13

Gallaecia, monasterio de San Pedro de Rocas,

septiembre del año 939

La reina Goto encontraba en el monasterio de San Pedro de Rocas una tranquilidad absoluta y un sentimiento de control sobre sus afectos y temores. En lo más profundo de sí misma percibía que aquel sagrado lugar fortalecía la seguridad de su relación con el mundo, que la defendía de los estragos de las dudas… Al amanecer, iba a orar al pequeño santuario cuyo ábside estaba excavado en la pura roca y, en las hospitalarias entrañas de aquella suerte de cueva sacra, experimentaba una calma especial y a la vez una misteriosa energía. A pesar de la cercana presencia de los sepulcros de piedra, algo inexplicable en torno la preservaba de las sombras de la muerte. El tiempo allí se disipaba, permaneciendo tan sólo lo eterno… Y después de la oración, pasada la hora tercia, se entregaba completamente al silencio. Cuando los monjes se iban a trabajar en los huertos o se adentraban en el bosque para recoger leña, sobre San Pedro de Rocas se abatía una extraña soledad que acentuaba su misterio. Goto aprovechaba el momento para invocar la paz interior, dejándose guiar por los sabios consejos de Gemondo: alejar de sí cualquier clase de confusión e inquietud; huir de la tristeza; olvidar el pasado; vivir como si el futuro no existiera; abandonarse en Dios en el momento presente, como si nada más tuviese el mínimo valor, serenamente, suavemente, sin precipitación, sin arrebatos…

Cada tarde, pasada la hora sexta, conversaba con Gemondo. El tercer y último día de su estancia en el monasterio, la charla fue más larga y especialmente intensa. En vez de pasear, como solían hacer, por el sendero que se adentraba en el bosque, tuvieron que refugiarse bajo un pobre cobertizo; porque llovía. En la hondura del valle roncaban los truenos, con holgura, y gruesos goterones hacían estremecerse los ligeros tejados de ramas secas, crepitaban en la hojarasca y levantaban aromas confundidos de hierbas y humedades.

Gemondo, persuadido con simplicidad conmovedora de que Goto necesitaba ordenar sus pensamientos, desgranaba pausadamente los frutos de su proverbial prudencia.

—Para poder conservar en todo momento la paz del corazón —decía—, debemos estar plenamente convencidos de que todo el bien que podamos hacer viene de Dios, y sólo de Él; no de nosotros. Recuerda aquella frase del Señor: «Sin mí nada podéis hacer».

Goto guardó silencio por un momento, haciendo suyas estas palabras. A continuación murmuró:

—Lo comprendo. Pero resulta a veces tan difícil abandonarse en esa total confianza…

—Es humano dudar —aclaró él—. No obstante, es esencial que estemos persuadidos de esa verdad: sin Él no podemos hacer nada. La vida se vuelve con frecuencia dura; dudamos entonces, nos poseen los miedos y parece que todo sucumbe a nuestro alrededor. Él podría ahorrarnos las pruebas, pues tiene sobrado poder para ello; pero las pruebas son necesarias para que lleguemos al convencimiento de nuestra limitación, de nuestra impotencia para hacer el bien por nosotros mismos. ¿Entiendes eso?

Ella contestó con sencillez:

—Sí. Según el testimonio de las vidas de todos los santos, nos es indispensable poseer esta convicción.

—En efecto. El sabio Diadoco de Foticé decía que, aun en medio de nuestras luchas, conviene siempre que conservemos la paz del espíritu, para que la mente pueda discernir los pensamientos que la asaltan, guardando en la despensa de su memoria los que son buenos y provienen de Dios y arrojando de este almacén natural los que son malos y proceden del demonio. Y pone por ejemplo el mar que, cuando está en calma, permite a los pescadores ver hasta el fondo del agua y descubrir dónde se hallan los peces; en cambio, cuando está agitado, se enturbia e impide aquella visibilidad, haciendo inútiles todos los recursos de que se valen los pescadores.

Goto ensayó una sonrisa cargada de asentimiento. Después se volvió para mirar los campos y extendió la suave mano para recoger algo de lluvia en su palma. Los goterones se estrellaron contra la piel, salpicando. No era todavía la hora nona, pero la tormenta había oscurecido el cielo y parecía de noche. Suspiró y dijo:

—Pues el agua de mi espíritu debe de estar turbia, porque miro adentro y no consigo ver sino dudas y temores… ¡Con todo lo que tengo que hacer! Me falta confianza… Eso es lo que me pasa.

Gemondo extendió también la mano y atrapó algo de lluvia; se la llevó a los labios y dijo:

—Entonces espera hasta obtenerla. Si no confías plenamente, serás incapaz de conseguir nada. La confianza es el preludio imprescindible para las grandes cosas que el Señor hará en nosotros con el poder de su gracia.

Ella se estremeció. Alzó la cabeza como mirando al cielo y murmuró con calma:

—Será que Hermogio y Aldara tienen razón… Tal vez no sea oportuno ni prudente ir a Córdoba a por las reliquias de Paio…

Él estiró el cuello, preguntándole:

—¿Dudas?… ¿Tienes miedo?…

Goto contestó, ensanchando el pecho:

—¡Siento que debo hacerlo! Ése es el mayor problema. Percibo dentro de mí que debo ir a por esas reliquias y, sin embargo, temo y dudo… ¡Cualquiera se aclara!

A Gemondo se le escapó una carcajada. Y ella le respondió con una potente voz en la que puso el preciso acento de vehemencia:

—¿Te ríes de mí? ¡Dime lo que debo hacer!

—Todo lo que te sucede es muy normal —contestó él sonriente—. Es algo que arrastras contigo desde hace muchos años… Cuando aquello sucedió, cuando supimos que el rey de los mauros había asesinado a Paio en Córdoba, todos nos sentimos muy consternados. Tú eras entonces la reina de Gallaecia y sufriste especialmente por la tragedia.

Goto vibró en su interior, apareciendo en sus ojos la imagen que guardaba viva en su corazón. Y respondió:

—Así fue. El rey y yo padecimos grandes remordimientos al pensar que no habíamos hecho lo suficiente para rescatar al muchacho de las garras sarracenas. La pobre madre, Aldara, nos suplicó una y otra vez que enviásemos embajadores con el fin de negociar la libertad de Paio. Pero había guerra… Nada pudo hacerse…

—¿Te das cuenta? —observó Gemondo—. No pudiste traerlo vivo y por eso tu alma está inquieta. Sientes que necesitas saldar aquella deuda devolviendo a Gallaecia el cuerpo del muchacho.

Ella se cubrió el rostro con las manos. Sollozó durante un rato y luego dijo suspirando:

—Así es, así fue… ¡Qué lástima!

—No sientas tristeza —dijo tranquilizadoramente él—. No debemos tomar trágicamente los males de nuestra vida, pues Dios es capaz de sacar bienes de ellos. Nuestra confianza en Dios debe llegar a creer que Él es lo bastante poderoso y bueno como para sacar provecho de todo, incluidas las desgracias.

—Intento comprender eso que dices. Pero no puedo evitar recordar aquello como algo terrible. Paio era tan hermoso, tan puro, tan bueno… ¿Por qué consintió Dios aquella tremenda maldad? ¡Cómo va a sacarse algún beneficio de algo tan terrible!

—Es, en efecto, difícil de entender. Pero ahí radica precisamente aquello en lo que creemos y esperamos. Cuando san Agustín cita la frase de san Pablo: «Todo coopera al bien de los que aman a Dios», añade: «Incluso el pecado».

Dejó de llover y cayó sobre el bosque un espeso silencio. Goto salió del cobertizo y se puso a andar lentamente, contemplando con asombro los arbustos y las copas de los árboles que brillaban empapados. Gemondo también salió y caminaba a su lado. La miraba con serena expectación y ella lanzó una especie de suspiro como para aligerar su pecho de la efervescencia que lo embargaba. Luego le dijo con tranquilidad:

—Hay tantas cosas, tantas cosas de las que quisiera hablar contigo…

Él levantó la noble cabeza, impulsado por la sorpresa. Sin embargo, no emitió una sola palabra, como si respetara el momento o no encontrara nada que decir. Los colores del bosque parecían más puros a esa hora de la tarde, después de la tormenta, y un tímido y último rayo de sol se posaba con suavidad en una ladera verde y lejana.

Goto se detuvo, le miró fijamente a los ojos y le preguntó:

—¿Podemos hablar con toda franqueza? ¿Puedo desahogar mi corazón y preguntarte algo con la plena libertad de los hijos de Dios?

Él respondió con una voz débil no exenta de reproche:

—No creo que hayas venido hasta aquí para marcharte después sin contarme todo lo que te sucede… ¿No confías ya en mí?

—¡Perdona! —le contestó ella con una sonrisa—. Quería decirte algo hace tiempo, pero temía turbar tu espíritu… Por eso me pareció oportuno ponerte sobre aviso y solicitar tu licencia para expresarme sin ambages.

Gemondo también sonrió:

—Teniendo en cuenta la larga historia de nuestra amistad, no deberías recelar de mí a estas alturas. Ambos nos conocemos desde la juventud. Tú eras la reina de Gallaecia y yo un pobre muchacho inexperto que pretendía ser caballero del rey. Aunque parezca que aquella vida ya pasó, seguimos siendo los mismos… Sólo Dios podrá concedernos un ser renovado en la otra vida, en el reino eterno.

—¡Parece que lees mis pensamientos! —exclamó ella—. Es precisamente de eso de lo que quería hablarte… Mi consulta tiene que ver con el pasado…

—Pregunta lo que quieras y no temas ofenderme.

Goto permaneció en silencio durante un momento. Luego dejó que su mirada se perdiera en la espesura del bosque y dijo, ya sin pudor:

—Como bien has dicho, ambos tuvimos otra vida… ¡Oh, nadie podría haberlo expresado mejor! Pero, por favor, sé muy sincero conmigo… ¿Alguna vez añoras el pasado?

Él respondió con una voz en la que parecía querer poner una dulzura por encima de lo normal:

—Para mantener el corazón en un perfecto sosiego, es necesario también despreciar ciertos recuerdos. Hace ya tiempo que comprendí, no sin esfuerzo, que la nostalgia es a veces una pérdida de tiempo y energía. Si los recuerdos sirven para ver la mano de Dios en nuestras vidas, para comprender que somos caminantes y que vamos avanzando, ¡benditos sean! Pero si nos causan angustia, si hacen decaer nuestro ánimo y nos vuelven temerosos, perezosos o lentos, hemos de creer que son sugerencias del enemigo… Hay que mirar hacia delante.

—Comprendo eso que dices. Es muy sabio —dijo ella con expresión franca, volviendo a mirarle con unos ojos muy claros—. Pero soy humana y es muy duro dejar atrás la juventud. Aquella vida de entonces era muy bella…

Gemondo se rio y contestó con ternura:

—Recuerda las palabras de Job: «El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó. ¡Bendito sea el nombre del Señor!». Dios nos devolverá lo mejor de nuestras vidas.

Anochecía y el bosque expandía una brisa húmeda, aromática y fresca. Goto inspiró profundamente, como si buscara llenar su ser de fuerza y optimismo.

—Me ayudas mucho —aseguró con firmeza—. Trataré de poner en práctica tus consejos y lucharé para que nada me arrebate la paz que ahora siento, después de escucharte.

Llegaron caminando a una pequeña ermita toda de piedra que se alzaba en un claro. Gemondo miró hacia el interior y después, volviéndose hacia ella, dijo:

—Ahora rezaremos los dos para que todo salga bien en tu viaje a la tierra de los mauros.

Goto abrió los azules ojos, sorprendida.

—¿Entonces? —balbuceó—. ¿Crees que debo ir?

—Naturalmente —contestó él con seguridad—. Debes ir, porque tu espíritu te impulsa a ello desde hace años. No obstante, es importante que sepas una cosa: a pesar de las precauciones que tomes, aun orando, reflexionando, escuchando consejos…, para obtener luz antes de adoptar tu decisión, para estar segura de obedecer a la voluntad de Dios, debes saber que no siempre encontrarás esa luz de un modo claro y evidente. A veces puede ocurrir que Dios no nos responda. Pero ¡eso es normal! Porque Dios nos deja ser libres. ¿Comprendes eso?

—Sí. Y lo acepto. El futuro es incierto… Si el Señor nos deja así, en medio de la incertidumbre, será porque tiene razones para no manifestarse.

—En efecto —sentenció él—. Y en medio de la incertidumbre hay que decir con paz: haga lo que haga, estará bien, puesto que intento hacer el bien.