la cocina a reanudar sus tareas. Pocos minutos después olió algo raro. Recorrió una habitación tras otra, tratando de averiguar qué era. Finalmente bajó las escaleras, se apresuró a cruzar el corredor y llegó ante la habitación del sótano. Al tocar el pomo, notó que estaba caliente. Perpleja, abrió la puerta.

Fue justo en ese momento cuando el fuego encendido poco antes por Jane Cox con disolvente, trapos y una cerilla alcanzó los cilindros de oxígeno, inflamándolos. La explosión sacudió el viejo caserón hasta los cimientos. La bola de fuego que salió disparada por la puerta se llevó a Ruth Ann por delante, incinerándola en el acto. La mujer no tuvo tiempo de gritar siquiera.

Cuando se descubrió el incendio y se dio la alarma, ya era demasiado tarde. Y para cuando llegó la brigada de bomberos, apenas quedaba nada de Atlee.

Horas más tarde, tras el largo recorrido desde la mina, Sean, Michelle, Willa y Gabriel llegaron a la hacienda en el todoterreno. Al ver lo que ocurría, Gabriel saltó del vehículo incluso antes de que se detuviera y cruzó corriendo el resto del sendero.

—¡Mami! ¡Mami!

Michelle aceleró. Gabriel corría tan deprisa que llegaron a las ruinas al mismo tiempo. Cuando se bajaron del vehículo, el chico había esquivado a los bomberos y ya se internaba entre los restos de la casa.

Sean corrió tras él.

—¡Gabriel!

Michelle se acercó rápidamente a uno de los bomberos y le mostró su identificación.

—¿Han encontrado a alguien? ¿Una mujer negra?

El hombre la miró muy serio.

—Hemos encontrado… unos restos. —Miró a Gabriel, que trepaba entre los escombros buscando a su madre.

Michelle se adelantó, dando saltos sobre su pierna buena. Se detuvo al ver que Gabriel se sentaba en el suelo llorando, con algo en las manos. Cuando se aproximó le pareció que era un andrajo chamuscado. Al acercarse aún más, distinguió de qué se trataba. Eran los jirones de un delantal.

Mientras Sean y Michelle trataban de consolar al chico, Willa caminó con cuidado entre los escombros mojados y humeantes, se sentó a su lado en el suelo y lo rodeó con sus brazos.

Él alzó la vista.

—Era… era de mi madre.

—Lo siento —susurró ella—. Lo siento mucho, Gabriel.

El chico la miró con la cara descompuesta de congoja. Pero le dio las gracias con un gesto; luego se echó a llorar otra vez. Willa lo estrechó con más fuerza.

Sean miró a Michelle.

—No se me había ocurrido que era su madre la que podía estar en peligro —cuchicheó.

—No podíamos saberlo. ¿Crees que ha sido obra de Quarry? ¿Para borrar todas las pruebas?

—No lo sé.

Sean y Michelle retrocedieron y miraron a los dos críos, que seguían allí sentados, el uno consolando al otro. Por la expresión con que los observaban, era evidente que ambos estaban pensando lo mismo.

Willa no lo sabía aún, pero iba a experimentar exactamente ese mismo dolor. Y ninguno de los dos tenía el valor o el estómago necesario para decírselo.

Incluso antes de que la última viga se desplomara en las ardientes profundidades del infierno y de que la vieja casa de los Quarry dejara de existir, Jane y Dan Cox aterrizaron en la base Andrews de la Fuerza Aérea.

Jane le explicó a su marido lo que había hecho. Él la felicitó por su rapidez de reflejos y le dio un beso. Pese a la pérdida más que probable de su sobrina, el presidente y su esposa volvieron en limusina a la Casa Blanca con la moral mucho más alta que en las últimas semanas.

Una vez más, habían logrado sobrevivir.