La crónica de Justo Hebencio
A lo largo del camino, en todas las ciudades donde nos detuvimos, fuimos bien recibidos, incluso con agasajos. Pero después de pasar Talamanca, en la Tierra de Nadie, descubrimos a lo lejos oscuros hombres apostados en los montes, que observaban nuestro paso distantes y hoscos. Siempre mandábamos aviso por delante, y, antes de llegar a Zamora, salieron a nuestro encuentro los primeros súbditos del rey cristiano que vimos. Fue en unos llanos yermos, perfumados por las flores aplastadas por el pisoteo de los caballos. Aquella gente no llevaba arma alguna, para demostrar que éramos bien recibidos, y en sus ropas, ademanes y aspecto apenas diferían de cualquier pueblo del sur. Difícilmente podía adivinarse si eran de religión ismaelita o cristiana. Parecían contentos por tenernos allí y nos observaban, preguntándonos cómo habíamos hecho el viaje, si estábamos fatigados, enfermos o con alguna necesidad después de tantas leguas de camino. Pensé que, si así era todo el norte, poco difería en lo esencial de lo que yo conocía.
Al día siguiente, cuando amanecía, llegamos a la cabecera del puente de piedra que cruza el río Duero. Al otro lado se erguía la majestad de las altas murallas y, asomando por encima de las almenas, una fortaleza gigante, como un centinela enhiesto. La tenue bruma se elevaba desde el valle y envolvía el pie del monte sobre el que se asienta la ciudad.
Atravesamos el puente y ascendimos por una calzada empinada, pavimentada con piedras. En la puerta de las murallas nos recibió una nube de hombres, mujeres y niños, entre albórbolas y miradas llenas de curiosidad, vestidos todos con pardas ropas de lana. Luego, rodeados por toda esta animación, anduvimos por las calles, muy despacio, hasta la gran plaza donde se alzaba la fortaleza. Allí el personal era bien distinto: caballeros armados, nobles con buenos atavíos, clérigos y hombres del burgo.
El conde que gobernaba la ciudad en nombre del rey nos alojó en su palacio, que era un edificio regio, grande y hermoso, dotado de unos magníficos baños y unas estancias amplias y luminosas.
A las doce del día siguiente a nuestra llegada, el obispo celebró una misa solemne en la iglesia mayor. Después se ofreció un banquete en el patio de armas del castillo. Fuimos todos los miembros de la legación: cristianos, musulmanes y judíos.
La comida era espléndida, realizada a partir de carnes asadas de todo tipo. Y esto provocó un incidente que a punto estuvo de convertirse en un conflicto que hiciera peligrar nuestra misión.
Al inicio de la comida se sirvió vino, acompañado por almendras fritas en miel, tasajos de carnero y queso añejo de oveja. De momento, todo resultó muy bien; cordial y amigable. Sentadas a la mesa, sonrientes y calladas, las damas estaban atentas a todo, mientras se iba aflojando el ambiente, que, como es natural, al principio fue un poco tenso; pues no es muy normal en Córdoba que las mujeres compartan el almuerzo con los varones. Pero Hasday ya tenía prevista esta circunstancia y había aleccionado a los comensales de nuestro grupo para que no tuviesen ninguna reacción extraña.
Sin embargo, no pudo prever algo del todo inesperado: entre las viandas del banquete había lechones asados. No eran muy grandes y los presentaron enteros, sin despiezar, dorados en el horno de pan, entre manzanas y ciruelas. ¡Algo del todo repugnante! Si he de decir verdad, me sobresalté, porque al verlos se me representó la imagen de unos niños cocinados. Para quien no está acostumbrado a ver cerdos, su aspecto resulta bastante perturbador. Aunque debe comprenderse que en aquellas tierras fuera algo normal, puesto que no hay ninguna prohibición entre cristianos que impida comer puerco.
Los musulmanes, cuando vieron aquello, se retiraron de la mesa gritando:
—Kanzir, kanzir! ¡Cerdo, cerdo!
Y también los judíos se pusieron de pie y se apartaron ofendidos.
Luego se hizo un espeso silencio, en el que las miradas se cruzaban interpelantes, anhelosas, tratando de hallar el sentido de aquella situación.
El conde que gobernaba Zamora se llamaba Diego Álvarez; un hombre bastante grueso, barbado y tranquilo. En vez de enfadarse por esta reacción, se echó a reír con ganas, y su risa se contagió al resto de los comensales.
Pero el obispo de la ciudad, que era un hombretón altísimo, de melenas grises y la palidez de quienes viven encerrados, se puso de pie e inició un discurso para instruir a los presentes.
—Nada de lo que el Todopoderoso ha creado se puede considerar impuro —dijo—. Y ofende al Creador que rechacemos los alimentos que nos ha dado para nuestro sustento. En el Libro de los Hechos de los Apóstoles, en el capítulo décimo, se narra la visión que tuvo san Pedro, el príncipe de los apóstoles, en la que Dios le mostró un mantel grande bajando del cielo por sus cuatro puntas a la tierra, en el cual había toda clase de animales cuadrúpedos, reptiles de la tierra y aves del cielo, y Dios le dijo: «Come». A lo que Pedro respondió: «De ninguna manera, Señor; nunca he comido nada profano o impuro». Entonces la voz le habló por segunda vez: «Lo que Dios ha declarado puro, tú no lo conviertas en profano». Y esto se lo repitió hasta tres veces. Luego no hay animales impuros, y el cerdo debe comerse. He dicho.
Perplejos, los musulmanes y judíos parecían no comprender lo que el obispo había querido explicarles con esta perorata. Y el conde, de manera muy expresiva, arrancó la pata de uno de los lechones, le dio un bocado y, con toda la boca llena, exclamó:
—¡Está buenísimo! No hace falta echar sermones para convencerles; bastará con que lo prueben. ¡Hala, a comer, que se enfría y no es lo mismo!
El empeño de Diego Álvarez no consiguió sino ofender aún más a los musulmanes y judíos, que, con movimientos de negación de sus cabezas y las caras sombrías, decían:
—¡Kanzir no! ¡No kanzir! ¡No, no, no…!
Entonces Hasday, que permanecía muy serio observando lo que sucedía, tomó la palabra y dijo con circunspección:
—Señores, en efecto, el cerdo debe de resultaros muy rico, puesto que lo habéis servido como un manjar para regalarnos. Estamos verdaderamente agradecidos. Pero también hay aquí ternero asado, cordero y aves. Debéis comprender que nosotros nunca nos hemos sentado a una mesa en la que estuviera el cerdo. Os ruego que no os ofendáis. Me confío a vuestra buena voluntad y os ruego que retiréis el puerco para que todos podamos disfrutar del banquete sin que nadie se sienta incómodo. ¿Es mucho lo que pido?
Se hizo un espeso silencio, en el que todas las miradas estuvieron clavadas en él durante un rato, y que duró hasta que una voz femenina, aguda y cantarina, se alzó para decir:
—¡Quisiera contar algo! ¿Puedo?
Todos los rostros buscaron entre los comensales a la mujer que había hablado; la cual, tímidamente, se había puesto de pie, colorada y sonriente, con una mirada chisposa, brillante.
—Habla, hija mía —otorgó el conde—. Di lo que consideres oportuno.
Ella tomó aire, hinchó el pecho firme y dijo:
—El conde Álvaro aben Hamid, mi querido abuelo y padre del conde Diego Álvarez, mi padre aquí presente, había vivido en Córdoba toda su vida, hasta que un día, cuando contaba más de cincuenta años, se vino hasta aquí para refundar esta ciudad, que había quedado abandonada y relegada en la Tierra de Nadie a causa de tantos conflictos entre los cristianos y los agarenos. ¿No es así?
—Así fue, en efecto, hija mía —contestó el conde—. Por entonces yo ya había nacido y mi padre nos trajo a Zamora a toda la familia. Y con nosotros vinieron muchos cristianos de Córdoba para hacerse cargo de la ciudad y su alfoz.
—Pues bien —prosiguió la hija—. Aquel abuelo mío, Álvaro aben Hamid, que era un buen cristiano, todo sea dicho, jamás en su vida probó el cerdo. ¿No fue así?
—Jamás lo probó, ciertamente —asintió el padre—. Porque el conde se había criado en aquella tierra de mauros y, como allí no se crían cerdos… ¡No tenía costumbre!
—No se crían —observó ella—; mas aquí sí se crían y se criaban cuando todavía vivía el abuelo y, no obstante, se negó a probarlo y murió sin que un solo pedazo de puerco entrase en su boca.
El grueso Diego Álvarez se quedó pensativo mirando a su hija con aire de asombro. Luego soltó en el plato la pata del cerdo y les ordenó a los criados con un vozarrón:
—¡Retírense todos los lechones!
Vi cómo Hasday, frente a mí, suspiraba aliviado y, con un casi imperceptible gesto de sus ojos, me transmitía la angustia que había sufrido.
En todo caso, aquel incidente dio pie a que los zamoranos nos contaran muchas cosas de la refundación de la ciudad de Zamora. Como había referido el conde Diego Álvarez, era una ciudad antigua, que en los últimos tiempos de guerras estuvo abandonada y a merced de los bandidos de la Tierra de Nadie; hasta que hacía unos cincuenta años, después de ser conquistada a los agarenos por el rey Alfonso I, se repobló con gentes venidas desde al-Ándalus, cristianos de Córdoba, Toledo, Coria y Mérida. Éstos habían construido la fortaleza y reforzado las murallas. Ahora, después de la victoria del rey cristiano de León en la batalla de Simancas, estaban eufóricos porque, tras largas décadas de incertidumbre, amenazas y asedios, se les prometía un futuro más pacífico y venturoso. Por eso estaban muy contentos de tenernos allí, porque veían en nuestra embajada la posibilidad esperanzadora de un pacto entre el califa y el rey Radamiro que les asegurase una mayor tranquilidad y la posibilidad de poder progresar en aquellas vegas fértiles.
Tal era su interés en que nuestro viaje a León diera el fruto deseado que el conde se ofreció gentilmente a acompañarnos y guiarnos hasta la ciudad regia cristiana; ya que, según decía, en la siguiente etapa del camino podrían salirnos al paso hombres belicosos que odiaban a los mauros y podían causarnos algún perjuicio grave.
El banquete prosiguió, amigable, entre animadas conversaciones, hasta que fue cayendo la oscuridad sobre la plaza de armas del castillo. Luego, aunque encendieron antorchas y arrimaron unos braseros con ascuas, la tertulia languideció. Entonces los invitados empezaron a retirarse para descansar. No así yo, que tenía tal curiosidad y tal avidez de conocer más y más cosas que permanecí allí a la mesa con los últimos, sin perder ripio de cuanto se decía. A fin de cuentas, aquel viaje era mi gran oportunidad y consideraba que era mi obligación exprimirlo al máximo.
Ya a última hora, cuando no quedaba ningún judío ni musulmán en la francachela nocturna que se formó con la llegada de unos músicos, las damas fueron a las cocinas y recalentaron los lechones en el horno. Sería por la oscuridad, pero ya no me pareció aquella carne asada tan repugnante. Así que lo probé y, en efecto, me resultó delicioso. Entonces di gracias a Dios y le felicité por la buena idea que tuvo presentándole aquel mantel a san Pedro.