Dos horas más tarde, Bunting estaba sentado en una cómoda butaca del jet privado de su empresa y rodaba por la pista de despegue. Era un Gulfstream G550 con autonomía para volar de Londres a Singapur sin repostar. Contaba con un despacho, una cama, televisores, wifi, lo último en aviónica, un bar bien surtido, capacidad para catorce personas, dos pilotos y dos auxiliares de vuelo. Podía alcanzar hasta casi los mil kilómetros por hora a una altura máxima de unos cincuenta y dos mil pies. El avión había costado a la empresa de Bunting, BIC, más de cincuenta millones de dólares, además de varios millones al año de uso y mantenimiento.
El vuelo de Nueva York a Dulles, Virginia, duraría menos de media hora. Se acomodó en el asiento mientras el G550 ejecutaba el ascenso por el espacio aéreo amigo, si bien abarrotado, de Manhattan. Se desvió ligeramente al sur y tomó rumbo a Washington. Antes de que Bunting pudiera ponerse a trabajar, el piloto anunció el aterrizaje en Dulles. Veinte minutos más tarde, tocaron tierra. Rodaron hasta una zona reservada del aeropuerto y Bunting bajó del avión y subió a la limusina que le esperaba, que se puso en marcha en cuanto su trasero rozó el asiento.
Era la mejor manera de viajar, aunque su gasto superara los cincuenta millones de dólares. No obstante, en esos momentos Bunting no pensaba en su capacidad para viajar con tal celeridad y lujo, sino en la posibilidad de que perdiera todo por lo que había trabajado tan duro. La reunión con Harkes le había dejado intranquilo. Notaba que estaba perdiendo el control.
En cuanto abandonaron el aeropuerto, Bunting topó con la caravana de coches de la plebe que regresaba a casa después del trabajo. Tardó más en recorrer diez kilómetros en coche que 300 kilómetros en avión. Pero por fin llegó.
El edificio tenía un aspecto tan anodino que nadie que pasara por allí le echaría un segundo vistazo. No era el mismo bloque de oficinas al que Sean había seguido a Avery. Aquel se encontraba a varios kilómetros de distancia. Este edificio era el más importante del imperio de Bunting. Allí estaba el Muro. Entró en el edificio, cruzó rápido los controles de seguridad, tomó el ascensor a un piso inferior y empezó a caminar por un pasillo.
Bunting había invertido muchos años, millones de dólares y momentos de nervios en convencer a los responsables de la Seguridad Nacional de que abrazaran la tecnología del siglo XXI de recopilación y análisis de datos. Cuando por fin lo consiguió, se abrieron las compuertas del dinero de par en par y comenzaron a lloverle miles de millones de dólares del gobierno. Fue el mayor triunfo de su vida porque, aparte del dinero, el Programa E funcionaba. Su invención había predicho e impedido innumerables atentados terroristas, tanto en suelo estadounidense como contra los intereses del país en el extranjero, lo cual había permitido cosechar éxito tras éxito a la CIA, el DHS, la DIA, la agencia Geoespacial y la NSA, así como a otras agencias de inteligencia menos conocidas. El FBI había dado caza a criminales y terroristas e impedido futuros ataques gracias a la información proporcionada por el Programa E.
El Muro era la clave de todo, la obra maestra de Bunting. Los equipos de analistas convencionales estaban tan enmarañados en los árboles que eran incapaces de ver el bosque, y mucho menos de detectar cualquier amenaza, mientras que una sola persona —la persona adecuada— sentada en una silla delante del Muro les había llevado a la tierra prometida. El Muro revelaba sus secretos más íntimos a la persona apropiada. Y la recompensa era inmensa e instantánea.
El programa funcionó bien durante varios años, pero entonces apareció la pega: la información que debía analizarse sobrepasó a las mejores mentes del momento. Habían descubierto el punto flaco del Programa E y sus detractores, como Ellen Foster del Departamento de Seguridad Interior y Mason Quantrell del sector privado, habían empezado a sobrevolarlo en círculos como aves de rapiña.
Fue entonces cuando Bunting dio con Edgar Roy, que superaba con creces el muy elevado listón del Programa E. Roy captaba patrones que no percibían cientos de miles de analistas con ordenadores ultrapotentes. Bunting estaba convencido de que si Edgar Roy hubiera estado sentado delante del Muro antes del 11 de septiembre de 2001, ese día hubiera sido un día tan normal como otro cualquiera.
Bunting entró en una sala ubicada muy por debajo del sótano del edificio y saludó con una inclinación de cabeza a los que estaban allí, que le devolvieron el saludo y apartaron la vista enseguida al percibir su ademán nervioso. Foster le había dejado muy claro que había perdido su oportunidad, pero Bunting había ideado un último intento para salvar el programa, aunque con pocos resultados por el momento.
Entró en la sala de control y saludó con una inclinación de cabeza a Avery, que estaba sentado como siempre delante de las pantallas que gestionaban no solo el Muro, sino también las respuestas del Analista. Ese día había tres analistas: dos mujeres y un hombre que llevaban mucho tiempo trabajando en BIC.
Bunting se sentó en su sitio y encendió la tableta que llevaba. Comprobó que dos de los analistas eran E-Cincos muy competentes y, el otro, un E-Cuatro de alto nivel. De hecho, los dos E-Cincos eran lo mejor que tenían hasta que Edgar Roy había entrado en escena y elevado las posibilidades del Muro a la enésima potencia.
Pero, tal y como había señalado Avery, las cosas habían cambiado y el flujo de información crecía exponencialmente y superaba la capacidad de las mentes que un año antes podían manejarla. Solo Roy era capaz de gestionarla, pero ya no estaba.
Bunting miró a través del cristal. Los tres analistas hacían lo que podían, pero el flujo de información del Muro se había rebajado al sesenta por ciento. A ese ritmo, las conclusiones alcanzadas estarían obsoletas antes de que los analistas redactaran los informes pertinentes. Simplemente, no valían.
Dejó que prosiguieran con el ejercicio cinco minutos más hasta que al final, abatido, miró a Avery y le hizo un gesto con el dedo en el cuello para que lo cortara.
Avery habló por los auriculares que llevaba puestos.
—Gracias a todos. El Muro va a apagarse. Cinco, cuatro, tres, dos, uno.
Tecleó una combinación de botones y la pantalla se tornó negra al instante.
Desalentado, Bunting se recostó en la silla con la vista clavada en el suelo. Foster tenía razón. Era el fin, su fin. Seguramente lo matarían, y después a Roy.
Un hombre abrió la puerta de la sala de control.
—¿Señor Bunting?
Bunting levantó la mirada.
—La secretaria Foster desea reunirse con usted a la mayor brevedad posible.
«Dios Mío».