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Los doce hombres de Quantrell fueron doblegados, esposados y transportados en furgones del FBI. Los participantes de la concentración a favor de la paz probablemente pensaran que el disparo procedía de algún imbécil que no compartía su entusiasmo por la existencia de un mundo menos violento. La multitud se había congregado en el extremo opuesto del Mall, lejos de la actividad que tan poco pacífica era.

Sean, Kelly Paul, Bunting y James Harkes se reunieron en medio del Mall. Sean iba inclinado hacia un lado.

—¿Es grave? —preguntó Paul mientras observaba el orificio del chaleco antibalas.

—Una costilla magullada, pero es mucho mejor que estar muerto.

—Le has salvado la vida a Eddie —dijo ella, sujetándole el brazo.

—Es obvio que no me informaron del plan completo —reconoció Harkes—. No sabía que iban a hacer esto.

—A lo mejor alguien quería llevarse un extra de piezas cobradas.

—¿Cómo viste al tirador antes que nadie? —preguntó Harkes.

—Me gané la vida haciéndolo durante mucho tiempo —respondió Sean.

—¿Situación de los demás? —preguntó Paul.

—Acabo de contactar con Michelle —dijo Sean—. Han llegado al piso franco. Megan está hecha polvo, pero con un poco de descanso, ropa limpia y comida se recuperará. Tenía una herida fea en el hombro pero Michelle se la ha limpiado. Cuando vaya a la oficina de campo que el FBI tiene aquí para prestar declaración, ya la examinarán mejor.

—Bien —dijo Paul. Miró a Harkes—. ¿Qué hacemos ahora?

—Yo visito a un par de mis personas preferidas y les digo cosas que literalmente les cambiará la vida de un modo que nunca querrían que se produjese.

—Da recuerdos de mi parte a Ellen Foster y a Mason Quantrell, por favor.

—Pensaban que estaban utilizando a Megan para conseguir a Bunting y a Roy. No tengo nada en contra de la señorita abogada, pero en realidad la utilizaban para tener un cara a cara.

—Era el único modo de que funcionara —añadió Paul.

—¿Estás seguro de que tienes suficiente para que los encierren a los dos? —preguntó Bunting ansioso—. A ambos se les da muy bien eludir las culpas. Tengo experiencia de primera mano con eso.

—Ya lo sé, señor Bunting —dijo Harkes—. Pero esta operación está en marcha desde hace tiempo y los fiscales están seguros de que tenemos lo que necesitamos. Y yo haré de testigo estrella. Si solo fueran cuestiones legales del tipo «ella dijo-él dijo», podría haberla detenido hace tiempo. El precio de esperar ha sido enorme. Han muerto muchas personas. La muerte del agente Murdock me perseguirá el resto de mi vida.

—Según mi hermano, descubrió lo del Programa E.

Harkes asintió.

—Tenían intervenida la celda de la cárcel. Se asustaron y autorizaron el asesinato sin decirme nada. Me enteré de la muerte de Murdock a la vez que los demás. —Hizo una pausa—. Pero ahora hemos pillado a esos cabrones.

—Eso espero —dijo Bunting no demasiado convencido.

Harkes percibió la inseguridad y añadió:

—Para que se quede más tranquilo, le diré que también tenemos una buena bonificación en cuanto a pruebas se refiere.

Bunting se animó.

—¿El qué?

—Hemos comprobado el ángulo del satélite que nos dio —explicó Harkes—. Era mejor de lo que podíamos esperar. Foster autorizó el cambio de posición del satélite que controlaba la casa de Edgar Roy durante un periodo de tres horas un miércoles por la noche una semana antes de la detención de Roy.

—Y entonces fue cuando dejaron los cadáveres en el granero —dijo Sean.

—Eso es.

—Pero ¿por qué es mejor de lo que cabía esperar? —preguntó Paul—. Solo tienes el cambio en el satélite. Resulta instructivo pero no necesariamente incriminador. Podía haber otros motivos para el cambio, o por lo menos es lo que ella podría argüir.

—No, la verdad es que no.

—¿Por qué? —preguntó Bunting enseguida.

—Porque resulta que Mason Quantrell también tenía un par de ojos apuntando al granero durante todo ese tiempo desde su plataforma privada. Es lo que has dicho: quería un seguro adicional por si Foster lo delataba.

—¿Estás diciendo que tenemos imágenes de vídeo de cuando llevaron los cadáveres? —preguntó Sean.

—Pues sí. Bien nítidas. Y resulta que los tipos que lo hicieron trabajaron con Foster cuando estuvo destinada en Oriente Medio. Supongo que no confiaba en Quantrell para que hiciera bien el trabajo. Hemos detenido a esos hombres y digamos que están cooperando con el Bureau para presentar la acusación necesaria.

—No podía haberle pasado a dos personas mejores —dijo Bunting, cuya voz y expresión ponían de manifiesto que estaba mucho más tranquilo.

Harkes le dio una palmada en el brazo.

—Siento haberte tenido desinformado de todo esto. Y haberte dado una paliza y amenazado a tu familia. La gente con la que estaba tratando era muy lista y me tenían vigilado constantemente. Tenía que seguirles el juego a la perfección para ganarme su confianza.

—Tengo que reconocer que empecé a sospechar de ti después de que dejaras vivir a Avery, incluso después de que yo pulsara el botón. —Hizo una pausa—. Pero ahora sí que está muerto.

—No, no lo está. El lunes te estará esperando en la oficina de Nueva York.

Bunting se llevó una gran sorpresa.

—¿Qué? ¿Y la llamada de teléfono?

—Querían matarlo. Pero les convencí de que ya tendrían tiempo de hacerlo más adelante. Así que hicimos un pequeño subterfugio. Yo no pensaba permitir que mataran al muchacho.

—Gracias a Dios.

—Y tu familia está sana y salva, custodiada por el FBI.

—Lo sé. He hablado con mi mujer. —Vaciló—. Estoy pensando en tomarme unas vacaciones. Creo que el Programa E puede sobrevivir sin mí durante un tiempo.

—Me parece una gran idea —convino Paul—. Y, a decir verdad, Eddie también necesita descansar. Y él y su hermana mayor van a empezar a pasar más tiempo juntos, a partir de hoy mismo.

Harkes se marchó para acabar lo que había empezado hacía tiempo.

—Es un buen tipo al que tener de tu lado —dijo Paul mientras veía cómo se marchaba.

—Estoy seguro de que dijo lo mismo acerca de ti —repuso Bunting.

—¿Cómo os conocisteis? —preguntó Sean.

—Digamos que fue un acuerdo beneficioso para ambos.

Sean estaba a punto de responder cuando le sonó el teléfono. Bajó la mirada y vio quién llamaba.

Aquella llamada supondría un cambio radical en la vida de Sean King.